/ lunes 13 de junio de 2022

La Mora Parte 1: ¿Encontraría a La Mora? 

Sammy Loren es un escritor y productor de videos. Está lanzando ‘Cartel, Inc.,’ una novela sobre un videoartista fracasado que es secuestrado por un cartel mexicano y forzado a dirigir sus publicidades de TikTok. Ahora vive en LA y cura Casual Encounters, una serie de lectura semanal

¿Encontraría a La Mora?

1

Por días había estado acechado el Sunset Blvd, dando vueltas alrededor del Echo Park Lake, husmeando entre los patos pekineses de la Chinatown. Aún así, ni rastro alguno de sus botas grasientas de gamuza, la cascada de pelo negro, la camisa de lino suelta que afinaba con un cinturón para formar un vestido.

Una semana antes estuve en el patio de la cafetería “Stories”, pretendiendo que trabajaba en un proyecto de crypto para mi deprimente trabajo. Pero, lo que en realidad hacía era leer Transmigración de los cuerpos de Yuri Herrera; cuando La Mora se detuvo frente a mi mesa.

—Adoro a Yuri—dijo en español. Miré hacia arriba y ahí estaba ella con una camiseta andrajosa de Aliens & Anorexia, la novela de Chris Kraus, y un Benson and Hedges ardiendo entre sus labios.

—¿Eres mexicano?

—No, sólo soy un gringo neurótico— le respondí.

Arqueó una ceja, me miró fijamente, fumó.

—Me encantan los judíos—me dijo… Así fue cómo me enganché.

Siempre tuve cierta atracción por las mujeres que expresaban un mínimo interés hacia mí y después de una década de desastres románticos, y una carrera denigrante en el campo de la tecnología, mi adicción a las redes sociales empeoró junto con mi dependencia, delirios y fantasías. Tenía la tendencia a ser una persona adicta, aunque mi psiquiatra y tres ex amantes, analistas lacanianas, me aseguraron que no padecía una enfermedad mental.

Por supuesto que me pregunté: ¿Era La Mora la indicada? Ella sonrió de manera criminal.

—Como sea, mi gringo judío, vengo de la Ciudad de México, ya es viernes por la noche, el clima está riquísimo, ¿Qué plan?

De “Stories” dimos una vuelta por el lago, viendo a las parejas navegar en los botes-cisne, lo que normalmente me hacía sentir miserable, pero esta vez, con La Mora fumando a mi lado, contándome sobre sus películas, su falta de celular y halagando mi español, por primera vez no tenía ganas de ahogarme en las aguas turbias del lago. Una señal prometedora.

—Se me antoja comer comida china—dijo.

¿Comida china? Pregunté paniqueado por no saber cómo afectaría a mi estómago a la carga calórica del restaurante chino. ¿Quizás un té? Afortunadamente, un hombre sin hogar se puso a pedir dinero moviendo una taza con monedas. Así que para que ella no pensara que era un judío codo, le di al señor todo el dinero que traía en mi cartera.

—Me encanta la comida china—le dije—preguntándome cómo chingaos la iba a convencer de comer ensaladas; incluso cuando ya estabamos agarrando un pato entero en el barrio chino. Mientras pagaba, reservé una clase de síclo para las 5 de la mañana.

Luego nos encerramos en mi casa y pasamos un rato platicando, tomando, cogiendo.

A la mañana siguiente, cuando regresé del síclo encontré a La Mora sumergida en mi tina, con libros apilados en el piso. La vi pescar uno con sus uñas, destripó unas cuantas páginas y aventó el libro a las baldosas mojadas. La Mora los desgarró hasta que se enganchó con el de Herrera, anotando en sus margenes en el sofá y rompiéndole el lomo en mi cama.

Mientras posteaba en Instagram unas fotos de comidas que nunca comí, ella tecleaba en mi computadora portátil o hacía llamadas desde mi teléfono y, al atardecer del domingo, ya sabía todos mis secretos, contraseñas e incluso en qué tocador escondía una pequeña fortuna.

Ella estaba de visita en la ciudad con algún coleccionista, artista o escritor. Para una inauguración o para una feria de arte. La verdad es que perdí el hilo de su historia. Sólo me gustaba la manera en la que la contaba, como si yo fuera su protagonista.

El lunes me desperté, hice dos horas de yoga, me bañé y me despedí con un beso de La Mora.

Sobre la mesa le dejé una llave y una nota: Regreso por ahí de las 6 de la tarde.

Ya en la oficina tomé mi teléfono para enviarle un mensaje a La Mora y me di cuenta de que no sabía su verdadero nombre, su teléfono, ni su Instagram.

