/ martes 26 de mayo de 2020

Así cuenta el fotógrafo José Melton como sobrevivió al Covid-19

No quería ser el siguiente, hasta que los malestares llegaron y confirmaron que el Covid-19 estaba en su ser

Ser periodista en tiempos de pandemia, cuando tu deber y vocación te tienen en la calle reportando los asuntos relevantes, no es nada sencillo, el temor de contagiarse, la ansiedad que genera saber qué día a día más personas dan positivo, dificulta la labor de quienes día a día tenemos la misión de llevarle al lector información fidedigna de lo que ocurre en el país.

Foto: Antonio De Marcelo

Desde mediados de marzo, cuando fueron confirmados los primeros casos de Covid-19 en Mexico, en casi todas las redacciones, incluyendo la de La Prensa, comenzaron a tomarse medidas. Algunos corrieron con la suerte de que su actividad pudiera desempeñarse desde casa, otros, por la naturaleza de nuestra labor, teníamos que permanecer al pie del cañón, buscando la noticia.

Quizá en esta etapa de la pandemia, el miedo era poco, pues los casos confirmados se reducían a personas que habían viajado a los lugares de peligro, y pues no era mi caso, por lo que no había impedimento para seguir haciendo mi labor, con miedo, pero a final de cuentas teníamos que hacerlo. Directa o indirectamente, ser parte de la cobertura de un suceso así, es algo que no se repite tan fácilmente en la vida de un Fotoperiodista.

Foto: Antonio De Marcelo (José Melton durante un festejo en La Prensa)

Siempre he sostenido que subirse a una motocicleta para cubrir un asunto policiaco, trasladarse por la ciudad a toda velocidad para llegar a una emergencia o un operativo es un riesgo latente, que corremos quienes nos dedicamos a esto, pero hacerlo con un enemigo invisible lo hacía cada vez más peligroso. Solo para verdaderos valientes.

Los siguientes días básicamente fueron lo mismo. Recibir un llamado, acudir al asunto, levantar imagen, ver gente con cubrebocas ya empezaba a ser noticia, tal como sucedió en 2009, respetando la distancia, realizábamos nuestro trabajo, evitando las aglomeraciones. Regresar a nuestro punto de reunión y comentar las cifras que el gobierno daba a conocer.

Foto: Antonio De Marcelo (Feria de la torta julio 2014)

Tras varias semanas así, la enfermedad llegó a la fase tres de contagios, ya no eran los que habían viajado, ya podía ser cualquiera y más cifras de contagiados ya se contaban por centenas. En medida de lo posible y con lo que teníamos al alcance, todos tomamos nuestras medidas de cuidado. El objetivo no era otro que cuidarnos y cuidar del contagio a nuestras familias.

La incertidumbre de luchar contra un enemigo invisible se recrudecía cada vez más, pues policías capitalinos comenzaron a ser noticia por la velocidad con la que se daba cuenta de sus contagios. Aquí cabe señalar que es con ellos con quienes más tiene contacto un fotógrafo de nota roja.

El uso de cubrebocas y gel antibacterial pasó de ser una mera precaución a una manía desesperada que me llevó incluso a acabar con grandes cantidades de alcohol; no había medidas que fueran exageradas, lo que fuera porque el virus o me acompañara hasta mi casa, donde se encontraba mi familia celosamente guardada.

El llamado de quedarse en casa para mi era solo una utopía, algo que podía cumplir dos días a la semana y que sin desperdicio hacía. Anhelaba mis días de descanso para quedarme en casa y ser responsable con las sugerencias del gobierno. El resto de la semana solo era una mala broma escuchar el “quédate en casa”.

La fase tres venía cargada de contagios, pero también de ansiedad. Saber que conocidos o incluso amigos estarían infectados generaba en mi y en mis compañeros esa sensación terrible que te da el saber que hagas lo que hagas, el siguiente puedes ser tu, los episodios de ansiedad eran cada vez más frecuentes y más subidos de tono.

La sombra del virus cada vez se sentía más cerca, un compañero de tal medio ya estaba en cuarentena, otro del otro canal, también; lo primero era saber de donde pudo haber sido contagiado, que si cubrió algún caso de Covid o no, si alguien más lo contagió y no le aviso, cosas que no tenía sentido saber, pero que de alguna manera tranquilizaban a más de uno al saber que no había estado expuesto al virus.

