/ jueves 8 de octubre de 2020

Aumentará trabajo de niños indígenas en calles capitalinas con pandemia

Se verá más mendicidad, retroceso de 15 años situación de emergencia para estas familias

Ciudad de México.- Para los niños y niñas indígenas migrantes que viven en la Ciudad de México, las calles representan un medio para obtener dinero, comida, vestido, así como aceptación y esperanza”. Muchos de ellos laboran hasta 12 horas en los cruceros y sus padres, no lo ven como explotación laboral infantil, sino como la única manera de que sobreviva toda la familia.

Con la pandemia del Covid-19 crecerá la mendicidad de infantes y adultos indígenas. Y se ven más niños de 7, 8 o 9 años laborando en las avenidas, porque los padres han visto mermados sus ingresos al no poder salir a vender sus mercancías, artesanías o limpiar vidrios, por el confinamiento sanitario.

Inclusive, en algunos casos, los padres que no pueden comprar comida, le dan a los niños monas, para mantenerlos dormidos y no pidan alimento. Son comunidades con grave desnutrición.

“Es bueno aclarar que no todas las indígenas que traen a sus hijos cargando les dan mona para dormir, hay mujeres muy responsables”, informó en una entrevista con LA PRENSA, Alicia Vargas Ayala, directora general del Centro Interdisciplinario para el Desarrollo Social (CIDES) IAP.

“Estamos en una condición de emergencia para las familias indígenas”, debido a que por lo menos el 25% de los niños no volverán a la escuela al no tener, computadoras, tabletas o televisión para seguir las clases a distancia y de seguro se verán en la necesidad de volver a vender en las calles.

La activista, quien por más de 25 años ha trabajado con la población indígena en la Ciudad de México, comunidad que vive llena de carencias y discriminación. Y ahora con la pandemia del Covid-19 tendrá un retraso de más de 15 años en educación, salud, alimentación y aumentará el trabajo infantil.

Reconoce que el trabajo infantil en la comunidad indígena de la capital es gravísimo; su manera de relacionarse hacia afuera tiene que ver con la ocupación y la sobrevivencia.

En el país, las cifras revelan que hay entre 8 y 10 millones de personas de origen indígena, de esos, 3 millones viven en la ciudad de México.

En el CIDES realizan actividades de desarrollo educativo; programas de educación integral sustentados en el enfoque de derechos, perspectiva de género desde la interculturalidad, dirigidos a niños y sus familias.

La mayoría de la población que atiende son familias otomíes que vienen del pueblo de Santiago Mexquititlán, municipio de Amealco, Querétaro, quienes tienen una historia de más de 30 años de procesos migratorios, intermitentes, pero en los últimos años ha sido más frecuente, explicó.

Son familias que han llegado a la ciudad de México en la lucha por la vivienda, y que en un proceso de adaptación a la vida urbana, han venido generando procesos de estancia permanente.

Alicia Vargas precisó que en el CIDES cuenta con programas de apoyo directo en los asentamientos de la población, en la colonia Roma, y en el centro comunitario “Colibrí”, han desarrollado programas que permiten a las familias acceder a los sistemas de justicia, reconocer sus derechos de ciudadanos.

Ahí abordan temas de adicciones, alcoholismo, violencia familiar, todo lo que tenga que ver con acceso a la justicia. “Promovemos la deslegalización de la violencia, la desnormalización de la no asistencia a la escuela, y desalentar el trabajo infantil, la violencia y abuso sexual.

Sergio Vázquez | La Prensa

SUBMAPA DE POBLACIÓN INDÍGENA EN LA CAPITAL

Los grupos indígenas están divididos en una especie de submapa en la capital. De acuerdo a las etnias, en la zona norte: los triquis que viene de Oaxaca; en la zona oriente, Neza y Chimalhuacán, los mixtecos, mazahuas y otomíes; en el sur hay población otomí, (Xochimilco, Milpa Alta, Tláhuac).

Mientras que en la zona centro hay mazahuas, náhuatls, mixtecos, otomíes. Son pueblos que radican en espacios que permiten la reproducción de su propia cultura.

