/ viernes 3 de junio de 2022

"La maté porque pega, regaña y no paga": Miriam mató a su patrona en la Escandón

La joven sirvienta, no soportó más la violencia en su contra, en un lapso de cólera tomó la pistola y disparó en tres ocasiones contra la señora María Angélica

Salió del edificio de departamentos ubicado en la calle Unión, número 118, en la Colonia Escandón, llevaba una maleta, iba agitada y caminaba rápido. Pasaban pocos minutos del mediodía, estaba nublado.

Miriam no sabía hacia dónde caminar, se podría decir que no conocía la ciudad, tenía apenas dos años de estar viviendo en ella, cuando la señora María Rodríguez, una rica ganadera, la trajo de Chiapas a la gran urbe para trabajar en su casa como sirvienta.

Sus pasos sin rumbo la llevaron a la calle José Martí, donde abordó el primer camión que pasó, pagó su pasaje y se sentó volteando para todas partes, se colocó la maleta en las piernas y la abrazó muy fuerte.

Después de algunos minutos, el camión llegó a su base, por los rumbos de San Ángel Inn. Miriam se bajó y se halló más confundida que antes, no tenía ningún familiar en el Distrito Federal donde pudiera acudir, sólo tenía la certeza de que no podía regresar al edificio de la Colonia Escandón. De pronto halló un camellón con algunas bancas y fue a sentarse en una de ellas, su rostro expresaba enojo y tristeza a la vez.

Era una adolescente originaria del municipio de Simojovel, en el estado de Chiapas, quien no sabía leer ni escribir, pues nunca tuvo la oportunidad de estudiar en su pueblo natal. Sus padres habían muerto cuando ella era muy pequeña y creció al lado de seis hermanos. Ninguno de ellos pudo ir a la escuela, tuvieron que ponerse a trabajar en el campo desde muy chicos para sobrevivir.

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Después de cansarse de pensar en lo indigna que había sido la vida con ella y sus hermanos, Miriam se levantó de la banca, caminó unos metros y en la primera esquina abordó un taxi. -¿Dónde la llevo señorita? -dijo el taxista-. –No sé siñor. Mi caba de correr mi patrona y estoy perdida. Soy del estado de Chiapas y no conozco la ciudá.

El conductor le preguntó a Miriam si tenía algún familiar que viviera en el Distrito Federal o alguna amiga o conocido donde pudiera llevarla, pero la jovencita contestó que sus padres habían muerto hacía muchos años y no tenía donde quedarse. -¡Qué caray. M’ija! Y por qué te corrió tu patrona? –Cuestionó el taxista. -Es que mi trata mal, mi castiga y pega y hasta mi saca sangre. -Contestó Miriam. –Entiendo niña, pero entonces dónde te vas a quedar, no puedes dormir en la calle, hay mucho canijo malviviente que podría pasarse de listo contigo. Yo conozco a una vecina que le decimos “la tía”, quizá ella pueda recomendarte con alguien para que puedas trabajar. Seguro también te da chance de quedarte en su casa esta noche.

Fotos Archivo, Biblioteca, Hemeroteca y Fototeca "Mario Vázquez Raña" y La Prensa

El ruletero tomó entonces rumbo hacia la Colonia El Cristo, por los rumbos de Tacubaya. Miriam, aunque estaba desconcertada, se ilusionó de poder encontrar pronto trabajo. Quizá con una patrona que la tratara y le pagara mejor, alguien que no la humillara como su antigua jefa. Mientras tanto, la noche comenzaba a caer en la bella Ciudad de México.


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ASESINARON A TIROS A PUDIENTE GANADERA EN SU DEPARTAMENTO

Alberto salió de casa muy temprano ese día, partió a sus clases en la Facultad de Veterinaria en Ciudad Universitaria, pero prometió a su madre que volvería a la una y media de la tarde para comer juntos. El estudiante llegó puntual, ingresó a su departamento, la llamó varias veces, pero no obtuvo respuesta, fue a buscarla a su cuarto y tampoco la encontró, así que se dirigió hacia la cocina y entonces observó la terrible escena: su madre, María Angélica Rodríguez de 63 años, yacía en el piso bocarriba en un charco de sangre, a un costado había un cuchillo y dos hornillas de la estufa también en el suelo. Abatido, tomó rápido el teléfono y dio aviso de los hechos a las autoridades.

