/ viernes 13 de mayo de 2022

El descuartizador del Juguetito esparció los restos de sus víctimas en colonia de Chihuahua

Le regocijaba ver cómo escurría la sangre de sus víctimas cuando con su segueta verde y lentamente destazaba los cuerpos inertes; después los transportaba en su carretilla vieja y finalmente los abandonaba en la calle como rastrojo

El 6 de enero de 2016 fue presentado un presunto multihomicida y descuartizador, a quien se le relacionó con el homicidio de dos hombres a los que posteriormente mutiló, hecho lo cual, salió con algunos paquetes de su domicilio y fue a esparcir los restos no muy lejos de donde vivía. Su nombre es lo de menos, lo que importa es la brutalidad con la que ciegamente acabó con la vida de sus víctimas.

No está por demás nombrar a Ulises Castillo Villarreal, que a sus 35 años terminó capturado por los crímenes mencionados, los cuales cometió en el estado de Chihuahua, en la colonia Desarrollo Urbano.

De allí el mote que luego se le asignaría -uno entre varios- “El Descuartizador de la Desarrollo Urbano”, aunque también se le conoció como “El Cholo” e incluso, en algunos círculos herméticos, se le llegó a nombrar como “El Descuartizador del Juguetito”.

Pero fue durante la mañana del 5 de enero de 2016 cuando la Policía Estatal Investigadora lo detuvo, sólo que por motivos diferentes a los relacionados con posibles asesinatos, pues se le encontró en posesión de porciones de droga conocida como cristal o metanfetamina y, por tal motivo, se obtuvo una orden de aprehensión en su contra.

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Así pues, al ser arrestado y mientras las autoridades lo interrogaban, se dieron cuenta de que Ulises no sólo era un traficante de poca monta, sino el criminal a quien buscaban desde hacía tiempo, involucrado en al menos tres asesinatos de hombres.

El anuncio de su detención fue dado a conocer por el fiscal general del estado, Jorge Enrique González Nicolás, y el director de la Policía Estatal, Pablo Ernesto Rocha Acosta, quienes informaron que las investigaciones habían iniciado desde el 17 de noviembre de 2015.

A Ulises se le relacionó con el asesinato de las personas descuartizadas en la colonia Desarrollo Urbano, además se le vinculó con 12 homicidios violentos más, ocurridos en la capital entre 2009 y 2015.


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II. LAS VÍCTIMAS

Todo se remonta al 17 de noviembre de 2015, cuando los agentes de la Unidad de Delitos contra la Vida hallaron las extremidades inferiores de un cuerpo, en el patio de una casa abandonada en la Calle 9a. y San Abel, donde había vivido Castillo Villarreal.

Dos días después, en la calle 11a. y Álamos, a una cuadra de distancia y cerca de un arroyo, se encontró el resto del cuerpo, que no era más que el torso y la cabeza, que presentaba severos golpes, que estaban en el interior de una llanta de camión y, sobre éste, se identificó la parte delantera de un triciclo, que el asesinó dejó como su “firma”.

Pasó un tiempo de alrededor de quince días, hasta que el 13 de diciembre fue localizado otro cuerpo desmembrado, en un domicilio ubicado entre la Calle 11a. y Álamos.

Se tuvo conocimiento de que el cuerpo pertenecía a quien en vida respondía al nombre de Lorenzo Ernesto Olivas Berrios, desaparecido desde el 16 de noviembre de ese año.

De acuerdo con los resultados de las investigaciones, se determinó que éste había sido atacado con un objeto contuso, con el cual Ulises le causó trauma craneoencefálico, que a la postre acabaría con su vida; tras lo cual, el descuartizador llevó a cabo su rito, en el que participaba uno de sus juguetes favoritos: la segueta verde.

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SU PLACER ERA VER MORIR

Lo suyo no provenía de una fantasía insana sino de un deseo mórbido, cuyo trasfondo no era más que regocijarse con un oscuro placer saciado al ver cómo escurría la sangre de sus víctimas; luego, sacaba su segueta rigurosamente de color verde y, lentamente, destazaba los cuerpos inertes de sus víctimas, después transportaba los restos en su carretilla vieja y finalmente los abandonaba en la calle.

