/ viernes 17 de noviembre de 2023

Atentado en Bolívar: riña provocada por el acohol deja un general y comandante muertos

Ramón Arias le dio un empellón al viejo militar Jesús Alba tirándolo al suelo y éste, instintivamente, echó mano a la pistola, aunque rápido se le adelantó el otro, hiriéndolo de muerte

Tragedia provocada por el alcohol se desarrolló en el Hotel Ambos Mundos, de la céntrica calle Bolívar, resultando muertos el general retirado Jesús H. Alba, de 60 años, y el comandante de la Policía Rural de Vista Hermosa, Michoacán, Ramón Arias García.

Lo anterior se expresó el 18 de enero de 1949 y, según datos iniciales recabados por el reportero de LA PRENSA, el general entraba al hotel alrededor de las 23:00 horas del lunes 17, cruzándose en la puerta con Ramón Arias y Jesús García Olvera, quien le acompañaba en estado de completa ebriedad.

El borracho dio un empellón al viejo militar tirándolo al suelo y, entonces, el general Alba echó mano a la pistola. Pero Ramón Arias fue más rápido y se le adelantó disparando primero e hiriéndolo. El anciano general, herido, todavía alcanzó a disparar un tiro que alcanzó el pecho a su agresor, matándolo instantáneamente.

En una ambulancia de la Cruz Roja, al mando del comandante Agustín Muñana, fue trasladado el viejo militar al hospital de Durango y Monterrey, colonia Roma, donde falleció a pesa de que iba a recibir las primeras atenciones médicas; el deceso ocurrió a la 1:15 horas, según se estableció en el reporte médico.

En cuanto al acompañante del comandante de rurales, Jesús García Olvera, quedó detenido en la Cuarta Delegación, donde permaneció detenido para rendir su declaración, una vez que se le pasara la borrachera.

El miércoles 19 de enero de 1949 se informó en la página 19 de LA PRENSA: “Que el viejo militar fue víctima de un atentado planeado con anterioridad”. De acuerdo con el reportero que siguió el caso puntualmente, la balacera -que calificó de “espantosa”, se registró a la entrada del Hotel Ambos Mundos, ubicado en Bolívar número 11, pero pese a que de los agresores uno terminó muerto y otro detenido, todavía no había sido aclarada debidamente por la policía, pues sobre el caso que se perfilaba como un atentado, todo era hipótesis y suposiciones más o menos aceptables, pero nada más.

Entre las diversas opiniones que se propagaban en los círculos policiaco sobre esa tragedia, ocupaba lugar preferente la relativa a que el viejo militar fue víctima de un atentado criminalmente planeado de antemano.

Por otra parte, de las investigaciones practicadas el día del suceso, contando especialmente con las declaraciones de algunos testigos presenciales, se supo que el responsable de la sangrienta balacera era precisamente Jesús García Olvera. Y si no fuera por ese simple dato, las autoridades no sabrían absolutamente nada, pero el nombre del agresor por sí mismo no representaba más que una pista acaso insignificante.

De acuerdo con declaraciones de algunos supuestos testigos presenciales, alrededor de las 22:00 horas, Jesús García Olvera, huésped del hotel Ambos Mundos, llegó en completo estado de ebriedad. Lo acompañaban dos individuos, Ramón Arias García y otro individuo no identificado. Ramón pudo ser reconocido, mediante una credencial, como comandante de la Policía de Vista Alegre, Michoacán.

Jesús García Olvera, al entrar en la administración, habló con el dueño del hotel, Florencio González Cajigal, a quien pidió prestada una cantidad de dinero, la cual le fue negada.

Instantes después, como el huésped se puso impertinente, sus acompañantes decidieron subirlo a la habitación que alquilaba, encaminándose a las escaleras. Pero al llegar a los primeros peldaños, García Olvera se negó rotundamente, diciendo a sus amigos que mejor fueran a dar una vuelta por la calle “para respirar aire limpio”.

Ante la necedad del borracho, sus compañeros cedieron con la intención de que el otro se sosegara; no obstante, un metro antes de salir a la calle, precisamente a la altura de donde se encontraba un estanquillo de dulces y cigarros, en el pasillo de la entrada al hotel, se toparon con el general Jesús H. Alba, quien llegaba en ese momento, pues también era huésped del hotel.

