/ viernes 10 de julio de 2020

Secta diabólica, los narcosatánicos

Emisario demoniaco, Adolfo de Jesús Constanzo formó un culto de criminales insaciables de poder y sangre, que traficaban drogas y realizaban sacrificios humanos para alimentar a sus dioses sádicos

ADOLFO DE JESÚS CONSTANZO, BRUJO Y ÁNGEL DEMONIACO

Sucedió una tarde del mes de diciembre de 1986, en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas; Sara Aldrete, joven atractiva y estudiante universitaria, conducía su automóvil rumbo a su casa, cuando de manera repentina fue abordada por un auto modelo Grand Marquis negro, el cual le cerró el paso. De éste descendió un sujeto alto, corpulento, tez blanca, ojos claros, se acercó a ella, la chica atemorizada subió las ventanillas, puso el seguro a su portezuela, con seguridad el tipo le dijo: “no te voy a hacer daño, niña. Sólo quiero hablar contigo”. Sara sintió que el corazón se le salía del pecho, experimentó una gran atracción por el hombre que tenía enfrente y le pedía hablar con ella.

Del pecho del sujeto hubo algo que llamó la atención de Sara, fueron varios collares de colores que se parecían a los que usan los santeros en la religión yoruba y lucumí. Lo sabía porque estaba haciendo un trabajo para su clase de antropología, entonces pensó que el destino le había puesto en su camino, la oportunidad de terminar su investigación.

Sin embargo, la joven reflexionó que era un tipo al que no conocía y que tal vez su vida corría peligro, así es que evadió el auto del sujeto y pisó el acelerador para escapar. Pero cuál fue su sorpresa que su acosador se subió a su Grand Marquis y la persiguió; en ese momento Sara miró por el retrovisor y se dio cuenta de que eran tres hombres los que la seguían, sabía que no se darían por vencidos y decidió detenerse para encararlos y preguntarles qué es lo que querían.

Cuando orilló su auto a la acera, el hombre de mirada hipnotizante se volvió a acercar y le dijo con ese tono de voz extraño: ¿qué quieres saber nena? ¿Si has encontrado al amor de tu vida? Está enfrente de ti. Me llamo Adolfo de Jesús Costanzo

y estiró su mano para saludarla. Ella la estrechó y le contestó: hola, me llamo Sara Aldrete". Él le invitó un café y ella aceptó.

Aquella tarde, Costanzo contó a Sara que él era un sacerdote del culto Palo Mayombe, práctica religiosa en la que su madre lo inició, cuando apenas tenía 13 años. Y la asombró al decirle que su poder era tal, que el éxito de varios artistas, políticos y empresarios se debía a la fuerza de su magia. “Si dudas de mis palabras, te invito a que lo compruebes por ti misma. Verás que no miento”. La atracción que sintió Sara por Costanzo fue implacable.

Sara puso a prueba muy pronto a Costanzo, le llevó a su novio Serafín Hernández y su tío Elio, quienes se dedicaban a traficar droga, autos robados y armas, con el objetivo de que los ayudara, pues su negocio no marchaba bien, porque grupos delictivos antagonistas les estaban comiendo el mandado.

-Han venido al lugar indicado, señores. Sara ya me platicó cuál es su problema. No se preocupen, porque yo los voy a ayudar –fueron las palabras con las cuales, Costanzo los recibió en su casa. Elio y Serafín quedaron fascinados con los objetos que el joven mago poseía: obras de arte, fajos de dólares, muchas joyas y un cuarto lleno con lingotes de oro. Al ver sus caras incrédulas, les dijo: -La santería es cara. Hay que alimentar a los santos. Yo soy un sacerdote ñáñigo y me respetan mucho por el poder que poseo. También tengo que darle de comer a la nganga, donde están mis eggun (muertos), a ellos les gusta comer bien y si no lo hago, se ponen muy bravos –y sonrío de manera perversa.

-¡Alégrense, caballeros, al venir aquí, su suerte acaba de cambiar. La prosperidad inundará sus vidas! –recalcó Costanzo y se preparó para el rito. Elio y Serafín sonrieron y pensaron que nada sería mejor para sus turbios negocios, que el contar con el respaldo y ayuda de un brujo poderoso, y éste era Costanzo.

SANTA ELENA, EL SÓRDIDO INFIERNO EN LA TIERRA

En aquel tétrico lugar, la banda de criminales hacía orgías, ocultaba droga, autos robados y armas; también fue su centro ceremonial donde realizaron sus sacrificios macabros, descuartizaron a sus víctimas y ofrendaron a sus dioses sangre y órganos en un caldero llamado nganga, para que los proveyera de riqueza y poder

EL CASO MARK KILROY

La noche del 14 de marzo de 1989, el estudiante de medicina Mark Kilroy de 21 años, regresaba a Brownsville con sus amigos, caminaban hacia el puente fronterizo de Matamoros, habían estado cuatro días de vacaciones por la entidad mexicana, donde pasaron la mayor parte del tiempo en la playa conociendo chicas y bebiendo mucho tequila y cerveza.

