La noche que Burroughs mató a Joan Vollmer

Vollmer y Burroughs encontraron en la Ciudad de México un paraíso para su adicción a la heroína, el alcohol u sexo barato, que los llevó a la autodestrucción

Alfredo Sosa | La Prensa

  · viernes 1 de octubre de 2021

Foto La Prensa

En las décadas de los años 40 y 50 del siglo pasado, el país vivía una etapa de progreso llamada “el milagro mexicano”.

Empleados de clase media se rasuraban con las primeras máquinas afeitadoras y las amas de casa estrenaban refrigeradores y electrodomésticos varios de alta tecnología. En San Juan de Letrán confluían el tranvía y los autos último modelo: Packards, Cadillacs y Chevrolets exportados desde Estados Unidos.

En las principales avenidas de la Ciudad de México se construían edificios modernos y altos, algunos con grandes anuncios luminosos publicitando toda clase de productos de las marcas más prestigiadas. Los centros de espectáculos y entretenimiento se llenaban de público y abundaban, así como la vida nocturna y bohemia tenían también gran auge. Los cines gozaban de salas llenas.

La metrópoli tenía dos caras muy bien definidas: del primer cuadro hacia el sur y el poniente, lucían las colonias “bonitas”, habitadas por la “gente bien”. Familias de clase media y pudientes.

El rostro pálido se encontraba hacia el norte y el oriente, donde se comenzaron a formar las colonias populares, conformadas muchas de ellas por personas que emigraron de sus estados de origen hacia la capital, en busca de resarcir su condición marginada y precaria. Franjas de asentamientos irregulares se configuraron y a pesar de pertenecer a la misma ciudad, se les veía con resquemor y con carácter de relegadas.

No obstante, la gran urbe se agitaba con alegría y con el guiño de traer esperanza y prosperidad para sus habitantes. La ciudad de México resultaba un lugar tan atractivo, que miles de extranjeros la eligieron para asentarse de forma definitiva en ella, pues consideraron que no le pedía nada a las mejores metrópolis del mundo como París, Nueva York o Chicago.

Uno de ellos fue el escritor William Seward Burroughs, quien llegó al corazón de México a finales de la década de los 40, en compañía de su segunda esposa, Joan Vollmer, también llamada: “La Musa Loca de la Generación Beat”.

VOLLMER Y BURROUGHS, UNA TÓXICA HISTORIA DE AMOR

William y Joan se conocieron en la ciudad de Nueva York, ahí comenzaron su turbio romance. Se fueron a vivir juntos en un departamento que compartieron con sus amigos Edie Parker y Jack Kerouac, quienes también eran novios.

Pero una noche de juerga, un hecho marcó sus destinos, presenciaron el asesinato de un distribuidor de drogas y por ambiguas razones, no dieron aviso a la policía. Esa situación y su cada vez más intensa adicción a las drogas, los metieron en constantes problemas con la justicia.

Pero ahí no pararon, Burroughs y Joan se perdieron en la cocaína y la morfina, eso condujo a Vollmer a ser internada en una clínica psiquiátrica, donde conoció otra cara del sufrimiento. Por su parte, William era tan adicto, que falsificaba recetas médicas para abastecerse la droga hasta que lo arrestó la policía.

De sus movidas salieron más o menos librados, Joan dejó la clínica y William pagó una fianza para no caer en prisión. Así que decidieron cambiar de aires, pensaron que eso les vendría bien y se asentaron en la Ciudad de México.


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LA GENERACIÓN BEAT EN MÉXICO

En el otoño de 1949, Joan y William se instalaron en el número 210 de la calle de Orizaba, en la colonia Roma. Él tenía 35 años y su carrera literaria aún no despegaba. Sin embargo, el encanto de los tugurios, cantinas, burdeles y el ritmo de la incipiente ciudad, estimularon su creatividad y talento que le permitieron gestar varios de sus textos legendarios.

Si por un momento lograron bajarle a su consumo de estupefacientes, el ambiente de la nueva urbe los hizo caer de nuevo. Burroughs habló maravillas de la Ciudad de México a sus amigos Kerouac, Allen Gingsberg y Lewis Marker, que no tardaron en visitar a William y su esposa.

De inmediato se engancharon al ambiente amable y fiestero de la urbe y dieron rienda suelta a su consumo de drogas y a la juerga. Frecuentaban la Plaza Luis Cabrera, se movían a las cantinas y burdeles del centro y uno de sus antros favoritos era el Bounty Bar, un lugar ubicado en la avenida Álvaro Obregón a unos cuantos pasos de Insurgentes, donde se cuenta, Burroughs escribió su famosa novela Almuerzo al desnudo.

EL UNIVERSO BEAT

La llamada Generación Beat fue un movimiento artístico que cuestionó principalmente los valores de la cultura estadounidense: ciudadanos con cerebros adormecidos por el capitalismo, el consumismo y el desencanto del triunfo en la Segunda Guerra Mundial, pues miles de soldados sobrevivientes, tanto jóvenes como veteranos, no vieron ningún beneficio en ello, pero sí muchas secuelas negativas y tarde o temprano, se sintieron defraudados por el actuar de su gobierno.