Jesús García Olvera, haciéndose el “gracioso” como tantos ebrios, a toparse con el militar le dio fuerte empellón y lo derribó. El general se incorporó con la rapidez propia de los hombres de edad avanzada que han sobrevivido, pese a las adversidades, y recogió su sombrero estilo texano.

Al estar frente a frente con el trio, obviamente el militar les reclamó al considerar que se trató de una agresión. La acción del viejo militar enfureció al borracho, quien sacó una pistola .38 automática, misma que puso en el tórax del general, tratando de intimidarlo.

A continuación, se escucharon como 20 disparos (lo cual fue indicio de que probablemente se accionaron tres armas), cuyo trágico resultado fue el deceso tanto el militar como del comandante de policía y cuyos cuerpos quedaron tendidos en el suelo; en tanto que el ebrio provocador y otro sujeto desaparecieron del lugar, aprovechando la confusión que se había generado.

El viejo general Alba, víctima de atentado

El homicida, con la pistola todavía en la mano, corrió hacia La Lagunilla; y cuando cruzaba la esquina de Donceles y Allende, frente a la Cámara de Diputados, fue detenido por el policía auxiliar placa 471, Joaquín García Quezada, quien fue calificado como “valeroso”, ya que puso en riesgo su vida al cumplir con su deber.

Por fortuna, instantes después llegaron los uniformados 522 y 524, que se encargaron de trasladar a García Olvera ante el Ministerio Público de la Cuarta Delegación.

Y mientras en aquel punto se desarrolló la detención, en el hotel, ayudado por el ingeniero Gonzalo Veirán Hara, el dueño se encargó de comunicar telefónicamente los sucesos a la Cruz Roja, solicitando los auxilios médicos, en vista de que el general aún daba muestras de estar con vida y que, a su parecer, Ramón Arias García yacía muerto, lo cual fue confirmado por elementos de la Cruz Verde, quienes se encargaron de recoger el cuerpo trasladarlo al anfiteatro de la Cuarta Delegación.

Por su parte, el agente del Ministerio Público recibió las pistolas respectivas, aunque se suponía que faltaba una, por el número de disparos que se escucharon aquella noche trágica.

Una vez que el comandante Agustín Muñana puso los hechos en conocimiento del licenciado Bernabé Morales Hinestrosa, agente investigador de la Novena, éste se dirigió a la escena del crimen, donde recabó toda la evidencia necesaria y suficiente para las futuras investigaciones.

En el lugar de los hechos, los policías 522 y 524 le hicieron entrega de 10 cartuchos calibre .38 y otro calibre .45. Asimismo, el agente recibió dos pistolas, una calibre .38, que llevaba García Olvera cuando fue aprehendido, y otra calibre .45, propiedad del general H. Alba, con la cual mató de certero tiro a Arias García.

Al regresar a su oficina, el licenciado Morales Hiniestrosa procedió a levantar el acta de rigor. En aquel documento fueron de primordial importancia las declaraciones de Gonzalo Veirán Hara, testigo presencial, puesto que explicó la forma en que fue agredido el militar y la forma en que respondió al ataque.

El investigador dio fe que en los bolsillos de la ropa que portaba el comandante de policía michoacano se encontraron algunos documentos, así como un cargador de pistola automática calibre .38 con nueve cápsulas útiles.

Jesús García Olvera, señalado de ser el principal culpable de la tragedia, dijo tener 37 años y ser comerciante de ganado en la región de Vista Hermosa, Michoacán. Su principal alegato para librarse de toda culpa, se basó en que “se encontraba muy borracho” y que nada tenía que ver con el asesinato; luego, se negó a seguir declarando, pero antes de ello aclaró que era inocente, “nunca portaba armas” y, por lo tanto, no se explicaba por qué lo habían detenido y conducido a la delegación.

En cambio, su aprehensor manifestó que se encontraba de servicio en Motolinía y Tacuba cuando escuchó la balacera en la calle de Bolívar y, entonces, de inmediato se encaminó hacia aquel lugar; pero, al llegar, una señora le dijo -señalando a Jesús, que corría llevando la pistola en la mano- que ese era el que había disparado en el pasillo del Hotel Ambos Mundos.

