/ viernes 29 de septiembre de 2023

"A usted lo buscaba"; Enigma en el asesinato del ingeniero Salvador Pulido Mora

Pareció que este crimen tenía sus móviles pasionales o de venganza, pues se habló de una mujer conocida como “Lupe”, que se suicidó


Hace casi 84 años LA PRENSA informó, en el estilo que se acostumbraba en la lejana época, que a bordo del automóvil placas 40076 fue asesinado el ingeniero Salvador Pulido Mora.

El criminal, después de acechar al profesionista durante horas en las afueras de la cantina El Rancho Grande, situada en Ajusco y Municipio Libre, logró acercarse a su víctima, quien lo invitó a subir al carro, y cuando el automóvil se aproximaba a la calle del Niño, el individuo en cuestión pidió que el coche detuviera su marcha para bajar, reclamando todavía se le dijera en qué sitio podía abordar un camión, exclamando de pronto:

-A usted es a quien buscaba, ingeniero.

Y disparó dos balazos que dieron en el blanco... Estos hechos ocurrieron en la madrugada del 12 de octubre de 1939.

Por los datos que empezó a recoger la policía y la autoridad judicial de la Cuarta Delegación, pareció que este crimen tenía sus móviles pasionales o de venganza, pues se habló de una mujer conocida como “Lupe”, que se suicidó, según parece, por el ingeniero Pulido Mora.

El asesino, durante la conversación que sostuvo con su víctima a través del recorrido en el automóvil, preguntó al profesionista si recordaba a “aquella muchacha”.

Carmen Tovar Rodríguez, joven encargada de la lonchería en El Rancho Grande, indicó sus temores durante la noche del martes 10 de octubre de 1939.

Dijo que alrededor de las 19:00 horas, advirtió que un individuo, blanco, con sombrero y vestido de negro, se paseaba nerviosamente de un lado para otro frente a la parada de los trenes y camiones.

Como a las 3:00 de la mañana del miércoles 11, ella notó que el desconocido continuaba en el mismo sitio y hasta el panadero que diariamente llevaba la mercancía, comentó tan extraña situación, aunque no hicieron nada sino sólo ser testigos de ese hecho peculiar.

Poco después, el propietario de la cantina, ingeniero Salvador Pulido Mora, ordenó al empleado Antonio Rodríguez que le buscara un coche, y cuando el empleado regresó para comunicarle que no había servicio en esos momentos, el chofer Alfonso Hernández González se ofreció para hacer el viaje rumbo al domicilio del profesionista convertido en cantinero.

Terminada una partida de dominó, salieron a la calle el ingeniero Pulido Mora y el conductor Hernández González, aproximándose el hombre de negro y diciendo:

-Buenas noches, ingeniero.

El profesionista lo saludó de mano y le dijo al desconocido que subiera al auto. En ese entonces, el chofer permanecía ante la manivela y en unos cuantos minutos partió el auto “de Portales a la ciudad de México” y media hora después alguien regresó a la cantina para avisar que habían matado al dueño.

"¿Te acuerdas de Lupe?"

El cantinero David García Cuevas informó al reportero de LA PRENSA que su patrón llegaba por las noches al establecimiento y no tenía horas para retirarse. Generalmente, dijo, pedía un automóvil para regresar a la ciudad, pero no tenía un chofer establecido o de confianza.

El martes, el ingeniero se había presentado en la cantina a eso de las 14:00 horas, se había ausentado un rato; luego regresó cerca de las 19:00 y se quedó hasta las tres de la madrugada, cuando le ordenó al mozo que buscara el coche para regresar a su casa.

En cierta ocasión, siguió contando el cantinero, se presentó en la cantina una muchacha como de unos 20 años, de facciones agradables y que parecía amiga del ingeniero, con quien estuvo conversando.

Días después, dijo el cantinero, pero como en un tono que iba descendiendo hasta casi susurrarlo, el ingeniero Pulido Mora le preguntó:

-¿Te acuerdas de aquella muchacha Lupe que estuvo platicando conmigo?

El mozo contestó afirmativamente y el profesionista exclamó:

-¡Pues se suicidó por mí!

Finalmente, ya en tono normal, el mozo le comentó al reportero de LA PRENSA que media hora después de que el ingeniero Pulido se fue, un oficial de la policía se presentó para notificar el crimen.

Relato del chofer

Alfonso Hernández González contó al diario de las mayorías que fue a El Rancho Grande porque uno de sus compañeros de oficio lo llamó para echar un partido de dominó, en el que tomó parte la víctima, a quien ya conocía desde hacía unos dos años.