De pronto Mark se apartó unos minutos para orinar en una calle angosta, sus amigos jamás lo volvieron a ver. El joven desapareció como si se hubiese hecho polvo. De inmediato, sus amigos dieron aviso a la policía mexicana y a sus padres, quienes se imaginaron lo peor. Entonces el señor James Kilroy se comunicó con su hermano, un agente aduanal de la ciudad de los Ángeles California, para pedirle que movilizara a sus contactos y dieran con el paradero de su hijo.

Después de 48 horas, tanto la policía de Matamoros como la de Brownsville comenzaron la búsqueda en hospitales, prisiones, servicios forenses, incluso la Patrulla Fronteriza buscó a lo largo del río Bravo, pero no dieron con el joven. Así que los padres de Mark viajaron a la ciudad de Matamoros para ejercer presión a las autoridades, simultáneamente, el FBI y otras corporaciones policiacas de Estados Unidos se unieron a la investigación y se ofreció una recompensa a quien aportara información que llevara con su paradero.

UN RANCHO LLAMADO SANTA ELENA

El día 8 de abril, una camioneta con varios sujetos a bordo evadió un cerco policíaco muy cerca de la aduana de Brownsville, la policía siguió el vehículo a la distancia por un camino de terracería. La camioneta llegó hasta una ranchería llamada Santa Elena, donde los sujetos descargaron varios costales con hierba, al parecer marihuana, y portaban armas de grueso calibre. Así que los agentes pidieron refuerzos para realizar un cateo y sorprender en flagrancia a los delincuentes.

Un par de horas más tarde, un comando numeroso entre elementos antinarcóticos y de la policía de Matamoros se presentó en el rancho y realizaron una inspección en el mismo. Las autoridades hallaron en el lugar más de 300 kilos de marihuana, diversas armas de alto calibre y sustancias químicas con las que se preparaban otras drogas sintéticas. Aquella tarde, Serafín y Elio Hernández fueron detenidos, junto con un hombre mayor de nombre Domingo.

Durante los interrogatorios a los detenidos, el agente Roberto Gracia mostró una foto de Mark Kilroy al señor Domingo, quien al parecer, era el velador del rancho. –Conoce usted a este joven o lo ha visto alguna vez –le preguntó el policía, a lo que respondió: -Sí, yo conocí a ese gringo. “El Padrino” ordenó que lo llevaran al rancho. Por otra parte, Elio relató que Adolfo de Jesús Costanzo había matado a Kilroy en un ritual santero y al igual que Serafín, confesó dónde habían enterrado el cadáver del estudiante. Los policías se quedaron sorprendidos ante la macabra historia que escucharon.

Sin perder más tiempo, al día siguiente las autoridades se trasladaron con los detenidos al rancho de Santa Elena, con el propósito de hallar el cuerpo de Mark Kilroy. Al llegar, Serafín indicó de inmediato dónde habían enterrado al estudiante, el agente Roberto Gracia le dio una pala y le ordenó que comenzara a escavar, apenas removió la tierra, se percibió un olor nauseabundo. Conforme paleaba, los restos de Mark quedaron al descubierto. La escena fue tétrica, pues le volaron el casco del cráneo y sacaron el cerebro, también, le arrancaron la espina dorsal desde la cadera hasta el cerebelo.

Pero los detenidos tenían otra sorpresa para la policía y confesaron que había más cuerpos sepultados en el rancho. En total, las autoridades desenterraron doce cadáveres, todos en estado de descomposición y con huellas de mutilación. Pronto dieron la fatal noticia a los padres de Kilroy, pero lo más espeluznante, es que aún había más crímenes por descubrir, además de averiguar quién o quienes estaban detrás de tan macabros actos.

Elio Hernández no pensaba hundirse solo y de inmediato señaló a Adolfo de Jesús Costanzo como el jefe de la secta, a Sara Aldrete como su amante y mano derecha, Martín Quintana y Álvaro Darío de León, alias “El Duby”, como sus colaboradores más cercanos.