Los semilleros de este movimiento artístico fueron precisamente Jack Kerouac, Allen Gingsberg, Lucien Carr, William Burroughs, entre otros. Y Nueva York el sitio donde se gestó, cuando éstos se conocieron en la Gran Manzana y decidieron manifestar de modo muy particular su desacuerdo con un régimen enfermo de poder.

Así fue como el grupo de escritores dio voz a una generación desencantada y se atrevieron a discurrir sobre temas prohibidos o velados como: la libertad sexual, espiritual, el capitalismo, el consumo y acumulación de bienes, la experimentación con las drogas, la guerra, entre otros.

El tema de la experimentación en varios de sus ámbitos fue la principal propuesta de la Generación Beat. En esencia hacerlo con las drogas, no con el fin de evadir la realidad sino para explorar nuevos universos y experiencias, para demostrar que más allá del mundo tangible, se encuentra un infinito cosmos por explorar y conocer.

Así que, William Burroughs se sumergió en ese universo y una vez que lo hizo por vez primera, jamás lo dejó. Consumió heroína, opio, morfina, peyote, anfetaminas, metanfetaminas, hash, marihuana, cocaína, entre muchas otras.


ALMUERZO AL DESNUDO

La cotidianidad de Burroughs y Joan comenzaba con un desayuno de tequila con benzedrina y galletas para ella y heroína con ginebra para él, después, estimulaban la digestión con un porro de marihuana.

Por las noches acudían al bar Kukú, en la esquina de Coahuila e Insurgentes para consumir más sustancias y donde Burroughs perseguía a machos mexicanos bigotudos; porque hay que decirlo, William era homosexual, a pesar de que se casó dos veces.

Pero el abuso de droga de Burroughs tocó el delirio y la mensualidad que le enviaba su familia ricachona de 150 dólares ya era insuficiente para sostener el vicio; así que se vio obligado a vender su pistola calibre .380 milímetros para adquirir más sustancias y su amigo John Haely tenía un comprador.

EL ASESINATO

Era la tarde del jueves 6 de septiembre de 1951, hacía calor y se cernía un cielo azul amenazador y despiadado en la Ciudad de México. John Healy y otros amigos llevaban dos días de fiesta e invitaron a Burroughs y a Joan a continuar la parranda en su departamento ubicado en la calle de Monterrey, número 122, en la misma Colonia Roma.

En la sala de Healy había botellas vacías de ginebra, ron, whisky, jeringuillas, colillas de cigarro y porros de marihuana por doquier, los chicos se consintieron fenomenal.

No se podía esperar menos de los invitados, así que Joan bebió tequila, ron, ginebra, se drogó con marihuana, morfina, cualquier cosa que encontró, no había más ciencia, se trataba de estar al borde del abismo.

William hizo lo propio y después sacó su pistola y se puso a hacer malabares con ella, mientras en la otra mano sostenía un cigarrillo. Cuando los presentes se encontraban sumergidos en la profundidad del viaje, William le preparó una ginebra Oso Negro con limonada a Joan y brindaron, mientras sus cuerpos sudaban y sentían desasosiego.

De pronto, William le propuso a Joan imitar la suerte de Guillermo Tell, de Friedrich Schiller (quien flechaba una manzana colocada en la cabeza de alguien), pero con su pistola Star. 380.

Entonces ella se colocó el vaso sobre su cabeza, él se alejó poco más de dos metros, apuntó con sus manos temblorosas, jaló el gatillo, le dio en la cabeza y la sumergió en la inmensidad del trago, la droga, del silencio… de la muerte.

Joan yacía en el suelo en un charco de sangre. La portera del edificio se dio cuenta de lo acontecido y llamó a la Cruz Roja. Cuando llegó la ambulancia, la chica de Bill, como también llamaban a Burroughs, todavía respiraba, pero antes de llegar al hospital falleció.

William lloró desconsoladamente, en unos cuantos minutos llegó la policía y lo llevaron a la agencia del ministerio público en Avenida Cuauhtémoc y Obrero Mundial.

En su primera declaración, contó lo sucedido. En unas horas más, fue recluido en la crujía H, de Lecumberri.

La Prensa habló con el literato asesino en Lecumberri

El terrible hecho causó revuelo y al día siguiente, La Prensa informó a sus lectores sobre los pormenores del crimen e ilustró su contraportada con la escena y los protagonistas de la tragedia.

Al día siguiente, por recomendación de alguien, la familia de Burroughs contrató los servicios del controvertido legista Bernabé Jurado. Un tipo al que también llamaban “el abogado del diablo”, porque se dedicaba a defender a mafiosos, políticos y delincuentes a los cuales, mediante la transa y el soborno, logró sacar de la cárcel.