Al llegar los agentes de la Policía Judicial, del Servicio Secreto y los investigadores forenses, concluyeron que la señora María Angélica Rodríguez había sido asesinada a causa de tres disparos por arma de fuego: uno en la espalda, otro le perforó la axila derecha y el tercero en el muslo derecho. Por otro lado, en ningún otro sitio del departamento encontraron señales de desorden o destrozos, pero en las escaleras que conducían a la entrada del mismo, sí se hallaron rastros de sangre.

En el lugar del crimen, el reportero de LA PRENSA, Wilbert Torre Gutiérrez, llegó para cubrir la nota y pudo entrevistar al hijo de la víctima: -¿De quién sospecha usted? –De Margarita –contestó sin dudarlo el muchacho. -¿Quiere decirnos quién es Margarita? –Es la sirvienta, una muchacha indígena que desde hace dos años trabajaba para mi madre. ¿Por qué la acusa directamente a ella? –Es agresiva y tenía constantes disputas con mi madre debido a que muy frecuente desaparecían cosas, dinero y objetos de valor de la casa. –Por qué dice usted que es agresiva? –No me refiero a una agresividad física, sino de palabra, es decir, le contestaba muchas veces de manera grosera a mi mamá.

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Fotos Archivo, Biblioteca, Hemeroteca y Fototeca "Mario Vázquez Raña" y La Prensa

El reportero también le preguntó al joven José Alberto Trejo si su madre tenía enemigos o deudas económicas que pudieran dirigir las sospechas contra alguno de ellos, pero el muchacho contestó que su mamá tenía problemas como cualquier otra persona, nada grave como para pensar en un crimen de esa magnitud. Así que ratificó sus sospechas contra la sirvienta Margarita, ya que además no la habían encontrado en el departamento, tampoco sus pertenencias y mucho menos el arma homicida.

Por otra parte, la policía descartó que alguien hubiera entrado al departamento con la intención de asaltar a la acaudalada ganadera, pues no se habían llevado objetos de valor, además que era imposible ingresar al departamento sin que el portero se diera cuenta, ya que para que los visitantes pudieran entrar, antes tenían que tocar un timbre que sonaba en la cabina del vigilante y después él se comunicaba con los inquilinos para preguntarles si aceptaban la visita o no.

Con la información recabada, los agentes policiacos también sospecharon de la joven Margarita e iniciaron pronto su búsqueda. Se pidió el apoyo de la policía del estado de Chiapas, pues pensaron que Margarita pudo regresar a su lugar de origen. Por otro lado, al joven José Alberto Trejo se le realizó la prueba de la parafina para descartar que fuera el asesino, la cual salió negativa.

Fotos Archivo, Biblioteca, Hemeroteca y Fototeca "Mario Vázquez Raña" y La Prensa

En la misma Delegación de Policía, la Onceava, se le practicó la autopsia a la señora María Angélica Rodríguez, la cual reveló que había sido asesinada alrededor del mediodía de aquel 7 de octubre de 1970, a causa de tres balas que perforaron órganos vitales.

LA DETUVIERON POR LOS RUMBOS DE SANTA FE

Cuatro fueron los agentes asignados a la investigación, se trató de los comandantes Baena Camargo Inclán, Rosendo Páramo, Mario Devars y el sargento Abel Ramos, quienes comenzaron a buscar a la joven sirvienta. La Policía Judicial elaboró carteles con la foto y datos de la muchacha, donde se explicaba también que llevaba una maleta y era originaria del estado de Chiapas, así que los pegaron cerca de los paraderos de autobuses, en la recién inaugurada línea 1 del Metro y por diversas calles del Distrito Federal.

Pronto su estrategia dio resultado, pues al parecer, una vecina de la occisa vio cuando Margarita abordó un camión con rumbo a San Ángel Inn, entonces los agentes policiacos se dirigieron al paradero donde hacía base aquella ruta.

Ahí, los policías interrogaron a varios choferes y les enseñaron la foto de la joven buscada, de pronto un sujeto que se comía unos tacos en un puesto callejero se acercó y mencionó a los agentes que hacía tres días que aquella muchacha se había subido a su taxi y le comentó, se encontraba perdida y no tenía ningún familiar con quien quedarse: -Me dijo que trabajaba en una casa, pero que su patrona la trataba mal y por eso decidió irse. La chamaca me preguntó si podía ayudarla, si conocía a alguien que le pudiera dar trabajo, entonces la llevé con una vecina a quien llamamos “la tía”, ahí se quedó con ella, si le preguntan quizá pueda decirles dónde está.