Ya en la madrugada, durante la última partida que disputaban con El Tábano, un chofer de nombre Ventura y un peluquero de apellido Harris, el profesionista le dijo: “¿Me llevas?”, a lo que contestó: “Nada más que acabe aquí”.

Y así ocurrió, momentos después salió tras el ingeniero para abordar el carro y, en ese preciso instante, se apareció el hombre de negro, a quien Pulido le dijo que lo acompañara. Luego se enfilaron a la “metrópoli”, en la calle Niño, donde vivía.

Durante el recorrido, el desconocido preguntó al dueño de El Rancho Grande si conocía a Lupe, a lo que respondió de mala gana: “¿Por qué?” Y el otro reviró que como habían matado a la muchacha, podía resultarle alguna complicación.

El vehículo se acercaba a su destino y, tras algunos momentos de silencio, el desconocido preguntó: “¿Usted conoce a otro ingeniero del mismo nombre y apellido?” El profesionista lo miró con desconcierto y hastío y su respuesta fue vaga.

Entonces, con cierta duda, Pulido Mora cuestionó al desconocido que dónde trabajaba o por qué tanto interés, y éste contestó: “En nada. Estoy de vago”.

Al llegar al cruce que forman las calles de Niño Perdido y Niño, el hombre de negro pidió que se detuviera el coche porque iba a bajar. El chofer paró y la portezuela del lado derecho se abrió. Cuando el asesino ya tenía los pies en tierra, simplemente exclamó:

-A usted lo buscaba, ingeniero.

Entonces, se escucharon inmediatamente dos detonaciones de arma de fuego.

"Que alguien lo siga"

El sujeto de negro corrió por un callejón que daba al Canal de la Viga (era la época de las garitas), donde se perdió en medio de la oscuridad y las calles. El chofer Hernández González escuchó que el ingeniero Pulido le decía: “¡Ya me hirió este…!”

Luego, haciendo un verdadero esfuerzo, sacó una pistola de entre sus ropas y pidió al chofer que siguiera al prófugo y le vaciara el arma, pero para entonces, el criminal ya estaba lejos, así que el chofer intentó hacer blanco y disparó prácticamente a la nada. Entonces, regresó hacia donde estaba el herido, quien se encontraba sumamente grave, y lo llevó al puesto de socorros de la Cruz Verde.

Al correr por Luis Moya, el chofer Hernández llamó a algunos policías a quienes dio cuenta del caso y junto a ellos continuó su marcha hacia la calle Victoria, donde advirtieron que el ingeniero estaba muerto.

El delegado Francisco Lezama intentó que el chofer delineara claramente las señas del asesino, pero el testigo dijo que no se había fijado con detenimiento en ello, aunque quedó la duda de si realmente decía la verdad, ya que tiempo antes, el hombre del volante había comentado que el culpable era Rogelio Servín Mora, sobrino de la víctima.


Un teniente es el cobarde asesino del ingeniero Salvador Pulido Mora

El viernes, 13 de octubre de 1939, se informó que la probable causante de la tragedia podía ser una mujer de nombre Carmen Llamas y, por otra parte, que el chofer sabía más de lo que había contado, pero que calló por temor al hombre enlutado.

Los policías de la Jefatura y de la Procuraduría se apresuraron a investigar el caso y para ello estudiaron con detenimiento las pistas con las que contaban. Dos indicios de peso fueron los que aportaron Carmen Torres Rodríguez, encargada de la lonchería de la cantina El Rancho Grande, y el chofer Alfonso Hernández.

Ambos refirieron concretamente haber visto a un hombre vestido de negro que permaneció frente a la cantina desde aproximadamente las siete de la noche, hasta las tres de la madrugada y fue quien subió al mismo automóvil del crimen.

Los detectives se impusieron averiguar quién era ese hombre enlutado, aunque la labor se vio empañada porque el chofer, tal vez acosado por el temor de ser víctima de un atentado, declaró que ni siquiera pudo fijar su atención en las facciones del delincuente.

Igualmente, los detectives, entre ellos a la cabeza Crispín de Aguilar, jefe de los Servicios Especiales de la Procuraduría de Justicia, se dieron a la tarea de estudiar el móvil de la tragedia, aceptando sin reservas que el caso encerraba un fondo eminentemente pasional, con visos muy marcados a la consumación de una venganza.