Elio también contó que a Mark lo levantaron en una camioneta y lo llevaron al rancho Santa Elena, debido a que Costanzo , les mencionó que tenían que sacrificar a un hombre de origen anglosajón, porque según él, la inteligencia era superior a la de un hispano. Por ello fue que el brujo le sacó los sesos al joven estudiante y se lo ofrendó a las fuerzas malignas, para que los protegieran de las autoridades y enemigos. De modo que Mark murió de la manera más horrible: descuartizado y parte de sus órganos terminaron en el caldero sagrado de Costanzo.

El 15 de abril, Jorge Gavito, jefe de la policía de Brownsville, Texas, aprobó una orden de cateo en el departamento de Sara Aldrete. En su domicilio se encontró también una nganga (o caldero), varias figuras de divinidades del Palo Mayombe, velas y mucha ropa de niño, situación que hizo sospechar a la policía, que la banda de los Narcosatánicos también había secuestrado y sacrificado a menores.

Mientras tanto, Adolfo de Jesús Costanzo, Sara Aldrete, Martín Quintana y Álvaro Darío de León, “El Duby”, huyeron de Brownsville hacia la ciudad de McAllen, ahí se hospedaron en un hotel, donde se registraron con nombres falsos. Cuando arribó la policía a dicho lugar, fue demasiado tarde, los brujos asesinos tenían tres días de haberse marchado.

Con la policía pisándoles los talones, los criminales abordaron un avión en el aeropuerto de McAllen y emprendieron la huida hacia la Ciudad de México.

En esos momentos, en todo el país se sabía de que la policía perseguía a los líderes de una secta satánica, que no sólo traficaba droga hacia los Estados Unidos, sino también, había dado muerte de la forma más despiadada, a por lo menos doce personas, a las cuales torturaron, desmembraron y enterraron sus cuerpos en el rancho Santa Elena, en Matamoros, Tamaulipas.

LAS DEIDADES SE OCULTARON DE CONSTANZO

Así fue como inició la búsqueda y cacería de los responsables de tan atroces hechos, quienes ya se habían fugado. Costanzo y Sara no demoraron en alejarse a toda costa. De McAllen volaron hasta la Ciudad de México y en el camino se reunieron con otros miembros de la banda.

Debido a sus contactos criminales conseguían estar siempre un paso delante de los movimientos de la policía, hasta que el 5 de mayo de 1989, se tuvo un primer indicio sobre su paradero, cuando las autoridades recibieron la denuncia de una mujer que afirmó haber visto a un sujeto que con frecuencia compraba dólares en la colonia Cuauhtémoc.

Al entrevistarse con la policía y hacerles la descripción del sujeto, se llevaron una fuerte sorpresa cuando descubrieron que se trataba de “El Duby”, uno de los hombres de confianza –y quizás el más sanguinario y que merecería un capítulo completo en Los Archivos Secretos de Policía de LA PRENSA- de Costanzo.

Fue así como se ejecutó un operativo en la zona, pues estaban cerca de encontrarlos, pero sin duda, las autoridades estaban muy cerca de los prófugos. No obstante, y a pesar de todo, un día Sara miró por la ventana y se dio cuenta que en las calles había mucho movimiento de policías, que estaban muy cerca de ellos.

Entonces, como todo astuto criminal que sabe muy bien que el olor a sangre es muy fuerte, supieron que el rastro que habían dejado era penetrante, se sintieron acorralados y hasta por momentos derrotados.

Así que Sara decidió jugarse una carta oculta, optó por salvarse a como diera lugar y pidió ayuda, so pretexto de estar secuestrada por Constanzo y sus demás cómplices.

De tal modo, Sara escribió en un papel una nota, en la que pedía auxilio y la arrojó por la ventana del departamento, en el cual, supuestamente se encontraba cautiva, en la calle de Río Sena, número 19. Su petición tuvo éxito, ya que llegó a manos de la policía, la cual sin perder más tiempo, montó un operativo en los alrededores del inmueble y por varias calles de la colonia Cuauhtémoc.

LLUVIA DE DÓLARES, PLOMO Y SANGRE

Al día siguiente, uno de los vigías de Constanzo salió a echar un vistazo a la calle y se dio cuenta que estaban rodeados por varios policías encubiertos, así que volvió al departamento y se lo contó a Adolfo, quien se asomó por la ventana y pudo verlos. En ese momento, varios agentes fuertemente armados ya se disponían a entrar al departamento, sólo esperaban la orden de su mando.

Al verse rodeados, los narcosatánicos decidieron atacar primero a la policía. Por otra ventana del departamento, “El Duby” sacó el cañón de su fusil Uzi para darles la bienvenida con una ráfaga de plomo a los judiciales del Grupo Especial de Intervención Inmediata; acto seguido, Constanzo le dio la orden de arrojar dólares para crear confusión y poder escapar, pero los únicos confundidos eran ellos, porque no entendían cómo ninguno de sus amuletos tenía el poder para ocultarlos.

