/ viernes 13 de octubre de 2023

Duelo en Lindavista: Padre e hijo se enfrentan por la misma mujer; uno murió

En 1963, Dolores Zepeda asesinó a su esposo, cuando éste quiso matar a uno de sus vástagos porque se enteró que eran amantes de la misma mujer

El drama, entre acaudalada familia de la colonia Lindavista, fue publicado el miércoles 6 de marzo de 1963; se dijo que, por defender a su hijo, María Dolores Zepeda de Huerta se convirtió en autoviuda, al asesinar de un balazo en la espalda a su esposo, José Isabel Huerta Soto, “quien llegó ebrio a su casa y dispuesto a matar a uno de sus vástagos”.

Al principio, se informó que José Isabel -mayor de caballería, retirado, propietario de varios establos- llegó a su domicilio en Insurgentes Norte 1894, en la citada colonia, con la intención de “castigar” a Lorenzo Huerta Cepeda, su hijo de 23 años, pues éste sostenía relaciones con la mujer que él amaba, pero no se refería a su madre, sino a otra mujer.

La escena dejó a todos petrificados al principio, como cuando el culpable declara su crimen sin que alguien lo hubiera previsto. De acuerdo con lo que pudo investigar el reportero de LA PRENSA, el vértice del triángulo amoroso era una mujer joven a quien conocían como Lupe, quien tenía un hijo pequeño, razón por la cual padre e hijo se habían distanciado. La tragedia ya se auguraba, comentaron algunas personas cercanas a la familia.

Momentos antes de que se suscitara la tragedia, Huerta Soto reñía con su esposa a través de la habitación que compartían como matrimonio. El mayor retirado vociferaba y pateaba la puerta que parecía que iba a ceder a los puntapiés.

Después, en un alarde de macho herido le gritó que no tenía necesidad de entrar a la alcoba, pues había muchas mujeres que estarían dispuestas a darle lo que, según él, merecía. Al cabo de un instante de silencio, gritó: “¡Te voy a matar!”

Como no pudo descargar su ira contra María Dolores, se retiró. Caminó a la planta baja, donde se encontraban sus hijos. Al tenerlo de frente, desenfundó su pistola y gritó nuevamente: “¡Voy a matar a Lorenzo!”

Pero como otro de sus hijos se encontraba allí mismo, en el momento en que su padre pronunció la sentencia, éste luchó con él para intentar desarmarlo. Y en tanto estos acontecimientos se desarrollaban en la planta baja, todo el barullo llegó hasta donde descansaba María que, angustiada por lo que pudiera suceder, sacó una pistola calibre .38 autimática que guardaba su marido en un clóset y se apresuró a bajar.

Al llegar, José Isabel y Víctor Manuel, el hijo mayor todavía se encontraban forcejeando uno aún con la pistola en la mano y el otro tratando de desarmarlo.

Temiendo que su ebrio esposo acabara con la vida de uno de sus hijos por accidente y con el otro por recelo, abrió fuego cuando se encontraba de espaldas a ella. El proyectil atravesó la humanidad del agresor, salió por la clavícula derecha y se alojó abajo del pabellón auricular del mismo lado. Después, los tres miraron cómo el exmilitar cayó fulminado.

Al darse cuenta de su crimen, María Dolores tiró la pistola y salió corriendo de la escena; huyó de la casa, abordó un taxi y se perdió entre las calles de aquella colonia. De acuerdo con lo que declararon sus hijos, José Isabel había golpeado a su madre el fin de semana.

Agentes del Servicio Secreto llegaron al lugar de los hechos, en donde recabaron indicios balísticos y aseguraron las dos armas: la calibre .38 automática, con la cual María Dolores ajustició a su marido, y otra automática de pequeño calibre, con la cual José amenazó con matar a sus hijos.

Ambos hijos justificaron las acciones de su mamá

Los hijos de la autoviuda justificaron el asesinato que María Dolores cometió contra su marido, el rico establero José Isabel Huerta. Ambos censuraron la mala conducta que su padre venía manifestando a partir de cuando se relacionó con una mujer de nombre Guadalupe, quien además había sido amante de Lorenzo Huerta, uno de sus hijos, el menor para ser más precisos.

Durante todo el interrogatorio mantuvieron una postura firme respecto a la autoría del crimen, ante lo cual los agentes no objetaron ni manifestaron duda, puesto que la mujer había huido tan pronto como consumó el homicidio.

Las autoridades sospecharon que se había fugado rumbo a Nayarit, aunque no explicaron sobre qué evidencia presentaron dicha hipótesis.