LEE TAMBIÉN: La Mora Parte 3: ¿Me creerías si dijera que estoy enamorado?

El día avanzaba. Fui al gimnasio y esperé a que La Mora me mandara una solicitud de amistad o me llamara, seguro que le había dicho mi arroba. De regresó a casa compré vino y pechugas de pollo hervidas y sin piel.

Ya regresé, grité al abrir la puerta con mi llave.

Por supuesto, mi casa estaba vacía. El cepillo de dientes ecológico no estaba. La compu, desaparecida. Los fajos de dinero en efectivo pegados debajo de mi cajonera: Adiós.

En la mesa encontré Transmigración de los cuerpos hecho mierda y la nota que le había dejado a La Mora esa mañana. Debajo de mi texto estaba el de ella:

Hola mi gringuito judío,

Gracias por el finde. Come algo, el pato no está tan mal. No me odies.

Besitos,

M.

No olvides seguirnos en Google Noticias para mantenerte informado

Texto en inglés

1

Would I find La Mora?

For days I’d been stalking Sunset Blvd, circling Echo Park Lake, poking around the Peking ducks in Chinatown. And yet, no sign of her buttery suede boots, the waterfall of black hair, the parachute linen shirt she belted into a dress.

A week earlier I’d been in Stories' patio reading Yuri Herrera’s Transmigración de los Cuerpos when La Mora paused at my table.

I adore Yuri, she said in Spanish. I looked up and there she stood in a knockoff Aliens & Anorexia t-shirt, a Benson and Hedges burning between her lips. Are you Mexican?

I’m not, I said. Just a neurotic gringo.

She cocked an eyebrow, stared, smoked.

Oh, I love the Jews, she said, sitting beside me. And like that I was hooked. I always had a thing for women who expressed a crumb of interest in me and after a decade of romantic disasters, my addiction to social media worsened along with my neediness, delusions and fantasies. I had an addictive personality, though my shrink and three former lovers, all Lacanian analysts, assured me I was not mentally ill. Naturally, I wondered: was La Mora the one? She cracked a crook’s smile. Anyway, my gringo judio, I’m in from Mexico City, it’s a Friday night, the weather’s delicious. What’s our plan?

From Stories we strolled the lake, watching couples splash around in the swan-shaped paddle boats, which normally made me miserable, but with La Mora smoking beside me, telling me about her films and lack of cellphone and complimenting my Spanish, I for once didn’t feel like drowning myself in its murky waters. A promising sign.

I’m craving Chinese, she said.

Chinese? I asked, panicked, unsure how I’d stomach anything from a Chinese restaurant. Maybe a tea? Thankfully, a homeless man rattled around a cup of change. So she wouldn’t think I was a cheap Jew, I gave him all the cash in my wallet. I love Chinese, I said, wondering how on earth I could convince her to go for salads even as I found myself picking up an entire duck in Chinatown. While paying, I booked a 5am SoulCycle class.

Then we locked ourselves in my craftsman and did little beyond, talk, drink, fuck.

The next morning I returned from spinning to find La Mora soaking in my clawfoot tub, books stacked on the floor. I watched her fish one up in her nails, gut a few pages and toss it back to the wet tiles. La Mora tore through them until she hooked Herrera, scratching notes in the margins on the couch, breaking its spine in my bed.

While I Instagrammed pics of avocado toast I never ate, she’d tap away on my laptop or make calls from my phone and by sunset on Sunday she knew all my secrets, passwords, even in which dresser I stashed a small fortune. She was in town with some collector or artist or writer. For an opening or for an art fair. To be honest I couldn’t keep track of her story, just that I liked the way she spun it, making me feel like I was its main character.

Monday I woke, practiced yoga, showered, kissed La Mora goodbye.

On the counter I left a key and a note: Back around 6pm.

LEE TAMBIÉN: La Mora Parte 5: ¿Ya tenia La Mora enganchado otro pez?

At the office I opened my phone to text La Mora and realized I hadn’t gotten her name, number, Instagram.

The day ground on. I hit the gym and waited for La Mora to follow or call, I’m sure I’d mentioned my details. On the way home I picked up orange wine and poached, skinless chicken breasts.

I’m back, I called, keying open the door.

Of course, my house was empty. Eco toothbrush disappeared. Laptop gone. The bricks of cash taped to the ribcage of my dresser missing.

On the counter I found the abused copy of Transmigración de los Cuerpos and the note I’d left La Mora that morning. Beneath my writing was her’s.

Hola my little Jewish Gringo,

Thanks for the weekend. Eat something, the duck’s not bad. Don’t hate me.