Desde luego, un dato que cobró relevancia fue el que aportó el cantinero, refiriéndose al episodio de suicidio de la muchacha Lupe a causa del profesionista. Y este dato estaba muy relacionado con lo que había escuchado el chofer respecto a que el hombre de negro le preguntó al ingeniero si conocía a una tal Lupe y después si él mismo conocía a otro ingeniero Pulido Mora.

“Indudablemente que en este asunto no faltaba la imprescindible “ella”, y era otro punto a investigar con toda claridad para seguir una pista firme, segura”, anotó el reportero de el periódico que dice lo que otros callan.

Éxito en las investigaciones

El detective Crispín de Aguilar junto con sus subordinados pudo precisar en unas cuantas horas los siguientes puntos:

El ingeniero Pulido Mora era un hombre mesurado, aunque tenía una gran afición por las mujeres, con las que gustaba flirtear. En esos escarceos conoció a una chica llamada Carmen Llamas, hija de un coronel del Ejército, que se hacía llamar Lupe en el círculo de quienes frecuentaban El Rancho Grande.

Al parecer, el militar se enteró de que entre su hija y el profesionista y dueño de la cantina se habrían dado ciertas relaciones. Entonces, se mostró enérgico y exigió que en cuanto antes llegaran al altar y a las oficinas del registro civil, a lo cual en un principio habría accedido Pulido Mora.

Sin embargo, como recordó que ya era padre de algunos “chiquillos”, no se consideró libre para contraer ese grave compromiso, por lo cual de la mejor manera posible lo evadió y quedó roto el supuesto compromiso.

Pasado algún tiempo, Carmen Llamas quiso seguir por otra senda, resignada de que lo suyo con Pulido Mora no florecería. Así que aceptó de buen grado las proposiciones de un teniente con quien finalmente se casó y al parecer era feliz.

Pero en un descuido, volvió a tropezar con su mal de amores a quien vio un par de ocasiones. Y lo que se desprendía de las averiguaciones fue que el teniente se habría enterado de todo el pasado y las recientes entrevistas entre su esposa y el empresario.

Lo siguiente habría sido que el marido engañado pidió explicaciones a Carmen y entonces se desarrolló una de las escenas más violentas del matrimonio, que culminó con el suicidio de ella.

Venganza

Fue entonces cuando el teniente sintió un rencor incontenible, una sed de venganza sin igual, por lo que se dirigió en busca del ingeniero que, por cierto, fue de llamar la atención que no tomó precauciones al verse frente del que fue su rival.

Tal vez lo consideró inferior y se confió porque llevaba su pistola al cinto, pero no pensó que aquel también estaba preparado para matar y lo sorprendería sin darle tiempo de sacar su arma para defenderse.

En cuanto a que Pulido Mora le extrañara que el desconocido tuviera mucho interés en cuanto a saber sobre Lupe, se deduce que pudo haber contestado categóricamente, pero en lugar de eso evadió la respuesta con otra interrogación: “¿Por qué?” A lo que el asesino, ya con la idea del crimen, comentó: “Porque la mataron y podría traerle complicaciones”.

El delincuente, todavía para estar seguro de que no erraba el golpe, preguntó a su futura víctima: “¿Y no conoce usted a otro ingeniero del mismo nombre y apellido?”

La respuesta fue seca y contundente: “Yo soy el único ingeniero Pulido Mora”. Y con ésta firmó su sentencia de muerte porque el hombre de negro exclamó: “Ingeniero, a usted lo buscaba...” y las dos detonaciones de arma de fuego rasgaron la oscuridad que en esos momentos dominaba en la avenida Casa del Niño, segando la vida del profesionista y escapando el delincuente por un sombrío callejón.

Como confirmación de que el teniente fue el matador del ingeniero, sucedió que los detectives al recorrer la ciudad no pudieron encontrarlo por ninguna parte. Incluso, fracasaron al buscarlo en el Colegio Militar, a donde se tenía que haber presentado para una clase. Tampoco lo ubicaron en su domicilio, con lo cual se infirió que al sentirse culpable, trató de ocultarse para evadir la justicia.

Todo hundía al teniente Campos

“El presunto asesino del ingeniero Pulido Mora ha aceptado, en principio, su culpabilidad”, rezaba el encabezado del domingo 15 de octubre de 1939 de LA PRENSA, Diario Ilustrado de la Mañana.

Pues bien, en el fondo de este drama surgió el nombre de Carmen Ramírez Llamas que, casada con el teniente Daniel Campos Delgado, se suicidó por el ingeniero victimado.

Y en los separos de la Sexta Delegación permanecía el sábado 14 de octubre el teniente Campos, sobre quien seguían acumulándose cargos que le hacían aparecer como el asesino del ingeniero Salvador Pulido Mora.