Vargas Ayala dice enfática: “los triquis no llegan a mezclarse con los mixtecos. Llegan toman un asentamiento, el cual se vuelve un lugar de atracción para otros de su comunidad, sus paisanos a los que les ofrecen apoyo.

Ese esquema lo reproducen los mazahuas y los otomíes. Son pueblos cerrados. Ellos construyen un mecanismo de autoprotección, es la única manera por la cual han podido sobrevivir 500 años.

Se siguen uniendo los triquis con los triquis. Otomíes con otomíes, y a través de esas prácticas prolongan sus tradiciones, fiestas, vestimenta, lengua y comida es como se identifican con su propia cultura.

ADICCIONES Y ALCOHOL

Hace 25 años las familias no tenían adicciones con drogas, ni tanto alcoholismo, pero ahora las cosas han cambiado. En muchas familias ya tienen ese problema, han cambiado las formas de vivir en la ciudad.

Los que viven en la Roma han construido un vínculo con los de la Zona Rosa, y ahí se han vuelto consumidores de drogas. Ya no consumen “chemo”, sino activo, crack, cocaína, piedra, mariguana y alcohol. Hay pequeños que han tenido su primera experiencia con “la mona” desde los 5 o 6 años.

Narró que al consultorio de Colibrí llegó una niña de 5 años y el doctor detectó que venía drogada. La madre respondió: “si consume activo… el señor que está fuera del predio se las da, van hacer un favor y les da mona”

La mamá con dos hijas, la consume y le daba a una niña para que durmiera y no pidiera de comer. Ante ese panorama, se comenzó a atender a las niñas, porque el padre tiene problemas de discapacidad por el consumo de drogas.

Sergio Vázquez | La Prensa

VIOLENCIA Y MACHISMO. POCOS MATRIMONIOS, SON UNIONES LIBRES

Vargas Ayala platicó que los hombres siguen golpeando a las mujeres. Son muy marcadas las diferencias entre niños y niñas. Las mujeres tienen toda la responsabilidad de las casas y de los pequeños, mientras los niños desde temprana edad salen a vender a las calles. El machismo está a todo lo que da, como su forma de crianza.

Las comunidades indígenas en la CDMX se casan poco. El porcentaje de matrimonios es bajo, llegan a casarse cuando hay algún acuerdo familiar y así hay un compromiso y se formaliza la boda.

“Generalmente son vidas conyugales, uniones libres, y entre más bajo nivel escolar padres e infantes, más bajo se inicia el proceso de embarazo o juntarse con alguien”, comentó.

Hay casos de niñas de 13 años que tienen parejas de 23 o 30 años, la mamá lo ve bien porque puede trabajar y ella es una niña que está aprendiendo, se puede embarazar”, señaló.

Aún teniendo muchos hijos, hay jóvenes de 20 años que tienen tres hijos, pero hace años había familias de 11 hijos, 6, 7 u 8, ahora van en los 4.

Estos grupos venden artesanías así como muchos que piden limosna son las mismas familias. Se mueven en la Roma, Juárez, Condesa, corredor Reforma, Insurgentes, cruceros de la colonia Cuauhtémoc. Son familias otomíes casi todas. Hace 25 años eran mazahuas, y los primeros llegaron y los quitaron. Se apoderaron de la zona.

HACINAMIENTO

Muchas de esas familias ocupan dos predios donde viven 11 comunidades con más de 2 mil 500 personas. “Se han apoderado de esos lugares como zona de confluencia, de trabajo, donde viven, cercanos a escuelas y ubicando los cruceros más importantes. Vender muñecas, dulces, cigarros y parabrisas.

Es grave la exclusión y acceso a tener algún apoyo para mantener a sus hijos y luego criminalizan a las mujeres diciendo que explotan a los hijos, “y si no los mandan a la escuela, no los alimentan y es simplemente porque nunca lo han tenido”, indicó.

Sergio Vázquez | La Prensa

EL COVID-19 PEGÓ CON TODO A SU RAQUÍTICA ECONOMÍA

El trabajo artesanal no es valorado, no es algo que les deje mucho dinero y con ello no se pueden mantener las familias. Con la pandemia, por el confinamiento, dejaron de vender sus muñecas, dulces y otras artesanías y ello cortó su forma de subsistencia.