Los días avanzaron, las medidas de seguridad cada vez parecían más exageradas. No salir de casa si no era necesario era prácticamente un lujo para algunos de nosotros; saberse lejos de las coberturas del virus por ser reporteros de nota roja daba una ligera esperanza, misma que duró poco al saber que cada vez más y más policías y personal de la fiscalía capitalina resultaban contagiados.

Era cosa de tiempo, ya había muchos indicios y uno apenas podía sortearlos, con miedo, pero con determinación, las notas seguían siendo cubiertas, a distancia y con recelo, las fotografías seguían siendo capturadas, la información seguía siendo generada.

Como balde de agua fría cae la noticia de que un excompañero de La Crónica de Hoy había perdido la batalla contra el Covid-19, al tiempo, David Alvarado, decano de la nota roja, caía en el hospital, la ansiedad y el miedo dejó de ser pasajera y se alojó en mi ser, no quiero ser yo el siguiente, me repetía constantemente.

Hacia final de abril, la historia me alcanzó, un fuerte dolor de cabeza daba ya los primeros síntomas de alerta, ardor de garganta acompañaba el malestar, la falta de fiebre daba ánimos, aún así, no había motivos para alarmarse o salir corriendo a algún hospital, pues es buen sabido que ahí es donde hay más contagios y si no lo tenías, te iba a dar.

Tras una larga jornada de más de 13 horas, logré volver a mi casa, en el camino, pese a circular a una velocidad considerable en la motocicleta, sentía mi cuerpo caliente, por la mente pasaban muchas cosas, tenía miedo de tomarme la temperatura y descubrirla muy alta. Al llegar, tras el ritual de desinfección, tomé la decisión de medirme la temperatura.

Foto: Antonio De Marcelo

A los dolores y molestias que desde días atrás me acompañaban, se le sumó el primer llamado de alerta; el termómetro marcó 38.2 grados centígrados, señal de alerta. Espere media hora más, pues venía agitado de la calle y un tanto abrigado. El resultado fue el mismo.

Por muchos lados se nos ha hecho llegar la información de que hacer en caso de sospecha de contagio. Llamar al servicio de emergencia o simplemente enviar un mensaje al número de asistencia local; una serie de preguntas y respuestas darían la clave para lo siguiente.

Con temor a equivocarme o exagerar en alguna respuesta, pedí a mi esposa que me ayudara a contestar mensaje a mensaje, pedían síntomas, con miedo asentía que si a algunos y con orgullo negaba otros; tras diez minutos de hacer el test por mensaje llegó la respuesta final.

“Alto riesgo de contagio” decía el mensaje. Definitivamente es algo que no quieres leer y menos comunicar cuando, además, tus dos pequeñas están a la expectativa de saber qué tienes y no alcanzan a comprender tus lagrimas y la impotencia de no poder asegurarles que todo va a estar bien; su héroe estaba siendo mancillado y yo no podía hacer más que pedirles calma. Calma que yo mismo no tenía.

Sin duda, esa noche, la primera de aislamiento total, no fue la más grata, habré dormido si a caso una hora, cruce algunos mensajes con amigos entrañables, no quería asustarlos, pero no podía transmitirles seguridad; por fortuna no me dejaron solo, ni me dejaron caer anímicamente.

El siguiente día fue lo mismo, algunas llamadas para advertir a quienes habían estado conmigo días atrás compartiendo guardias y coberturas, por suerte pocos y muy unidos, trámites y llamadas telefónicas con doctores fue el tema del día; nada concreto, había que esperar.

Foto: Antonio De Marcelo

Una llamada de seguimiento me puso en alerta, pues no había pasado mucho tiempo desde mi mensaje y ya buscaban hacerme la prueba para el SARS COV 2, eso quizá fue lo que me llevo a tomar fuerzas y acudir por cuenta propia al centro de salud, ahí los doctores me recibieron sin prejuicios. Incluso agradecieron que no hubiera esperado más tiempo.

La prueba es molesta, pero es más incómodo ver a los profesionales de la salud tener que usar capas y capas de trajes de seguridad porque hay gente que desde el principio no entendió que debía quedarse en casa, yo sentía dolor y molestia física, pero no podía ni imaginar la molestia mental que los doctores pudieran tener.

Aún así, con todo ese pesar, ambos especialistas se tomaron el tiempo de hablar conmigo, prepararme para la prueba e incluso, darle palabras de aliento a alguien que en su vida habían visto y apenas sabían algunas cosas de él, es decir, de mi. Sentí alivio cuando me dijeron que los resultados estarían apenas unos dos días después.