Entonces, corrió tras el sujeto que en ese momento no parecía borracho, dijo, “puesto que corría más que un venado”, según comentó el oficial. Al alcanzarlo, lo desarmó y le preguntó qué por qué corría con una pistola en la mano, que qué había hecho.

El otro le contestó que todo se debía a “una puntada de borrachos”, pero el oficial negó que el sospechoso pareciera estar bajo el influjo del alcohol o de cualquier otra sustancia y eso le llamó la atención.

Lo que reveló la autopsia

El 18 de enero, los médicos legistas del Hospital Juárez practicaron la autopsia de ley a los cuerpos del general Jesús H. Alba, que presentaba cuatro balazos, todos disparados de abajo hacia arriba, lo que indicó que fue asesinado por alguien que estaba en el suelo.

Ramón Arias solamente presentaba un orificio de entrada a la altura del corazón, producida por una bala calibre .45, con lo cual se dedujo que el militar lo mató.

A pesar de lo dictaminado por los médicos legistas en la autopsia, para los investigadores aún quedaban por aclarar algunos puntos. El primero y más importante, quién había disparado contra H. Alba, puesto que existía la hipótesis de que había sido atacado por el trío parrandero, hechos confirmados por un testigo que afirmó haber visto a todos sacar su pistola.

Asimismo, faltaba por capturar al tercero de los sospechosos, que sí logró darse a la fuga, pero de quien no se sabía nada, ni su identidad o posible paradero. En este sentido, el reportero de LA PRENSA obtuvo información respecto a que el prófugo era compadre del Jesús García Olvera, el detenido.

Otro de los datos que logró recabar el reportero del diario de las mayorías fue que “un jovencito como de 19 años ayudó a los ambulantes de la Cruz Roja a subir al general herido e incluso subió al vehículo que llevó al moribundo al hospital, pero desapareció misteriosamente…”

Por su parte, el agente secreto, placa 154, David Olmos, dijo que como a las 21:00 horas encontró a tres tipos, uno de los cuales provocaba “a todo el mundo, con una pistola automática, calibre .38 automática”.

Se supo que el general brigadier Jesús H. Alba estaba retirado del servicio activo y gestionaba ante las autoridades de la Secretaría de la Defensa Nacional lo relativo a su pensión vitalicia. Fue, al decir de Manuel Néstor Valdés, un distinguido y ameritado revolucionario. Últimamente estaba dedicado a la agricultura en el Estado de Aguascalientes. Poseía en esa entidad una hacienda en plena producción agrícola. Su posición económica era buena y tenía importantes propiedades.

El occiso Ramón Arias García era compadre del ganadero Jesús García Olvera.

Móvil política

Por su parte, Refugio Lozano viuda de Alba, procedente de Aguascalientes, declaró que el crimen del general tuvo su origen en cuestiones políticas -en lo cual coincidía un militar que conocía ampliamente la situación del militar victimado- y que todo fue planeado de antemano.

El día 14 de enero de 1949, él y sus dos hijas acompañaron al general hasta la ciudad de León, Guanajuato, de donde se regresaron a la entidad en que radicaban. Las mujeres y el militar se dieron cuenta de que una camioneta negra los había seguido desde la salida de Aguascalientes en ella iban varios ocupantes desconocidos. Después, no supo si la camioneta continuó siguiéndolo.

La esposa del general tuvo noticia de que, en efecto, lo habían seguido y, ya en la capital, inclusive el brigadier fue acosado por varios sujetos.

Con los datos recabados, la policía hizo averiguaciones entre algunas personas vinculadas amistosamente con la víctima. De tales pesquisas se obtuvo una versión sobre cierto plan que habría sido fraguado en Aguascalientes para sacrificar al general como consecuencia de una maniobra política, pues tenía ambiciones futuristas y creía figurar como posible sucesor del entonces gobernante, “El Chapo” Rodríguez.

Se dijo también a los investigadores que meses antes, el general Jesús H. Alba hizo viaje a la capital para entrevistarse con el presidente de la República, aunque no hubo registro sobre si lo recibió el primer mandatario o fue ignorado.

Sin embargo, se aseguró que cuando retornó a Aguascalientes, llevaba una carta firmada por “un alto personaje de la política nacional”, dirigida a “El Chapo” Rodríguez, en la cual se le solicitó la jefatura de policía local para el militar portador del documento.