En la calles, reinaba la incertidumbre y el pánico. Algunos testigos al ver los dólares caer, dudaron en ir por ellos o mantenerse guarecidos. Varios agentes les gritaron que no lo hicieran, que era una trampa y podrían salir lesionados.

La policía respondió al fuego y se armó la balacera con ametralladoras, pistolas y palabras altisonantes. El sacerdote del Palo Mayombe enloqueció al verse atrapado. Sin tener certeza de lo que hacía, quizás en el delirio, juntó el dinero que tenía y le prendió fuego.

Para Sara, el enfrentamiento con la policía era un rescate, o eso creyó. Pero para Constanzo significaba el fin. Acorralado por la policía, sin lugar donde escapar, lo único que le quedaba era terminar con todo lo que él era en el plano terrenal. Entonces, le apostó a la inmortalidad, o al menos de eso tuvo la certeza.


SARA MARÍA ALDRETE, LA CONCUBINA DEL DIABLO

Constanzo o “El Padrino”, el jefe de una de las bandas más inverosímiles en la historia criminal de este país, se encerró en el armario con su amante y brazo derecho, Martín Quintana y le ordenó a “El Duby” que le disparara. Adolfo decidió prepararse para su último sacrificio humano, el suyo, junto con su amante.

“El Duby” quizás lo dudó por un instante, pero cuando a un asesino le piden que mate, él lo hará; tal y como sucedió, terminó con la vida de ambos al incrustarles una bala a cada uno en el cráneo. Paradoja amatoria para aquellos años, salieron del closet muertos.

Mientras tanto, Sara permaneció al margen de lo que pasaba y se hizo la víctima. Una vez muerto “El Padrino”, la banda cayó y no tuvieron opción, más que entregarse, los que aún quedaron vivos. Cuando la policía pudo entrar al departamento, lo hizo para cerciorarse de que Constanzo estaba muerto junto con su amante, Martín Quintana.

Los policías sacaron a empellones a los delincuentes, donde había un público, abstracto, terrenal y asombrado por lo que veía. La calle Río Sena tardó en recuperar su tranquilidad de antes, aunque nunca más fue la misma. Algunos testigos que sufrieron crisis nerviosas fueron atendidos por paramédicos de la Cruz Roja.

En tanto, la leyenda de “Los Narcosatánicos” se esparcía poco a poco, mientras los casquillos en la calle, esperaban a ser recogidos como evidencia y de los dólares, no se supo nada, se esfumaron en segundos. Los sobrevivientes, 12 integrantes del culto fueron procesados por numerosos cargos: asesinatos múltiples, violaciones, posesión de armas, contrabando de narcóticos, entre muchos otros.

A partir de aquellos terribles acontecimientos, se asoció a Sara María Aldrete y a Adolfo de Jesús Constanzo indefinidamente como “Los Narcosatánicos”, quienes pasaron a la historia de la crónica criminal de México.

SARA ALDRETE, “LA MADRINA” NARCOSATÁNICA

Por otra parte, Sara no salió bien librada. Su versión de que era una cautiva más de Adolfo de Jesús Constanzo, no tuvo crédito para la policía. Desde su captura fue tomada como una integrante más de la banda, cuya responsabilidad era reclutar a nuevos miembros y ser parte fundamental en los rituales realizados por “El Padrino”.

A pesar de que en varias entrevistas Sara relató que la policía la obligó -mediante tortura a declararse como una integrante más de la banda- ella siempre sostuvo que no formaba parte de ella y que si en un momento se interesó en los rituales de Constanzo, fue para terminar sus estudios universitarios en Antropología. También mencionó que la obligaron a inculpar a dos personas más en los delitos y culpó a las autoridades de haber destruido evidencias claves en la investigación, como la cabaña en el rancho de Santa Elena donde Adolfo sacrificó a varias de sus víctimas, la cual fue quemada por la policía.

Sara María Aldrete fue condenada en un principio a 647 años de prisión, años después se le redujo la pena a 50. Fue recluida en el penal de Santa Marta Acatitla, donde conoció a “La Mataviejitas”, a quien se dice, enseñó a leer y escribir. Sin embargo, en el 2011 fue trasladada a un penal de Mexicali, en Baja California norte.

En prisión escribió y presentó un libro llamado “Me dicen la narcosatánica”, bajo el cuidado editorial de Josefina Estrada, donde cuenta “su verdad” y relación con Adolfo de Jesús Constanzo. Este 2020 cumple 31 años de reclusión y quizás hoy, su paradero sea desconocido, porque la han cambiado de prisión varias veces. Tal vez, la magia pueda ayudarla y salir mucho antes de lo que ella espera del encierro.