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El taxista les proporcionó la dirección a los sabuesos policiacos, quienes sin perder tiempo fueron a casa de “la tía”, en la Colonia El Cristo. Esta señora confirmó lo dicho por su amigo el taxista y les dio la ubicación de la casa donde le consiguió trabajo a Margarita, en una zona pudiente por los rumbos de Santa Fe.

Fotos Archivo, Biblioteca, Hemeroteca y Fototeca "Mario Vázquez Raña" y La Prensa

Los investigadores llegaron hasta dicho domicilio, tocaron el timbre y fue la misma Margarita quien les abrió la puerta: -A usted la buscábamos, señorita. –Dijo uno de los policías. –Nos va a acompañar a la delegación. –Le ordenó otro agente. –¡Usted es la señorita Margarita, la que trabajaba en casa de la señora María Angélica Rodríguez, ahora muerta! –No mi llamo Margarita. –Contestó la joven.

Los agentes registraron la maleta con las pertenencias de la muchachita y no encontraron el arma. –¿Qué hiciste con la pistola? –Le gritó el policía. –Aquí la tengo, amarrada con un mecate debajo de mi blusa. –Dijo Margarita asustada y al borde del llanto. Los agentes la desarmaron y la llevaron detenida.

ASESINÓ A LA RICA GANADERA PORQUE ÉSTA LA AMENAZÓ CON UN CUCHILLO

Ante el ministerio público, la chiquilla detenida dijo llamarse Miriam Ruiz Hernández, tener 14 años, apenas hablar español y no tener estudios. Vino hace dos años, desde su natal Simojovel, en el estado de Chiapas a la Ciudad de México, a trabajar con la señora María Angélica Rodríguez. La chamaca contó tener una vida muy desventurada, pues sus padres habían muerto cuando era muy pequeña y creció al lado de sus seis hermanos. “La siñora mi trajo hace dos años de mi tierra. No sé leer ni escribir”, afirmó la desconcertada muchacha.

El reportero Wilbert Torre Gutiérrez, de LA PRENSA, entrevistó a la joven homicida en la Delegación de Policía.

-¿De qué la acusan, Margarita? –Le preguntó. –No mi llamo Margarita. Mi llamo Miria Rui. -¿Qué es lo que hizo? –Maté siñora… -Dijo la muchachita, seria, con los ojos rojos y húmedos. –Mi rigañaba todos los días el siñora y te pega con palo y zapatos. Mi dijaba chorreando sangre… harta sangre. Siñora agarró el cuchillo porque quería matar. No mató, yo la maté.

¿Por qué fue el disgusto? –Limpiábamos estufa. Siñora enojó porque no supe hacer la comida. Carne asada con chile y condimentos. Mi regañó y yo le dije: siñora por favor abre la puerta, me voy a salir. Ella me gritó: “¡No vas a ir a ningún lado!”.

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Fotos Archivo, Biblioteca, Hemeroteca y Fototeca "Mario Vázquez Raña" y La Prensa

“RIGAÑA Y NO PAGA”

Miriam explicó que quería irse a trabajar con la señora Marcela Gómez, quien vivía en el mismo edificio, pues ella le ofrecía un sueldo de diez pesos diarios, la propuesta le convenía debido a que con la ganadera María Angélica Rodríguez ganaba cinco pesos a la semana, aunque hay que aclarar, que su patrona era quien compraba ropa y zapatos a Miriam.

En la maleta que llevaba la joven tras cometer el crimen se pudo contar una docena de faldas, varias blusas y ropa interior, pero quedó claro que a Miriam no le gustaba que la señora Rodríguez le comprara su ropa.

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La muchachita continuó su relato ante el reportero de manera tranquila: “Siñora agarró su cuchillo… Te voy a matar, me dijo. Caminé rápido hasta su recámara y cogí bajo la almohada la pistola. Regresé a la cocina y ella volvió a agarrar el cuchillo. Le pedí que abriera la puerta, pero no quiso. Le disparé un tiro y cayó. Caída le di dos tiros más. Ya no habló…”.

Durante su confesión Miriam agregó:

Maté siñora… ella era mala. Ya no quiero matar… no quiero volver a pecar. Quiero trabajar

La jovencita Miriam Ruiz fue enviada al Tribunal para Menores donde se le impuso una condena. Quizás durante su encierro tuvo la oportunidad de aprender otro oficio, a leer y escribir. Tal vez cuando salió tuvo hijos, se casó y llevó una vida mínimamente feliz que revertió un poco los sufrimientos que padeció en su infancia.