Uno de nuestros reporteros tuvo ocasión de observarlo y, a la vez, escuchar el interrogatorio a que fue sometido el teniente por el jefe de las Comisiones de Seguridad, José Torres H., y en el que se esperaba escuchar la confesión del crimen.

Campos Delgado, por momentos, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón de montar verde olivo, y con la vista en el suelo, parecía reflexionar sobre la conveniencia de hablar; después, en actitud casi insolente, dijo: “lo voy a consultar con mi abogado... Yo solamente diré la verdad ante un juez”.

Inútil fue que el periodista le hiciera ver la ocasión que se le presentaba para dar a conocer “su verdad” en la que dijera los móviles pasionales que le orillaron a matar, apartando de sí el anatema de ¡asesino! que tanto le dolía. El militar contestó: “lo mismo da hoy que mañana, cuando se conozca la verdad”...

El mismo sábado 14 se redactaba un acta en la que figuraban las declaraciones de las personas que habían identificado a Campos Delgado como el mismo hombre vestido de negro que acechó al ingeniero Pulido Mora a las puertas de la cantina El Rancho Grande, en Portales, para después asesinarlo.

He aquí parte del interrogatorio al teniente Campos:

-¿Supo usted de la muerte del ingeniero Pulido? -le interrogó Torres H.

-Por los periódicos -contestó Campos Delgado.

-¿Lo conocía usted?

-No, que yo recuerde...

Y como el jefe policiaco excitara al teniente para que fuera más preciso, el militar agregó:

-Si me enseñaran el retrato, posiblemente lo podría reconocer.

Torres H. hizo notar que un hermano del ingeniero Pulido había informado que en una ocasión el profesionista le refirió que le había sido presentado el teniente, por lo que seguramente que éste sí lo conocía. Campos, poniéndose en guardia, contestó:

-Posiblemente... no lo recuerdo. Llevando hábilmente el interrogatorio, Torres H. hizo que el detenido conviniera en que alguna vez entró a la cantina El Rancho Grande, y que ahí pudo conocer también al ingeniero Pulido.

José Torres H. inquirió con el teniente si éste fumaba, preguntándole qué marca de cigarros. Y el interpelado repuso una de ellas.

-Le digo esto -aclaró Torres H.- porque el panadero Florencio Carrillo Becerra declaró que, atraído por la curiosidad, se acercó a usted la madrugada del último miércoles (11 de octubre 1939) y, para tener pretexto de hablar, le pidió un cigarro.

-Usted -continuó el jefe policiaco- le ofreció uno.

De manera que vemos que los datos coinciden. Después Torres H. examinó el dicho del chofer Alfonso González Hernández, quien también identificó al teniente Campos Delgado como el mismo que subió con el ingeniero Pulido al coche y quien preguntó al profesionista si conocía a una muchacha llamada “Lupe”, sacando a colación que ésta

se había suicidado, aconsejando al profesionista se cuidara, porque le pisaban los talones para matarlo.

Y a todo ello el ingeniero Pulido contestó:

-¡Qué le vamos a hacer!

Campos Delgado se encogió de hombros y se abstuvo de contestar categóricamente.

Y el cantinero David García Cuevas informó que en cierta ocasión se presentó en el establecimiento una muchacha como de 20 años de edad, de facciones agradables y que parecía amiga del ingeniero Pulido Mora, con quien estuvo conversando. Días después, dijo el mismo testigo, el ingeniero le preguntó a él: “¿Te acuerdas de aquella muchacha Lupe que estuvo platicando conmigo?”, a lo que él contestó afirmativamente, exclamando entonces el profesionista: “¡Pues se suicidó por mí!”...

Y como si el interrogatorio no tuviera mayor formalismo y solamente se tratara de una charla, Torres H. indicó a Campos Delgado que él tenía noticias de cuál era el verdadero fondo del drama:

Carmen Ramírez Llamas, casada con el detenido, por la fuerza, cuando estaba enamorada del ingeniero Pulido. Después, la confesión de la muchacha antes de suicidarse, diciendo con toda franqueza que al único hombre a quien había querido era al profesionista, naturalmente que tenían que provocar en el ofendido esposo un deseo de venganza.

Quizás aún para algunos apareciera en parte justificada la actitud del mismo esposo.

El caso es que el militar fue llevado a la penitenciaría y puesto a disposición de una de las cortes penales. Así, el teniente Daniel Campos Delgado quedó hundido por el asesinato del ingeniero Salvador Pulido Mora, aquel 11 de octubre de 1939, en Portales, zona apartada, entonces, de la Ciudad de México.