Antes de salir del consultorio de las muestras el doctor me alcanzó para decirme que quizá los síntomas serían leves, que me mantuviera alerta nada más y con suerte pasaba todo en casa; aún no entiendo si esa fue su manera de brindarme paz o de advertirme lo que vendría dos días después.

Siendo una persona inquieta, que todos los días ve gente diferente, viaja por la ciudad cubriendo asuntos relevantes para los lectores, buscando noticias, el encierro comenzaba a ser tedioso, pero era más la incertidumbre del resultado de las pruebas, saber si era una simple influenza o si se trataba de Covid-19, era un juego muy salvaje que mi mente no dejaba de jugar.

Uno cree que está preparado para enfrentar una pandemia, sabes tanto, has leído tanto que crees que sabes que hacer y además tienes la verdad en las manos y lo único que tienes es miedo; de que al final seas una estadística, que la siguiente historia que se cuente en los medios sea la tuya, la triste historia del reportero que antes contó otras historias.

La histeria de no saber a ciencia cierta el origen de los malestares, de esa fiebre que te hace casi alucinar, los dolores de cuerpo, huesos y cabeza que te inmovilizan es cualquier nimiedad comparada con el miedo que provoca la dificultad para respirar. El sentir por un momento que te falta el aire hace que toda tu vida pase frente a tus ojos.

No es sólo el hecho de no poder respirar, es el hecho de que solo ese síntoma faltaba para que una ambulancia especializada, esa que genera pánico en la sociedad, tuviera que a buscarme en mi casa para iniciar el peregrinar por los hospitales Del Valle de Mexico para encontrar un lugar del que pocas personas salen con vida.

Por fortuna solo se trató de un ataque de ansiedad causado por los mismos dolores intensos que el síndrome provoca. Esa dificultad para respirar desapareció luego de unos minutos y que un paramédico del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas tuviera que acudir a mi casa a valorar mi estado de salud.

Al exterior de la puerta sólo escuchaba ánimos y preocupación, pues mi esposa y dos hijas apenas sabían qué ocurría al interior de la recámara donde he permanecido aislado por varios días. Esa incertidumbre también pesaba del otro lado de esa puerta.

Foto: José Melton

Las fiebres comenzaron a ser más severas, aunque espaciadas, combatirlas únicamente con paracetamol, compresas de agua fría y la buena de Dios representaba cada vez un reto más difícil, pues además de enfermos tenía que enfrentarlas solo, pues nadie podía ingresar a la habitación.

Fueron quizá tres o cuatro días así, fiebres por la mañana apenas pasado el amanecer y temperaturas altas ya cerca de la medianoche, sentir esto aunado al resto de las molestias, no es nada grato,

Y esta muy lejos de ser esa gripe fuerte que había quien decía que era el Covid-19, molestias difíciles de sobrellevar sólo con paracetamol.

Dos días después de la prueba llegó la llamada que si esperaba, pero con los resultados que me negaba a escuchar; “hablamos de la Secretaría de Salud para notificarle que su prueba para SARS COV 2 es positiva, recomendamos aislamiento y vigilancia extrema...”, Justo lo que nadie quiere escuchar.

A estos terribles días les siguieron otros siete de malestares generales y dolores de cabeza que difícilmente se controlaban con medicina; para entonces el aislamiento pasaba de ser una mera precaución a un asunto de vital importancia, pues con dos menores en casa y solo una adulta a cargo, era un lujo permitir el contagio.

Realmente la enfermedad, de síntomas moderados como la señalaron los doctores, fue un reto, el luchar contra el virus para no caer en un hospital, saturados por personas con síntomas graves, luchar porque el resto de la familia no se contagie, buscar que los días pasaran para acabar con la enfermedad. Sin duda son muchos aprendizajes.

El aislamiento físico funcionó, no hay más contagios en la familia, el aislamiento mental por poco no funciona, por lo complicado de mantenerse alejado de las noticias; sin duda el apoyo de familiares y amigos fue fundamental para salir adelante, que si bien no se complicó, aún no es tiempo de cantar victoria.

Como nunca antes, el llamado a quedarse en casa para mi tomó un significado diferente, de haber podido, lo hubiera seguido, sin embargo, la vocación y mi compromiso con la información me mantuvo en la calle y me va a regresar a ella.

Porque aún hay muchas historias que contar, muchas injusticias que necesitan ser puestas bajo los ojos de las autoridades y sobretodo, hay muchas imágenes que debo tomar para que los lectores del Diario de las Mayorías puedan ver y a través de mi lente, ver lo qué pasa en el mundo exterior, mientras se quedan en casa hasta que termine la pandemia.