Te recomendamos el podcast ⬇️

Spotify

Apple Podcasts

Google Podcasts

Acast

ADOLFO DE JESÚS CONSTANZO, BRUJO Y ÁNGEL DEMONIACO

Sucedió una tarde del mes de diciembre de 1986, en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas; Sara Aldrete, joven atractiva y estudiante universitaria, conducía su automóvil rumbo a su casa, cuando de manera repentina fue abordada por un auto modelo Grand Marquis negro, el cual le cerró el paso. De éste descendió un sujeto alto, corpulento, tez blanca, ojos claros, se acercó a ella, la chica atemorizada subió las ventanillas, puso el seguro a su portezuela, con seguridad el tipo le dijo: “no te voy a hacer daño, niña. Sólo quiero hablar contigo”. Sara sintió que el corazón se le salía del pecho, experimentó una gran atracción por el hombre que tenía enfrente y le pedía hablar con ella.

Del pecho del sujeto hubo algo que llamó la atención de Sara, fueron varios collares de colores que se parecían a los que usan los santeros en la religión yoruba y lucumí. Lo sabía porque estaba haciendo un trabajo para su clase de antropología, entonces pensó que el destino le había puesto en su camino, la oportunidad de terminar su investigación.

Sin embargo, la joven reflexionó que era un tipo al que no conocía y que tal vez su vida corría peligro, así es que evadió el auto del sujeto y pisó el acelerador para escapar. Pero cuál fue su sorpresa que su acosador se subió a su Grand Marquis y la persiguió; en ese momento Sara miró por el retrovisor y se dio cuenta de que eran tres hombres los que la seguían, sabía que no se darían por vencidos y decidió detenerse para encararlos y preguntarles qué es lo que querían.

Cuando orilló su auto a la acera, el hombre de mirada hipnotizante se volvió a acercar y le dijo con ese tono de voz extraño: ¿qué quieres saber nena? ¿Si has encontrado al amor de tu vida? Está enfrente de ti. Me llamo Adolfo de Jesús Costanzo

y estiró su mano para saludarla. Ella la estrechó y le contestó: hola, me llamo Sara Aldrete". Él le invitó un café y ella aceptó.

Aquella tarde, Costanzo contó a Sara que él era un sacerdote del culto Palo Mayombe, práctica religiosa en la que su madre lo inició, cuando apenas tenía 13 años. Y la asombró al decirle que su poder era tal, que el éxito de varios artistas, políticos y empresarios se debía a la fuerza de su magia. “Si dudas de mis palabras, te invito a que lo compruebes por ti misma. Verás que no miento”. La atracción que sintió Sara por Costanzo fue implacable.

Sara puso a prueba muy pronto a Costanzo, le llevó a su novio Serafín Hernández y su tío Elio, quienes se dedicaban a traficar droga, autos robados y armas, con el objetivo de que los ayudara, pues su negocio no marchaba bien, porque grupos delictivos antagonistas les estaban comiendo el mandado.

-Han venido al lugar indicado, señores. Sara ya me platicó cuál es su problema. No se preocupen, porque yo los voy a ayudar –fueron las palabras con las cuales, Costanzo los recibió en su casa. Elio y Serafín quedaron fascinados con los objetos que el joven mago poseía: obras de arte, fajos de dólares, muchas joyas y un cuarto lleno con lingotes de oro. Al ver sus caras incrédulas, les dijo: -La santería es cara. Hay que alimentar a los santos. Yo soy un sacerdote ñáñigo y me respetan mucho por el poder que poseo. También tengo que darle de comer a la nganga, donde están mis eggun (muertos), a ellos les gusta comer bien y si no lo hago, se ponen muy bravos –y sonrío de manera perversa.

-¡Alégrense, caballeros, al venir aquí, su suerte acaba de cambiar. La prosperidad inundará sus vidas! –recalcó Costanzo y se preparó para el rito. Elio y Serafín sonrieron y pensaron que nada sería mejor para sus turbios negocios, que el contar con el respaldo y ayuda de un brujo poderoso, y éste era Costanzo.

SANTA ELENA, EL SÓRDIDO INFIERNO EN LA TIERRA

En aquel tétrico lugar, la banda de criminales hacía orgías, ocultaba droga, autos robados y armas; también fue su centro ceremonial donde realizaron sus sacrificios macabros, descuartizaron a sus víctimas y ofrendaron a sus dioses sangre y órganos en un caldero llamado nganga, para que los proveyera de riqueza y poder

EL CASO MARK KILROY

La noche del 14 de marzo de 1989, el estudiante de medicina Mark Kilroy de 21 años, regresaba a Brownsville con sus amigos, caminaban hacia el puente fronterizo de Matamoros, habían estado cuatro días de vacaciones por la entidad mexicana, donde pasaron la mayor parte del tiempo en la playa conociendo chicas y bebiendo mucho tequila y cerveza.