Hace casi 84 años LA PRENSA informó, en el estilo que se acostumbraba en la lejana época, que a bordo del automóvil placas 40076 fue asesinado el ingeniero Salvador Pulido Mora.

El criminal, después de acechar al profesionista durante horas en las afueras de la cantina El Rancho Grande, situada en Ajusco y Municipio Libre, logró acercarse a su víctima, quien lo invitó a subir al carro, y cuando el automóvil se aproximaba a la calle del Niño, el individuo en cuestión pidió que el coche detuviera su marcha para bajar, reclamando todavía se le dijera en qué sitio podía abordar un camión, exclamando de pronto:

-A usted es a quien buscaba, ingeniero.

Y disparó dos balazos que dieron en el blanco... Estos hechos ocurrieron en la madrugada del 12 de octubre de 1939.

Por los datos que empezó a recoger la policía y la autoridad judicial de la Cuarta Delegación, pareció que este crimen tenía sus móviles pasionales o de venganza, pues se habló de una mujer conocida como “Lupe”, que se suicidó, según parece, por el ingeniero Pulido Mora.

El asesino, durante la conversación que sostuvo con su víctima a través del recorrido en el automóvil, preguntó al profesionista si recordaba a “aquella muchacha”.

Carmen Tovar Rodríguez, joven encargada de la lonchería en El Rancho Grande, indicó sus temores durante la noche del martes 10 de octubre de 1939.

Dijo que alrededor de las 19:00 horas, advirtió que un individuo, blanco, con sombrero y vestido de negro, se paseaba nerviosamente de un lado para otro frente a la parada de los trenes y camiones.

Como a las 3:00 de la mañana del miércoles 11, ella notó que el desconocido continuaba en el mismo sitio y hasta el panadero que diariamente llevaba la mercancía, comentó tan extraña situación, aunque no hicieron nada sino sólo ser testigos de ese hecho peculiar.

Poco después, el propietario de la cantina, ingeniero Salvador Pulido Mora, ordenó al empleado Antonio Rodríguez que le buscara un coche, y cuando el empleado regresó para comunicarle que no había servicio en esos momentos, el chofer Alfonso Hernández González se ofreció para hacer el viaje rumbo al domicilio del profesionista convertido en cantinero.

Terminada una partida de dominó, salieron a la calle el ingeniero Pulido Mora y el conductor Hernández González, aproximándose el hombre de negro y diciendo:

-Buenas noches, ingeniero.

El profesionista lo saludó de mano y le dijo al desconocido que subiera al auto. En ese entonces, el chofer permanecía ante la manivela y en unos cuantos minutos partió el auto “de Portales a la ciudad de México” y media hora después alguien regresó a la cantina para avisar que habían matado al dueño.

"¿Te acuerdas de Lupe?"

El cantinero David García Cuevas informó al reportero de LA PRENSA que su patrón llegaba por las noches al establecimiento y no tenía horas para retirarse. Generalmente, dijo, pedía un automóvil para regresar a la ciudad, pero no tenía un chofer establecido o de confianza.

El martes, el ingeniero se había presentado en la cantina a eso de las 14:00 horas, se había ausentado un rato; luego regresó cerca de las 19:00 y se quedó hasta las tres de la madrugada, cuando le ordenó al mozo que buscara el coche para regresar a su casa.

En cierta ocasión, siguió contando el cantinero, se presentó en la cantina una muchacha como de unos 20 años, de facciones agradables y que parecía amiga del ingeniero, con quien estuvo conversando.

Días después, dijo el cantinero, pero como en un tono que iba descendiendo hasta casi susurrarlo, el ingeniero Pulido Mora le preguntó:

-¿Te acuerdas de aquella muchacha Lupe que estuvo platicando conmigo?

El mozo contestó afirmativamente y el profesionista exclamó:

-¡Pues se suicidó por mí!

Finalmente, ya en tono normal, el mozo le comentó al reportero de LA PRENSA que media hora después de que el ingeniero Pulido se fue, un oficial de la policía se presentó para notificar el crimen.

Relato del chofer

Alfonso Hernández González contó al diario de las mayorías que fue a El Rancho Grande porque uno de sus compañeros de oficio lo llamó para echar un partido de dominó, en el que tomó parte la víctima, a quien ya conocía desde hacía unos dos años.