Otro punto importante, derivado de los interrogatorios, fue que en verdad las historias coincidían en los puntos más fundamentales. Tal como lo había dado a conocer LA PRENSA el día 7 de marzo, los jóvenes prácticamente ratificaron los hechos.

Su padre llegó a la residencia en estado de ebriedad, había discutido con María Dolores, como ya era casi una costumbre, pero al no poder descargar su furia contra ella, bajó a la planta principal, en donde se encontraban los hermanos; después, encaró a Lorenzo por el tema de Lupe, pero el joven sólo insistió en que dejara en paz a su madre. Finalmente, J. Isabel manifestó que se desquitaría con Lorenzo.

La situación era tensa; el ambiente, pesado. El establero le dio un par de manotazos a su hijo y éste los esquivó, pero su padre, iracundo por la faena, echó mano al cinto donde alojaba el arma calibre .32, no se sabe si tan sólo con la intención de amagar o para asesinarlo certeramente.

Fue entonces cuando intervino Víctor, quien despojó del arma a su padre, al mismo tiempo en que María Dolores, advertida por la conmoción, el ajetreo y los gritos, ya había bajado con el arma en la mano y apuntaba a su marido, a quien finalmente disparó cuando quedó desarmado y lo tuvo a la distancia justa para acertar en su humanidad.

La defensa de la señora no fue muy exitosa cuando la autoviuda fue consignada (se le dictó auto de formal prisión), aunque quizá, posteriormente logró “convencer” al juez penal que “la agresora había actuado en defensa de la vida de uno de sus hijos”.

La verdad conocida es que había “faldas de por medio” -como decían los viejos policías- y que la autoviuda pudo haber actuado en un “exceso de defensa propia”, víctima de los celos que debió sentir al saber que tenía una rival joven y quien, por añadidura, por algún tiempo jugó con los sentimientos de padre e hijo, es decir, fue amiga de ambos, acosada por la ambición económica.

La primera versión señaló que Huerta Soto quería castigar a su hijo Lorenzo Huerta Zepeda porque sostenía relaciones amorosas con la mujer que “amaba” el exmilitar y dueño de establos.

Un detalle pareció curioso en la descripción de los hechos relatada por los testigos. Resultó que en el instante justo en que José Isabel perdió el arma tras forcejear con Víctor, sonó el disparo con el cual al mismo tiempo María Dolores protegió a Lorenzo y dio muerte a su esposo.

Como ya se explicó, el proyectil entró por la espalda en una trayectoria extraña, puesto que terminó alojado en el cerebro. Quizá se debió a la altura, dado que María Dolores era baja de estatura y J. Isabel era alto; de tal suerte que la trayectoria fue ascendente, del omóplato izquierdo hacia la oreja y luego hacia el cerebro.

Aturdidos y desconcertados por lo que acababa de ocurrir, pero ciertos de que a su madre la perseguiría la policía, recogieron todo el dinero que el muerto cargaba consigo y se lo entregaron para que se diera a la fuga.

Al llegar los agentes, cometieron un grave error, ya que se llevaron las pistolas sin señalar la posición en que se encontraban y si la .32 automática estaba con el cartucho cortado, como se afirmó, lo cual representaba una gran ventaja para la homicida.

María Dolores, luego de un instante de conmoción, soltó el arma y a bordo de un taxi se fue hacia el centro de la Ciudad de México, para refugiarse en una iglesia.

El 2 de marzo de 1963, antes de la tragedia, José Isabel había golpeado con “relativa brutalidad”, según la policía, a la señora que pocos días más tarde le iba a privar de la existencia.

Agentes del Servicio Secreto que tomaron conocimiento del crimen fueron denunciados por los hijos del matrimonio, ya que los acusaron de haberse apoderado del dinero que el occiso traía en los bolsillos de su ropa, aunque, como se había comentado, habrían sido los mismos hijos quienes sustrajeron la pecunia para entregársela a su madre y ésta pudiera huir.

Lorenzo Huerta Zepeda fue entrevistado en la decimotercera delegación del Ministerio Público y dijo que hacía siete años conoció a Guadalupe “N”, pero ella se casó después con un individuo desconocido para Lorenzo.

La señora habría llevado una vida reprobable. Cinco años después de conocer a Lorenzo, Guadalupe logró que José Isabel se enamorara de ella y también aceptó su dinero y romance.

Se entregó

Consciente de su delito, decidida a soportar sobre sus hombros el peso de la justicia y para evitar que la policía acosara a los suyos, la autoviuda María Dolores Zepeda optó por entregarse, informó el reportero Félix Fuentes Medina.

