Impunidad policiaca de la PGR

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Carpeta de Investigación

Por: Antonio de Marcelo Esquivel

Patricia Martínez es una mujer que trata de superar la muerte de su esposo, un exjefe policiaco del Estado de Hidalgo, quien falleció el año pasado, además lleva a cuestas la enfermedad de uno de sus hijos, cuyo mal requiere diálisis, por lo que ella se sostiene con lo poco que le dejó su marido y una cocina económica instalada en la parte baja de su casa en Zumpango, Estado de México. Este espacio es el lugar donde hace unos cuatro meses vivió lo que es aún la peor pesadilla de su vida.

“Creí que era la maña y venían a matarme para robar lo poco que tengo”, narró a LA PRENSA.

Doña Paty, como la conocen sus vecinos y amigos, es una mujer de gran estatura, cabello castaño, ojos claros y una personalidad que denota fuerza; sin embargo tiene miedo, un temor que esconde para darle fuerza a sus nietos e hijos que ahora duermen con la luz encendida y pendientes de cualquier ruido en la casa, ubicada en el Barrio Santiago Primera Sección, del municipio de Zumpango, Estado de México.

Y es que el pasado 26 de septiembre de 2017 un comando armado entró a su casa como si se tratara de delincuentes, cubiertos el rostro, esgrimiendo armas largas y con amenazas a quien se pusiera enfrente, muy lejos, lejos del protocolo que esperaría cualquier ciudadano.

Recuerda, según ha narrado ante autoridades, que esa tarde, alrededor de las 15:00 horas llegó a su casa desesperada porque la salud de su hijo es mala y requería una diálisis, de manera que pidió a su hija Emma el teléfono de un homeópata.

Mientras estaba en su sala entró su hijo y le comentó que afuera había muchos policías, creyendo ella que se trataba de comensales en la cocina salió para ayudar a atenderlos. En ese momento se encontró de frente a un sujeto que les apuntaba con un arma larga mientras le pedía retroceder y preguntaba ¿Cuántas personas más hay en la casa?

Eran hombres armados hasta los dientes, algunos con el rostro cubierto con pasamontañas y otros sin la cara cubierta, quienes vestían pantalón negro, algunos de caqui, playeras blancas y otros chalecos con la leyenda Agencia de Investigación Criminal, en otros se podía leer Policía Federal Ministerial, de la Procuraduría General de la República.

Patricia Martínez, dice que, entre otras preguntas querían saber quién más vivía en la casa y tras declarar que atrás estaba su hija, relata que por el radio de comunicación exclamaban “despejado”, “despejado”.

Era como una película de acción con vehículos sin balizar, hombres armados que sacaron a los comensales a las meseras y los interrogaban sobre los integrantes de la familia.

La afectada asegura que la reunieron con su hija, separándolas de los menores, dejándolas al cuidado de un hombre que ordenó “no te muevas, no hables”, sin dejar de apuntarles con el arma.

Durante esta estancia de los presuntos agentes, entraron y salieron de la casa sin permitirle una llamada.

Patricia y su hija Emma recuerdan que en tanto las mantenían secuestradas en su propia casa se escuchaban ruidos a lo lejos de puertas que abrían o cerraban.

La necesidad de comunicarse es porque Patricia Martínez tiene un hijo de 27 años de edad que sufre de crisis convulsivas de difícil control voluntariosas y retraso psicomotor, lo que le dio valor para responder una llamada, aunque con ello únicamente ocasionó el enojo del vigilante, que le ordenó no decir lo que estaba ocurriendo y quiénes estaban en la casa.

Fue hasta las 23:00 horas de ese 26 de septiembre que se le permitió salir de la casa, más de ocho horas privada de su libertad, sin siquiera conocer si había una orden de cateo, si se le acusaba de algo o qué buscaban en la casa.

Para sacar su vehículo tuvo que pedir una autorización a los que estaban en su casa y cuando alcanzó la calle vio que había muchas camionetas y hombres armados, aunque ya no puso mayor atención puesto que tenía a su hijo hospitalizado en una clínica de Zumpango.

Al regresar a su casa pretendió sacar la medicina para su hijo que padece crisis de epilepsia, pero no se lo permitieron hubo que ir por el medicamento a una farmacia de Zumpango y luego ir por su hijo para trasladarlo a una clínica de la Ciudad de México.

Cuando regresó a su casa tuvo que buscar la manera de sacar a su hija y nietos, toda vez que no se les había permitido abandonar la vivienda; pero tampoco pudo entrar a su casa, fue necesario que les gritara desde la calle.

Habían pasado dos días de este supuesto “operativo” y aún había hombres armados en su casa, por lo que se fueron a la Ciudad de México y durmieron en un hotel, muy cerca de la clínica donde estaba internado su hijo.

Para el 30 de septiembre volvió al hospital donde estaba su hijo y casi se desmaya su nieta, que con voz muy baja le indicó “ahí está uno de los que entraron a la casa. En efecto, asegura que al buscar pudo ver a uno de los hombres que ingresaron a su casa, mismo que había llevado a esa misma clínica a una mujer embarazada y a punto de dar a luz.