Con base en la investigación, llevada a cabo por los agentes, se tuvo conocimiento de la identidad de Lorenzo Ernesto Olivas Berrios, a quien un familiar declaró haber visto por última vez la noche del 13 de noviembre en la colonia 3 de Mayo, cuando le comentó que saldría a comprar algo para cenar, pero nunca volvió.

Ernesto, como muchos otros que habían abandonado su natal Delicias para buscar fortuna en la capital, llegó sin esperanza y, al poco tiempo, desapareció sin rastro.

Tres días después, su familiar lo reportó como persona desaparecida ante la Fiscalía. Cuando se pudo comprobar que el cadáver encontrado, no completo sino por partes, coincidía con las características del desaparecido, éste fue entregado a sus familiares, aunque la investigación continuó.

Posteriormente, el 13 de diciembre, otra coincidencia aconteció en el mismo arroyo, entre la Calle 11a. y Álamo, donde de nuevo en el interior de una llanta se localizó otro mutilado, que correspondía con las características de Daniel Alfonso Rodríguez Morales, quien era conocido como “El Troya”, en la colonia Desarrollo Urbano, lugar que lo vio por última vez y de allí pasó al dominio de un demonio que terminó por aniquilarlo; y luego, como escupido de las entrañas del infierno, sus restos fueron encontrados en la misma colonia.

En el sitio del crimen había variantes, pero por un detalle se alcanzó a reconocer al mismo asesino al que buscaban.

En esta ocasión, a la víctima únicamente le habían cortado las piernas y, al realizar la auscultación de la escena, los agentes descubrieron que éstas habían sido envueltas en una cobija y sobre el cuerpo el victimario colocó con precisión macabra la parte trasera del mismo triciclo de juguete que se había encontrado en el primer crimen.

Asimismo, cuando se estudió a fondo el caso, comenzaron a surgir las similitudes entre éste y el de Ernesto, cuyas conclusiones determinaron que, en ambos casos, los cortes y golpes que presentaban los cadáveres eran propios de una misma arma, así como el lugar, el modo y el tiempo, e incluso, la posición en que fueron realizados los hallazgos y, sobre todo, la firma constatada con el juguetito.

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Ante tales pruebas, los agentes profundizaron su indagación en la zona, debido a lo cual lograron obtener la declaración de un testigo de los homicidios, así como de la persona con la que vivía “El Descuartizador de la Desarrollo Urbano”, y con estos elementos recabados lograron desentrañar la identidad del responsable: Andrés Ulises Castillo Villarreal.

III. LOS CRÍMENES

Con base en el arduo trabajo que realizaron los agentes durante largas jornadas ininterrumpidas, se logró precisar cómo ocurrieron los hechos. De tal modo, se estableció que el primer crimen -aunque no hay que olvidar que se le relacionó con otros homicidios que datan de 2015, por lo cual es posible que ya tuviera experiencia- lo cometió en la vivienda de la Calle 9a., donde tras discutir con Lorenzo Ernesto Olivas Berrios, lo mató a golpes.

Posiblemente se haya tomado una pausa para saciarse con la imagen de la muerte, como suelen hacer los asesinos seriales que no temen ser capturados, pues se consideran mejor que cualquiera, sobre todo que la autoridad. Luego llevó el cuerpo inerte al baño, donde se tomó el tiempo para descuartizarlo, y que la sangre escurriera hacia el drenaje para que al desecharlo no hubiera registro del asesinato.

Inmediatamente después del acto demoníaco, Ulises acudió con un conocido, quien era menor de edad, a quien obligó a ayudarlo a deshacerse del cuerpo, bajo amenaza de que le sucedería lo mismo si no lo hacía. Entonces llevaron el cuerpo al arroyo, donde el menor creyó que el infierno había terminado.

Entonces sintió cierto alivio al ver desaparecer los restos mutilados en la noche. Pero su pesar apenas comenzaba. De regreso en el domicilio de la 11a. y San Abel, o más precisamente en el número 903 de San Abel en la Desarrollo Urbano, Ulises, excitado por la hazaña, abusó sexualmente del testigo reiterándole con que estaría vigilándolo para que no cantara.

Después de los hechos, el asesino obligó al menor a limpiar su desastre y, sin demora, desalojó el 903 que en ese momento rentaba. Se dirigió con otro conocido a pedir asilo -el cual le fue concedido-, en donde posteriormente se desarrolló otro momento sangriento; esto ocurrió en el número 6841 de la Álamos y Calle 11a. en la misma colonia.

