/ lunes 1 de agosto de 2022

La Mora parte 9: De lunch tomé agua de coco y tuve sexo con Carmen

Sammy Loren es un escritor y productor de videos. Está lanzando ‘Cartel, Inc.,’ una novela sobre un videoartista fracasado que es secuestrado por un cartel mexicano y forzado a dirigir sus publicidades de TikTok. Ahora vive en LA y cura Casual Encounters, una serie de lectura semanal

Día tres en la Ciudad de México. Me purgué. Volví a la sobriedad. Eliminé todas las apps de mi teléfono. Salí a correr.

Necesitaba concentrarme, encontrar a La Mora, hacer que se enamorara de mí y convencerla de regresar a Los Ángeles.

Para el almuerzo tomé agua de coco y volví a coger con Carmen, la sexoservidora. El amor no era manejar por un camino largo y sinuoso; sino más bien por un precipicio por el que me había lanzado. Reinstalé todas las aplicaciones y sentí ganas de aventarme por la ventana por los pocos likes que habían obtenido mis videos.

Volví a hojear a Herrera. Debí perder alguna pista. Había visitado Escandalar, La Mascota, La Ópera, El Covadonga y ni un rastro de La Mora. ¿Por qué mi vida dependía de encontrar a una mujer con la que había pasado tan sólo dos noches?

Sonó el iPhone de Pollo.

—Baja, necesito un favor—dijo Pollo.

Pensé en colgarle, pero recordé a sus matones armados.

Cuando salí a la Plaza Santo Domingo, Carmen me chifló.

—¿Regresaste por más, chulito?—gritó y las otras prostitutas estallaron en carcajadas. —¡Así como lo ven, comadres, flaquito pero cumplidor!

—Ya está en edad de merecer—le contestó una de ellas.

—¡Y en qué forma!—dijo una tercera.

“Mucho que demostrar” abrió la puerta de la camioneta Escalade; y así pude huír de sus burlas. Otra repugnante canción del Top 40 brotó de los altavoces. Detrás de Pollo se sentaba un lindo mexicano de piel verdosa y brazos suaves y sin vello, como si los hubiera depilado con cera. No cojo con hombres, pero en caso si lo hiciera, me lo cogería a él.

—Güeri, te conseguí sin azúcar—y “Mucho que demostrar” me pasó un Redbull desde su asiento y el matón de mediana edad conducía la camioneta por las laberintosas y asquerosas calles del Centro. Pollo me tomó una foto. —Estamos haciéndo una sesión de moda. Te presento al estilista más chic de México: Salvador Cosío.

—Vamos a trabajar con Chapu, la Khloe Kardashian de México—dijo Salvador y posteriormente él y Pollo estallaron en carcajadas.

Sorry, hoy estámos de payasas.Te queremos en el shooting porque pensamos que un gringo podría exponer las complicadas dinámicas de poder que la obra de Pollo explora.

—Suena increíble—les dije furioso porque me habían alejado de mi misión, la razón por la que me despertaba cada mañana: encontrar a La Mora. La ferocidad de mi deseo me asustó, me puse paranoico y temí decir o hacer algo que cagara la situación. Modulé mi voz y dije:

—Pero, hoy tengo una montaña de trabajo.

—¿Trabajo? ¡No mames!—dijo Pollo, inhalando un popper y pasándoselo a Salvador.—Pinches gringos con su ética hacia el trabajo neoliberal. ¿Dónde queda el arte? ¿A dónde se fue el amor?

—¿Y la libertad?—intervino Salvador.

—¿Qué me dices del sexo?—Pollo preguntó en el momento en el que estaba a puntos de pedirles que me dejaran ir cuando de repente Pollo sacó un filete grasiento ante mis ojos hambrientos. —¿Y qué pasó con La Mora?

—¿Qué pasa con La Mora?—pregunté.

—Haz la sesión y te diré todo lo que sé de ella.

TEXTO INGLES

Day three in Mexico City. I purged. Sobered up. Deleted every app on my phone. Went on a run.

I needed to focus, to find La Mora, make her fall in love with me, convince her to return to LA.