Con el temor de sufrir algún daño sacó su teléfono celular y pudo tomar un par de fotografías, en tanto que al darse cuenta que había sido reconocido, el sujeto aparentemente envió varios mensajes que hicieron llegar a otros hombres, algunos de los cuales fueron reconocidos por la afectada como los mismos que entraron a su domicilio.

Fueron cuatro días los que estuvieron estas personas en la casa de la señora Patricia Martínez, cuatro días en que hicieron lo que les dio la gana, mientras ella vivía la pesadilla de su hijo enfermo, sus nietos e hija aterrorizados y su yerno desaparecido.

Al volver, la casa estaba desierta, se habían marchado los uniformados y dentro faltaban tantas cosas que fue necesario al menos un par de días para hacer una lista de todo lo que se llevaron, sin que pudieran ser alguna prueba pericial, si es que era el caso, pues aparentemente tampoco se presentó el ministerio público federal, de la Procuraduría General de la República, como le indicó alguno de los que entraron a la casa ese 26 de septiembre.

Doña Paty comenta que algo de lo que más dolor le causó es que no respetaron la ropa y efectos de su esposo, Juan Monroy Camargo, que falleció el 7 de enero de 2017. Sacaron las prendas, robaron lo que les gustó y dejaron el resto tirado, sostiene esta mujer, quien únicamente quiere acabar con esta pesadilla.

En la lista de los bienes que se llevaron hay pantallas, xBox, relojes, teléfonos celulares, computadoras de escritorio, laptops y joyas.

También se apoderaron de un Chevrolet 2001 Camaro cupé, matrícula MSK-62-39, un Dodge Charger RT 2012 y dentro de esto los documentos de otros vehículos, entre ellos una cuatrimoto, dos camionetas y otros vehículos, propiedad de la familia.

Esta afectada acudió a las oficinas de la Procuraduría General de la República en Lomas de Sotelo, donde pretendía acreditar la propiedad de la camioneta Journey, pero le han dicho que desconocen del caso y no tiene dato alguno.

Pasado esto han sido sus vecinos quienes le comentaron haber visto salir de su casa vehículos con los objetos de la propiedad, desde el horno de microondas hasta los cojines de la sala.

En el colmo del saqueo, los hombres que entraron a la casa y dijeron ser agentes de la Procuraduría General de la República, se comieron lo que había en la cocina, los productos que tenía en los anaqueles y refrigeradores, lo que por mucho que se busque no podían ser pruebas periciales, en caso de ser esto una investigación.

LLEVARON AL YERNO A UNA PRISIÓN ESTATAL

Para este punto aún desconocían dónde estaba su yerno, esposo de Emma, y fue hasta casi tres semanas después que pudieron localizar Oscar Israel Guerrero Rosas, de 46 años de edad, estaba recluido en el penal Neza-bordo, acusado de daños contra la salud y posesión de un arma.

Ahora han tenido que ir a visitarlo para llevarle dinero, ropa, comida y, dicen, “sufrir la corrupción de este penal”, donde no ha sido posible llevarle su medicina, toda vez que tiene diabetes y hay ocasiones en que su azúcar se eleva peligrosamente hasta más de 600.

Ni la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) ha podido hacer que le entreguen sus medicamentos y sobre todo que le den entrada a un amparo para que vivía este proceso en libertad.

TRATARON DE VIOLARME: EMMA

La versión de Emma Luz Monroy no cambia mucho, con la diferencia que asegura fue sometido a mucha presión por hombres armados que la amagaron, lo mismo que a sus hijos. Así lo relató en la visitaduría General de la Procuraduría General de la República, dónde coincidió con la versión emitida por su madre, aunque agregó que un hombre la separó de su madre diciendo “vete a cuidar a tus hijos”.

Agregó que durante esta estancia pidió ir al baño, pero le ordenaron mantener la puerta abierta y que en ese momento un policía que vestía una playera rosa entró sorprendiéndola mientras bajaba su pantalón y que fue cuando metió la mano al tiempo que le decía “qué traes ahí, a ver güerita tú me gustas”, a lo que reaccionó aventándolo y respondiendo “usted no me toque” y fue a ver a sus hijos que lloraban.

Ella no pudo salir hasta el otro día, aunque con autorización de un elemento y eso porque una vecina le dijo “salte no te pueden tener aquí”.

Cabe señalar que policías municipales acudieron al lugar pero les indicaron marcharse, que no era su asunto y ante tanto personal nada pudieron hacer para saber si en verdad había una orden de cateo o detención para esta operación.

Por ahora esperan que salga el proyecto de resolución del amparo promovido para su esposo, mismo que estará en manos del magistrado José Manuel Torres Ángel.

Otro de los ataques sufridos por esta familia es en contra de uno de los hijos de la señora Patricia Martínez, a quien el 6 de enero le quitaron su camioneta RAM 700 modelo 2015, en Pachuca. Sostiene que durante la revisión le dijeron que traía un cartucho de arma larga, aunque asegura no es de él, pero con ello le confiscaron la camioneta, que no ha podido recuperar y ya hasta la desvalijaron en el lugar donde fue estacionada. Esto, dice la afectada, parece una persecución por venganza y teme por su vida o la de su familia, toda vez que ahora seguido hay autos sospechosos que se estacionan frente a su domicilio y únicamente le proyectan la luz de sus faros a manera de intimidación, dice.

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