En el Palacio Negro, Jurado se reunió con William y con cinismo le recomendó que cambiara la versión de los hechos. Le pidió que dijera que, mientras limpiaba su arma, ésta cayó al suelo y se disparó accidentalmente matando a Joan. William aceptó, aunque sabía que eso era absurdo.

A pesar de que en las siguientes audiencias Burroughs cambió su versión de los hechos, el 10 de septiembre el juez Eduardo Urzaiz Jiménez decretó la formal prisión contra William Seward Burroughs, por el delito de homicidio perpetrado en la persona de Joan Vollmer.

LA PRENSA ENTREVISTA AL ESCRITOR EN LA PENI

Un día después, el reportero de esta casa editora, Luis C. Márquez, entrevistó a William en la Penitenciaría de Lecumberri.

En ese momento Burroughs comentó que tenían tres días de haber llegado de Panamá, el arma la acababa de comprar, era muy feliz con su esposa, tenían dos hijos, un niño y una niña a los cuales adoraban y atendían bien. Y no negó su afinidad por las drogas ni su adicción a ellas.

Cuando le preguntó a Burroughs qué había pasado la tarde-noche del 6 de septiembre, éste contó:

-Mi esposa había tomado algunas copas. Yo saqué la pistola para mostrarla a mis amigos, pero se me resbaló, cayó, se golpeó con una mesa y se descargó. Todo fue puramente accidental. –declaró el detenido.

Sin saberlo, Luis C. Márquez fue el único periodista que logró entrevistar a Burroughs, después de dispararle a su esposa Joan Vollmer

“TODO FUE UN ACCIDENTE”

Después de 13 días en prisión, Burroughs obtuvo su libertad bajo fianza.

Su abogado Bernabé Jurado cumplió su palabra. El día 20 de septiembre a las 12:30 horas, el juez Urzaiz Jiménez determinó: “Queda libre bajo caución de efectivo por $20,000.00 (veinte mil pesos), en los términos del artículo 567 del Código de Procedimientos Penales”, al demostrarse que el señor William mató de forma involuntaria a su esposa Joan Vollmer”.

En realidad, se cuenta que la familia millonaria de Burroughs sobornó a las autoridades para que saliera de prisión. William sabía muy bien que los funcionarios eran corruptibles.

Varios años después, al respecto señaló: “era la época de Miguel Alemán Valdés, reinaba la mordida y la pirámide de sobornos iba desde el policía que hace ronda hasta el Presidente”.

Se comenta que durante los 13 días que estuvo en prisión, William escribió su primera novela llamada Queer.

El crimen estaba escrito en su destino

Pocos días después, por temor a saldar cuentas con la ley mexicana, Burroughs regresó a Nueva York en compañía de su hermano Mortimer. Luego se instaló en Tánger, Marruecos, donde se dedicó a consumir más drogas y a escribir.

Primero publicó su novela Yonqui, y en 1959 Almuerzo al desnudo, que junto a En el camino, de Jack Keruac y Aullido, de Allen Ginsberg, conformaron la trilogía más representativa de la Generación Beat.

BURROUGHS, MALDITO POR EXCELENCIA

Burroughs ingresó de lleno a la literatura por el mismo agujero que le propinó en el cráneo a su esposa. Luego de alojarle aquella bala, su proceso creativo no se detendría, ya que escribió más de 15 novelas, decenas de ensayos, poemarios y colaboró con varios músicos como John Lennon, Patti Smith, Jim Morrison, David Bowie, Kurt Cobain, entre otros artistas igual de malditos que él.

El asesinato contra su mujer le abrió un abismo existencial tan fuerte, que ni las mismas drogas pudieron consolarlo. Sólo su obra literaria medio apaciguó aquella tragedia. “Mi pasado fue un río envenenado, del que tuve la fortuna de escapar y cuya amenaza aún siento años después”, declararía en el ocaso de su existencia.

DELÍRIUM TREMENS

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Se cuenta que después de la muerte de Joan, Burroughs padecía delirios, a veces ocasionados por los efectos de las drogas, pero el mayor de veces, por el remordimiento que le causaba recordar que había dado muerte a su compañera.

Pese a su homosexualidad declarada abiertamente, en el fondo el escritor amaba a Joan y pasaba muchas horas llorando de dolor y amargura, entonces ningún coctel de sustancias lograba mitigar su sufrimiento. Entonces, con la misma mano con la que sumergió en la muerte a su mujer, Burroughs escribió y configuró gran parte de su exitosa obra literaria.

William Seward Burroughs, el irreverente, el drogadicto, el marica, el homicida, falleció a los 83 años, el 2 de agosto de 1997, debido a un infarto fulminante.

El sinvergüenza que después de matar a su esposa se transformó para siempre y que confesaría: “La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, el espíritu feo, y me embarcó en la lucha de toda la vida, en la que no he tenido más remedio que buscar la salida escribiendo”.

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