Aquello ocurrió el jueves 7 de marzo de 1963. Alrededor de las 10 horas, María Dolores se presentó ante el coronel Raúl Mendiolea Cerecero, jefe de los Servicios Especiales de la Jefatura de Policía.

-Nunca pensé que mi esposo sería la víctima. Estaba segura de que él iba a matar tanto a mi hijo Lorenzo como a mí -reveló la señora, quien en ese entonces contaba con 49 años y dijo que se había ocultado en la sacristía de la iglesia de la Expiración, en Leandro Valle y Belisario Domínguez.

Durante la investigación, se localizó al hermano de la víctima, José María Huerta Soto, quien habló, sin usar expresiones condenatorias o de desprecio, a favor de la homicida:

-María Dolores siempre fue una madre ejemplar, hogareña y muy católica.

Por su parte, la joven Guadalupe Nava Rodríguez, presunta culpable indirecta de la tragedia, sonreía con cierta tristeza en la Jefatura de Policía, al ser interrogada por los agentes del Servicio Secreto. La joven mujer negaba haber tenido relaciones con padre e hijo, aunque luego lo aceptó. Dijo tener 28 años de edad y que desde hacía nueve años se había casado.

Al hablar con reporteros, vestida de luto, la señora Zepeda recordó que hacía 26 años contrajo matrimonio con José Isabel Huerta Soto. Trajeron al mundo 16 hijos, 8 de los cuales fallecieron. Dijo que su esposo era celoso extremo y una vez la arrojó a la calle por considerar que Lorenzo no era hijo suyo, sino de José María Huerta Soto, hermano del establero.

-¿Últimamente la celaba? -le preguntaron.

-Ya no, ya estoy vieja. De esos celos sólo me quedan los recuerdos. Jamás lo traicioné, le di todo lo que fui. Pero en la Procuraduría existe un acta de cuando me balaceó y estuvo a punto de herir a mis hijos. Aquella vez me llevó a un rancho de Tepexpan y amenazó con acusarme de loca, de no desistirme de la acusación que hice.

-¿Su marido usaba pistola?

-Claro, la casa era un almacén de pistolas. El compraba y vendía armas. Varias personas lo buscaban para hacer esa clase de negocios.

-¿Y usted conocía el manejo de armas?

-Para qué les digo que no. Hace algunos años le pegué, en el centro, a un bote de chiles, que estaba colocado a veinte metros.

Luego, la autoviuda relató que las peores dificultades ocurrieron cuando J. Isabel Huerta supo que Guadalupe Nava había tenido relaciones amorosas con Lorenzo Huerta Cepeda.

Según la misma versión, la víctima gritó antes de morir que Guadalupe Nava se le había hincado para jurarle que era mentira que ella se hubiese relacionado con Lorenzo. Situación que lo desquició doblemente, pues por una parte, si era cierto que fueron amantes, eso lo volvía loco, pero si era verdad que no lo fueron, lo enfadaba el hecho de que alguien tramara una mentira para deshacer su relación con Guadalupe.

La riña previa

-De las relaciones de Guadalupe con mi hijo me enteré hace dos años cuando ella reclamó que estaba próxima a ser madre. Y del romance de la señora con mi marido lo supe hace ocho meses -contó María Dolores Cepeda, vaciándose de una historia que llevaba guardada por mucho tiempo y que la hería, pero ahora, al descargar su verdad, sentía que todo se aligeraba, incluso sentía que podía respirar con soltura, no como hasta hacía unos días, cuando tan sólo de pensar en que J. Isabel llegaría borracho y con ganas de pleito se le formaba un coágulo de miedo en el cogote.

El sábado pasado mi esposo trató de matar a mi hijo Lorenzo, pero mis otros hijos lo rodearon para quitarle la pistola. Aunque antes había retado a Lorenzo para que salieran a la calle y se batieran en duelo. ¡Imagínese usted el ridículo! Por supuesto, mi hijo no aceptó y por eso su padre le dio una golpiza.

Todo esto se suscitó porque antes a mí me estaba golpeando mi marido, por eso intervino Lorenzo y de ahí derivó el encono aún mayor contra mi defensor. Luego ya no supimos de él, hasta el martes, cuando llegó, ebrio como era habitual, y lo primero que hizo después de cruzar la puerta fue gritar: “¡Vengo a matarlos, como lo prometí!”

-¿De qué forma hizo usted el disparo?

-Me paré sobre la punta de los pies y alargué el brazo en forma de arco y apunté sobre mi esposo.

-¿No tuvo miedo de herir a alguno de sus hijos, quienes, según ha dicho, rodeaban a su cónyuge?

Precisamente por eso me paré de puntas y en seguida apreté el gatillo. Luego llamamos a un sacerdote y dio la absolución.

