/ domingo 17 de noviembre de 2019

Despierta, dulce amor de mi vida...

Lunas van, sueños vienen y los enamorados de hoy, con su justa rebeldía, han reinventado divergentemente las fórmulas del ciclo persuasión-conquista que otrora fueran las más galantes y glamorosas muestras castizas de seducción, requiebros y lisonjas propias del flirteo y el cortejo del que, antaño, nuestros abuelos y padres -en algunos casos- fueron venturosos testigos o protagonistas. Y es que la tradición de la que hoy hablaré, entrañable bohemio lector, es una de las más elevadas y enriquecedoras costumbres que enfrenta la amenaza inexorable de la condena al olvido y deshabituación: las serenatas.

La serenata no puede concebirse sino como un concierto nocturno en donde, bajo el manto tibio de la obscuridad y el resplandor de la luna y refulgentes estrellas, sin algazara alguna, el hombre ofrece a través de la música una sorpresiva romanza para el ser amado. Conquistas, confesiones, declaraciones, compromisos, postrimerías, reconciliaciones, aniversarios, onomásticos, hasta repudios y despechadas rupturas tienen lugar en el mensaje del que tríos, rondallas, trovadores y juglares son estoicos portavoces.

Muchos años ha que dejó de ser habitual la irrupción de voces y guitarras en las madrugadas de las calles solitarias de aquella ciudad que se fue. Si el remitente solía tener la virtud de poseer una voz sincera o entonada, él solía cantar; de lo contrario, lo usual era contratar a un trío o artista que desgranara ante la ventana o bajo el balcón del amor recipiendario las más exquisitas canciones que en su poesía exaltaran, mayormente, el mensaje preciso, indicado.

Escucha mi voz vibrar bajo tu ventana...

Desde Yucatán hasta la Baja California muchos de los compositores y autores de la época de oro de la música mexicana contemplaban en su obra, casi como decretos, al menos un par arrullos y rondas melódicas a ritmo de bambuco, vals, clave o bolero: “Buenas noches mi amor” del melodista de América, Gabriel Ruíz o “Despierta” con versos del bardo Gabriel Luna de la Fuente son, junto con “La rondalla” de Alfonso Esparza Oteo, “Te traigo serenata” de Ignacio Jaime, “Luna de Octubre” de José Antonio Michel, “Novia mía” de Guerrero y Castellanos, “Jacaranda” de Enrique Fabregat y Mario Molina Montes, “Nochecita” de Víctor Huesca, “Farolito” de Agustín Lara, “Duerme” de Miguel Prado y Bernardo San Cristóbal, “Desesperadamente” de Gabriel Ruíz y el vate López Méndez, “Quisiera ser golondrina” de Wello Rivas, “Buenas noches mi amor” de Gordon, Revel, Jeroud y Arozamena, hasta las infaltables “Mañanitas”, las indispensables de las calles sin testigos.

Las serenatas iluminaban la alborada con encendidos rasgueos de guitarra y radiantes estrofas de poesía. Aún están presentes aquellas escenas del cine mexicano en donde, a través de delicados momentos, Jorge Negrete entonaba canciones mientras lentamente asomaba por la ventana, enrejada y florida, la frágil y temblorosa figura de Gloria Marín, siempre dispuesta a la anhelada cita de amor.

El lenguaje de la serenata: código demodé

Si todo salía bien, la agasajada, generalmente después de la primera canción solía encender la luz de su habitación en señal de aceptación para que los de afuera se percatasen de la disposición a continuar con el romancero melódico y así los cantores cobraban nuevos ánimos, mientras que en sus aposentos ella, impaciente y nerviosa, se acomodaba detrás de la ventana para escuchar -en el paroxismo de la emoción- las ternezas del novio quien, junto con los cantores, tiritaban de frío. Cuando el balcón o la ventana se abría, los cantores, con discreción desaparecían, en tanto que el galanteador, se acercaba a su pareja para prometerle todo lo que a un hombre enamorado dicta su corazón. Pero si la habitación de la persona cortejada permanecía a obscuras, todo era llanto y dolor para el soldado caído.

El sereno en sus rondas vigilantes, perros y gatos, aves nocturnas, vecinos curiosos, licnobios o algún trasnochador contemplaban dichas escenas esperando el final que generalmente siempre era positivo traduciéndose en un prolongado beso y los más encendidos juramentos. Pero no siempre los finales eran tan afortunados; sobre todo cuando los padres celosos y hasta los maridos de la musa en cuestión, enfurecidos, ahuyentaban hasta con balazos todo “valiente” acto digno del más impoluto heroísmo.