De pronto Mark se apartó unos minutos para orinar en una calle angosta, sus amigos jamás lo volvieron a ver. El joven desapareció como si se hubiese hecho polvo. De inmediato, sus amigos dieron aviso a la policía mexicana y a sus padres, quienes se imaginaron lo peor. Entonces el señor James Kilroy se comunicó con su hermano, un agente aduanal de la ciudad de los Ángeles California, para pedirle que movilizara a sus contactos y dieran con el paradero de su hijo.

Después de 48 horas, tanto la policía de Matamoros como la de Brownsville comenzaron la búsqueda en hospitales, prisiones, servicios forenses, incluso la Patrulla Fronteriza buscó a lo largo del río Bravo, pero no dieron con el joven. Así que los padres de Mark viajaron a la ciudad de Matamoros para ejercer presión a las autoridades, simultáneamente, el FBI y otras corporaciones policiacas de Estados Unidos se unieron a la investigación y se ofreció una recompensa a quien aportara información que llevara con su paradero.

UN RANCHO LLAMADO SANTA ELENA

El día 8 de abril, una camioneta con varios sujetos a bordo evadió un cerco policíaco muy cerca de la aduana de Brownsville, la policía siguió el vehículo a la distancia por un camino de terracería. La camioneta llegó hasta una ranchería llamada Santa Elena, donde los sujetos descargaron varios costales con hierba, al parecer marihuana, y portaban armas de grueso calibre. Así que los agentes pidieron refuerzos para realizar un cateo y sorprender en flagrancia a los delincuentes.

Un par de horas más tarde, un comando numeroso entre elementos antinarcóticos y de la policía de Matamoros se presentó en el rancho y realizaron una inspección en el mismo. Las autoridades hallaron en el lugar más de 300 kilos de marihuana, diversas armas de alto calibre y sustancias químicas con las que se preparaban otras drogas sintéticas. Aquella tarde, Serafín y Elio Hernández fueron detenidos, junto con un hombre mayor de nombre Domingo.

Durante los interrogatorios a los detenidos, el agente Roberto Gracia mostró una foto de Mark Kilroy al señor Domingo, quien al parecer, era el velador del rancho. –Conoce usted a este joven o lo ha visto alguna vez –le preguntó el policía, a lo que respondió: -Sí, yo conocí a ese gringo. “El Padrino” ordenó que lo llevaran al rancho. Por otra parte, Elio relató que Adolfo de Jesús Costanzo había matado a Kilroy en un ritual santero y al igual que Serafín, confesó dónde habían enterrado el cadáver del estudiante. Los policías se quedaron sorprendidos ante la macabra historia que escucharon.

Sin perder más tiempo, al día siguiente las autoridades se trasladaron con los detenidos al rancho de Santa Elena, con el propósito de hallar el cuerpo de Mark Kilroy. Al llegar, Serafín indicó de inmediato dónde habían enterrado al estudiante, el agente Roberto Gracia le dio una pala y le ordenó que comenzara a escavar, apenas removió la tierra, se percibió un olor nauseabundo. Conforme paleaba, los restos de Mark quedaron al descubierto. La escena fue tétrica, pues le volaron el casco del cráneo y sacaron el cerebro, también, le arrancaron la espina dorsal desde la cadera hasta el cerebelo.

Pero los detenidos tenían otra sorpresa para la policía y confesaron que había más cuerpos sepultados en el rancho. En total, las autoridades desenterraron doce cadáveres, todos en estado de descomposición y con huellas de mutilación. Pronto dieron la fatal noticia a los padres de Kilroy, pero lo más espeluznante, es que aún había más crímenes por descubrir, además de averiguar quién o quienes estaban detrás de tan macabros actos.

Elio Hernández no pensaba hundirse solo y de inmediato señaló a Adolfo de Jesús Costanzo como el jefe de la secta, a Sara Aldrete como su amante y mano derecha, Martín Quintana y Álvaro Darío de León, alias “El Duby”, como sus colaboradores más cercanos.

Elio también contó que a Mark lo levantaron en una camioneta y lo llevaron al rancho Santa Elena, debido a que Costanzo , les mencionó que tenían que sacrificar a un hombre de origen anglosajón, porque según él, la inteligencia era superior a la de un hispano. Por ello fue que el brujo le sacó los sesos al joven estudiante y se lo ofrendó a las fuerzas malignas, para que los protegieran de las autoridades y enemigos. De modo que Mark murió de la manera más horrible: descuartizado y parte de sus órganos terminaron en el caldero sagrado de Costanzo.