Posteriormente María Dolores relató que no se fijó si su marido tenía las manos libres cuando se produjo el disparo mortal, “sólo recuerdo que en su mano derecha empuñaba una pistola”.

Esto no se pudo comprobar porque, según algunos testigos, los agentes secretos se apoderaron de las armas y se las llevaron a la Jefatura de Policía “para las pruebas de balística”...

Quiero morir en prisión

Una vez consignada a la Procuraduría de Justicia del Distrito y procedente de la Jefatura de Policía, la autoviuda María Dolores Zepeda dijo:

-¡Que no me defiendan…! ¡Quiero podrirme [sic] en la cárcel! ¡Morir allí…!

Luego expresó que estaba satisfecha de que ninguno de sus hijos hubiese muerto, como lo temía, y que daba gracias a Dios que estaban sanos y salvos. La autoviuda insistió que tarde o temprano su esposo asesinaría a su hijo Lorenzo y también a ella. Enseguida, la mujer hizo hincapié en el hecho de que su marido se volvió insoportable cuando supo que la señora Guadalupe Nava había tenido relaciones con él y también con su hijo Lorenzo.

A pregunta que se le formuló, María Dolores explicó que sí estuvo refugiada en la sacristía de la iglesia de la Expiración, pero que el sacristán Jesús Aguilera Díaz es inocente del delito de encubrimiento porque ella no le explicó, desde el primer momento, cuanto había hecho.

J. Jesús Aguilera, quien permitió que en la sacristía de dicha iglesia se refugiara la autoviuda, dijo que ella llegó poco antes de la medianoche y sólo dijo que había tenido un problema en su casa.

-Yo -afirmó el sacristán- no supe que ella había matado a su marido. Al día siguiente, cuando leí un periódico me enteré del suceso. Le pedí entonces a la señora que no me comprometiera.

Pero no fue sino hasta que se enteró que sus hijos Víctor Manuel y Lorenzo estaban detenidos que decidió entregarse a las autoridades.

Se veía más serena al rendir su declaración en la reja de prácticas número 20. María Dolores, vestida de negro y cubierta la cabeza con un velo, narró los pormenores de los sucesos que desencadenaron la muerte de su marido. Dijo que éste le daba mala vida y señaló que en una ocasión la balaceó a ella y a sus hijos, pero que no pasó a mayores y el episodio quedó en anécdota.

Junto con María Dolores, también fue consignado el sacristán Jesús Aguilera por el delito de encubrimiento. Pese a todo, la mujer dijo que el religioso no tenía nada que ver, pues su desconocimiento prácticamente lo exculpaba, ya que, en efecto, después del crimen se dirigió a la casa del religioso y que, aunque inicialmente no le relató lo ocurrido, sí lo hizo una vez que pasó al interior y se sintió segura.

-Recuerdo que les indiqué que deseaba presentarme a las autoridades y ellos me dijeron que era lo mejor, pero me pidieron que tratara de calmarme. Permanecí en casa de los Aguilera la noche del martes 5; el miércoles 6, decidiéndome en presentarme a la policía el día 7.

Agregó que nunca pensó en sustraerse de la justicia:

-El mismo delito que cometí, me acusa. ¿A qué podría yo temer? -dijo con firmeza y concluyó-: Maté a mi marido por defender a mi hijo. Ahora todo me da igual.

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Formal prisión a la autoviuda

El jueves 14 de marzo de 1963, María Dolores Zepeda, confesa de haber matado de un tiro a su esposo, fue declarada formalmente presa por el juez penal Jesús Efrén Araujo, y volvió a decir que “fue por defender a su hijo, de una agresión injusta, desproporcionada y peligrosa”. Aunque lo declaró entre sollozos y generó algo de compasión en el juez, de cualquier modo, la sentencia estaba dictada.

La señora lloró al escuchar la decisión del funcionario. Pero continuaba su confesión, ya no para alguien específico (un juez, la policía, los abogados) sino como para purgar su alma afligida por cargar con la muerte de aquel a quien había jurado amar. Pero de eso hacía tanto tiempo en otras circunstancias que ya ni siquiera recordaba cómo se había enamorado, aunque creyó que lo suyo no fue eso, sino que creyó que al tener aquel una buena posición económica y grado militar, su vida quizá estaría balanceada.

Y al principio así fue, algunos años de alegrías y tantos hijos, algunos muertos y otros vivos…

-Fue la angustia de ver a mi hijo en peligro de muerte lo que me orilló a matarlo. Aunque sí, lo reconozco, honestamente, creo que se lo merecía -fue lo último que dijo.