La pandemia los ha dejado sin recursos y algunos grupos han abierto sus puertas para ofrecer trueques, artesanías a cambio de comida.

“Una cosa tremenda que pasó con la pandemia es que los niños que no estaban yendo a la escuela estaban dejando de comer, dejaron de tener los dos alimentos que recibían en la escuela. Desayuno y comida”.

Padecen grave déficit alimentario, exclusión escolar, niños trabajadores, no tienen seguridad social, ni un empleo fijo.

Lo que sí han hecho, agregó Alicia, es luchar por la vivienda, llegan y ocupan predios, al paso de los años lo peticionar y el INVI habían ofrecido comprar el terreno o expropiar para favorecer a familias indígenas

Se han construido dos predios para vivienda indígena en Guanajuato 125, Chapultepec 360, está a punto de salir Durango 162, en la Roma.

MARGARITA, NO VENDE A “LELE”

Ha vendido nada en meses, sus artesanías están en su casa. “Salgo a la calle y llega la camioneta y nos levanta”. “Pero yo me quedo a fuerzas a ver si alguien me compra una “Lele” (bebé). Pongo mi puesto en la zona Rosa, pero no hay ventas y no tengo dinero para mantener a su familia”.

Ella es Margarita Juárez, tiene 49 años, es madre de 7 hijos, 4 casados y vive con 3 solteros. Su hijo mayor es quien ha salido a trabajar, le ayuda a una persona a vender chamarras. Mientras que las pequeñas no tienen una computadora para seguir las clases a distancia.

Nació en Santiago Mexquititlán, Querétaro y lleva muchos años en la Ciudad de México, donde vive en el predio de Chapultepec 380, en un cuarto.

A veces vende una muñeca o dos, que le alcanza para medio comer. Pide comida en la calle. Vive al día. El centro Colibrí la apoya con diversos programas y ahí ocupan las computadoras. Hacer una muñeca de trapo es muy cansado. Hago una chica o dos al día. Las grandes cuestan 300 y las pequeñas entre 150 a 200 pesos, dice, al pedir a la autoridad local que ya los dejé vender en la calle.

Ciudad de México.- Para los niños y niñas indígenas migrantes que viven en la Ciudad de México, las calles representan un medio para obtener dinero, comida, vestido, así como aceptación y esperanza”. Muchos de ellos laboran hasta 12 horas en los cruceros y sus padres, no lo ven como explotación laboral infantil, sino como la única manera de que sobreviva toda la familia.

Con la pandemia del Covid-19 crecerá la mendicidad de infantes y adultos indígenas. Y se ven más niños de 7, 8 o 9 años laborando en las avenidas, porque los padres han visto mermados sus ingresos al no poder salir a vender sus mercancías, artesanías o limpiar vidrios, por el confinamiento sanitario.

Inclusive, en algunos casos, los padres que no pueden comprar comida, le dan a los niños monas, para mantenerlos dormidos y no pidan alimento. Son comunidades con grave desnutrición.

“Es bueno aclarar que no todas las indígenas que traen a sus hijos cargando les dan mona para dormir, hay mujeres muy responsables”, informó en una entrevista con LA PRENSA, Alicia Vargas Ayala, directora general del Centro Interdisciplinario para el Desarrollo Social (CIDES) IAP.

“Estamos en una condición de emergencia para las familias indígenas”, debido a que por lo menos el 25% de los niños no volverán a la escuela al no tener, computadoras, tabletas o televisión para seguir las clases a distancia y de seguro se verán en la necesidad de volver a vender en las calles.

La activista, quien por más de 25 años ha trabajado con la población indígena en la Ciudad de México, comunidad que vive llena de carencias y discriminación. Y ahora con la pandemia del Covid-19 tendrá un retraso de más de 15 años en educación, salud, alimentación y aumentará el trabajo infantil.

Reconoce que el trabajo infantil en la comunidad indígena de la capital es gravísimo; su manera de relacionarse hacia afuera tiene que ver con la ocupación y la sobrevivencia.

En el país, las cifras revelan que hay entre 8 y 10 millones de personas de origen indígena, de esos, 3 millones viven en la ciudad de México.

