/ viernes 6 de octubre de 2023

Celos y plomo: Rafael Raya ejecutó a un millonario francés por una mujer

Víctima de la locura del enamoramiento, un acaudalado francés recibió una ráfaga de plomo tras pedirle al esposo de su enamorada que la dejara libre para que pudiera llevársela al viejo continente

Violento acontecimiento entre dos hombres de la alta sociedad, por la disputa de la esposa de uno de ellos, tuvo como escenario, el siglo pasado, en la aristocrática colonia Polanco.

Se dice que el enorme atractivo de algunas mujeres suele ser muy peligroso, tal como sucedió con la protagonista de esta historia que este diario sacó a la luz a mediados de mayo de 1953.

Resulta que una bella mexicana deslumbró a un francés en tal forma que el extranjero pidió al esposo que se divorciara de la beldad para llevársela, pero lo único que se llevó fueron varios balazos en el cuerpo.

De milagro sobrevivió Erick Charles Edith Snyder, agredido por Rafael Raya, miembro de una familia de la clase predominante en nuestro país. Julia María Reachi no sólo era admirada en los altos círculos sociales capitalinos por la incalculable fortuna que había heredado, sino por su singular hermosura.

Se escribió en LA PRENSA que “el triángulo amoroso, salpicado por millones de pesos, en el que fueron protagonistas el francés Erick Charles Edith Snyder, el intruso, y los esposos Rafael Raya y Julia María Reachi de Raya, tiene marcados perfiles de infidelidad conyugal”...

Julia María era poseedora de una belleza singular y era muy atractiva. Su buena posición se debía a los montones de oro de una incalculable fortuna que recibió como herencia de sus padres. Era admirada tanto por su dinero como por su atractivo fatal (según algunos admiradores) en los altos círculos sociales capitalinos. Pero sus cualidades también obraron en su contra, pues no pudo evitar, pese a todos sus dones, que miradas indiscretas e investigaciones subterráneas “se filtraran en su lujosa residencia de la colonia Polanco y pusieran al descubierto la vida alegre y divertida que llevaba en las últimas fechas”.

Hacía años, cuando apenas era una quinceañera, Julia María tuvo un novio con quien se casó civil y religiosamente. De dicho matrimonio nació una niña y aunque se auguraba un futuro feliz, pronto surgieron desavenencias conyugales y el divorcio se hizo necesario. Julia María obtuvo la patria potestad de la niña. El divorcio no le afectó.

Ella era muy rica y pudo seguirse dando un desorbitado tren de vida. Sólo unos cuantos meses dejó de asistir a fiestas de la alta sociedad, en tanto se olvidaba algo de lo relativo a su divorcio.

De nueva cuenta volvió a saborear la champaña y otras ricas bebidas que sólo pueden escurrirse en paladares de gente de poderosa situación económica. Su figura vistió ropajes vaporosos y escotados para causar sensación en salones llenos de luz y de costosos perfumes.

No la ataba ya el compromiso del matrimonio. De nueva cuenta Julia era libre y podía divertirse a sus anchas con amigos. Hasta que una noche, hora propicia para las grandes aventuras amorosas, su mirada se incrustó en la figura de un hombre de buena presencia, pulcro en el vestir y de plática agradable: Rafael Raya, miembro de una familia aristócrata. Pues bien, Julia María Reachi y Rafael Raya coincidieron en simpatías y admiración mutuas.

Hablaron y eso fue más que suficiente para que pensaran que el uno había nacido para el otro. Se entrelazaron en un romántico idilio y poco después los amoríos culminaron en matrimonio, segunda experiencia de ella.

Nació una niña, que fue el encanto de ambos. Pero eso no fue obstáculo para que la primera hijita de Julia perdiera el cariño de la autora de sus días, ni de Rafael, quien, desde el primer día que la vio la colmó de mimos y caricias.

