/ martes 2 de enero de 2024

Historias de prisión: Norma conoce el vaivén diario del Reclusorio Oriente

Afirma que los casos que más la conmueven son de mujeres violentadas física y sexualmente

Las historias sórdidas entran y salen del Reclusorio Oriente con las inclemencias que sus protagonistas padecen. Los dramas que se escabullen a diario de su puerta principal no son suficientes para apagar el ánimo e ímpetu de Norma, quien, todos los días, le da su mejor cara a este acceso que para muchos es el del infierno.

Las camionetas de traslado, las armas y los uniformados son parte del desfile que día con día presencia esta mujer de 35 años. Con una sonrisa recibe a todo aquél que se le acerca; de cara a las rejas de esta puerta, observa cada suceso, al tiempo que realiza sus actividades cotidianas. La avenida Reforma, vialidad que rodea el centro penitenciario, es lo más familiar y habitual para Norma. Ella pasó su infancia aquí, entre el lenguaje de los abogados y, a veces, la hostilidad de esta calle y entre los habitantes del reclusorio y sus visitantes.

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Su cuna fue el triciclo en el que su mamá transportaba la mercancía, mientras su padre se ganaba la vida en una fábrica. El sueldo de los dos sacó adelante a cuatro hijos, pero ella fue la única que continuó con el negocio, en la calle estaba su esencia, por eso renunció a ser asesora financiera en un banco, “la verdad si lo intenté y ganaba bien, pero no me sentía a gusto, no era lo mío, yo extrañaba todo esto”, dice.

De la boca de Omis, como le dicen de cariño, lo mismo salen los informes para los nuevos turistas del reclu, a quienes indica, con santo y seña, a cuál puerta se deben dirigir, según el trámite; dónde sacar copias; dónde comprar determinado artículo, que las consignas de las protestas feministas cuando llegan las manifestantes a exigir justicia.

Foto: cortesía

Las funciones de Norma nunca se ven limitadas a su puesto; sin temor, enciende la cámara de su celular y se planta junto a los reporteros para grabar las entrevistas, las protestas y los incidentes que ocurren en torno al reclusorio.

El dolor no le es ajeno (Testigo del dolor de los demás?)

Los adultos mayores le roban el corazón: “señoras viejitas que yo digo: ¡ay padre mío!, no pueden ni caminar y traen sus bolsas y creo que les pesan. Hay de todo, muchas chicas que traen a sus niños y están sentados en el piso y escucho que no hay para comida, que no hay para que les compren un dulce”. “Cobro 10 pesos la silla, pero a veces me doy cuenta que hay gente grande que no trae dinero o traen niños y trato de apoyarlos”, cuenta a LA PRENSA.

Foto: cortesía

Los casos que más la conmueven son los de aquellas mujeres que, violentadas física y sexualmente por sus parejas, tienen que llevar a cabo todo el proceso para acceder a la justicia con todo lo que eso conlleva.

Carga baterías del celular y cuida la moto por una cuota voluntaria. En su triciclo, que hace de mostrador, acomoda los cigarros, algunos dulces y botanas, agua embotellada y su cafetera. La parte de abajo es una pequeña bodega en la que guarda los cascos, pero también es donde transporta las lonas, las sillas y los bancos que crean su espacio de trabajo. Tiene sus horarios para las ventas, sabe que en las mañanas es el café; en la tarde, las botanas y los cigarros, y los cubrebocas, a toda hora.

Norma relata: “chavos que han salido y me piden una moneda para hablar por teléfono, a veces hasta les he prestado el teléfono, pero mis compañeros me dicen que no lo haga”, solo que no lo puede evitar. Omis apoya cuanto puede, porque a veces se queda “corta” para pagar su aportación diaria por el uso del espacio.

¿Cambios a diario?

Entre las historias curiosas que ha presenciado, le ha tocado ver que a personas residentes del reclusorio: “se les juntan aquí las mujeres, se deschongan, y ahí siguen las mujeres en la visita y dicen, ya lo perdoné, me dijo que va a cambiar y digo, ¡ay no Dios mío! De todo ves aquí”, dice mientras muestra una sonrisa apenada.

Trata con abogados desde que era pequeña, tanto que entiende algunos términos de su lenguaje, pero no se compromete a hacer ninguna recomendación, “los conozco como personas, pero no sé en su trabajo cómo son, ¿y si le quedaron mal a la gente? Como sea, ellos se van, pero yo me quedo aquí y estoy todos los días y eso a veces es riesgoso”.

Le gustaría cambiar la atención que la gente recibe del personal dentro del reclusorio, (del que continuamente escucha quejas). Además, instalaría un módulo de atención psicológica para ayudar a los familiares de los reos. Ella, en su cotidianidad, con su amigable y empática personalidad, contribuye de lunes a viernes, de 8:00 a 18:00 horas, vendiendo, recogiendo la basura, sirviendo al prójimo y sonriendo a las adversidades de estas calles, de las que ha hecho su oficina.