Finalmente, su próxima estancia se encontraba en el Palacio Negro de Lecumberri, en donde fue recluida, y no supo si recuperó su libertad o cuál fue su ulterior destino…

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El drama, entre acaudalada familia de la colonia Lindavista, fue publicado el miércoles 6 de marzo de 1963; se dijo que, por defender a su hijo, María Dolores Zepeda de Huerta se convirtió en autoviuda, al asesinar de un balazo en la espalda a su esposo, José Isabel Huerta Soto, “quien llegó ebrio a su casa y dispuesto a matar a uno de sus vástagos”.

Al principio, se informó que José Isabel -mayor de caballería, retirado, propietario de varios establos- llegó a su domicilio en Insurgentes Norte 1894, en la citada colonia, con la intención de “castigar” a Lorenzo Huerta Cepeda, su hijo de 23 años, pues éste sostenía relaciones con la mujer que él amaba, pero no se refería a su madre, sino a otra mujer.

La escena dejó a todos petrificados al principio, como cuando el culpable declara su crimen sin que alguien lo hubiera previsto. De acuerdo con lo que pudo investigar el reportero de LA PRENSA, el vértice del triángulo amoroso era una mujer joven a quien conocían como Lupe, quien tenía un hijo pequeño, razón por la cual padre e hijo se habían distanciado. La tragedia ya se auguraba, comentaron algunas personas cercanas a la familia.

Momentos antes de que se suscitara la tragedia, Huerta Soto reñía con su esposa a través de la habitación que compartían como matrimonio. El mayor retirado vociferaba y pateaba la puerta que parecía que iba a ceder a los puntapiés.

Después, en un alarde de macho herido le gritó que no tenía necesidad de entrar a la alcoba, pues había muchas mujeres que estarían dispuestas a darle lo que, según él, merecía. Al cabo de un instante de silencio, gritó: “¡Te voy a matar!”

Como no pudo descargar su ira contra María Dolores, se retiró. Caminó a la planta baja, donde se encontraban sus hijos. Al tenerlo de frente, desenfundó su pistola y gritó nuevamente: “¡Voy a matar a Lorenzo!”

Pero como otro de sus hijos se encontraba allí mismo, en el momento en que su padre pronunció la sentencia, éste luchó con él para intentar desarmarlo. Y en tanto estos acontecimientos se desarrollaban en la planta baja, todo el barullo llegó hasta donde descansaba María que, angustiada por lo que pudiera suceder, sacó una pistola calibre .38 autimática que guardaba su marido en un clóset y se apresuró a bajar.

Al llegar, José Isabel y Víctor Manuel, el hijo mayor todavía se encontraban forcejeando uno aún con la pistola en la mano y el otro tratando de desarmarlo.

Temiendo que su ebrio esposo acabara con la vida de uno de sus hijos por accidente y con el otro por recelo, abrió fuego cuando se encontraba de espaldas a ella. El proyectil atravesó la humanidad del agresor, salió por la clavícula derecha y se alojó abajo del pabellón auricular del mismo lado. Después, los tres miraron cómo el exmilitar cayó fulminado.

Al darse cuenta de su crimen, María Dolores tiró la pistola y salió corriendo de la escena; huyó de la casa, abordó un taxi y se perdió entre las calles de aquella colonia. De acuerdo con lo que declararon sus hijos, José Isabel había golpeado a su madre el fin de semana.

Agentes del Servicio Secreto llegaron al lugar de los hechos, en donde recabaron indicios balísticos y aseguraron las dos armas: la calibre .38 automática, con la cual María Dolores ajustició a su marido, y otra automática de pequeño calibre, con la cual José amenazó con matar a sus hijos.

Ambos hijos justificaron las acciones de su mamá

Los hijos de la autoviuda justificaron el asesinato que María Dolores cometió contra su marido, el rico establero José Isabel Huerta. Ambos censuraron la mala conducta que su padre venía manifestando a partir de cuando se relacionó con una mujer de nombre Guadalupe, quien además había sido amante de Lorenzo Huerta, uno de sus hijos, el menor para ser más precisos.

Durante todo el interrogatorio mantuvieron una postura firme respecto a la autoría del crimen, ante lo cual los agentes no objetaron ni manifestaron duda, puesto que la mujer había huido tan pronto como consumó el homicidio.

Las autoridades sospecharon que se había fugado rumbo a Nayarit, aunque no explicaron sobre qué evidencia presentaron dicha hipótesis.

Otro punto importante, derivado de los interrogatorios, fue que en verdad las historias coincidían en los puntos más fundamentales. Tal como lo había dado a conocer LA PRENSA el día 7 de marzo, los jóvenes prácticamente ratificaron los hechos.