For lunch I drank a coconut water and had sex with that hooker Carmen again. Love was less a long, winding road and more a cliff I’d driven off. I reinstalled all the apps and felt like jumping out the window at how few likes any of my videos had gotten.

Then I re-skimmed Herrera. I must’ve missed a clue. I’d visited El Escandalar, La Mascota, La Ópera, La Covadonga and hadn’t picked up on La Mora’s trail. Why did life hinge upon finding a woman I’d spent two nights with?

Pollo’s iPhone rang.

Come downstairs, said Pollo. I considered hanging up on him, but remembered his armed toughs. I need a favor.

When I stepped outside into Plaza Santo Domingo, Carmen whistled.

Back for seconds? she shouted, the other hookers erupting with laughter. Ladies, for a boy so skinny, he sure does have an appetite!

He's growing, said another.

In more than one way, said a third.

Too Much To Prove opened the Escalade’s door and I fled their ridicule. Another revolting Top 40s song spewed from the speakers. Behind Pollo sat a pretty Mexican man, skin the color of watery, iced green tea, smooth, hairless arms, as if he’d had them waxed. I didn’t fuck men, but if did, I’d fuck him.

Gucci, got you sugar free, said Pollo, and Too Much To Prove passed me a can from shotgun as the middle aged tough wheeled the SUV into Centro’s rotting maze. Pollo took a photo of me. We’re doing a fashion shoot. This is Mexico’s chicest men’s stylist, Salvador Cosio.

We’ll be working with Chapu, sort of the Mexican Khloe Kardashian, said Salvador, then he and Pollo exploded with laughter. Sorry, everything’s making us laugh today, anyway we thought a gringo could complicate the power dynamics Pollo’s work explores.

Sounds great, I said, furious they’d dragged me from the only reason I bothered waking up - to find La Mora. The ferocity of my desire frightened me, leaving me paranoid of what I might say, or do. I steadied my voice. But I’ve got mountains of work today.

Work? Boring! Pollo said, sniffing poppers and passing the vile to Salvador. You gringos with your neoliberal work ethic. What about art? What about love?

What about freedom? Salvador chimed in.

What about sex? Pollo asked and I was about to demand they let me out when Pollo dangled a bloody filet before my famished eyes. What about La Mora?

What about La Mora? I asked.

Do the shoot, said Pollo. And I’ll tell you everything I know.

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Día tres en la Ciudad de México. Me purgué. Volví a la sobriedad. Eliminé todas las apps de mi teléfono. Salí a correr.

Necesitaba concentrarme, encontrar a La Mora, hacer que se enamorara de mí y convencerla de regresar a Los Ángeles.

Para el almuerzo tomé agua de coco y volví a coger con Carmen, la sexoservidora. El amor no era manejar por un camino largo y sinuoso; sino más bien por un precipicio por el que me había lanzado. Reinstalé todas las aplicaciones y sentí ganas de aventarme por la ventana por los pocos likes que habían obtenido mis videos.

Volví a hojear a Herrera. Debí perder alguna pista. Había visitado Escandalar, La Mascota, La Ópera, El Covadonga y ni un rastro de La Mora. ¿Por qué mi vida dependía de encontrar a una mujer con la que había pasado tan sólo dos noches?

Sonó el iPhone de Pollo.

—Baja, necesito un favor—dijo Pollo.

Pensé en colgarle, pero recordé a sus matones armados.

Cuando salí a la Plaza Santo Domingo, Carmen me chifló.

—¿Regresaste por más, chulito?—gritó y las otras prostitutas estallaron en carcajadas. —¡Así como lo ven, comadres, flaquito pero cumplidor!

—Ya está en edad de merecer—le contestó una de ellas.

—¡Y en qué forma!—dijo una tercera.

“Mucho que demostrar” abrió la puerta de la camioneta Escalade; y así pude huír de sus burlas. Otra repugnante canción del Top 40 brotó de los altavoces. Detrás de Pollo se sentaba un lindo mexicano de piel verdosa y brazos suaves y sin vello, como si los hubiera depilado con cera. No cojo con hombres, pero en caso si lo hiciera, me lo cogería a él.