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Escrito por: @sjlorenn y traducida por @ememariana

Arte: @b0mbay_

Dirección: @andresxestrada

Edición - @casualencountersz

Con: @merisu / @mish_493 / @barlaopera

¿Encontraría a La Mora?

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Por días había estado acechado el Sunset Blvd, dando vueltas alrededor del Echo Park Lake, husmeando entre los patos pekineses de la Chinatown. Aún así, ni rastro alguno de sus botas grasientas de gamuza, la cascada de pelo negro, la camisa de lino suelta que afinaba con un cinturón para formar un vestido.

Una semana antes estuve en el patio de la cafetería “Stories”, pretendiendo que trabajaba en un proyecto de crypto para mi deprimente trabajo. Pero, lo que en realidad hacía era leer Transmigración de los cuerpos de Yuri Herrera; cuando La Mora se detuvo frente a mi mesa.

—Adoro a Yuri—dijo en español. Miré hacia arriba y ahí estaba ella con una camiseta andrajosa de Aliens & Anorexia, la novela de Chris Kraus, y un Benson and Hedges ardiendo entre sus labios.

—¿Eres mexicano?

—No, sólo soy un gringo neurótico— le respondí.

Arqueó una ceja, me miró fijamente, fumó.

—Me encantan los judíos—me dijo… Así fue cómo me enganché.

Siempre tuve cierta atracción por las mujeres que expresaban un mínimo interés hacia mí y después de una década de desastres románticos, y una carrera denigrante en el campo de la tecnología, mi adicción a las redes sociales empeoró junto con mi dependencia, delirios y fantasías. Tenía la tendencia a ser una persona adicta, aunque mi psiquiatra y tres ex amantes, analistas lacanianas, me aseguraron que no padecía una enfermedad mental.

Por supuesto que me pregunté: ¿Era La Mora la indicada? Ella sonrió de manera criminal.

—Como sea, mi gringo judío, vengo de la Ciudad de México, ya es viernes por la noche, el clima está riquísimo, ¿Qué plan?

De “Stories” dimos una vuelta por el lago, viendo a las parejas navegar en los botes-cisne, lo que normalmente me hacía sentir miserable, pero esta vez, con La Mora fumando a mi lado, contándome sobre sus películas, su falta de celular y halagando mi español, por primera vez no tenía ganas de ahogarme en las aguas turbias del lago. Una señal prometedora.

—Se me antoja comer comida china—dijo.

¿Comida china? Pregunté paniqueado por no saber cómo afectaría a mi estómago a la carga calórica del restaurante chino. ¿Quizás un té? Afortunadamente, un hombre sin hogar se puso a pedir dinero moviendo una taza con monedas. Así que para que ella no pensara que era un judío codo, le di al señor todo el dinero que traía en mi cartera.

—Me encanta la comida china—le dije—preguntándome cómo chingaos la iba a convencer de comer ensaladas; incluso cuando ya estabamos agarrando un pato entero en el barrio chino. Mientras pagaba, reservé una clase de síclo para las 5 de la mañana.

Luego nos encerramos en mi casa y pasamos un rato platicando, tomando, cogiendo.

A la mañana siguiente, cuando regresé del síclo encontré a La Mora sumergida en mi tina, con libros apilados en el piso. La vi pescar uno con sus uñas, destripó unas cuantas páginas y aventó el libro a las baldosas mojadas. La Mora los desgarró hasta que se enganchó con el de Herrera, anotando en sus margenes en el sofá y rompiéndole el lomo en mi cama.

Mientras posteaba en Instagram unas fotos de comidas que nunca comí, ella tecleaba en mi computadora portátil o hacía llamadas desde mi teléfono y, al atardecer del domingo, ya sabía todos mis secretos, contraseñas e incluso en qué tocador escondía una pequeña fortuna.

Ella estaba de visita en la ciudad con algún coleccionista, artista o escritor. Para una inauguración o para una feria de arte. La verdad es que perdí el hilo de su historia. Sólo me gustaba la manera en la que la contaba, como si yo fuera su protagonista.

El lunes me desperté, hice dos horas de yoga, me bañé y me despedí con un beso de La Mora.

Sobre la mesa le dejé una llave y una nota: Regreso por ahí de las 6 de la tarde.

Ya en la oficina tomé mi teléfono para enviarle un mensaje a La Mora y me di cuenta de que no sabía su verdadero nombre, su teléfono, ni su Instagram.

LEE TAMBIÉN: La Mora Parte 3: ¿Me creerías si dijera que estoy enamorado?