Juntos, Julia y Rafael hacían acto de presencia en fiestas donde se reunía la flor y nata de la encumbrada sociedad capitalina. Él tenía lo suficiente para llevar ese tren de vida; ella, como antes dijimos, desde que vino al mundo cubrió su cuerpo con finísimas telas de seda.

La pareja estaba feliz. Las amigas de ella la envidiaban. Ante ella todo era zalamerías y fingidas pruebas de admiración; pero en los cuchicheos en los rincones de los lujosos salones, en las pláticas a voz baja, en los chismorreos residenciales, Julia María no pasaba de ser una divorciada “con mucha suerte” y mucho dinero.

Había personas que envidiaban a la millonaria de porte real. Algunas, las menos, deseaban tener su buena estrella. Entre los hombres, su figura ágil, alegre, atractiva y fascinante, acaparaba no solamente las miradas sino también los comentarios de muchos.

Y hubo mucha gente que pensó en que algún día Julia María iba a tener su descenso en la vida oropelesca que llevaba. Y llegó ese día que algunas malas lenguas habían pronosticado: tres años hacía, aproximadamente, “que un francés llegó a México, decidido a emprender un negocio a gran escala”.

Un francés casado que escogió México como sitio para pasar sus últimos días en compañía de su familia. Se trataba de Erick Charles Edith Snyder, hombre maduro que no había perdido su porte distinguido.

Entre la vida y la muerte

Erick, después de consultar con amigos y paisanos, decidió instalar una compañía especializada en importación de maquinaria agrícola e industrial. Obtuvo la representación de Henri Hamelle y se instaló en la Plaza de la República, en un costado del Monumento a la Revolución

Y como hombre acostumbrado a frecuentar los altos círculos sociales de París, Erick trabó amistad con lo más granado de nuestra sociedad, hasta el grado de que al año de ser huésped de México podía vérsele, siempre caballeroso, solícito y cortés con las damas bellas en las fiestas más Rumbosas.

Y fue en una de esas fiestas donde conoció a Julia María. Ignoraba que era esposa de Rafael Raya, en un principio. Desde que la vio se prendó de sus encantos. Le pareció la mujer más hermosa de cuantas sus ojos habían visto. Le cortejó y ella, quizá ávida de una nueva aventura, coqueteó con él. Cuando Erick se enteró de que Julia María era casada, no había manera de arrepentimiento. Siguió de frente estimulado por la franqueza y la gracia de ella.

El idilio tomó proporciones tormentosas. Se hicieron mutuas confesiones de amor. Dijeron amarse, y para entonces Rafael Raya quedó convertido en el ángulo molesto del fatídico triángulo.

Rafael supo los ilícitos amoríos de su esposa. Quiso ponerle freno, pero era demasiado tarde. Entonces no le quedó más remedio que resignarse a reconocer su derrota. Varias veces Julia María y Rafael sostuvieron violentas discusiones a solas en altas horas de la noche. Pero ella estaba dispuesta a todo y le hizo saber a Rafael que no podían seguir siendo marido y mujer. Es más, teniendo en su pensamiento a su nuevo amor, a Erick, al galante y caballeroso francés, Julia María habló resueltamente:

“Estoy enamorada de él. Me quiere y yo le correspondo. Nada puede haber entre tú y yo, más que el divorcio”...

A Rafael Raya las palabras de su esposa le cayeron encima como plomo derretido. Sintió que el mundo lo aplastaba. Tuvo impulsos de cometer una locura; pero recordó a su hija y se detuvo. Su voz sonó fuerte, con energía, pero para ocultar su impotencia ante el angustioso momento que estaba viviendo.

Dialogando consigo mismo, haciendo recuerdo de sus horas felices, teniendo frente a sí, como imagen sagrada, la presencia de su pequeña hija, analizó la pesadilla que soportaba despierto. Violentos impulsos estaban venciéndolo. Pero reaccionó intempestivamente y se resolvió a seguir “la corriente del embravecido río donde se hallaba arrastrado”.