De acuerdo con la información recabada por el reportero que entrevistó a la viuda del militar, éste no quería el puesto para enriquecerse, ya que contaba con una pequeña fortuna y algunas propiedades; sino que deseaba ayudar a sus amigos, en su mayoría veteranos, a quienes la revolución “no les había hecho justicia”.

El gobernador recibió la carta, pero no accedió a la petición que se le hacía, por lo que utilizó evasivas frecuentes, entre las que contaba el rumor de que la Jefatura de policía dependía de la presidencia municipal y que el gobernador no podía violentar leyes, por ser el municipio “libre y soberano”.

Derivado de esta situación, hubo distanciamiento entre las autoridades de Aguascalientes y el general Jesús H. Alba. Sobre todo, porque era de conocimiento que el general gozaba de la estimación de muchos altos jefes de la política nacional y su nombre figuraba como posible candidato a la gubernatura de Aguascalientes.

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Regresan los restos del General a Aguascalientes

El capitán Joaquín Romero Rosell refirió que conocía desde hacía muchos años al general sacrificado y que los restos serían llevados a Aguascalientes, para su cristiana sepultura.

Casualmente, dijo, el mismo día en que fue atacado arteramente en Bolívar 11, el general había sostenido una entrevista con el presidente y para otro día había concertado una cita con autoridades de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Extrañamente, Jesús García Olvera, el homicida, a pesar de que tenía 48 horas de estar a disposición del Ministerio Público, no había sido interrogado exhaustivamente por la Policía Judicial del Distrito.

Y es que, en aquellos tiempos, se tomaba en cuenta -para las triquiñuelas legaloides- el pretexto de que “el ahora occiso había hecho un ademán, como si fuera a sacar su pistola...”

El caso se fue congelando con el paso de los días, nadie supo qué pasó con el detenido, pues su paradero también fue incierto; del que había escapado, no se mencionó más. Se ataron los cabos sueltos y las investigaciones no fructificaron, por omisión o a propósito. La investigación concluyó como que se trató de un crimen más, aunque para el reportero de LA PRENSA muchas dudas quedaban en el aire y se cuestionaba si en realidad la policía judicial intentó resolver el caso o, como en el asesinato del periodista Sánchez Merino, en Poza Rica, hicieron lo imposible para no resolverlo.

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Tragedia provocada por el alcohol se desarrolló en el Hotel Ambos Mundos, de la céntrica calle Bolívar, resultando muertos el general retirado Jesús H. Alba, de 60 años, y el comandante de la Policía Rural de Vista Hermosa, Michoacán, Ramón Arias García.

Lo anterior se expresó el 18 de enero de 1949 y, según datos iniciales recabados por el reportero de LA PRENSA, el general entraba al hotel alrededor de las 23:00 horas del lunes 17, cruzándose en la puerta con Ramón Arias y Jesús García Olvera, quien le acompañaba en estado de completa ebriedad.

El borracho dio un empellón al viejo militar tirándolo al suelo y, entonces, el general Alba echó mano a la pistola. Pero Ramón Arias fue más rápido y se le adelantó disparando primero e hiriéndolo. El anciano general, herido, todavía alcanzó a disparar un tiro que alcanzó el pecho a su agresor, matándolo instantáneamente.

En una ambulancia de la Cruz Roja, al mando del comandante Agustín Muñana, fue trasladado el viejo militar al hospital de Durango y Monterrey, colonia Roma, donde falleció a pesa de que iba a recibir las primeras atenciones médicas; el deceso ocurrió a la 1:15 horas, según se estableció en el reporte médico.

En cuanto al acompañante del comandante de rurales, Jesús García Olvera, quedó detenido en la Cuarta Delegación, donde permaneció detenido para rendir su declaración, una vez que se le pasara la borrachera.

El miércoles 19 de enero de 1949 se informó en la página 19 de LA PRENSA: “Que el viejo militar fue víctima de un atentado planeado con anterioridad”. De acuerdo con el reportero que siguió el caso puntualmente, la balacera -que calificó de “espantosa”, se registró a la entrada del Hotel Ambos Mundos, ubicado en Bolívar número 11, pero pese a que de los agresores uno terminó muerto y otro detenido, todavía no había sido aclarada debidamente por la policía, pues sobre el caso que se perfilaba como un atentado, todo era hipótesis y suposiciones más o menos aceptables, pero nada más.