Su padre llegó a la residencia en estado de ebriedad, había discutido con María Dolores, como ya era casi una costumbre, pero al no poder descargar su furia contra ella, bajó a la planta principal, en donde se encontraban los hermanos; después, encaró a Lorenzo por el tema de Lupe, pero el joven sólo insistió en que dejara en paz a su madre. Finalmente, J. Isabel manifestó que se desquitaría con Lorenzo.

La situación era tensa; el ambiente, pesado. El establero le dio un par de manotazos a su hijo y éste los esquivó, pero su padre, iracundo por la faena, echó mano al cinto donde alojaba el arma calibre .32, no se sabe si tan sólo con la intención de amagar o para asesinarlo certeramente.

Fue entonces cuando intervino Víctor, quien despojó del arma a su padre, al mismo tiempo en que María Dolores, advertida por la conmoción, el ajetreo y los gritos, ya había bajado con el arma en la mano y apuntaba a su marido, a quien finalmente disparó cuando quedó desarmado y lo tuvo a la distancia justa para acertar en su humanidad.

La defensa de la señora no fue muy exitosa cuando la autoviuda fue consignada (se le dictó auto de formal prisión), aunque quizá, posteriormente logró “convencer” al juez penal que “la agresora había actuado en defensa de la vida de uno de sus hijos”.

La verdad conocida es que había “faldas de por medio” -como decían los viejos policías- y que la autoviuda pudo haber actuado en un “exceso de defensa propia”, víctima de los celos que debió sentir al saber que tenía una rival joven y quien, por añadidura, por algún tiempo jugó con los sentimientos de padre e hijo, es decir, fue amiga de ambos, acosada por la ambición económica.

La primera versión señaló que Huerta Soto quería castigar a su hijo Lorenzo Huerta Zepeda porque sostenía relaciones amorosas con la mujer que “amaba” el exmilitar y dueño de establos.

Un detalle pareció curioso en la descripción de los hechos relatada por los testigos. Resultó que en el instante justo en que José Isabel perdió el arma tras forcejear con Víctor, sonó el disparo con el cual al mismo tiempo María Dolores protegió a Lorenzo y dio muerte a su esposo.

Como ya se explicó, el proyectil entró por la espalda en una trayectoria extraña, puesto que terminó alojado en el cerebro. Quizá se debió a la altura, dado que María Dolores era baja de estatura y J. Isabel era alto; de tal suerte que la trayectoria fue ascendente, del omóplato izquierdo hacia la oreja y luego hacia el cerebro.

Aturdidos y desconcertados por lo que acababa de ocurrir, pero ciertos de que a su madre la perseguiría la policía, recogieron todo el dinero que el muerto cargaba consigo y se lo entregaron para que se diera a la fuga.

Al llegar los agentes, cometieron un grave error, ya que se llevaron las pistolas sin señalar la posición en que se encontraban y si la .32 automática estaba con el cartucho cortado, como se afirmó, lo cual representaba una gran ventaja para la homicida.

María Dolores, luego de un instante de conmoción, soltó el arma y a bordo de un taxi se fue hacia el centro de la Ciudad de México, para refugiarse en una iglesia.

El 2 de marzo de 1963, antes de la tragedia, José Isabel había golpeado con “relativa brutalidad”, según la policía, a la señora que pocos días más tarde le iba a privar de la existencia.

Agentes del Servicio Secreto que tomaron conocimiento del crimen fueron denunciados por los hijos del matrimonio, ya que los acusaron de haberse apoderado del dinero que el occiso traía en los bolsillos de su ropa, aunque, como se había comentado, habrían sido los mismos hijos quienes sustrajeron la pecunia para entregársela a su madre y ésta pudiera huir.

Lorenzo Huerta Zepeda fue entrevistado en la decimotercera delegación del Ministerio Público y dijo que hacía siete años conoció a Guadalupe “N”, pero ella se casó después con un individuo desconocido para Lorenzo.

La señora habría llevado una vida reprobable. Cinco años después de conocer a Lorenzo, Guadalupe logró que José Isabel se enamorara de ella y también aceptó su dinero y romance.

Se entregó

Consciente de su delito, decidida a soportar sobre sus hombros el peso de la justicia y para evitar que la policía acosara a los suyos, la autoviuda María Dolores Zepeda optó por entregarse, informó el reportero Félix Fuentes Medina.

Aquello ocurrió el jueves 7 de marzo de 1963. Alrededor de las 10 horas, María Dolores se presentó ante el coronel Raúl Mendiolea Cerecero, jefe de los Servicios Especiales de la Jefatura de Policía.