El día avanzaba. Fui al gimnasio y esperé a que La Mora me mandara una solicitud de amistad o me llamara, seguro que le había dicho mi arroba. De regresó a casa compré vino y pechugas de pollo hervidas y sin piel.

Ya regresé, grité al abrir la puerta con mi llave.

Por supuesto, mi casa estaba vacía. El cepillo de dientes ecológico no estaba. La compu, desaparecida. Los fajos de dinero en efectivo pegados debajo de mi cajonera: Adiós.

En la mesa encontré Transmigración de los cuerpos hecho mierda y la nota que le había dejado a La Mora esa mañana. Debajo de mi texto estaba el de ella:

Hola mi gringuito judío,

Gracias por el finde. Come algo, el pato no está tan mal. No me odies.

Besitos,

M.

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Texto en inglés

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Would I find La Mora?

For days I’d been stalking Sunset Blvd, circling Echo Park Lake, poking around the Peking ducks in Chinatown. And yet, no sign of her buttery suede boots, the waterfall of black hair, the parachute linen shirt she belted into a dress.

A week earlier I’d been in Stories' patio reading Yuri Herrera’s Transmigración de los Cuerpos when La Mora paused at my table.

I adore Yuri, she said in Spanish. I looked up and there she stood in a knockoff Aliens & Anorexia t-shirt, a Benson and Hedges burning between her lips. Are you Mexican?

I’m not, I said. Just a neurotic gringo.

She cocked an eyebrow, stared, smoked.

Oh, I love the Jews, she said, sitting beside me. And like that I was hooked. I always had a thing for women who expressed a crumb of interest in me and after a decade of romantic disasters, my addiction to social media worsened along with my neediness, delusions and fantasies. I had an addictive personality, though my shrink and three former lovers, all Lacanian analysts, assured me I was not mentally ill. Naturally, I wondered: was La Mora the one? She cracked a crook’s smile. Anyway, my gringo judio, I’m in from Mexico City, it’s a Friday night, the weather’s delicious. What’s our plan?

From Stories we strolled the lake, watching couples splash around in the swan-shaped paddle boats, which normally made me miserable, but with La Mora smoking beside me, telling me about her films and lack of cellphone and complimenting my Spanish, I for once didn’t feel like drowning myself in its murky waters. A promising sign.

I’m craving Chinese, she said.

Chinese? I asked, panicked, unsure how I’d stomach anything from a Chinese restaurant. Maybe a tea? Thankfully, a homeless man rattled around a cup of change. So she wouldn’t think I was a cheap Jew, I gave him all the cash in my wallet. I love Chinese, I said, wondering how on earth I could convince her to go for salads even as I found myself picking up an entire duck in Chinatown. While paying, I booked a 5am SoulCycle class.

Then we locked ourselves in my craftsman and did little beyond, talk, drink, fuck.

The next morning I returned from spinning to find La Mora soaking in my clawfoot tub, books stacked on the floor. I watched her fish one up in her nails, gut a few pages and toss it back to the wet tiles. La Mora tore through them until she hooked Herrera, scratching notes in the margins on the couch, breaking its spine in my bed.

While I Instagrammed pics of avocado toast I never ate, she’d tap away on my laptop or make calls from my phone and by sunset on Sunday she knew all my secrets, passwords, even in which dresser I stashed a small fortune. She was in town with some collector or artist or writer. For an opening or for an art fair. To be honest I couldn’t keep track of her story, just that I liked the way she spun it, making me feel like I was its main character.

Monday I woke, practiced yoga, showered, kissed La Mora goodbye.

On the counter I left a key and a note: Back around 6pm.

LEE TAMBIÉN: La Mora Parte 5: ¿Ya tenia La Mora enganchado otro pez?

At the office I opened my phone to text La Mora and realized I hadn’t gotten her name, number, Instagram.

The day ground on. I hit the gym and waited for La Mora to follow or call, I’m sure I’d mentioned my details. On the way home I picked up orange wine and poached, skinless chicken breasts.

I’m back, I called, keying open the door.

Of course, my house was empty. Eco toothbrush disappeared. Laptop gone. The bricks of cash taped to the ribcage of my dresser missing.

On the counter I found the abused copy of Transmigración de los Cuerpos and the note I’d left La Mora that morning. Beneath my writing was her’s.

Hola my little Jewish Gringo,

Thanks for the weekend. Eat something, the duck’s not bad. Don’t hate me.

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Escrito por: @sjlorenn y traducida por @ememariana

Arte: @b0mbay_

Dirección: @andresxestrada

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Con: @merisu / @mish_493 / @barlaopera

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