En el CIDES realizan actividades de desarrollo educativo; programas de educación integral sustentados en el enfoque de derechos, perspectiva de género desde la interculturalidad, dirigidos a niños y sus familias.

La mayoría de la población que atiende son familias otomíes que vienen del pueblo de Santiago Mexquititlán, municipio de Amealco, Querétaro, quienes tienen una historia de más de 30 años de procesos migratorios, intermitentes, pero en los últimos años ha sido más frecuente, explicó.

Son familias que han llegado a la ciudad de México en la lucha por la vivienda, y que en un proceso de adaptación a la vida urbana, han venido generando procesos de estancia permanente.

Alicia Vargas precisó que en el CIDES cuenta con programas de apoyo directo en los asentamientos de la población, en la colonia Roma, y en el centro comunitario “Colibrí”, han desarrollado programas que permiten a las familias acceder a los sistemas de justicia, reconocer sus derechos de ciudadanos.

Ahí abordan temas de adicciones, alcoholismo, violencia familiar, todo lo que tenga que ver con acceso a la justicia. “Promovemos la deslegalización de la violencia, la desnormalización de la no asistencia a la escuela, y desalentar el trabajo infantil, la violencia y abuso sexual.

Sergio Vázquez | La Prensa

SUBMAPA DE POBLACIÓN INDÍGENA EN LA CAPITAL

Los grupos indígenas están divididos en una especie de submapa en la capital. De acuerdo a las etnias, en la zona norte: los triquis que viene de Oaxaca; en la zona oriente, Neza y Chimalhuacán, los mixtecos, mazahuas y otomíes; en el sur hay población otomí, (Xochimilco, Milpa Alta, Tláhuac).

Mientras que en la zona centro hay mazahuas, náhuatls, mixtecos, otomíes. Son pueblos que radican en espacios que permiten la reproducción de su propia cultura.

Vargas Ayala dice enfática: “los triquis no llegan a mezclarse con los mixtecos. Llegan toman un asentamiento, el cual se vuelve un lugar de atracción para otros de su comunidad, sus paisanos a los que les ofrecen apoyo.

Ese esquema lo reproducen los mazahuas y los otomíes. Son pueblos cerrados. Ellos construyen un mecanismo de autoprotección, es la única manera por la cual han podido sobrevivir 500 años.

Se siguen uniendo los triquis con los triquis. Otomíes con otomíes, y a través de esas prácticas prolongan sus tradiciones, fiestas, vestimenta, lengua y comida es como se identifican con su propia cultura.

ADICCIONES Y ALCOHOL

Hace 25 años las familias no tenían adicciones con drogas, ni tanto alcoholismo, pero ahora las cosas han cambiado. En muchas familias ya tienen ese problema, han cambiado las formas de vivir en la ciudad.

Los que viven en la Roma han construido un vínculo con los de la Zona Rosa, y ahí se han vuelto consumidores de drogas. Ya no consumen “chemo”, sino activo, crack, cocaína, piedra, mariguana y alcohol. Hay pequeños que han tenido su primera experiencia con “la mona” desde los 5 o 6 años.

Narró que al consultorio de Colibrí llegó una niña de 5 años y el doctor detectó que venía drogada. La madre respondió: “si consume activo… el señor que está fuera del predio se las da, van hacer un favor y les da mona”

La mamá con dos hijas, la consume y le daba a una niña para que durmiera y no pidiera de comer. Ante ese panorama, se comenzó a atender a las niñas, porque el padre tiene problemas de discapacidad por el consumo de drogas.

Sergio Vázquez | La Prensa

VIOLENCIA Y MACHISMO. POCOS MATRIMONIOS, SON UNIONES LIBRES

Vargas Ayala platicó que los hombres siguen golpeando a las mujeres. Son muy marcadas las diferencias entre niños y niñas. Las mujeres tienen toda la responsabilidad de las casas y de los pequeños, mientras los niños desde temprana edad salen a vender a las calles. El machismo está a todo lo que da, como su forma de crianza.