El 15 de abril, Jorge Gavito, jefe de la policía de Brownsville, Texas, aprobó una orden de cateo en el departamento de Sara Aldrete. En su domicilio se encontró también una nganga (o caldero), varias figuras de divinidades del Palo Mayombe, velas y mucha ropa de niño, situación que hizo sospechar a la policía, que la banda de los Narcosatánicos también había secuestrado y sacrificado a menores.

Mientras tanto, Adolfo de Jesús Costanzo, Sara Aldrete, Martín Quintana y Álvaro Darío de León, “El Duby”, huyeron de Brownsville hacia la ciudad de McAllen, ahí se hospedaron en un hotel, donde se registraron con nombres falsos. Cuando arribó la policía a dicho lugar, fue demasiado tarde, los brujos asesinos tenían tres días de haberse marchado.

Con la policía pisándoles los talones, los criminales abordaron un avión en el aeropuerto de McAllen y emprendieron la huida hacia la Ciudad de México.

En esos momentos, en todo el país se sabía de que la policía perseguía a los líderes de una secta satánica, que no sólo traficaba droga hacia los Estados Unidos, sino también, había dado muerte de la forma más despiadada, a por lo menos doce personas, a las cuales torturaron, desmembraron y enterraron sus cuerpos en el rancho Santa Elena, en Matamoros, Tamaulipas.

LAS DEIDADES SE OCULTARON DE CONSTANZO

Así fue como inició la búsqueda y cacería de los responsables de tan atroces hechos, quienes ya se habían fugado. Costanzo y Sara no demoraron en alejarse a toda costa. De McAllen volaron hasta la Ciudad de México y en el camino se reunieron con otros miembros de la banda.

Debido a sus contactos criminales conseguían estar siempre un paso delante de los movimientos de la policía, hasta que el 5 de mayo de 1989, se tuvo un primer indicio sobre su paradero, cuando las autoridades recibieron la denuncia de una mujer que afirmó haber visto a un sujeto que con frecuencia compraba dólares en la colonia Cuauhtémoc.

Al entrevistarse con la policía y hacerles la descripción del sujeto, se llevaron una fuerte sorpresa cuando descubrieron que se trataba de “El Duby”, uno de los hombres de confianza –y quizás el más sanguinario y que merecería un capítulo completo en Los Archivos Secretos de Policía de LA PRENSA- de Costanzo.

Fue así como se ejecutó un operativo en la zona, pues estaban cerca de encontrarlos, pero sin duda, las autoridades estaban muy cerca de los prófugos. No obstante, y a pesar de todo, un día Sara miró por la ventana y se dio cuenta que en las calles había mucho movimiento de policías, que estaban muy cerca de ellos.

Entonces, como todo astuto criminal que sabe muy bien que el olor a sangre es muy fuerte, supieron que el rastro que habían dejado era penetrante, se sintieron acorralados y hasta por momentos derrotados.

Así que Sara decidió jugarse una carta oculta, optó por salvarse a como diera lugar y pidió ayuda, so pretexto de estar secuestrada por Constanzo y sus demás cómplices.

De tal modo, Sara escribió en un papel una nota, en la que pedía auxilio y la arrojó por la ventana del departamento, en el cual, supuestamente se encontraba cautiva, en la calle de Río Sena, número 19. Su petición tuvo éxito, ya que llegó a manos de la policía, la cual sin perder más tiempo, montó un operativo en los alrededores del inmueble y por varias calles de la colonia Cuauhtémoc.

LLUVIA DE DÓLARES, PLOMO Y SANGRE

Al día siguiente, uno de los vigías de Constanzo salió a echar un vistazo a la calle y se dio cuenta que estaban rodeados por varios policías encubiertos, así que volvió al departamento y se lo contó a Adolfo, quien se asomó por la ventana y pudo verlos. En ese momento, varios agentes fuertemente armados ya se disponían a entrar al departamento, sólo esperaban la orden de su mando.

Al verse rodeados, los narcosatánicos decidieron atacar primero a la policía. Por otra ventana del departamento, “El Duby” sacó el cañón de su fusil Uzi para darles la bienvenida con una ráfaga de plomo a los judiciales del Grupo Especial de Intervención Inmediata; acto seguido, Constanzo le dio la orden de arrojar dólares para crear confusión y poder escapar, pero los únicos confundidos eran ellos, porque no entendían cómo ninguno de sus amuletos tenía el poder para ocultarlos.