Decidió acceder a lo que su esposa le solicitaba. “Sí -dijo resueltamente-. Voy a concederte el divorcio. Todo lo que haga en contrario no me traerá más que la perdición, la ruina”.

Y así lo dijo a Julia María en la primera oportunidad, pero le puso una condición: “Accederé a tus deseos, al divorcio, pero quiero decirte que, en tanto el juicio no sea fallado, debes guardarme todo el respeto que merezco, como esposo y como padre de nuestra hija”.

Julia María, a quien lo único que le interesaba era quedar libre de todo vínculo matrimonial con Rafael, para convertirse en esposa del galanteador francés, dijo a su esposo que respetaría la condición que le ponía, que procuraría comportarse lo mejor posible para evitar “habladas” y molestias. Pero juró en falso. Al sólo ver a Erick olvidó el compromiso que había contraído con su esposo, y se entregó en brazos del candente amor que sentía por el francés. Dio rienda suelta a su pasión sin importarle, quizá, que su actitud entretejía una trágica y sangrienta aventura pasional.

A tanto llegaron los ilícitos amoríos, que el francés se creyó con derecho a pedir a Rafael Raya que éste violentara el trámite de su divorcio con Julia María.

No pensaba seguramente en las consecuencias. Sólo seguía lo que su amor por Julia le indicaba. No meditó el paso que iba a dar. Y con la mayor frescura encaminó sus pasos hacia la casa 380 de la calle Temístocles, en Polanco. Una sirvienta le atendió. El francés pidió hablar con el patrón, Rafael Ra ya, quien salió sin saber que iba a enfrentarse con la más dura situación que había tenido en la vida.

Los hombres se miraron secamente... Sabían todo. La figura de Julia María flotaba allí, como sombra trágica. Era la manzana de la discordia tan tenazmente discutida por Erick. El esposo ofendido y el enamorado francés rompieron el silencio. No hablaron mucho. Las palabras rondaban en torno a la hermosa mujer.

“Ella y yo nos amamos. Vamos a casarnos, pero antes es necesario que usted se divorcie de ella”...

Erick Charles pidió entonces a Rafael que acelerara su divorcio con su esposa, para llevársela con él...

De pronto, tres disparos se escucharon en la lujosa residencia. El francés quedó en el piso gravemente lesionado. Julia María, quien se encontraba en la planta alta, se asomó y vio que su esposo empuñaba una pistola humeante. A sus pies estaba el galanteador...

Se supo que Raya emprendió la fuga precipitadamente. Posteriormente Julia María sería interrogada por el Servicio Secreto.

El extranjero fue encamado en la sala 7 cubículo 15, de la Cruz Roja de Durango y Monterrey, Colonia Roma. Y negó haber peleado con el ingeniero Raya por causa de la esposa del mismo. Erick Charles dijo ser veterano de la guerra, en el ejército de su país prestó servicios como paracaidista. Era casado y se estaba divorciando.

Más adelante, Guadalupe Muñoz, empleada doméstica de los Raya, declaró que los ingenieros Snyder y Raya eran tan amigos, que hasta podían pasar por parientes cercanos. Y que la señora Julia María no era aficionada a las fiestas y bailes, por lo que siempre estaba en el hogar, en compañía de los Snyder (Erick y su esposa Ledette), quienes vivían en Pirineos 580, Lomas de Chapultepec.

Se informó que Julia es hija de los millonarios Santiago Reachi y María Almada. Agregó la empleada que Erick y Ledette procrearon tres niños: Roland, Ingrid y Nebori. Tampoco a los Snyder les gustaban las fiestas... “y nunca escuchó que pensaran divorciarse, se aman mucho y se prodigan caricias amorosas”...

Por su parte el doctor Antonio Santamaría Rodríguez, quien intervino quirúrgicamente a Snyder en la Cruz Roja, aclaró que “solamente recibió un tiro el francés, la bala penetró por la mano izquierda, perforó el abdomen y lastimó el brazo derecho”. Con responsiva médica y habiendo cesado la gravedad, pasó hacia el Hospital Inglés.