Foto: Antonio De Marcelo

Ser periodista en tiempos de pandemia, cuando tu deber y vocación te tienen en la calle reportando los asuntos relevantes, no es nada sencillo, el temor de contagiarse, la ansiedad que genera saber qué día a día más personas dan positivo, dificulta la labor de quienes día a día tenemos la misión de llevarle al lector información fidedigna de lo que ocurre en el país.

Foto: Antonio De Marcelo

Desde mediados de marzo, cuando fueron confirmados los primeros casos de Covid-19 en Mexico, en casi todas las redacciones, incluyendo la de La Prensa, comenzaron a tomarse medidas. Algunos corrieron con la suerte de que su actividad pudiera desempeñarse desde casa, otros, por la naturaleza de nuestra labor, teníamos que permanecer al pie del cañón, buscando la noticia.

Quizá en esta etapa de la pandemia, el miedo era poco, pues los casos confirmados se reducían a personas que habían viajado a los lugares de peligro, y pues no era mi caso, por lo que no había impedimento para seguir haciendo mi labor, con miedo, pero a final de cuentas teníamos que hacerlo. Directa o indirectamente, ser parte de la cobertura de un suceso así, es algo que no se repite tan fácilmente en la vida de un Fotoperiodista.

Foto: Antonio De Marcelo (José Melton durante un festejo en La Prensa)

Siempre he sostenido que subirse a una motocicleta para cubrir un asunto policiaco, trasladarse por la ciudad a toda velocidad para llegar a una emergencia o un operativo es un riesgo latente, que corremos quienes nos dedicamos a esto, pero hacerlo con un enemigo invisible lo hacía cada vez más peligroso. Solo para verdaderos valientes.

Los siguientes días básicamente fueron lo mismo. Recibir un llamado, acudir al asunto, levantar imagen, ver gente con cubrebocas ya empezaba a ser noticia, tal como sucedió en 2009, respetando la distancia, realizábamos nuestro trabajo, evitando las aglomeraciones. Regresar a nuestro punto de reunión y comentar las cifras que el gobierno daba a conocer.

Foto: Antonio De Marcelo (Feria de la torta julio 2014)

Tras varias semanas así, la enfermedad llegó a la fase tres de contagios, ya no eran los que habían viajado, ya podía ser cualquiera y más cifras de contagiados ya se contaban por centenas. En medida de lo posible y con lo que teníamos al alcance, todos tomamos nuestras medidas de cuidado. El objetivo no era otro que cuidarnos y cuidar del contagio a nuestras familias.

La incertidumbre de luchar contra un enemigo invisible se recrudecía cada vez más, pues policías capitalinos comenzaron a ser noticia por la velocidad con la que se daba cuenta de sus contagios. Aquí cabe señalar que es con ellos con quienes más tiene contacto un fotógrafo de nota roja.

El uso de cubrebocas y gel antibacterial pasó de ser una mera precaución a una manía desesperada que me llevó incluso a acabar con grandes cantidades de alcohol; no había medidas que fueran exageradas, lo que fuera porque el virus o me acompañara hasta mi casa, donde se encontraba mi familia celosamente guardada.

El llamado de quedarse en casa para mi era solo una utopía, algo que podía cumplir dos días a la semana y que sin desperdicio hacía. Anhelaba mis días de descanso para quedarme en casa y ser responsable con las sugerencias del gobierno. El resto de la semana solo era una mala broma escuchar el “quédate en casa”.

La fase tres venía cargada de contagios, pero también de ansiedad. Saber que conocidos o incluso amigos estarían infectados generaba en mi y en mis compañeros esa sensación terrible que te da el saber que hagas lo que hagas, el siguiente puedes ser tu, los episodios de ansiedad eran cada vez más frecuentes y más subidos de tono.

La sombra del virus cada vez se sentía más cerca, un compañero de tal medio ya estaba en cuarentena, otro del otro canal, también; lo primero era saber de donde pudo haber sido contagiado, que si cubrió algún caso de Covid o no, si alguien más lo contagió y no le aviso, cosas que no tenía sentido saber, pero que de alguna manera tranquilizaban a más de uno al saber que no había estado expuesto al virus.

Los días avanzaron, las medidas de seguridad cada vez parecían más exageradas. No salir de casa si no era necesario era prácticamente un lujo para algunos de nosotros; saberse lejos de las coberturas del virus por ser reporteros de nota roja daba una ligera esperanza, misma que duró poco al saber que cada vez más y más policías y personal de la fiscalía capitalina resultaban contagiados.