Las normas no escritas, tratándose del romanticismo de la época, estipulaban que las serenatas deberían efectuarse entre las 12 y las cuatro de la mañana y éstas tendrían por objeto enamorar o festejar a alguien, mientras que “El Gallo” era diferente, aunque también fue una manifestación de amor o desamor, con la diferencia de que el horario fluctuaba entre las cuatro y las seis de la mañana, pero alegres y escandalosos, contando generalmente con el acompañamiento de un mariachi o algún conjunto más bullanguero; Incluso hubo quienes abordo de un camión de redilas trasladaron hasta pianos y orquestas completas.

Hoy, bohemio lector irredento, los tiempos han cambiado radicalmente. Actualmente nuestras ciudades nos niegan, en su mayoría, el derecho de llevar serenata al amor, la pareja, cónyuge o, incluso, la madre enferma. Llevar “gallo” significa en la actualidad atentar en contra de los “derechos de la colectividad” y es casi menester llenar formas burocráticas para obtener “permisos” o bien nos atenemos a la extorsión propia de “la autoridá”. Ni se diga si se pretende llevar a cabo este romántico ejercicio en alguna unidad habitacional o conjunto de apartamentos en donde las notificaciones y “reportes” en las juntas de vecinos no se hacen esperar. ¡Pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no habrá link de YouTube, audio de Whatsapp, texto o extracto de poesía vía mensajería electrónica o canción de Spotify que sea equiparable en la más mínima medida al cautivante conjuro de la lira apasionada del eterno cantor in situ.

Mientras tanto, hasta nuestros días, bohemio cómplice mío, la noche parece negarse al despojo de sus subyugantes encantos y sugiere, paciente, esperar al valiente héroe que, acompañado de voces aterciopeladas y cuerdas vibrantes, pretenda eternizarse en la memoria de su dilecto par a través de un perenne Bolero que, como un rezo, inscribe: “...perdona que interrumpa tu sueño, pero no pude más y esta noche de vine a decir te quiero.”.

¡Ni una línea más!

rdrigodelacadena@yahoo.com

Lunas van, sueños vienen y los enamorados de hoy, con su justa rebeldía, han reinventado divergentemente las fórmulas del ciclo persuasión-conquista que otrora fueran las más galantes y glamorosas muestras castizas de seducción, requiebros y lisonjas propias del flirteo y el cortejo del que, antaño, nuestros abuelos y padres -en algunos casos- fueron venturosos testigos o protagonistas. Y es que la tradición de la que hoy hablaré, entrañable bohemio lector, es una de las más elevadas y enriquecedoras costumbres que enfrenta la amenaza inexorable de la condena al olvido y deshabituación: las serenatas.

La serenata no puede concebirse sino como un concierto nocturno en donde, bajo el manto tibio de la obscuridad y el resplandor de la luna y refulgentes estrellas, sin algazara alguna, el hombre ofrece a través de la música una sorpresiva romanza para el ser amado. Conquistas, confesiones, declaraciones, compromisos, postrimerías, reconciliaciones, aniversarios, onomásticos, hasta repudios y despechadas rupturas tienen lugar en el mensaje del que tríos, rondallas, trovadores y juglares son estoicos portavoces.

Muchos años ha que dejó de ser habitual la irrupción de voces y guitarras en las madrugadas de las calles solitarias de aquella ciudad que se fue. Si el remitente solía tener la virtud de poseer una voz sincera o entonada, él solía cantar; de lo contrario, lo usual era contratar a un trío o artista que desgranara ante la ventana o bajo el balcón del amor recipiendario las más exquisitas canciones que en su poesía exaltaran, mayormente, el mensaje preciso, indicado.

Escucha mi voz vibrar bajo tu ventana...