Se dijo también que el señor Reachi, “afamado publicista, productor cinematográfico y socio o apoderado de Cantinflas, al parecer había salido hacia La Habana, Cuba”.

Pasaron los días y el jueves 21 de mayo de 1953, el ingeniero químico y charro, Rafael Raya, declaró (debidamente amparado, obviamente), ante el juzgado 18 de la sexta Corte Penal, acompañado de sus defensores José López Peniche, Rodolfo García Sánchez y Aureliano Peña Ruiz.

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El juez Ignacio Calderón Alvarez supo que el caballista tenía permiso de la Secretaría de la Defensa Nacional para portar armas por promoción de la Asociación de Charros.

El pretexto que aducía Julia María para la separación era válido: seis días trabajaba como químico el ingeniero, y el domingo se iba a los lienzos charros a montar su caballo, por lo que tenía prácticamente abandonada a la hermosísima mujer.

La señora criticaba duramente por ello los “coleos” de reses y la doma de yeguas brutas, así como las suertes ejecutadas por los charros. Indignada, la señora rechazó los cargos y “calumnias asquerosas”, ya que el francés fue baleado porque se atrevió a dar su opinión sobre el divorcio de los Raya, pero no porque “fuera a abandonar a Ledette y sus niños para casarse con Julia María”.

Con anteojos oscuros, la bella dama declaró en el mismo juzgado penal y se desmayó del coraje que hizo al escuchar que “ella había reconocido sus relaciones con el francés”. “¡Mintió mi esposo, nunca manifesté tal cosa!”, exclamó antes de perder el sentido.

La señora Almada, madre de Julia María, dijo que no se explicaba el motivo por el que Rafael Raya ofendía a su mujer, sin importarle manchar el prestigio de las aristocráticas familias Reachi y Raya, muy conocidas en la ciudad de México.

El juez desechó la “defensa del honor” y la noticia del presunto triángulo amoroso fue olvidada por motivos que se ignoran aún, quedando el epílogo en el misterio...

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Violento acontecimiento entre dos hombres de la alta sociedad, por la disputa de la esposa de uno de ellos, tuvo como escenario, el siglo pasado, en la aristocrática colonia Polanco.

Se dice que el enorme atractivo de algunas mujeres suele ser muy peligroso, tal como sucedió con la protagonista de esta historia que este diario sacó a la luz a mediados de mayo de 1953.

Resulta que una bella mexicana deslumbró a un francés en tal forma que el extranjero pidió al esposo que se divorciara de la beldad para llevársela, pero lo único que se llevó fueron varios balazos en el cuerpo.

De milagro sobrevivió Erick Charles Edith Snyder, agredido por Rafael Raya, miembro de una familia de la clase predominante en nuestro país. Julia María Reachi no sólo era admirada en los altos círculos sociales capitalinos por la incalculable fortuna que había heredado, sino por su singular hermosura.

Se escribió en LA PRENSA que “el triángulo amoroso, salpicado por millones de pesos, en el que fueron protagonistas el francés Erick Charles Edith Snyder, el intruso, y los esposos Rafael Raya y Julia María Reachi de Raya, tiene marcados perfiles de infidelidad conyugal”...

Julia María era poseedora de una belleza singular y era muy atractiva. Su buena posición se debía a los montones de oro de una incalculable fortuna que recibió como herencia de sus padres. Era admirada tanto por su dinero como por su atractivo fatal (según algunos admiradores) en los altos círculos sociales capitalinos. Pero sus cualidades también obraron en su contra, pues no pudo evitar, pese a todos sus dones, que miradas indiscretas e investigaciones subterráneas “se filtraran en su lujosa residencia de la colonia Polanco y pusieran al descubierto la vida alegre y divertida que llevaba en las últimas fechas”.