Entre las diversas opiniones que se propagaban en los círculos policiaco sobre esa tragedia, ocupaba lugar preferente la relativa a que el viejo militar fue víctima de un atentado criminalmente planeado de antemano.

Por otra parte, de las investigaciones practicadas el día del suceso, contando especialmente con las declaraciones de algunos testigos presenciales, se supo que el responsable de la sangrienta balacera era precisamente Jesús García Olvera. Y si no fuera por ese simple dato, las autoridades no sabrían absolutamente nada, pero el nombre del agresor por sí mismo no representaba más que una pista acaso insignificante.

De acuerdo con declaraciones de algunos supuestos testigos presenciales, alrededor de las 22:00 horas, Jesús García Olvera, huésped del hotel Ambos Mundos, llegó en completo estado de ebriedad. Lo acompañaban dos individuos, Ramón Arias García y otro individuo no identificado. Ramón pudo ser reconocido, mediante una credencial, como comandante de la Policía de Vista Alegre, Michoacán.

Jesús García Olvera, al entrar en la administración, habló con el dueño del hotel, Florencio González Cajigal, a quien pidió prestada una cantidad de dinero, la cual le fue negada.

Instantes después, como el huésped se puso impertinente, sus acompañantes decidieron subirlo a la habitación que alquilaba, encaminándose a las escaleras. Pero al llegar a los primeros peldaños, García Olvera se negó rotundamente, diciendo a sus amigos que mejor fueran a dar una vuelta por la calle “para respirar aire limpio”.

Ante la necedad del borracho, sus compañeros cedieron con la intención de que el otro se sosegara; no obstante, un metro antes de salir a la calle, precisamente a la altura de donde se encontraba un estanquillo de dulces y cigarros, en el pasillo de la entrada al hotel, se toparon con el general Jesús H. Alba, quien llegaba en ese momento, pues también era huésped del hotel.

Jesús García Olvera, haciéndose el “gracioso” como tantos ebrios, a toparse con el militar le dio fuerte empellón y lo derribó. El general se incorporó con la rapidez propia de los hombres de edad avanzada que han sobrevivido, pese a las adversidades, y recogió su sombrero estilo texano.

Al estar frente a frente con el trio, obviamente el militar les reclamó al considerar que se trató de una agresión. La acción del viejo militar enfureció al borracho, quien sacó una pistola .38 automática, misma que puso en el tórax del general, tratando de intimidarlo.

A continuación, se escucharon como 20 disparos (lo cual fue indicio de que probablemente se accionaron tres armas), cuyo trágico resultado fue el deceso tanto el militar como del comandante de policía y cuyos cuerpos quedaron tendidos en el suelo; en tanto que el ebrio provocador y otro sujeto desaparecieron del lugar, aprovechando la confusión que se había generado.

El viejo general Alba, víctima de atentado

El homicida, con la pistola todavía en la mano, corrió hacia La Lagunilla; y cuando cruzaba la esquina de Donceles y Allende, frente a la Cámara de Diputados, fue detenido por el policía auxiliar placa 471, Joaquín García Quezada, quien fue calificado como “valeroso”, ya que puso en riesgo su vida al cumplir con su deber.

Por fortuna, instantes después llegaron los uniformados 522 y 524, que se encargaron de trasladar a García Olvera ante el Ministerio Público de la Cuarta Delegación.

Y mientras en aquel punto se desarrolló la detención, en el hotel, ayudado por el ingeniero Gonzalo Veirán Hara, el dueño se encargó de comunicar telefónicamente los sucesos a la Cruz Roja, solicitando los auxilios médicos, en vista de que el general aún daba muestras de estar con vida y que, a su parecer, Ramón Arias García yacía muerto, lo cual fue confirmado por elementos de la Cruz Verde, quienes se encargaron de recoger el cuerpo trasladarlo al anfiteatro de la Cuarta Delegación.

Por su parte, el agente del Ministerio Público recibió las pistolas respectivas, aunque se suponía que faltaba una, por el número de disparos que se escucharon aquella noche trágica.