Fue allí donde permaneció a la sombra, mientras paralelamente la investigación por el otro homicidio continuaba. Entonces, el 13 de diciembre Ulises discutió con El Troya, de tal suerte que, en un momento dado, Ulises sintió que se apoderaba de él la sed de sangre y así le arrancó la vida a El Troya, con contundentes rocazos en la cabeza.

En este crimen tuvo dos testigos, por una parte, el menor, a quien tenía sometido como cómplice involuntario desde el anterior descuartizamiento y, por otra, el hombre que le había dado posada.

A ambos los amenazó con una muerte similar si se les ocurría contar algo. Acto seguido, como guiado por un frenesí derivado de la sangre y la cruel muerte, nuevamente mutiló a la víctima con la segueta verde. Después, trasladó los restos en la carretilla maltratada hasta el arroyo.

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Era como repetir el placer del crimen, los mismos pasos, la euforia. Metió los pedazos en una llanta como la vez pasada y, en el mismo lugar donde antes había abandonado el cuerpo mutilado de Ernesto Olivas, también dejó el de El Troya.

No obstante, de acuerdo con la investigación, se determinó que entre el asesinato de Ernesto y el de Daniel Alfonso, hubo otro.

A principios de diciembre, El Descuartizador sostuvo una discusión con Fernando Valles Gandarilla, hermano de quien lo había recibido en su casa, luego de que Ulises abandonó la primera escena del crimen.

Igual suerte tuvo Fernando, pues el asesino lo golpeó una y otra vez con un martillo en la cabeza. Se desconoce por qué el modo de operar con esta víctima fue diferente; quizá se debió a que conforme avanzaba en sus matanzas, experimentaba el modo de deshacerse de sus víctimas.

En este caso, Ulises metió el cuerpo de Fernando en una hielera donde acostumbraban guardar cerveza clandestina con la cual comercializaban esporádicamente; luego cavó una fosa dentro de la casa, enterró la hielera y como era maestro albañil, no le costó trabajo cubrir con cemento el agujero.

Todavía, para ocultar la marca del desperfecto en el piso, colocó un ropero encima. Y al hermano de la víctima lo engaño diciéndole que Fernando había huido y que no era necesario denunciar su desaparición, pues seguramente luego de un tiempo regresaría. Y le creyó. De acuerdo con los testimonios de los testigos, que también fueron víctimas, el crimen de Fernando lo realizó en presencia del menor de edad. Y, nuevamente, poseído por el siniestro frenesí de su fechoría, Ulises violentó sexualmente al jovencito.

IV. DEJABA CARRITOS JUNTO A LOS RESTOS HUMANOS

Trascendió, luego de someter a un intenso interrogatorio al presunto homicida en el momento de su detención, que en su infancia -según relató a los agentes- sufrió abuso sexual y que la persona que lo violaba solía regalarle carritos similares a los que dejaba junto a los cuerpos, de allí su manía por los juguetitos.

Por otra parte, de acuerdo con el fiscal, siguiendo un mismo modo de operar, llámese rutinario o ritual, Ulises utilizó una segueta que tiñó de verde para ocultar el rastro de sangre que dejaban sus víctimas.

Además, se pudo determinar que seducía a sus víctimas con la promesa de proveerlos de metanfetamina. Cuando acudían a recibir lo acordado en el domicilio del indiciado, éste los drogaba, quizás para abusar de ellos, o tal vez sólo por el placer de verlos morir; entonces los machacaba a golpes con un objeto contundente -el cual fue recuperado y todavía tenía vestigios cerebrales como evidencia- en la cabeza.

Finalmente, remataba su obra con el desmembramiento y posterior olvido en la vía pública de las piezas de lo que alguna vez fueron hombres. Cuando capturaron al maleante e inspeccionaron las escenas del crimen, lograron recuperar los juguetitos del homicida en la casa marcada con el número 6841 de la calle 11a. y Álamo.

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V1. LA CONDENA

Una juez de lo Penal dictaminó los delitos de homicidio y violación como calificados y con todas las agravantes, luego de desahogar las evidencias, así como las declaraciones de los testigos y las investigaciones de los agentes.