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Quizás no aprendió nada, siguió trabajando como trabajadora doméstica y soportando abusos que fueron apagando todavía más su existencia. Meras suposiciones, estimado lector, pues no sabemos que ocurrió con ella.

Lo único cierto es que la jovencita chiapaneca fue protagonista de un episodio más de la nota roja nacional y nunca volvimos a saber de ella.

Aquí les expusimos este caso que ocurrió hace casi 50 años, el cual nos muestra que hay comportamientos violentos que se siguen repitiendo en la actualidad y no hemos podido erradicarlos.

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Salió del edificio de departamentos ubicado en la calle Unión, número 118, en la Colonia Escandón, llevaba una maleta, iba agitada y caminaba rápido. Pasaban pocos minutos del mediodía, estaba nublado.

Miriam no sabía hacia dónde caminar, se podría decir que no conocía la ciudad, tenía apenas dos años de estar viviendo en ella, cuando la señora María Rodríguez, una rica ganadera, la trajo de Chiapas a la gran urbe para trabajar en su casa como sirvienta.

Sus pasos sin rumbo la llevaron a la calle José Martí, donde abordó el primer camión que pasó, pagó su pasaje y se sentó volteando para todas partes, se colocó la maleta en las piernas y la abrazó muy fuerte.

Después de algunos minutos, el camión llegó a su base, por los rumbos de San Ángel Inn. Miriam se bajó y se halló más confundida que antes, no tenía ningún familiar en el Distrito Federal donde pudiera acudir, sólo tenía la certeza de que no podía regresar al edificio de la Colonia Escandón. De pronto halló un camellón con algunas bancas y fue a sentarse en una de ellas, su rostro expresaba enojo y tristeza a la vez.

Era una adolescente originaria del municipio de Simojovel, en el estado de Chiapas, quien no sabía leer ni escribir, pues nunca tuvo la oportunidad de estudiar en su pueblo natal. Sus padres habían muerto cuando ella era muy pequeña y creció al lado de seis hermanos. Ninguno de ellos pudo ir a la escuela, tuvieron que ponerse a trabajar en el campo desde muy chicos para sobrevivir.

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Después de cansarse de pensar en lo indigna que había sido la vida con ella y sus hermanos, Miriam se levantó de la banca, caminó unos metros y en la primera esquina abordó un taxi. -¿Dónde la llevo señorita? -dijo el taxista-. –No sé siñor. Mi caba de correr mi patrona y estoy perdida. Soy del estado de Chiapas y no conozco la ciudá.

El conductor le preguntó a Miriam si tenía algún familiar que viviera en el Distrito Federal o alguna amiga o conocido donde pudiera llevarla, pero la jovencita contestó que sus padres habían muerto hacía muchos años y no tenía donde quedarse. -¡Qué caray. M’ija! Y por qué te corrió tu patrona? –Cuestionó el taxista. -Es que mi trata mal, mi castiga y pega y hasta mi saca sangre. -Contestó Miriam. –Entiendo niña, pero entonces dónde te vas a quedar, no puedes dormir en la calle, hay mucho canijo malviviente que podría pasarse de listo contigo. Yo conozco a una vecina que le decimos “la tía”, quizá ella pueda recomendarte con alguien para que puedas trabajar. Seguro también te da chance de quedarte en su casa esta noche.

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El ruletero tomó entonces rumbo hacia la Colonia El Cristo, por los rumbos de Tacubaya. Miriam, aunque estaba desconcertada, se ilusionó de poder encontrar pronto trabajo. Quizá con una patrona que la tratara y le pagara mejor, alguien que no la humillara como su antigua jefa. Mientras tanto, la noche comenzaba a caer en la bella Ciudad de México.


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Alberto salió de casa muy temprano ese día, partió a sus clases en la Facultad de Veterinaria en Ciudad Universitaria, pero prometió a su madre que volvería a la una y media de la tarde para comer juntos. El estudiante llegó puntual, ingresó a su departamento, la llamó varias veces, pero no obtuvo respuesta, fue a buscarla a su cuarto y tampoco la encontró, así que se dirigió hacia la cocina y entonces observó la terrible escena: su madre, María Angélica Rodríguez de 63 años, yacía en el piso bocarriba en un charco de sangre, a un costado había un cuchillo y dos hornillas de la estufa también en el suelo. Abatido, tomó rápido el teléfono y dio aviso de los hechos a las autoridades.