Hacía años, cuando apenas era una quinceañera, Julia María tuvo un novio con quien se casó civil y religiosamente. De dicho matrimonio nació una niña y aunque se auguraba un futuro feliz, pronto surgieron desavenencias conyugales y el divorcio se hizo necesario. Julia María obtuvo la patria potestad de la niña. El divorcio no le afectó.

Ella era muy rica y pudo seguirse dando un desorbitado tren de vida. Sólo unos cuantos meses dejó de asistir a fiestas de la alta sociedad, en tanto se olvidaba algo de lo relativo a su divorcio.

De nueva cuenta volvió a saborear la champaña y otras ricas bebidas que sólo pueden escurrirse en paladares de gente de poderosa situación económica. Su figura vistió ropajes vaporosos y escotados para causar sensación en salones llenos de luz y de costosos perfumes.

No la ataba ya el compromiso del matrimonio. De nueva cuenta Julia era libre y podía divertirse a sus anchas con amigos. Hasta que una noche, hora propicia para las grandes aventuras amorosas, su mirada se incrustó en la figura de un hombre de buena presencia, pulcro en el vestir y de plática agradable: Rafael Raya, miembro de una familia aristócrata. Pues bien, Julia María Reachi y Rafael Raya coincidieron en simpatías y admiración mutuas.

Hablaron y eso fue más que suficiente para que pensaran que el uno había nacido para el otro. Se entrelazaron en un romántico idilio y poco después los amoríos culminaron en matrimonio, segunda experiencia de ella.

Nació una niña, que fue el encanto de ambos. Pero eso no fue obstáculo para que la primera hijita de Julia perdiera el cariño de la autora de sus días, ni de Rafael, quien, desde el primer día que la vio la colmó de mimos y caricias.

Juntos, Julia y Rafael hacían acto de presencia en fiestas donde se reunía la flor y nata de la encumbrada sociedad capitalina. Él tenía lo suficiente para llevar ese tren de vida; ella, como antes dijimos, desde que vino al mundo cubrió su cuerpo con finísimas telas de seda.

La pareja estaba feliz. Las amigas de ella la envidiaban. Ante ella todo era zalamerías y fingidas pruebas de admiración; pero en los cuchicheos en los rincones de los lujosos salones, en las pláticas a voz baja, en los chismorreos residenciales, Julia María no pasaba de ser una divorciada “con mucha suerte” y mucho dinero.

Había personas que envidiaban a la millonaria de porte real. Algunas, las menos, deseaban tener su buena estrella. Entre los hombres, su figura ágil, alegre, atractiva y fascinante, acaparaba no solamente las miradas sino también los comentarios de muchos.

Y hubo mucha gente que pensó en que algún día Julia María iba a tener su descenso en la vida oropelesca que llevaba. Y llegó ese día que algunas malas lenguas habían pronosticado: tres años hacía, aproximadamente, “que un francés llegó a México, decidido a emprender un negocio a gran escala”.

Un francés casado que escogió México como sitio para pasar sus últimos días en compañía de su familia. Se trataba de Erick Charles Edith Snyder, hombre maduro que no había perdido su porte distinguido.

Entre la vida y la muerte

Erick, después de consultar con amigos y paisanos, decidió instalar una compañía especializada en importación de maquinaria agrícola e industrial. Obtuvo la representación de Henri Hamelle y se instaló en la Plaza de la República, en un costado del Monumento a la Revolución

Y como hombre acostumbrado a frecuentar los altos círculos sociales de París, Erick trabó amistad con lo más granado de nuestra sociedad, hasta el grado de que al año de ser huésped de México podía vérsele, siempre caballeroso, solícito y cortés con las damas bellas en las fiestas más Rumbosas.

Y fue en una de esas fiestas donde conoció a Julia María. Ignoraba que era esposa de Rafael Raya, en un principio. Desde que la vio se prendó de sus encantos. Le pareció la mujer más hermosa de cuantas sus ojos habían visto. Le cortejó y ella, quizá ávida de una nueva aventura, coqueteó con él. Cuando Erick se enteró de que Julia María era casada, no había manera de arrepentimiento. Siguió de frente estimulado por la franqueza y la gracia de ella.