Ya en la madrugada, durante la última partida que disputaban con El Tábano, un chofer de nombre Ventura y un peluquero de apellido Harris, el profesionista le dijo: “¿Me llevas?”, a lo que contestó: “Nada más que acabe aquí”.

Y así ocurrió, momentos después salió tras el ingeniero para abordar el carro y, en ese preciso instante, se apareció el hombre de negro, a quien Pulido le dijo que lo acompañara. Luego se enfilaron a la “metrópoli”, en la calle Niño, donde vivía.

Durante el recorrido, el desconocido preguntó al dueño de El Rancho Grande si conocía a Lupe, a lo que respondió de mala gana: “¿Por qué?” Y el otro reviró que como habían matado a la muchacha, podía resultarle alguna complicación.

El vehículo se acercaba a su destino y, tras algunos momentos de silencio, el desconocido preguntó: “¿Usted conoce a otro ingeniero del mismo nombre y apellido?” El profesionista lo miró con desconcierto y hastío y su respuesta fue vaga.

Entonces, con cierta duda, Pulido Mora cuestionó al desconocido que dónde trabajaba o por qué tanto interés, y éste contestó: “En nada. Estoy de vago”.

Al llegar al cruce que forman las calles de Niño Perdido y Niño, el hombre de negro pidió que se detuviera el coche porque iba a bajar. El chofer paró y la portezuela del lado derecho se abrió. Cuando el asesino ya tenía los pies en tierra, simplemente exclamó:

-A usted lo buscaba, ingeniero.

Entonces, se escucharon inmediatamente dos detonaciones de arma de fuego.

"Que alguien lo siga"

El sujeto de negro corrió por un callejón que daba al Canal de la Viga (era la época de las garitas), donde se perdió en medio de la oscuridad y las calles. El chofer Hernández González escuchó que el ingeniero Pulido le decía: “¡Ya me hirió este…!”

Luego, haciendo un verdadero esfuerzo, sacó una pistola de entre sus ropas y pidió al chofer que siguiera al prófugo y le vaciara el arma, pero para entonces, el criminal ya estaba lejos, así que el chofer intentó hacer blanco y disparó prácticamente a la nada. Entonces, regresó hacia donde estaba el herido, quien se encontraba sumamente grave, y lo llevó al puesto de socorros de la Cruz Verde.

Al correr por Luis Moya, el chofer Hernández llamó a algunos policías a quienes dio cuenta del caso y junto a ellos continuó su marcha hacia la calle Victoria, donde advirtieron que el ingeniero estaba muerto.

El delegado Francisco Lezama intentó que el chofer delineara claramente las señas del asesino, pero el testigo dijo que no se había fijado con detenimiento en ello, aunque quedó la duda de si realmente decía la verdad, ya que tiempo antes, el hombre del volante había comentado que el culpable era Rogelio Servín Mora, sobrino de la víctima.


Un teniente es el cobarde asesino del ingeniero Salvador Pulido Mora

El viernes, 13 de octubre de 1939, se informó que la probable causante de la tragedia podía ser una mujer de nombre Carmen Llamas y, por otra parte, que el chofer sabía más de lo que había contado, pero que calló por temor al hombre enlutado.

Los policías de la Jefatura y de la Procuraduría se apresuraron a investigar el caso y para ello estudiaron con detenimiento las pistas con las que contaban. Dos indicios de peso fueron los que aportaron Carmen Torres Rodríguez, encargada de la lonchería de la cantina El Rancho Grande, y el chofer Alfonso Hernández.

Ambos refirieron concretamente haber visto a un hombre vestido de negro que permaneció frente a la cantina desde aproximadamente las siete de la noche, hasta las tres de la madrugada y fue quien subió al mismo automóvil del crimen.

Los detectives se impusieron averiguar quién era ese hombre enlutado, aunque la labor se vio empañada porque el chofer, tal vez acosado por el temor de ser víctima de un atentado, declaró que ni siquiera pudo fijar su atención en las facciones del delincuente.

Igualmente, los detectives, entre ellos a la cabeza Crispín de Aguilar, jefe de los Servicios Especiales de la Procuraduría de Justicia, se dieron a la tarea de estudiar el móvil de la tragedia, aceptando sin reservas que el caso encerraba un fondo eminentemente pasional, con visos muy marcados a la consumación de una venganza.

Desde luego, un dato que cobró relevancia fue el que aportó el cantinero, refiriéndose al episodio de suicidio de la muchacha Lupe a causa del profesionista. Y este dato estaba muy relacionado con lo que había escuchado el chofer respecto a que el hombre de negro le preguntó al ingeniero si conocía a una tal Lupe y después si él mismo conocía a otro ingeniero Pulido Mora.