-Nunca pensé que mi esposo sería la víctima. Estaba segura de que él iba a matar tanto a mi hijo Lorenzo como a mí -reveló la señora, quien en ese entonces contaba con 49 años y dijo que se había ocultado en la sacristía de la iglesia de la Expiración, en Leandro Valle y Belisario Domínguez.

Durante la investigación, se localizó al hermano de la víctima, José María Huerta Soto, quien habló, sin usar expresiones condenatorias o de desprecio, a favor de la homicida:

-María Dolores siempre fue una madre ejemplar, hogareña y muy católica.

Por su parte, la joven Guadalupe Nava Rodríguez, presunta culpable indirecta de la tragedia, sonreía con cierta tristeza en la Jefatura de Policía, al ser interrogada por los agentes del Servicio Secreto. La joven mujer negaba haber tenido relaciones con padre e hijo, aunque luego lo aceptó. Dijo tener 28 años de edad y que desde hacía nueve años se había casado.

Al hablar con reporteros, vestida de luto, la señora Zepeda recordó que hacía 26 años contrajo matrimonio con José Isabel Huerta Soto. Trajeron al mundo 16 hijos, 8 de los cuales fallecieron. Dijo que su esposo era celoso extremo y una vez la arrojó a la calle por considerar que Lorenzo no era hijo suyo, sino de José María Huerta Soto, hermano del establero.

-¿Últimamente la celaba? -le preguntaron.

-Ya no, ya estoy vieja. De esos celos sólo me quedan los recuerdos. Jamás lo traicioné, le di todo lo que fui. Pero en la Procuraduría existe un acta de cuando me balaceó y estuvo a punto de herir a mis hijos. Aquella vez me llevó a un rancho de Tepexpan y amenazó con acusarme de loca, de no desistirme de la acusación que hice.

-¿Su marido usaba pistola?

-Claro, la casa era un almacén de pistolas. El compraba y vendía armas. Varias personas lo buscaban para hacer esa clase de negocios.

-¿Y usted conocía el manejo de armas?

-Para qué les digo que no. Hace algunos años le pegué, en el centro, a un bote de chiles, que estaba colocado a veinte metros.

Luego, la autoviuda relató que las peores dificultades ocurrieron cuando J. Isabel Huerta supo que Guadalupe Nava había tenido relaciones amorosas con Lorenzo Huerta Cepeda.

Según la misma versión, la víctima gritó antes de morir que Guadalupe Nava se le había hincado para jurarle que era mentira que ella se hubiese relacionado con Lorenzo. Situación que lo desquició doblemente, pues por una parte, si era cierto que fueron amantes, eso lo volvía loco, pero si era verdad que no lo fueron, lo enfadaba el hecho de que alguien tramara una mentira para deshacer su relación con Guadalupe.

La riña previa

-De las relaciones de Guadalupe con mi hijo me enteré hace dos años cuando ella reclamó que estaba próxima a ser madre. Y del romance de la señora con mi marido lo supe hace ocho meses -contó María Dolores Cepeda, vaciándose de una historia que llevaba guardada por mucho tiempo y que la hería, pero ahora, al descargar su verdad, sentía que todo se aligeraba, incluso sentía que podía respirar con soltura, no como hasta hacía unos días, cuando tan sólo de pensar en que J. Isabel llegaría borracho y con ganas de pleito se le formaba un coágulo de miedo en el cogote.

El sábado pasado mi esposo trató de matar a mi hijo Lorenzo, pero mis otros hijos lo rodearon para quitarle la pistola. Aunque antes había retado a Lorenzo para que salieran a la calle y se batieran en duelo. ¡Imagínese usted el ridículo! Por supuesto, mi hijo no aceptó y por eso su padre le dio una golpiza.

Todo esto se suscitó porque antes a mí me estaba golpeando mi marido, por eso intervino Lorenzo y de ahí derivó el encono aún mayor contra mi defensor. Luego ya no supimos de él, hasta el martes, cuando llegó, ebrio como era habitual, y lo primero que hizo después de cruzar la puerta fue gritar: “¡Vengo a matarlos, como lo prometí!”

-¿De qué forma hizo usted el disparo?

-Me paré sobre la punta de los pies y alargué el brazo en forma de arco y apunté sobre mi esposo.

-¿No tuvo miedo de herir a alguno de sus hijos, quienes, según ha dicho, rodeaban a su cónyuge?

Precisamente por eso me paré de puntas y en seguida apreté el gatillo. Luego llamamos a un sacerdote y dio la absolución.

Posteriormente María Dolores relató que no se fijó si su marido tenía las manos libres cuando se produjo el disparo mortal, “sólo recuerdo que en su mano derecha empuñaba una pistola”.