Al llegar los agentes de la Policía Judicial, del Servicio Secreto y los investigadores forenses, concluyeron que la señora María Angélica Rodríguez había sido asesinada a causa de tres disparos por arma de fuego: uno en la espalda, otro le perforó la axila derecha y el tercero en el muslo derecho. Por otro lado, en ningún otro sitio del departamento encontraron señales de desorden o destrozos, pero en las escaleras que conducían a la entrada del mismo, sí se hallaron rastros de sangre.

En el lugar del crimen, el reportero de LA PRENSA, Wilbert Torre Gutiérrez, llegó para cubrir la nota y pudo entrevistar al hijo de la víctima: -¿De quién sospecha usted? –De Margarita –contestó sin dudarlo el muchacho. -¿Quiere decirnos quién es Margarita? –Es la sirvienta, una muchacha indígena que desde hace dos años trabajaba para mi madre. ¿Por qué la acusa directamente a ella? –Es agresiva y tenía constantes disputas con mi madre debido a que muy frecuente desaparecían cosas, dinero y objetos de valor de la casa. –Por qué dice usted que es agresiva? –No me refiero a una agresividad física, sino de palabra, es decir, le contestaba muchas veces de manera grosera a mi mamá.

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Por otra parte, la policía descartó que alguien hubiera entrado al departamento con la intención de asaltar a la acaudalada ganadera, pues no se habían llevado objetos de valor, además que era imposible ingresar al departamento sin que el portero se diera cuenta, ya que para que los visitantes pudieran entrar, antes tenían que tocar un timbre que sonaba en la cabina del vigilante y después él se comunicaba con los inquilinos para preguntarles si aceptaban la visita o no.

Con la información recabada, los agentes policiacos también sospecharon de la joven Margarita e iniciaron pronto su búsqueda. Se pidió el apoyo de la policía del estado de Chiapas, pues pensaron que Margarita pudo regresar a su lugar de origen. Por otro lado, al joven José Alberto Trejo se le realizó la prueba de la parafina para descartar que fuera el asesino, la cual salió negativa.

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En la misma Delegación de Policía, la Onceava, se le practicó la autopsia a la señora María Angélica Rodríguez, la cual reveló que había sido asesinada alrededor del mediodía de aquel 7 de octubre de 1970, a causa de tres balas que perforaron órganos vitales.

LA DETUVIERON POR LOS RUMBOS DE SANTA FE

Cuatro fueron los agentes asignados a la investigación, se trató de los comandantes Baena Camargo Inclán, Rosendo Páramo, Mario Devars y el sargento Abel Ramos, quienes comenzaron a buscar a la joven sirvienta. La Policía Judicial elaboró carteles con la foto y datos de la muchacha, donde se explicaba también que llevaba una maleta y era originaria del estado de Chiapas, así que los pegaron cerca de los paraderos de autobuses, en la recién inaugurada línea 1 del Metro y por diversas calles del Distrito Federal.

Pronto su estrategia dio resultado, pues al parecer, una vecina de la occisa vio cuando Margarita abordó un camión con rumbo a San Ángel Inn, entonces los agentes policiacos se dirigieron al paradero donde hacía base aquella ruta.

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Los agentes registraron la maleta con las pertenencias de la muchachita y no encontraron el arma. –¿Qué hiciste con la pistola? –Le gritó el policía. –Aquí la tengo, amarrada con un mecate debajo de mi blusa. –Dijo Margarita asustada y al borde del llanto. Los agentes la desarmaron y la llevaron detenida.

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¿Por qué fue el disgusto? –Limpiábamos estufa. Siñora enojó porque no supe hacer la comida. Carne asada con chile y condimentos. Mi regañó y yo le dije: siñora por favor abre la puerta, me voy a salir. Ella me gritó: “¡No vas a ir a ningún lado!”.

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En la maleta que llevaba la joven tras cometer el crimen se pudo contar una docena de faldas, varias blusas y ropa interior, pero quedó claro que a Miriam no le gustaba que la señora Rodríguez le comprara su ropa.

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Durante su confesión Miriam agregó:

Maté siñora… ella era mala. Ya no quiero matar… no quiero volver a pecar. Quiero trabajar

La jovencita Miriam Ruiz fue enviada al Tribunal para Menores donde se le impuso una condena. Quizás durante su encierro tuvo la oportunidad de aprender otro oficio, a leer y escribir. Tal vez cuando salió tuvo hijos, se casó y llevó una vida mínimamente feliz que revertió un poco los sufrimientos que padeció en su infancia.

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