Síguenos en Facebook: La Prensa Oficial y en Twitter: @laprensaoem

Las historias sórdidas entran y salen del Reclusorio Oriente con las inclemencias que sus protagonistas padecen. Los dramas que se escabullen a diario de su puerta principal no son suficientes para apagar el ánimo e ímpetu de Norma, quien, todos los días, le da su mejor cara a este acceso que para muchos es el del infierno.

Las camionetas de traslado, las armas y los uniformados son parte del desfile que día con día presencia esta mujer de 35 años. Con una sonrisa recibe a todo aquél que se le acerca; de cara a las rejas de esta puerta, observa cada suceso, al tiempo que realiza sus actividades cotidianas. La avenida Reforma, vialidad que rodea el centro penitenciario, es lo más familiar y habitual para Norma. Ella pasó su infancia aquí, entre el lenguaje de los abogados y, a veces, la hostilidad de esta calle y entre los habitantes del reclusorio y sus visitantes.

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Su cuna fue el triciclo en el que su mamá transportaba la mercancía, mientras su padre se ganaba la vida en una fábrica. El sueldo de los dos sacó adelante a cuatro hijos, pero ella fue la única que continuó con el negocio, en la calle estaba su esencia, por eso renunció a ser asesora financiera en un banco, “la verdad si lo intenté y ganaba bien, pero no me sentía a gusto, no era lo mío, yo extrañaba todo esto”, dice.

De la boca de Omis, como le dicen de cariño, lo mismo salen los informes para los nuevos turistas del reclu, a quienes indica, con santo y seña, a cuál puerta se deben dirigir, según el trámite; dónde sacar copias; dónde comprar determinado artículo, que las consignas de las protestas feministas cuando llegan las manifestantes a exigir justicia.

Foto: cortesía

Las funciones de Norma nunca se ven limitadas a su puesto; sin temor, enciende la cámara de su celular y se planta junto a los reporteros para grabar las entrevistas, las protestas y los incidentes que ocurren en torno al reclusorio.

El dolor no le es ajeno (Testigo del dolor de los demás?)

Los adultos mayores le roban el corazón: “señoras viejitas que yo digo: ¡ay padre mío!, no pueden ni caminar y traen sus bolsas y creo que les pesan. Hay de todo, muchas chicas que traen a sus niños y están sentados en el piso y escucho que no hay para comida, que no hay para que les compren un dulce”. “Cobro 10 pesos la silla, pero a veces me doy cuenta que hay gente grande que no trae dinero o traen niños y trato de apoyarlos”, cuenta a LA PRENSA.

Foto: cortesía

Los casos que más la conmueven son los de aquellas mujeres que, violentadas física y sexualmente por sus parejas, tienen que llevar a cabo todo el proceso para acceder a la justicia con todo lo que eso conlleva.

Carga baterías del celular y cuida la moto por una cuota voluntaria. En su triciclo, que hace de mostrador, acomoda los cigarros, algunos dulces y botanas, agua embotellada y su cafetera. La parte de abajo es una pequeña bodega en la que guarda los cascos, pero también es donde transporta las lonas, las sillas y los bancos que crean su espacio de trabajo. Tiene sus horarios para las ventas, sabe que en las mañanas es el café; en la tarde, las botanas y los cigarros, y los cubrebocas, a toda hora.

Norma relata: “chavos que han salido y me piden una moneda para hablar por teléfono, a veces hasta les he prestado el teléfono, pero mis compañeros me dicen que no lo haga”, solo que no lo puede evitar. Omis apoya cuanto puede, porque a veces se queda “corta” para pagar su aportación diaria por el uso del espacio.

¿Cambios a diario?

Entre las historias curiosas que ha presenciado, le ha tocado ver que a personas residentes del reclusorio: “se les juntan aquí las mujeres, se deschongan, y ahí siguen las mujeres en la visita y dicen, ya lo perdoné, me dijo que va a cambiar y digo, ¡ay no Dios mío! De todo ves aquí”, dice mientras muestra una sonrisa apenada.

Trata con abogados desde que era pequeña, tanto que entiende algunos términos de su lenguaje, pero no se compromete a hacer ninguna recomendación, “los conozco como personas, pero no sé en su trabajo cómo son, ¿y si le quedaron mal a la gente? Como sea, ellos se van, pero yo me quedo aquí y estoy todos los días y eso a veces es riesgoso”.

Le gustaría cambiar la atención que la gente recibe del personal dentro del reclusorio, (del que continuamente escucha quejas). Además, instalaría un módulo de atención psicológica para ayudar a los familiares de los reos. Ella, en su cotidianidad, con su amigable y empática personalidad, contribuye de lunes a viernes, de 8:00 a 18:00 horas, vendiendo, recogiendo la basura, sirviendo al prójimo y sonriendo a las adversidades de estas calles, de las que ha hecho su oficina.

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