Era cosa de tiempo, ya había muchos indicios y uno apenas podía sortearlos, con miedo, pero con determinación, las notas seguían siendo cubiertas, a distancia y con recelo, las fotografías seguían siendo capturadas, la información seguía siendo generada.

Como balde de agua fría cae la noticia de que un excompañero de La Crónica de Hoy había perdido la batalla contra el Covid-19, al tiempo, David Alvarado, decano de la nota roja, caía en el hospital, la ansiedad y el miedo dejó de ser pasajera y se alojó en mi ser, no quiero ser yo el siguiente, me repetía constantemente.

Hacia final de abril, la historia me alcanzó, un fuerte dolor de cabeza daba ya los primeros síntomas de alerta, ardor de garganta acompañaba el malestar, la falta de fiebre daba ánimos, aún así, no había motivos para alarmarse o salir corriendo a algún hospital, pues es buen sabido que ahí es donde hay más contagios y si no lo tenías, te iba a dar.

Tras una larga jornada de más de 13 horas, logré volver a mi casa, en el camino, pese a circular a una velocidad considerable en la motocicleta, sentía mi cuerpo caliente, por la mente pasaban muchas cosas, tenía miedo de tomarme la temperatura y descubrirla muy alta. Al llegar, tras el ritual de desinfección, tomé la decisión de medirme la temperatura.

Foto: Antonio De Marcelo

A los dolores y molestias que desde días atrás me acompañaban, se le sumó el primer llamado de alerta; el termómetro marcó 38.2 grados centígrados, señal de alerta. Espere media hora más, pues venía agitado de la calle y un tanto abrigado. El resultado fue el mismo.

Por muchos lados se nos ha hecho llegar la información de que hacer en caso de sospecha de contagio. Llamar al servicio de emergencia o simplemente enviar un mensaje al número de asistencia local; una serie de preguntas y respuestas darían la clave para lo siguiente.

Con temor a equivocarme o exagerar en alguna respuesta, pedí a mi esposa que me ayudara a contestar mensaje a mensaje, pedían síntomas, con miedo asentía que si a algunos y con orgullo negaba otros; tras diez minutos de hacer el test por mensaje llegó la respuesta final.

“Alto riesgo de contagio” decía el mensaje. Definitivamente es algo que no quieres leer y menos comunicar cuando, además, tus dos pequeñas están a la expectativa de saber qué tienes y no alcanzan a comprender tus lagrimas y la impotencia de no poder asegurarles que todo va a estar bien; su héroe estaba siendo mancillado y yo no podía hacer más que pedirles calma. Calma que yo mismo no tenía.

Sin duda, esa noche, la primera de aislamiento total, no fue la más grata, habré dormido si a caso una hora, cruce algunos mensajes con amigos entrañables, no quería asustarlos, pero no podía transmitirles seguridad; por fortuna no me dejaron solo, ni me dejaron caer anímicamente.

El siguiente día fue lo mismo, algunas llamadas para advertir a quienes habían estado conmigo días atrás compartiendo guardias y coberturas, por suerte pocos y muy unidos, trámites y llamadas telefónicas con doctores fue el tema del día; nada concreto, había que esperar.

Foto: Antonio De Marcelo

Una llamada de seguimiento me puso en alerta, pues no había pasado mucho tiempo desde mi mensaje y ya buscaban hacerme la prueba para el SARS COV 2, eso quizá fue lo que me llevo a tomar fuerzas y acudir por cuenta propia al centro de salud, ahí los doctores me recibieron sin prejuicios. Incluso agradecieron que no hubiera esperado más tiempo.

La prueba es molesta, pero es más incómodo ver a los profesionales de la salud tener que usar capas y capas de trajes de seguridad porque hay gente que desde el principio no entendió que debía quedarse en casa, yo sentía dolor y molestia física, pero no podía ni imaginar la molestia mental que los doctores pudieran tener.

Aún así, con todo ese pesar, ambos especialistas se tomaron el tiempo de hablar conmigo, prepararme para la prueba e incluso, darle palabras de aliento a alguien que en su vida habían visto y apenas sabían algunas cosas de él, es decir, de mi. Sentí alivio cuando me dijeron que los resultados estarían apenas unos dos días después.

Antes de salir del consultorio de las muestras el doctor me alcanzó para decirme que quizá los síntomas serían leves, que me mantuviera alerta nada más y con suerte pasaba todo en casa; aún no entiendo si esa fue su manera de brindarme paz o de advertirme lo que vendría dos días después.