“Indudablemente que en este asunto no faltaba la imprescindible “ella”, y era otro punto a investigar con toda claridad para seguir una pista firme, segura”, anotó el reportero de el periódico que dice lo que otros callan.

Éxito en las investigaciones

El detective Crispín de Aguilar junto con sus subordinados pudo precisar en unas cuantas horas los siguientes puntos:

El ingeniero Pulido Mora era un hombre mesurado, aunque tenía una gran afición por las mujeres, con las que gustaba flirtear. En esos escarceos conoció a una chica llamada Carmen Llamas, hija de un coronel del Ejército, que se hacía llamar Lupe en el círculo de quienes frecuentaban El Rancho Grande.

Al parecer, el militar se enteró de que entre su hija y el profesionista y dueño de la cantina se habrían dado ciertas relaciones. Entonces, se mostró enérgico y exigió que en cuanto antes llegaran al altar y a las oficinas del registro civil, a lo cual en un principio habría accedido Pulido Mora.

Sin embargo, como recordó que ya era padre de algunos “chiquillos”, no se consideró libre para contraer ese grave compromiso, por lo cual de la mejor manera posible lo evadió y quedó roto el supuesto compromiso.

Pasado algún tiempo, Carmen Llamas quiso seguir por otra senda, resignada de que lo suyo con Pulido Mora no florecería. Así que aceptó de buen grado las proposiciones de un teniente con quien finalmente se casó y al parecer era feliz.

Pero en un descuido, volvió a tropezar con su mal de amores a quien vio un par de ocasiones. Y lo que se desprendía de las averiguaciones fue que el teniente se habría enterado de todo el pasado y las recientes entrevistas entre su esposa y el empresario.

Lo siguiente habría sido que el marido engañado pidió explicaciones a Carmen y entonces se desarrolló una de las escenas más violentas del matrimonio, que culminó con el suicidio de ella.

Venganza

Fue entonces cuando el teniente sintió un rencor incontenible, una sed de venganza sin igual, por lo que se dirigió en busca del ingeniero que, por cierto, fue de llamar la atención que no tomó precauciones al verse frente del que fue su rival.

Tal vez lo consideró inferior y se confió porque llevaba su pistola al cinto, pero no pensó que aquel también estaba preparado para matar y lo sorprendería sin darle tiempo de sacar su arma para defenderse.

En cuanto a que Pulido Mora le extrañara que el desconocido tuviera mucho interés en cuanto a saber sobre Lupe, se deduce que pudo haber contestado categóricamente, pero en lugar de eso evadió la respuesta con otra interrogación: “¿Por qué?” A lo que el asesino, ya con la idea del crimen, comentó: “Porque la mataron y podría traerle complicaciones”.

El delincuente, todavía para estar seguro de que no erraba el golpe, preguntó a su futura víctima: “¿Y no conoce usted a otro ingeniero del mismo nombre y apellido?”

La respuesta fue seca y contundente: “Yo soy el único ingeniero Pulido Mora”. Y con ésta firmó su sentencia de muerte porque el hombre de negro exclamó: “Ingeniero, a usted lo buscaba...” y las dos detonaciones de arma de fuego rasgaron la oscuridad que en esos momentos dominaba en la avenida Casa del Niño, segando la vida del profesionista y escapando el delincuente por un sombrío callejón.

Como confirmación de que el teniente fue el matador del ingeniero, sucedió que los detectives al recorrer la ciudad no pudieron encontrarlo por ninguna parte. Incluso, fracasaron al buscarlo en el Colegio Militar, a donde se tenía que haber presentado para una clase. Tampoco lo ubicaron en su domicilio, con lo cual se infirió que al sentirse culpable, trató de ocultarse para evadir la justicia.

Todo hundía al teniente Campos

“El presunto asesino del ingeniero Pulido Mora ha aceptado, en principio, su culpabilidad”, rezaba el encabezado del domingo 15 de octubre de 1939 de LA PRENSA, Diario Ilustrado de la Mañana.

Pues bien, en el fondo de este drama surgió el nombre de Carmen Ramírez Llamas que, casada con el teniente Daniel Campos Delgado, se suicidó por el ingeniero victimado.

Y en los separos de la Sexta Delegación permanecía el sábado 14 de octubre el teniente Campos, sobre quien seguían acumulándose cargos que le hacían aparecer como el asesino del ingeniero Salvador Pulido Mora.