Una vez que el comandante Agustín Muñana puso los hechos en conocimiento del licenciado Bernabé Morales Hinestrosa, agente investigador de la Novena, éste se dirigió a la escena del crimen, donde recabó toda la evidencia necesaria y suficiente para las futuras investigaciones.

En el lugar de los hechos, los policías 522 y 524 le hicieron entrega de 10 cartuchos calibre .38 y otro calibre .45. Asimismo, el agente recibió dos pistolas, una calibre .38, que llevaba García Olvera cuando fue aprehendido, y otra calibre .45, propiedad del general H. Alba, con la cual mató de certero tiro a Arias García.

Al regresar a su oficina, el licenciado Morales Hiniestrosa procedió a levantar el acta de rigor. En aquel documento fueron de primordial importancia las declaraciones de Gonzalo Veirán Hara, testigo presencial, puesto que explicó la forma en que fue agredido el militar y la forma en que respondió al ataque.

El investigador dio fe que en los bolsillos de la ropa que portaba el comandante de policía michoacano se encontraron algunos documentos, así como un cargador de pistola automática calibre .38 con nueve cápsulas útiles.

Jesús García Olvera, señalado de ser el principal culpable de la tragedia, dijo tener 37 años y ser comerciante de ganado en la región de Vista Hermosa, Michoacán. Su principal alegato para librarse de toda culpa, se basó en que “se encontraba muy borracho” y que nada tenía que ver con el asesinato; luego, se negó a seguir declarando, pero antes de ello aclaró que era inocente, “nunca portaba armas” y, por lo tanto, no se explicaba por qué lo habían detenido y conducido a la delegación.

En cambio, su aprehensor manifestó que se encontraba de servicio en Motolinía y Tacuba cuando escuchó la balacera en la calle de Bolívar y, entonces, de inmediato se encaminó hacia aquel lugar; pero, al llegar, una señora le dijo -señalando a Jesús, que corría llevando la pistola en la mano- que ese era el que había disparado en el pasillo del Hotel Ambos Mundos.

Entonces, corrió tras el sujeto que en ese momento no parecía borracho, dijo, “puesto que corría más que un venado”, según comentó el oficial. Al alcanzarlo, lo desarmó y le preguntó qué por qué corría con una pistola en la mano, que qué había hecho.

El otro le contestó que todo se debía a “una puntada de borrachos”, pero el oficial negó que el sospechoso pareciera estar bajo el influjo del alcohol o de cualquier otra sustancia y eso le llamó la atención.

Lo que reveló la autopsia

El 18 de enero, los médicos legistas del Hospital Juárez practicaron la autopsia de ley a los cuerpos del general Jesús H. Alba, que presentaba cuatro balazos, todos disparados de abajo hacia arriba, lo que indicó que fue asesinado por alguien que estaba en el suelo.

Ramón Arias solamente presentaba un orificio de entrada a la altura del corazón, producida por una bala calibre .45, con lo cual se dedujo que el militar lo mató.

A pesar de lo dictaminado por los médicos legistas en la autopsia, para los investigadores aún quedaban por aclarar algunos puntos. El primero y más importante, quién había disparado contra H. Alba, puesto que existía la hipótesis de que había sido atacado por el trío parrandero, hechos confirmados por un testigo que afirmó haber visto a todos sacar su pistola.

Asimismo, faltaba por capturar al tercero de los sospechosos, que sí logró darse a la fuga, pero de quien no se sabía nada, ni su identidad o posible paradero. En este sentido, el reportero de LA PRENSA obtuvo información respecto a que el prófugo era compadre del Jesús García Olvera, el detenido.

Otro de los datos que logró recabar el reportero del diario de las mayorías fue que “un jovencito como de 19 años ayudó a los ambulantes de la Cruz Roja a subir al general herido e incluso subió al vehículo que llevó al moribundo al hospital, pero desapareció misteriosamente…”

Por su parte, el agente secreto, placa 154, David Olmos, dijo que como a las 21:00 horas encontró a tres tipos, uno de los cuales provocaba “a todo el mundo, con una pistola automática, calibre .38 automática”.

Se supo que el general brigadier Jesús H. Alba estaba retirado del servicio activo y gestionaba ante las autoridades de la Secretaría de la Defensa Nacional lo relativo a su pensión vitalicia. Fue, al decir de Manuel Néstor Valdés, un distinguido y ameritado revolucionario. Últimamente estaba dedicado a la agricultura en el Estado de Aguascalientes. Poseía en esa entidad una hacienda en plena producción agrícola. Su posición económica era buena y tenía importantes propiedades.