Siendo una persona inquieta, que todos los días ve gente diferente, viaja por la ciudad cubriendo asuntos relevantes para los lectores, buscando noticias, el encierro comenzaba a ser tedioso, pero era más la incertidumbre del resultado de las pruebas, saber si era una simple influenza o si se trataba de Covid-19, era un juego muy salvaje que mi mente no dejaba de jugar.

Uno cree que está preparado para enfrentar una pandemia, sabes tanto, has leído tanto que crees que sabes que hacer y además tienes la verdad en las manos y lo único que tienes es miedo; de que al final seas una estadística, que la siguiente historia que se cuente en los medios sea la tuya, la triste historia del reportero que antes contó otras historias.

La histeria de no saber a ciencia cierta el origen de los malestares, de esa fiebre que te hace casi alucinar, los dolores de cuerpo, huesos y cabeza que te inmovilizan es cualquier nimiedad comparada con el miedo que provoca la dificultad para respirar. El sentir por un momento que te falta el aire hace que toda tu vida pase frente a tus ojos.

No es sólo el hecho de no poder respirar, es el hecho de que solo ese síntoma faltaba para que una ambulancia especializada, esa que genera pánico en la sociedad, tuviera que a buscarme en mi casa para iniciar el peregrinar por los hospitales Del Valle de Mexico para encontrar un lugar del que pocas personas salen con vida.

Por fortuna solo se trató de un ataque de ansiedad causado por los mismos dolores intensos que el síndrome provoca. Esa dificultad para respirar desapareció luego de unos minutos y que un paramédico del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas tuviera que acudir a mi casa a valorar mi estado de salud.

Al exterior de la puerta sólo escuchaba ánimos y preocupación, pues mi esposa y dos hijas apenas sabían qué ocurría al interior de la recámara donde he permanecido aislado por varios días. Esa incertidumbre también pesaba del otro lado de esa puerta.

Foto: José Melton

Las fiebres comenzaron a ser más severas, aunque espaciadas, combatirlas únicamente con paracetamol, compresas de agua fría y la buena de Dios representaba cada vez un reto más difícil, pues además de enfermos tenía que enfrentarlas solo, pues nadie podía ingresar a la habitación.

Fueron quizá tres o cuatro días así, fiebres por la mañana apenas pasado el amanecer y temperaturas altas ya cerca de la medianoche, sentir esto aunado al resto de las molestias, no es nada grato,

Y esta muy lejos de ser esa gripe fuerte que había quien decía que era el Covid-19, molestias difíciles de sobrellevar sólo con paracetamol.

Dos días después de la prueba llegó la llamada que si esperaba, pero con los resultados que me negaba a escuchar; “hablamos de la Secretaría de Salud para notificarle que su prueba para SARS COV 2 es positiva, recomendamos aislamiento y vigilancia extrema...”, Justo lo que nadie quiere escuchar.

A estos terribles días les siguieron otros siete de malestares generales y dolores de cabeza que difícilmente se controlaban con medicina; para entonces el aislamiento pasaba de ser una mera precaución a un asunto de vital importancia, pues con dos menores en casa y solo una adulta a cargo, era un lujo permitir el contagio.

Realmente la enfermedad, de síntomas moderados como la señalaron los doctores, fue un reto, el luchar contra el virus para no caer en un hospital, saturados por personas con síntomas graves, luchar porque el resto de la familia no se contagie, buscar que los días pasaran para acabar con la enfermedad. Sin duda son muchos aprendizajes.

El aislamiento físico funcionó, no hay más contagios en la familia, el aislamiento mental por poco no funciona, por lo complicado de mantenerse alejado de las noticias; sin duda el apoyo de familiares y amigos fue fundamental para salir adelante, que si bien no se complicó, aún no es tiempo de cantar victoria.

Como nunca antes, el llamado a quedarse en casa para mi tomó un significado diferente, de haber podido, lo hubiera seguido, sin embargo, la vocación y mi compromiso con la información me mantuvo en la calle y me va a regresar a ella.

Porque aún hay muchas historias que contar, muchas injusticias que necesitan ser puestas bajo los ojos de las autoridades y sobretodo, hay muchas imágenes que debo tomar para que los lectores del Diario de las Mayorías puedan ver y a través de mi lente, ver lo qué pasa en el mundo exterior, mientras se quedan en casa hasta que termine la pandemia.

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