Desde Yucatán hasta la Baja California muchos de los compositores y autores de la época de oro de la música mexicana contemplaban en su obra, casi como decretos, al menos un par arrullos y rondas melódicas a ritmo de bambuco, vals, clave o bolero: “Buenas noches mi amor” del melodista de América, Gabriel Ruíz o “Despierta” con versos del bardo Gabriel Luna de la Fuente son, junto con “La rondalla” de Alfonso Esparza Oteo, “Te traigo serenata” de Ignacio Jaime, “Luna de Octubre” de José Antonio Michel, “Novia mía” de Guerrero y Castellanos, “Jacaranda” de Enrique Fabregat y Mario Molina Montes, “Nochecita” de Víctor Huesca, “Farolito” de Agustín Lara, “Duerme” de Miguel Prado y Bernardo San Cristóbal, “Desesperadamente” de Gabriel Ruíz y el vate López Méndez, “Quisiera ser golondrina” de Wello Rivas, “Buenas noches mi amor” de Gordon, Revel, Jeroud y Arozamena, hasta las infaltables “Mañanitas”, las indispensables de las calles sin testigos.

Las serenatas iluminaban la alborada con encendidos rasgueos de guitarra y radiantes estrofas de poesía. Aún están presentes aquellas escenas del cine mexicano en donde, a través de delicados momentos, Jorge Negrete entonaba canciones mientras lentamente asomaba por la ventana, enrejada y florida, la frágil y temblorosa figura de Gloria Marín, siempre dispuesta a la anhelada cita de amor.

El lenguaje de la serenata: código demodé

Si todo salía bien, la agasajada, generalmente después de la primera canción solía encender la luz de su habitación en señal de aceptación para que los de afuera se percatasen de la disposición a continuar con el romancero melódico y así los cantores cobraban nuevos ánimos, mientras que en sus aposentos ella, impaciente y nerviosa, se acomodaba detrás de la ventana para escuchar -en el paroxismo de la emoción- las ternezas del novio quien, junto con los cantores, tiritaban de frío. Cuando el balcón o la ventana se abría, los cantores, con discreción desaparecían, en tanto que el galanteador, se acercaba a su pareja para prometerle todo lo que a un hombre enamorado dicta su corazón. Pero si la habitación de la persona cortejada permanecía a obscuras, todo era llanto y dolor para el soldado caído.

El sereno en sus rondas vigilantes, perros y gatos, aves nocturnas, vecinos curiosos, licnobios o algún trasnochador contemplaban dichas escenas esperando el final que generalmente siempre era positivo traduciéndose en un prolongado beso y los más encendidos juramentos. Pero no siempre los finales eran tan afortunados; sobre todo cuando los padres celosos y hasta los maridos de la musa en cuestión, enfurecidos, ahuyentaban hasta con balazos todo “valiente” acto digno del más impoluto heroísmo.

Las normas no escritas, tratándose del romanticismo de la época, estipulaban que las serenatas deberían efectuarse entre las 12 y las cuatro de la mañana y éstas tendrían por objeto enamorar o festejar a alguien, mientras que “El Gallo” era diferente, aunque también fue una manifestación de amor o desamor, con la diferencia de que el horario fluctuaba entre las cuatro y las seis de la mañana, pero alegres y escandalosos, contando generalmente con el acompañamiento de un mariachi o algún conjunto más bullanguero; Incluso hubo quienes abordo de un camión de redilas trasladaron hasta pianos y orquestas completas.

Hoy, bohemio lector irredento, los tiempos han cambiado radicalmente. Actualmente nuestras ciudades nos niegan, en su mayoría, el derecho de llevar serenata al amor, la pareja, cónyuge o, incluso, la madre enferma. Llevar “gallo” significa en la actualidad atentar en contra de los “derechos de la colectividad” y es casi menester llenar formas burocráticas para obtener “permisos” o bien nos atenemos a la extorsión propia de “la autoridá”. Ni se diga si se pretende llevar a cabo este romántico ejercicio en alguna unidad habitacional o conjunto de apartamentos en donde las notificaciones y “reportes” en las juntas de vecinos no se hacen esperar. ¡Pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no habrá link de YouTube, audio de Whatsapp, texto o extracto de poesía vía mensajería electrónica o canción de Spotify que sea equiparable en la más mínima medida al cautivante conjuro de la lira apasionada del eterno cantor in situ.

Mientras tanto, hasta nuestros días, bohemio cómplice mío, la noche parece negarse al despojo de sus subyugantes encantos y sugiere, paciente, esperar al valiente héroe que, acompañado de voces aterciopeladas y cuerdas vibrantes, pretenda eternizarse en la memoria de su dilecto par a través de un perenne Bolero que, como un rezo, inscribe: “...perdona que interrumpa tu sueño, pero no pude más y esta noche de vine a decir te quiero.”.

¡Ni una línea más!

rdrigodelacadena@yahoo.com