El occiso Ramón Arias García era compadre del ganadero Jesús García Olvera.

Móvil política

Por su parte, Refugio Lozano viuda de Alba, procedente de Aguascalientes, declaró que el crimen del general tuvo su origen en cuestiones políticas -en lo cual coincidía un militar que conocía ampliamente la situación del militar victimado- y que todo fue planeado de antemano.

El día 14 de enero de 1949, él y sus dos hijas acompañaron al general hasta la ciudad de León, Guanajuato, de donde se regresaron a la entidad en que radicaban. Las mujeres y el militar se dieron cuenta de que una camioneta negra los había seguido desde la salida de Aguascalientes en ella iban varios ocupantes desconocidos. Después, no supo si la camioneta continuó siguiéndolo.

La esposa del general tuvo noticia de que, en efecto, lo habían seguido y, ya en la capital, inclusive el brigadier fue acosado por varios sujetos.

Con los datos recabados, la policía hizo averiguaciones entre algunas personas vinculadas amistosamente con la víctima. De tales pesquisas se obtuvo una versión sobre cierto plan que habría sido fraguado en Aguascalientes para sacrificar al general como consecuencia de una maniobra política, pues tenía ambiciones futuristas y creía figurar como posible sucesor del entonces gobernante, “El Chapo” Rodríguez.

Se dijo también a los investigadores que meses antes, el general Jesús H. Alba hizo viaje a la capital para entrevistarse con el presidente de la República, aunque no hubo registro sobre si lo recibió el primer mandatario o fue ignorado.

Sin embargo, se aseguró que cuando retornó a Aguascalientes, llevaba una carta firmada por “un alto personaje de la política nacional”, dirigida a “El Chapo” Rodríguez, en la cual se le solicitó la jefatura de policía local para el militar portador del documento.

De acuerdo con la información recabada por el reportero que entrevistó a la viuda del militar, éste no quería el puesto para enriquecerse, ya que contaba con una pequeña fortuna y algunas propiedades; sino que deseaba ayudar a sus amigos, en su mayoría veteranos, a quienes la revolución “no les había hecho justicia”.

El gobernador recibió la carta, pero no accedió a la petición que se le hacía, por lo que utilizó evasivas frecuentes, entre las que contaba el rumor de que la Jefatura de policía dependía de la presidencia municipal y que el gobernador no podía violentar leyes, por ser el municipio “libre y soberano”.

Derivado de esta situación, hubo distanciamiento entre las autoridades de Aguascalientes y el general Jesús H. Alba. Sobre todo, porque era de conocimiento que el general gozaba de la estimación de muchos altos jefes de la política nacional y su nombre figuraba como posible candidato a la gubernatura de Aguascalientes.

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Regresan los restos del General a Aguascalientes

El capitán Joaquín Romero Rosell refirió que conocía desde hacía muchos años al general sacrificado y que los restos serían llevados a Aguascalientes, para su cristiana sepultura.

Casualmente, dijo, el mismo día en que fue atacado arteramente en Bolívar 11, el general había sostenido una entrevista con el presidente y para otro día había concertado una cita con autoridades de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Extrañamente, Jesús García Olvera, el homicida, a pesar de que tenía 48 horas de estar a disposición del Ministerio Público, no había sido interrogado exhaustivamente por la Policía Judicial del Distrito.

Y es que, en aquellos tiempos, se tomaba en cuenta -para las triquiñuelas legaloides- el pretexto de que “el ahora occiso había hecho un ademán, como si fuera a sacar su pistola...”

El caso se fue congelando con el paso de los días, nadie supo qué pasó con el detenido, pues su paradero también fue incierto; del que había escapado, no se mencionó más. Se ataron los cabos sueltos y las investigaciones no fructificaron, por omisión o a propósito. La investigación concluyó como que se trató de un crimen más, aunque para el reportero de LA PRENSA muchas dudas quedaban en el aire y se cuestionaba si en realidad la policía judicial intentó resolver el caso o, como en el asesinato del periodista Sánchez Merino, en Poza Rica, hicieron lo imposible para no resolverlo.

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