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A diez años de la muerte del “Comandante Pantera” Líder de la Santa muerte, no hay nadie en la cárcel

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  • en Policía

Antonio De Marcelo Esquivel.

La noche del 31 de julio de 2008 Jonathan Legaria Vargas, líder de la Santa Muerte Internacional, terminó su programa de radio en una emisora local del municipio de Coacalco, Estado de México. Abordó su camioneta, una Cadillac de reciente modelo y como sus acompañantes no quisieron cenar se enfiló a la vía López Portillo en el mismo municipio, giró en Eje 8 y dejó a una de ellas, para continuar su marcha. Entonces se percató que era seguido por otras unidades, de manera que aceleró para alcanzar de nuevo la vía López Portillo. Así lo declaró la última persona que lo vio con vida.

En su declaración esta chica añadió que lograron dar vuela y avanzar por la misma vía, aunque pronto fueron alcanzados y únicamente escuchó las detonaciones, mientras que Jonathan Legaria, conocido como “Comandante Pantera” o “Padrino Endoque” no tuvo oportunidad de nada, la lluvia de plomo alcanzó la camioneta y con ella al conductor a quien muchas balas le arrancaron la vida ahí mismo, mientras que ella únicamente sufrió lesiones menores, toda vez que éste le pidió agacharse y meterse lo más bajo posible, con lo que ella pudo salvar la vida.

Cuando llegaron las autoridades al lugar de los hechos hallaron al hombre hecho un cedazo y la camioneta con múltiples orificios tanto en la parte lateral como en el parabrisas, la mayoría dirigidas al hombre que había fundado una de las organizaciones religiosas más importante de la Santa Muerte.Se trató de un crimen perfectamente dirigido, toda vez que la camioneta Cadillac Escalade, gris plateada, con matricula de circulación LZB-3360 del estado de México, era perfectamente identificada por las calcomanías de la Santa Muerte.

Para esa fecha, él ya era bien conocido en los círculos religiosos de la llamada Niña Blanca, porque meses atrás, en el predio marcado con el número 320 de la Vía López Portillo mandó construir una enorme Santa Muerte, una efige que se levanta unos 22 metros sobre las construcciones aledañas y puede ser vista desde cualquier punto de la zona, era la Santa Muerte más grande del mundo.

Hasta ahora las declaraciones oficiales indican que este líder del culto a la “niña Blanca” fue perseguido por al menos dos camioneta tipo suburban blancas, una de las cuales intentó cerrarle el paso desde el Eje 8, lo que no logró, iniciándose la persecución hasta la altura de la colonia Guadalupe Victoria, donde le dispararon a mansalva con rifles de asalto R-15 y los llamados Cuernos de Chivo Ak-47, e incluso pistolas automáticas, en esta lluvia de plomo que duró apenas unos minutos, hasta que sus asesinos se aseguraron que le habían arrancado la existencia.

En las diligencias, la policía mexiquense recogió más de 150 casquillos de diferentes calibres y para evitar que el caso creciera no hicieron el levantamiento del cuerpo en el lugar, con grúa se llevaron la camioneta con todo y cuerpo a fin de sacar el cadáver del “Comandante Pantera” en el Servicio Médico Forense del municipio de Coacalco, lejos de miradas curiosas.

El predicador que tenía su centro esotérico en el mismo lugar de la Santa Muerte más grande del mundo, oficiaba un tipo de misa cada domingo, aunque en cualquier momento recibía a la gente a quienes ayudaba: otorgándoles consejos hasta económicamente, lo que le atrajo fama y con ello cientos de personas que querían escucharle y recibir sus ayuda.

Por ello es que las autoridades tomaron el caso con pinzas, aunque al parecer no tan en serio, según lo denunciaría después su madre, Enriqueta Vargas, que por ende fue bautizada como “La Madrina” y quien quedó a la cabeza del culto.

A Jonathan Legaria Vargas lo identificaban sus seguidores por su magnética personalidad, que completaba con una presencia físicaÇ: delgado, con pupilentes verdes, muy estético en su persona y siempre con ropa negra, ya fuera su chaleco de piel para motociclista o su saco y camisa oscuras con sus mazo de collares; justo como fue captado por alguna cámara el 27 de enero de ese mismo 2008, cuando inauguró la enorme efigie de la Santa Muerte Internacional de Tultitlán, como se le conoce hasta ahora.

Entonces como hasta la fecha cada domingo llegaban hombres, mujeres, familias completas con sus representaciones de “La Flaquita” para escuchar las palabras del “Padrino Endoque” (ahora de La Madrina) que lo mismo les daba palabra de aliento que hacía limpias de sanación y purificación.

Pero no todo había sido fácil, el predio donde esta la Santa Muerte Internacional fue clausurado una vez y luego pretendieron sacar a quienes lo ocupan, lo que llevo un largo, costoso y pesado juicio, según relató alguna vez “La Madrina” Enriqueta Vargas que desde hace diez años vive con el peso de la violenta muerte de su hijo.

La Prensa ha tenido acceso a ella en varias ocasiones, en las que ha contado el dolor que para ella significó el asesinato de Jonathan “El Comandante Pantera”, cuya muerte no quedará impune, aunque ella lo ha repetido una y otra vez:

 

“No los he perdonado, no los podría perdonar, pero tampoco voy a ser igual que ellos”

Pese a todo no dejó las cosas a la suerte y no solo retomó la difícil tarea de su hijo, además como muchas madres que han sufrido la pérdida de uno, frente a un sistema de justicia deficiente, primero ofreció hasta 250 mil pesos por información que llevara a los asesinos de su hijo, luego hizo sus propias averiguaciones. “Esto me llevó hasta un comandante de la Policía Federal y sus hombres”, relató en varias entrevistas e incluso lo describe con todas sus letras en el libro de su autoría: “Quién mató al comandante Pantera”.

 

“Yo creo que su madre la santa muerte es la que se va a encargar de hacerle justicia” dijo en otra ocasión, al ser cuestionada sobre los resultados de sus averiguaciones.

Un que hasta ahora no han llevado a nadie a la cárcel, lo que le convierte en un crimen más que no ha visto la luz e la justicia; aunque a diez años del crimen, ella mantiene su frase lapidaria a la Santa Muerte:

 

“Tu me entregas a los asesinos de mi hijo y yo te consagro mi vida”