Las comunidades indígenas en la CDMX se casan poco. El porcentaje de matrimonios es bajo, llegan a casarse cuando hay algún acuerdo familiar y así hay un compromiso y se formaliza la boda.

“Generalmente son vidas conyugales, uniones libres, y entre más bajo nivel escolar padres e infantes, más bajo se inicia el proceso de embarazo o juntarse con alguien”, comentó.

Hay casos de niñas de 13 años que tienen parejas de 23 o 30 años, la mamá lo ve bien porque puede trabajar y ella es una niña que está aprendiendo, se puede embarazar”, señaló.

Aún teniendo muchos hijos, hay jóvenes de 20 años que tienen tres hijos, pero hace años había familias de 11 hijos, 6, 7 u 8, ahora van en los 4.

Estos grupos venden artesanías así como muchos que piden limosna son las mismas familias. Se mueven en la Roma, Juárez, Condesa, corredor Reforma, Insurgentes, cruceros de la colonia Cuauhtémoc. Son familias otomíes casi todas. Hace 25 años eran mazahuas, y los primeros llegaron y los quitaron. Se apoderaron de la zona.

HACINAMIENTO

Muchas de esas familias ocupan dos predios donde viven 11 comunidades con más de 2 mil 500 personas. “Se han apoderado de esos lugares como zona de confluencia, de trabajo, donde viven, cercanos a escuelas y ubicando los cruceros más importantes. Vender muñecas, dulces, cigarros y parabrisas.

Es grave la exclusión y acceso a tener algún apoyo para mantener a sus hijos y luego criminalizan a las mujeres diciendo que explotan a los hijos, “y si no los mandan a la escuela, no los alimentan y es simplemente porque nunca lo han tenido”, indicó.

Sergio Vázquez | La Prensa

EL COVID-19 PEGÓ CON TODO A SU RAQUÍTICA ECONOMÍA

El trabajo artesanal no es valorado, no es algo que les deje mucho dinero y con ello no se pueden mantener las familias. Con la pandemia, por el confinamiento, dejaron de vender sus muñecas, dulces y otras artesanías y ello cortó su forma de subsistencia.

La pandemia los ha dejado sin recursos y algunos grupos han abierto sus puertas para ofrecer trueques, artesanías a cambio de comida.

“Una cosa tremenda que pasó con la pandemia es que los niños que no estaban yendo a la escuela estaban dejando de comer, dejaron de tener los dos alimentos que recibían en la escuela. Desayuno y comida”.

Padecen grave déficit alimentario, exclusión escolar, niños trabajadores, no tienen seguridad social, ni un empleo fijo.

Lo que sí han hecho, agregó Alicia, es luchar por la vivienda, llegan y ocupan predios, al paso de los años lo peticionar y el INVI habían ofrecido comprar el terreno o expropiar para favorecer a familias indígenas

Se han construido dos predios para vivienda indígena en Guanajuato 125, Chapultepec 360, está a punto de salir Durango 162, en la Roma.

MARGARITA, NO VENDE A “LELE”

Ha vendido nada en meses, sus artesanías están en su casa. “Salgo a la calle y llega la camioneta y nos levanta”. “Pero yo me quedo a fuerzas a ver si alguien me compra una “Lele” (bebé). Pongo mi puesto en la zona Rosa, pero no hay ventas y no tengo dinero para mantener a su familia”.

Ella es Margarita Juárez, tiene 49 años, es madre de 7 hijos, 4 casados y vive con 3 solteros. Su hijo mayor es quien ha salido a trabajar, le ayuda a una persona a vender chamarras. Mientras que las pequeñas no tienen una computadora para seguir las clases a distancia.

Nació en Santiago Mexquititlán, Querétaro y lleva muchos años en la Ciudad de México, donde vive en el predio de Chapultepec 380, en un cuarto.

A veces vende una muñeca o dos, que le alcanza para medio comer. Pide comida en la calle. Vive al día. El centro Colibrí la apoya con diversos programas y ahí ocupan las computadoras. Hacer una muñeca de trapo es muy cansado. Hago una chica o dos al día. Las grandes cuestan 300 y las pequeñas entre 150 a 200 pesos, dice, al pedir a la autoridad local que ya los dejé vender en la calle.

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