Así pues, se impuso una sentencia de 120 años de prisión al imputársele los tres crímenes que se pudieron constatar que cometió durante los meses de noviembre y diciembre de 2015, así como por la violación de un menor.

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El 6 de enero de 2016 fue presentado un presunto multihomicida y descuartizador, a quien se le relacionó con el homicidio de dos hombres a los que posteriormente mutiló, hecho lo cual, salió con algunos paquetes de su domicilio y fue a esparcir los restos no muy lejos de donde vivía. Su nombre es lo de menos, lo que importa es la brutalidad con la que ciegamente acabó con la vida de sus víctimas.

No está por demás nombrar a Ulises Castillo Villarreal, que a sus 35 años terminó capturado por los crímenes mencionados, los cuales cometió en el estado de Chihuahua, en la colonia Desarrollo Urbano.

De allí el mote que luego se le asignaría -uno entre varios- “El Descuartizador de la Desarrollo Urbano”, aunque también se le conoció como “El Cholo” e incluso, en algunos círculos herméticos, se le llegó a nombrar como “El Descuartizador del Juguetito”.

Pero fue durante la mañana del 5 de enero de 2016 cuando la Policía Estatal Investigadora lo detuvo, sólo que por motivos diferentes a los relacionados con posibles asesinatos, pues se le encontró en posesión de porciones de droga conocida como cristal o metanfetamina y, por tal motivo, se obtuvo una orden de aprehensión en su contra.

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Así pues, al ser arrestado y mientras las autoridades lo interrogaban, se dieron cuenta de que Ulises no sólo era un traficante de poca monta, sino el criminal a quien buscaban desde hacía tiempo, involucrado en al menos tres asesinatos de hombres.

El anuncio de su detención fue dado a conocer por el fiscal general del estado, Jorge Enrique González Nicolás, y el director de la Policía Estatal, Pablo Ernesto Rocha Acosta, quienes informaron que las investigaciones habían iniciado desde el 17 de noviembre de 2015.

A Ulises se le relacionó con el asesinato de las personas descuartizadas en la colonia Desarrollo Urbano, además se le vinculó con 12 homicidios violentos más, ocurridos en la capital entre 2009 y 2015.


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II. LAS VÍCTIMAS

Todo se remonta al 17 de noviembre de 2015, cuando los agentes de la Unidad de Delitos contra la Vida hallaron las extremidades inferiores de un cuerpo, en el patio de una casa abandonada en la Calle 9a. y San Abel, donde había vivido Castillo Villarreal.

Dos días después, en la calle 11a. y Álamos, a una cuadra de distancia y cerca de un arroyo, se encontró el resto del cuerpo, que no era más que el torso y la cabeza, que presentaba severos golpes, que estaban en el interior de una llanta de camión y, sobre éste, se identificó la parte delantera de un triciclo, que el asesinó dejó como su “firma”.

Pasó un tiempo de alrededor de quince días, hasta que el 13 de diciembre fue localizado otro cuerpo desmembrado, en un domicilio ubicado entre la Calle 11a. y Álamos.

Se tuvo conocimiento de que el cuerpo pertenecía a quien en vida respondía al nombre de Lorenzo Ernesto Olivas Berrios, desaparecido desde el 16 de noviembre de ese año.

De acuerdo con los resultados de las investigaciones, se determinó que éste había sido atacado con un objeto contuso, con el cual Ulises le causó trauma craneoencefálico, que a la postre acabaría con su vida; tras lo cual, el descuartizador llevó a cabo su rito, en el que participaba uno de sus juguetes favoritos: la segueta verde.

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SU PLACER ERA VER MORIR

Lo suyo no provenía de una fantasía insana sino de un deseo mórbido, cuyo trasfondo no era más que regocijarse con un oscuro placer saciado al ver cómo escurría la sangre de sus víctimas; luego, sacaba su segueta rigurosamente de color verde y, lentamente, destazaba los cuerpos inertes de sus víctimas, después transportaba los restos en su carretilla vieja y finalmente los abandonaba en la calle.

Con base en la investigación, llevada a cabo por los agentes, se tuvo conocimiento de la identidad de Lorenzo Ernesto Olivas Berrios, a quien un familiar declaró haber visto por última vez la noche del 13 de noviembre en la colonia 3 de Mayo, cuando le comentó que saldría a comprar algo para cenar, pero nunca volvió.