En la calles, reinaba la incertidumbre y el pánico. Algunos testigos al ver los dólares caer, dudaron en ir por ellos o mantenerse guarecidos. Varios agentes les gritaron que no lo hicieran, que era una trampa y podrían salir lesionados.

La policía respondió al fuego y se armó la balacera con ametralladoras, pistolas y palabras altisonantes. El sacerdote del Palo Mayombe enloqueció al verse atrapado. Sin tener certeza de lo que hacía, quizás en el delirio, juntó el dinero que tenía y le prendió fuego.

Para Sara, el enfrentamiento con la policía era un rescate, o eso creyó. Pero para Constanzo significaba el fin. Acorralado por la policía, sin lugar donde escapar, lo único que le quedaba era terminar con todo lo que él era en el plano terrenal. Entonces, le apostó a la inmortalidad, o al menos de eso tuvo la certeza.


SARA MARÍA ALDRETE, LA CONCUBINA DEL DIABLO

Constanzo o “El Padrino”, el jefe de una de las bandas más inverosímiles en la historia criminal de este país, se encerró en el armario con su amante y brazo derecho, Martín Quintana y le ordenó a “El Duby” que le disparara. Adolfo decidió prepararse para su último sacrificio humano, el suyo, junto con su amante.

“El Duby” quizás lo dudó por un instante, pero cuando a un asesino le piden que mate, él lo hará; tal y como sucedió, terminó con la vida de ambos al incrustarles una bala a cada uno en el cráneo. Paradoja amatoria para aquellos años, salieron del closet muertos.

Mientras tanto, Sara permaneció al margen de lo que pasaba y se hizo la víctima. Una vez muerto “El Padrino”, la banda cayó y no tuvieron opción, más que entregarse, los que aún quedaron vivos. Cuando la policía pudo entrar al departamento, lo hizo para cerciorarse de que Constanzo estaba muerto junto con su amante, Martín Quintana.

Los policías sacaron a empellones a los delincuentes, donde había un público, abstracto, terrenal y asombrado por lo que veía. La calle Río Sena tardó en recuperar su tranquilidad de antes, aunque nunca más fue la misma. Algunos testigos que sufrieron crisis nerviosas fueron atendidos por paramédicos de la Cruz Roja.

En tanto, la leyenda de “Los Narcosatánicos” se esparcía poco a poco, mientras los casquillos en la calle, esperaban a ser recogidos como evidencia y de los dólares, no se supo nada, se esfumaron en segundos. Los sobrevivientes, 12 integrantes del culto fueron procesados por numerosos cargos: asesinatos múltiples, violaciones, posesión de armas, contrabando de narcóticos, entre muchos otros.

A partir de aquellos terribles acontecimientos, se asoció a Sara María Aldrete y a Adolfo de Jesús Constanzo indefinidamente como “Los Narcosatánicos”, quienes pasaron a la historia de la crónica criminal de México.

SARA ALDRETE, “LA MADRINA” NARCOSATÁNICA

Por otra parte, Sara no salió bien librada. Su versión de que era una cautiva más de Adolfo de Jesús Constanzo, no tuvo crédito para la policía. Desde su captura fue tomada como una integrante más de la banda, cuya responsabilidad era reclutar a nuevos miembros y ser parte fundamental en los rituales realizados por “El Padrino”.

A pesar de que en varias entrevistas Sara relató que la policía la obligó -mediante tortura a declararse como una integrante más de la banda- ella siempre sostuvo que no formaba parte de ella y que si en un momento se interesó en los rituales de Constanzo, fue para terminar sus estudios universitarios en Antropología. También mencionó que la obligaron a inculpar a dos personas más en los delitos y culpó a las autoridades de haber destruido evidencias claves en la investigación, como la cabaña en el rancho de Santa Elena donde Adolfo sacrificó a varias de sus víctimas, la cual fue quemada por la policía.

Sara María Aldrete fue condenada en un principio a 647 años de prisión, años después se le redujo la pena a 50. Fue recluida en el penal de Santa Marta Acatitla, donde conoció a “La Mataviejitas”, a quien se dice, enseñó a leer y escribir. Sin embargo, en el 2011 fue trasladada a un penal de Mexicali, en Baja California norte.

En prisión escribió y presentó un libro llamado “Me dicen la narcosatánica”, bajo el cuidado editorial de Josefina Estrada, donde cuenta “su verdad” y relación con Adolfo de Jesús Constanzo. Este 2020 cumple 31 años de reclusión y quizás hoy, su paradero sea desconocido, porque la han cambiado de prisión varias veces. Tal vez, la magia pueda ayudarla y salir mucho antes de lo que ella espera del encierro.


Te recomendamos el podcast ⬇️

Spotify

Apple Podcasts

Google Podcasts

Acast