El idilio tomó proporciones tormentosas. Se hicieron mutuas confesiones de amor. Dijeron amarse, y para entonces Rafael Raya quedó convertido en el ángulo molesto del fatídico triángulo.

Rafael supo los ilícitos amoríos de su esposa. Quiso ponerle freno, pero era demasiado tarde. Entonces no le quedó más remedio que resignarse a reconocer su derrota. Varias veces Julia María y Rafael sostuvieron violentas discusiones a solas en altas horas de la noche. Pero ella estaba dispuesta a todo y le hizo saber a Rafael que no podían seguir siendo marido y mujer. Es más, teniendo en su pensamiento a su nuevo amor, a Erick, al galante y caballeroso francés, Julia María habló resueltamente:

“Estoy enamorada de él. Me quiere y yo le correspondo. Nada puede haber entre tú y yo, más que el divorcio”...

A Rafael Raya las palabras de su esposa le cayeron encima como plomo derretido. Sintió que el mundo lo aplastaba. Tuvo impulsos de cometer una locura; pero recordó a su hija y se detuvo. Su voz sonó fuerte, con energía, pero para ocultar su impotencia ante el angustioso momento que estaba viviendo.

Dialogando consigo mismo, haciendo recuerdo de sus horas felices, teniendo frente a sí, como imagen sagrada, la presencia de su pequeña hija, analizó la pesadilla que soportaba despierto. Violentos impulsos estaban venciéndolo. Pero reaccionó intempestivamente y se resolvió a seguir “la corriente del embravecido río donde se hallaba arrastrado”.

Decidió acceder a lo que su esposa le solicitaba. “Sí -dijo resueltamente-. Voy a concederte el divorcio. Todo lo que haga en contrario no me traerá más que la perdición, la ruina”.

Y así lo dijo a Julia María en la primera oportunidad, pero le puso una condición: “Accederé a tus deseos, al divorcio, pero quiero decirte que, en tanto el juicio no sea fallado, debes guardarme todo el respeto que merezco, como esposo y como padre de nuestra hija”.

Julia María, a quien lo único que le interesaba era quedar libre de todo vínculo matrimonial con Rafael, para convertirse en esposa del galanteador francés, dijo a su esposo que respetaría la condición que le ponía, que procuraría comportarse lo mejor posible para evitar “habladas” y molestias. Pero juró en falso. Al sólo ver a Erick olvidó el compromiso que había contraído con su esposo, y se entregó en brazos del candente amor que sentía por el francés. Dio rienda suelta a su pasión sin importarle, quizá, que su actitud entretejía una trágica y sangrienta aventura pasional.

A tanto llegaron los ilícitos amoríos, que el francés se creyó con derecho a pedir a Rafael Raya que éste violentara el trámite de su divorcio con Julia María.

No pensaba seguramente en las consecuencias. Sólo seguía lo que su amor por Julia le indicaba. No meditó el paso que iba a dar. Y con la mayor frescura encaminó sus pasos hacia la casa 380 de la calle Temístocles, en Polanco. Una sirvienta le atendió. El francés pidió hablar con el patrón, Rafael Ra ya, quien salió sin saber que iba a enfrentarse con la más dura situación que había tenido en la vida.

Los hombres se miraron secamente... Sabían todo. La figura de Julia María flotaba allí, como sombra trágica. Era la manzana de la discordia tan tenazmente discutida por Erick. El esposo ofendido y el enamorado francés rompieron el silencio. No hablaron mucho. Las palabras rondaban en torno a la hermosa mujer.

“Ella y yo nos amamos. Vamos a casarnos, pero antes es necesario que usted se divorcie de ella”...

Erick Charles pidió entonces a Rafael que acelerara su divorcio con su esposa, para llevársela con él...