Esto no se pudo comprobar porque, según algunos testigos, los agentes secretos se apoderaron de las armas y se las llevaron a la Jefatura de Policía “para las pruebas de balística”...

Quiero morir en prisión

Una vez consignada a la Procuraduría de Justicia del Distrito y procedente de la Jefatura de Policía, la autoviuda María Dolores Zepeda dijo:

-¡Que no me defiendan…! ¡Quiero podrirme [sic] en la cárcel! ¡Morir allí…!

Luego expresó que estaba satisfecha de que ninguno de sus hijos hubiese muerto, como lo temía, y que daba gracias a Dios que estaban sanos y salvos. La autoviuda insistió que tarde o temprano su esposo asesinaría a su hijo Lorenzo y también a ella. Enseguida, la mujer hizo hincapié en el hecho de que su marido se volvió insoportable cuando supo que la señora Guadalupe Nava había tenido relaciones con él y también con su hijo Lorenzo.

A pregunta que se le formuló, María Dolores explicó que sí estuvo refugiada en la sacristía de la iglesia de la Expiración, pero que el sacristán Jesús Aguilera Díaz es inocente del delito de encubrimiento porque ella no le explicó, desde el primer momento, cuanto había hecho.

J. Jesús Aguilera, quien permitió que en la sacristía de dicha iglesia se refugiara la autoviuda, dijo que ella llegó poco antes de la medianoche y sólo dijo que había tenido un problema en su casa.

-Yo -afirmó el sacristán- no supe que ella había matado a su marido. Al día siguiente, cuando leí un periódico me enteré del suceso. Le pedí entonces a la señora que no me comprometiera.

Pero no fue sino hasta que se enteró que sus hijos Víctor Manuel y Lorenzo estaban detenidos que decidió entregarse a las autoridades.

Se veía más serena al rendir su declaración en la reja de prácticas número 20. María Dolores, vestida de negro y cubierta la cabeza con un velo, narró los pormenores de los sucesos que desencadenaron la muerte de su marido. Dijo que éste le daba mala vida y señaló que en una ocasión la balaceó a ella y a sus hijos, pero que no pasó a mayores y el episodio quedó en anécdota.

Junto con María Dolores, también fue consignado el sacristán Jesús Aguilera por el delito de encubrimiento. Pese a todo, la mujer dijo que el religioso no tenía nada que ver, pues su desconocimiento prácticamente lo exculpaba, ya que, en efecto, después del crimen se dirigió a la casa del religioso y que, aunque inicialmente no le relató lo ocurrido, sí lo hizo una vez que pasó al interior y se sintió segura.

-Recuerdo que les indiqué que deseaba presentarme a las autoridades y ellos me dijeron que era lo mejor, pero me pidieron que tratara de calmarme. Permanecí en casa de los Aguilera la noche del martes 5; el miércoles 6, decidiéndome en presentarme a la policía el día 7.

Agregó que nunca pensó en sustraerse de la justicia:

-El mismo delito que cometí, me acusa. ¿A qué podría yo temer? -dijo con firmeza y concluyó-: Maté a mi marido por defender a mi hijo. Ahora todo me da igual.

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Formal prisión a la autoviuda

El jueves 14 de marzo de 1963, María Dolores Zepeda, confesa de haber matado de un tiro a su esposo, fue declarada formalmente presa por el juez penal Jesús Efrén Araujo, y volvió a decir que “fue por defender a su hijo, de una agresión injusta, desproporcionada y peligrosa”. Aunque lo declaró entre sollozos y generó algo de compasión en el juez, de cualquier modo, la sentencia estaba dictada.

La señora lloró al escuchar la decisión del funcionario. Pero continuaba su confesión, ya no para alguien específico (un juez, la policía, los abogados) sino como para purgar su alma afligida por cargar con la muerte de aquel a quien había jurado amar. Pero de eso hacía tanto tiempo en otras circunstancias que ya ni siquiera recordaba cómo se había enamorado, aunque creyó que lo suyo no fue eso, sino que creyó que al tener aquel una buena posición económica y grado militar, su vida quizá estaría balanceada.

Y al principio así fue, algunos años de alegrías y tantos hijos, algunos muertos y otros vivos…

-Fue la angustia de ver a mi hijo en peligro de muerte lo que me orilló a matarlo. Aunque sí, lo reconozco, honestamente, creo que se lo merecía -fue lo último que dijo.

Finalmente, su próxima estancia se encontraba en el Palacio Negro de Lecumberri, en donde fue recluida, y no supo si recuperó su libertad o cuál fue su ulterior destino…

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Policiaca

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