—Güeri, te conseguí sin azúcar—y “Mucho que demostrar” me pasó un Redbull desde su asiento y el matón de mediana edad conducía la camioneta por las laberintosas y asquerosas calles del Centro. Pollo me tomó una foto. —Estamos haciéndo una sesión de moda. Te presento al estilista más chic de México: Salvador Cosío.

—Vamos a trabajar con Chapu, la Khloe Kardashian de México—dijo Salvador y posteriormente él y Pollo estallaron en carcajadas.

Sorry, hoy estámos de payasas.Te queremos en el shooting porque pensamos que un gringo podría exponer las complicadas dinámicas de poder que la obra de Pollo explora.

—Suena increíble—les dije furioso porque me habían alejado de mi misión, la razón por la que me despertaba cada mañana: encontrar a La Mora. La ferocidad de mi deseo me asustó, me puse paranoico y temí decir o hacer algo que cagara la situación. Modulé mi voz y dije:

—Pero, hoy tengo una montaña de trabajo.

—¿Trabajo? ¡No mames!—dijo Pollo, inhalando un popper y pasándoselo a Salvador.—Pinches gringos con su ética hacia el trabajo neoliberal. ¿Dónde queda el arte? ¿A dónde se fue el amor?

—¿Y la libertad?—intervino Salvador.

—¿Qué me dices del sexo?—Pollo preguntó en el momento en el que estaba a puntos de pedirles que me dejaran ir cuando de repente Pollo sacó un filete grasiento ante mis ojos hambrientos. —¿Y qué pasó con La Mora?

—¿Qué pasa con La Mora?—pregunté.

—Haz la sesión y te diré todo lo que sé de ella.

TEXTO INGLES

Day three in Mexico City. I purged. Sobered up. Deleted every app on my phone. Went on a run.

I needed to focus, to find La Mora, make her fall in love with me, convince her to return to LA.

For lunch I drank a coconut water and had sex with that hooker Carmen again. Love was less a long, winding road and more a cliff I’d driven off. I reinstalled all the apps and felt like jumping out the window at how few likes any of my videos had gotten.

Then I re-skimmed Herrera. I must’ve missed a clue. I’d visited El Escandalar, La Mascota, La Ópera, La Covadonga and hadn’t picked up on La Mora’s trail. Why did life hinge upon finding a woman I’d spent two nights with?

Pollo’s iPhone rang.

Come downstairs, said Pollo. I considered hanging up on him, but remembered his armed toughs. I need a favor.

When I stepped outside into Plaza Santo Domingo, Carmen whistled.

Back for seconds? she shouted, the other hookers erupting with laughter. Ladies, for a boy so skinny, he sure does have an appetite!

He's growing, said another.

In more than one way, said a third.

Too Much To Prove opened the Escalade’s door and I fled their ridicule. Another revolting Top 40s song spewed from the speakers. Behind Pollo sat a pretty Mexican man, skin the color of watery, iced green tea, smooth, hairless arms, as if he’d had them waxed. I didn’t fuck men, but if did, I’d fuck him.

Gucci, got you sugar free, said Pollo, and Too Much To Prove passed me a can from shotgun as the middle aged tough wheeled the SUV into Centro’s rotting maze. Pollo took a photo of me. We’re doing a fashion shoot. This is Mexico’s chicest men’s stylist, Salvador Cosio.

We’ll be working with Chapu, sort of the Mexican Khloe Kardashian, said Salvador, then he and Pollo exploded with laughter. Sorry, everything’s making us laugh today, anyway we thought a gringo could complicate the power dynamics Pollo’s work explores.

Sounds great, I said, furious they’d dragged me from the only reason I bothered waking up - to find La Mora. The ferocity of my desire frightened me, leaving me paranoid of what I might say, or do. I steadied my voice. But I’ve got mountains of work today.

Work? Boring! Pollo said, sniffing poppers and passing the vile to Salvador. You gringos with your neoliberal work ethic. What about art? What about love?

What about freedom? Salvador chimed in.

What about sex? Pollo asked and I was about to demand they let me out when Pollo dangled a bloody filet before my famished eyes. What about La Mora?

What about La Mora? I asked.

Do the shoot, said Pollo. And I’ll tell you everything I know.

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