Uno de nuestros reporteros tuvo ocasión de observarlo y, a la vez, escuchar el interrogatorio a que fue sometido el teniente por el jefe de las Comisiones de Seguridad, José Torres H., y en el que se esperaba escuchar la confesión del crimen.

Campos Delgado, por momentos, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón de montar verde olivo, y con la vista en el suelo, parecía reflexionar sobre la conveniencia de hablar; después, en actitud casi insolente, dijo: “lo voy a consultar con mi abogado... Yo solamente diré la verdad ante un juez”.

Inútil fue que el periodista le hiciera ver la ocasión que se le presentaba para dar a conocer “su verdad” en la que dijera los móviles pasionales que le orillaron a matar, apartando de sí el anatema de ¡asesino! que tanto le dolía. El militar contestó: “lo mismo da hoy que mañana, cuando se conozca la verdad”...

El mismo sábado 14 se redactaba un acta en la que figuraban las declaraciones de las personas que habían identificado a Campos Delgado como el mismo hombre vestido de negro que acechó al ingeniero Pulido Mora a las puertas de la cantina El Rancho Grande, en Portales, para después asesinarlo.

He aquí parte del interrogatorio al teniente Campos:

-¿Supo usted de la muerte del ingeniero Pulido? -le interrogó Torres H.

-Por los periódicos -contestó Campos Delgado.

-¿Lo conocía usted?

-No, que yo recuerde...

Y como el jefe policiaco excitara al teniente para que fuera más preciso, el militar agregó:

-Si me enseñaran el retrato, posiblemente lo podría reconocer.

Torres H. hizo notar que un hermano del ingeniero Pulido había informado que en una ocasión el profesionista le refirió que le había sido presentado el teniente, por lo que seguramente que éste sí lo conocía. Campos, poniéndose en guardia, contestó:

-Posiblemente... no lo recuerdo. Llevando hábilmente el interrogatorio, Torres H. hizo que el detenido conviniera en que alguna vez entró a la cantina El Rancho Grande, y que ahí pudo conocer también al ingeniero Pulido.

José Torres H. inquirió con el teniente si éste fumaba, preguntándole qué marca de cigarros. Y el interpelado repuso una de ellas.

-Le digo esto -aclaró Torres H.- porque el panadero Florencio Carrillo Becerra declaró que, atraído por la curiosidad, se acercó a usted la madrugada del último miércoles (11 de octubre 1939) y, para tener pretexto de hablar, le pidió un cigarro.

-Usted -continuó el jefe policiaco- le ofreció uno.

De manera que vemos que los datos coinciden. Después Torres H. examinó el dicho del chofer Alfonso González Hernández, quien también identificó al teniente Campos Delgado como el mismo que subió con el ingeniero Pulido al coche y quien preguntó al profesionista si conocía a una muchacha llamada “Lupe”, sacando a colación que ésta

se había suicidado, aconsejando al profesionista se cuidara, porque le pisaban los talones para matarlo.

Y a todo ello el ingeniero Pulido contestó:

-¡Qué le vamos a hacer!

Campos Delgado se encogió de hombros y se abstuvo de contestar categóricamente.

Y el cantinero David García Cuevas informó que en cierta ocasión se presentó en el establecimiento una muchacha como de 20 años de edad, de facciones agradables y que parecía amiga del ingeniero Pulido Mora, con quien estuvo conversando. Días después, dijo el mismo testigo, el ingeniero le preguntó a él: “¿Te acuerdas de aquella muchacha Lupe que estuvo platicando conmigo?”, a lo que él contestó afirmativamente, exclamando entonces el profesionista: “¡Pues se suicidó por mí!”...

Y como si el interrogatorio no tuviera mayor formalismo y solamente se tratara de una charla, Torres H. indicó a Campos Delgado que él tenía noticias de cuál era el verdadero fondo del drama:

Carmen Ramírez Llamas, casada con el detenido, por la fuerza, cuando estaba enamorada del ingeniero Pulido. Después, la confesión de la muchacha antes de suicidarse, diciendo con toda franqueza que al único hombre a quien había querido era al profesionista, naturalmente que tenían que provocar en el ofendido esposo un deseo de venganza.

Quizás aún para algunos apareciera en parte justificada la actitud del mismo esposo.

El caso es que el militar fue llevado a la penitenciaría y puesto a disposición de una de las cortes penales. Así, el teniente Daniel Campos Delgado quedó hundido por el asesinato del ingeniero Salvador Pulido Mora, aquel 11 de octubre de 1939, en Portales, zona apartada, entonces, de la Ciudad de México.


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