Ernesto, como muchos otros que habían abandonado su natal Delicias para buscar fortuna en la capital, llegó sin esperanza y, al poco tiempo, desapareció sin rastro.

Tres días después, su familiar lo reportó como persona desaparecida ante la Fiscalía. Cuando se pudo comprobar que el cadáver encontrado, no completo sino por partes, coincidía con las características del desaparecido, éste fue entregado a sus familiares, aunque la investigación continuó.

Posteriormente, el 13 de diciembre, otra coincidencia aconteció en el mismo arroyo, entre la Calle 11a. y Álamo, donde de nuevo en el interior de una llanta se localizó otro mutilado, que correspondía con las características de Daniel Alfonso Rodríguez Morales, quien era conocido como “El Troya”, en la colonia Desarrollo Urbano, lugar que lo vio por última vez y de allí pasó al dominio de un demonio que terminó por aniquilarlo; y luego, como escupido de las entrañas del infierno, sus restos fueron encontrados en la misma colonia.

En el sitio del crimen había variantes, pero por un detalle se alcanzó a reconocer al mismo asesino al que buscaban.

En esta ocasión, a la víctima únicamente le habían cortado las piernas y, al realizar la auscultación de la escena, los agentes descubrieron que éstas habían sido envueltas en una cobija y sobre el cuerpo el victimario colocó con precisión macabra la parte trasera del mismo triciclo de juguete que se había encontrado en el primer crimen.

Asimismo, cuando se estudió a fondo el caso, comenzaron a surgir las similitudes entre éste y el de Ernesto, cuyas conclusiones determinaron que, en ambos casos, los cortes y golpes que presentaban los cadáveres eran propios de una misma arma, así como el lugar, el modo y el tiempo, e incluso, la posición en que fueron realizados los hallazgos y, sobre todo, la firma constatada con el juguetito.

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Ante tales pruebas, los agentes profundizaron su indagación en la zona, debido a lo cual lograron obtener la declaración de un testigo de los homicidios, así como de la persona con la que vivía “El Descuartizador de la Desarrollo Urbano”, y con estos elementos recabados lograron desentrañar la identidad del responsable: Andrés Ulises Castillo Villarreal.

III. LOS CRÍMENES

Con base en el arduo trabajo que realizaron los agentes durante largas jornadas ininterrumpidas, se logró precisar cómo ocurrieron los hechos. De tal modo, se estableció que el primer crimen -aunque no hay que olvidar que se le relacionó con otros homicidios que datan de 2015, por lo cual es posible que ya tuviera experiencia- lo cometió en la vivienda de la Calle 9a., donde tras discutir con Lorenzo Ernesto Olivas Berrios, lo mató a golpes.

Posiblemente se haya tomado una pausa para saciarse con la imagen de la muerte, como suelen hacer los asesinos seriales que no temen ser capturados, pues se consideran mejor que cualquiera, sobre todo que la autoridad. Luego llevó el cuerpo inerte al baño, donde se tomó el tiempo para descuartizarlo, y que la sangre escurriera hacia el drenaje para que al desecharlo no hubiera registro del asesinato.

Inmediatamente después del acto demoníaco, Ulises acudió con un conocido, quien era menor de edad, a quien obligó a ayudarlo a deshacerse del cuerpo, bajo amenaza de que le sucedería lo mismo si no lo hacía. Entonces llevaron el cuerpo al arroyo, donde el menor creyó que el infierno había terminado.

Entonces sintió cierto alivio al ver desaparecer los restos mutilados en la noche. Pero su pesar apenas comenzaba. De regreso en el domicilio de la 11a. y San Abel, o más precisamente en el número 903 de San Abel en la Desarrollo Urbano, Ulises, excitado por la hazaña, abusó sexualmente del testigo reiterándole con que estaría vigilándolo para que no cantara.

Después de los hechos, el asesino obligó al menor a limpiar su desastre y, sin demora, desalojó el 903 que en ese momento rentaba. Se dirigió con otro conocido a pedir asilo -el cual le fue concedido-, en donde posteriormente se desarrolló otro momento sangriento; esto ocurrió en el número 6841 de la Álamos y Calle 11a. en la misma colonia.