De pronto, tres disparos se escucharon en la lujosa residencia. El francés quedó en el piso gravemente lesionado. Julia María, quien se encontraba en la planta alta, se asomó y vio que su esposo empuñaba una pistola humeante. A sus pies estaba el galanteador...

Se supo que Raya emprendió la fuga precipitadamente. Posteriormente Julia María sería interrogada por el Servicio Secreto.

El extranjero fue encamado en la sala 7 cubículo 15, de la Cruz Roja de Durango y Monterrey, Colonia Roma. Y negó haber peleado con el ingeniero Raya por causa de la esposa del mismo. Erick Charles dijo ser veterano de la guerra, en el ejército de su país prestó servicios como paracaidista. Era casado y se estaba divorciando.

Más adelante, Guadalupe Muñoz, empleada doméstica de los Raya, declaró que los ingenieros Snyder y Raya eran tan amigos, que hasta podían pasar por parientes cercanos. Y que la señora Julia María no era aficionada a las fiestas y bailes, por lo que siempre estaba en el hogar, en compañía de los Snyder (Erick y su esposa Ledette), quienes vivían en Pirineos 580, Lomas de Chapultepec.

Se informó que Julia es hija de los millonarios Santiago Reachi y María Almada. Agregó la empleada que Erick y Ledette procrearon tres niños: Roland, Ingrid y Nebori. Tampoco a los Snyder les gustaban las fiestas... “y nunca escuchó que pensaran divorciarse, se aman mucho y se prodigan caricias amorosas”...

Por su parte el doctor Antonio Santamaría Rodríguez, quien intervino quirúrgicamente a Snyder en la Cruz Roja, aclaró que “solamente recibió un tiro el francés, la bala penetró por la mano izquierda, perforó el abdomen y lastimó el brazo derecho”. Con responsiva médica y habiendo cesado la gravedad, pasó hacia el Hospital Inglés.

Se dijo también que el señor Reachi, “afamado publicista, productor cinematográfico y socio o apoderado de Cantinflas, al parecer había salido hacia La Habana, Cuba”.

Pasaron los días y el jueves 21 de mayo de 1953, el ingeniero químico y charro, Rafael Raya, declaró (debidamente amparado, obviamente), ante el juzgado 18 de la sexta Corte Penal, acompañado de sus defensores José López Peniche, Rodolfo García Sánchez y Aureliano Peña Ruiz.

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El juez Ignacio Calderón Alvarez supo que el caballista tenía permiso de la Secretaría de la Defensa Nacional para portar armas por promoción de la Asociación de Charros.

El pretexto que aducía Julia María para la separación era válido: seis días trabajaba como químico el ingeniero, y el domingo se iba a los lienzos charros a montar su caballo, por lo que tenía prácticamente abandonada a la hermosísima mujer.

La señora criticaba duramente por ello los “coleos” de reses y la doma de yeguas brutas, así como las suertes ejecutadas por los charros. Indignada, la señora rechazó los cargos y “calumnias asquerosas”, ya que el francés fue baleado porque se atrevió a dar su opinión sobre el divorcio de los Raya, pero no porque “fuera a abandonar a Ledette y sus niños para casarse con Julia María”.

Con anteojos oscuros, la bella dama declaró en el mismo juzgado penal y se desmayó del coraje que hizo al escuchar que “ella había reconocido sus relaciones con el francés”. “¡Mintió mi esposo, nunca manifesté tal cosa!”, exclamó antes de perder el sentido.

La señora Almada, madre de Julia María, dijo que no se explicaba el motivo por el que Rafael Raya ofendía a su mujer, sin importarle manchar el prestigio de las aristocráticas familias Reachi y Raya, muy conocidas en la ciudad de México.

El juez desechó la “defensa del honor” y la noticia del presunto triángulo amoroso fue olvidada por motivos que se ignoran aún, quedando el epílogo en el misterio...

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