Fue allí donde permaneció a la sombra, mientras paralelamente la investigación por el otro homicidio continuaba. Entonces, el 13 de diciembre Ulises discutió con El Troya, de tal suerte que, en un momento dado, Ulises sintió que se apoderaba de él la sed de sangre y así le arrancó la vida a El Troya, con contundentes rocazos en la cabeza.

En este crimen tuvo dos testigos, por una parte, el menor, a quien tenía sometido como cómplice involuntario desde el anterior descuartizamiento y, por otra, el hombre que le había dado posada.

A ambos los amenazó con una muerte similar si se les ocurría contar algo. Acto seguido, como guiado por un frenesí derivado de la sangre y la cruel muerte, nuevamente mutiló a la víctima con la segueta verde. Después, trasladó los restos en la carretilla maltratada hasta el arroyo.

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Era como repetir el placer del crimen, los mismos pasos, la euforia. Metió los pedazos en una llanta como la vez pasada y, en el mismo lugar donde antes había abandonado el cuerpo mutilado de Ernesto Olivas, también dejó el de El Troya.

No obstante, de acuerdo con la investigación, se determinó que entre el asesinato de Ernesto y el de Daniel Alfonso, hubo otro.

A principios de diciembre, El Descuartizador sostuvo una discusión con Fernando Valles Gandarilla, hermano de quien lo había recibido en su casa, luego de que Ulises abandonó la primera escena del crimen.

Igual suerte tuvo Fernando, pues el asesino lo golpeó una y otra vez con un martillo en la cabeza. Se desconoce por qué el modo de operar con esta víctima fue diferente; quizá se debió a que conforme avanzaba en sus matanzas, experimentaba el modo de deshacerse de sus víctimas.

En este caso, Ulises metió el cuerpo de Fernando en una hielera donde acostumbraban guardar cerveza clandestina con la cual comercializaban esporádicamente; luego cavó una fosa dentro de la casa, enterró la hielera y como era maestro albañil, no le costó trabajo cubrir con cemento el agujero.

Todavía, para ocultar la marca del desperfecto en el piso, colocó un ropero encima. Y al hermano de la víctima lo engaño diciéndole que Fernando había huido y que no era necesario denunciar su desaparición, pues seguramente luego de un tiempo regresaría. Y le creyó. De acuerdo con los testimonios de los testigos, que también fueron víctimas, el crimen de Fernando lo realizó en presencia del menor de edad. Y, nuevamente, poseído por el siniestro frenesí de su fechoría, Ulises violentó sexualmente al jovencito.

IV. DEJABA CARRITOS JUNTO A LOS RESTOS HUMANOS

Trascendió, luego de someter a un intenso interrogatorio al presunto homicida en el momento de su detención, que en su infancia -según relató a los agentes- sufrió abuso sexual y que la persona que lo violaba solía regalarle carritos similares a los que dejaba junto a los cuerpos, de allí su manía por los juguetitos.

Por otra parte, de acuerdo con el fiscal, siguiendo un mismo modo de operar, llámese rutinario o ritual, Ulises utilizó una segueta que tiñó de verde para ocultar el rastro de sangre que dejaban sus víctimas.

Además, se pudo determinar que seducía a sus víctimas con la promesa de proveerlos de metanfetamina. Cuando acudían a recibir lo acordado en el domicilio del indiciado, éste los drogaba, quizás para abusar de ellos, o tal vez sólo por el placer de verlos morir; entonces los machacaba a golpes con un objeto contundente -el cual fue recuperado y todavía tenía vestigios cerebrales como evidencia- en la cabeza.

Finalmente, remataba su obra con el desmembramiento y posterior olvido en la vía pública de las piezas de lo que alguna vez fueron hombres. Cuando capturaron al maleante e inspeccionaron las escenas del crimen, lograron recuperar los juguetitos del homicida en la casa marcada con el número 6841 de la calle 11a. y Álamo.

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Una juez de lo Penal dictaminó los delitos de homicidio y violación como calificados y con todas las agravantes, luego de desahogar las evidencias, así como las declaraciones de los testigos y las investigaciones de los agentes.

Así pues, se impuso una sentencia de 120 años de prisión al imputársele los tres crímenes que se pudieron constatar que cometió durante los meses de noviembre y diciembre de 2015, así como por la violación de un menor.

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