La muerte, etapa de trascendencia espiritual

Foto: El Sol de Tulancingo

La muerte, etapa de trascendencia espiritual

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Por Concepción Ocádiz/El Sol de Tulancingo

Tulancingo, Hidalgo.-  La muerte, hay quien dice que no es una ausencia ni una falta, y se anuncia concebida como una nueva etapa de trascendencia espiritual.
Octavio Paz, en su obra El Laberinto de la Soledad, en el título “Todos Santos, Todos Muertos”, cita que “para el mexicano moderno la muerte carece de significación.
“Ha dejado de ser tránsito, acceso a otra vida más vida que la nuestra. Pero la intranscendencia de la muerte no nos lleva a eliminarla de nuestra vida diaria.
“El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.


Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: ‘si me han de matar mañana, que me maten de una vez’.
“Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida. Matamos porque la vida, la nuestra y la ajena, carece de valor. Es natural que así ocurra: vida y muerte son inseparables y cada vez que la primera pierde significación, la segunda se vuelve intranscendente. La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora”.

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En otro fragmento del Nobel de Literatura refiere “por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable. En un mundo cerrado y sin salida, en donde todo es muerte, lo único valioso es la muerte, pero afirmamos algo negativo”.

Foto: Especial

CUANDO LLEGAN LOS DIFUNTOS

Los difuntos llegan a través de sus ánimas, caminan por el sendero trazado con pétalos amarillos, esos, los de la llamada flor de cempasúchil.

Foto: Especial

Se detienen frente al altar para ver lo que los vivos, les dejaron en el espacio terrenal, en esos 2 o 7 pisos: flores, velas, comida, y un sinfín de cosas que sirven para ambientar una de las celebraciones más importantes en el país.
Son pocos los minutos que tienen para estar con los suyos, apenas casi entrada y salida de la morada.
Entonces, esas ánimas, perciben los aromas de las flores amarillas o naranjas, y de las moradas también: Huele a Día de Muertos.
Huele a fruta, incienso y comida.


Los que se adelantaron en el camino llegan a probar lo que se les ha preparado, lo que les gustaba en antaño.
Entonces, escuchan el llanto o los rezos de sus deudos, esos, que algún día los alcanzarán en otro plano. A donde todos llegaremos, a lo único seguro en esta vida: La Muerte.
EL CULTO A LOS MUERTOS
En el 1 y 2 de noviembre no se es un fantasma, sino una presencia viva.  Metáfora consolidada en un altar, que trasciende en un renacer constante.
Es el culto a los Muertos, a los que ya se fueron, a los que ya no volverán aunque se dice, sus almas se escapan para llegar a disfrutar, de lo que en los altares se les ha preparado para ellos.
Se sabe que en el siglo XVI, en nuestro país México comienza a arraigarse el terror a la muerte, y no solo eso, sino aquellos que se habían portado mal, se irían al infierno por lo que era aun más preocupante pensar que llegar a sucumbir era el  nunca retorno.
Durante La Colonia, época de sincretismo cultural y religioso, donde sin duda, la evangelización Cristiana, cedió, ante las creencias de los indígenas, surgiendo un sincretismo entre el Catolicismo y lo Prehispánico.
Fue cuando surgió el homenaje a los que partieron, dando pauta el Día de Todos Santos y Fieles Difuntos.
El inicio, se dice por historiadores,  fue con la llegada de restos de Santos al Puerto de Veracruz  para ser recibidos en varias partes del país, que en aquel entonces, no había unas jurisdicciones tan precisas.
Las ceremonias a estos Santos, se contextualizada por colocar arcos con flores y  oraciones.
Pero un elemento fundamental fueron las procesiones a las iglesias llevando pan azucarado, hoy en día conocido como pan de muerto.
Nuestro país, sin duda, está lleno de una pluriculturalidad aunado a ser pluriétnico.
LOS NIÑOS LIMBITOS, LOS ADULTOS…


Es en todas partes donde surge la celebración para quienes partieron, niños, jóvenes, adultos, todos, sin excepción son recordados en los altares ofreciéndoles comida -la que más les gustaba- y además marcado con pétalos de flor de cempasúchil.
El arribo, se cree en las comunidades indígenas, principalmente, donde el humo del copal se mezcla con el olor del mole que baña grandes piezas de guajolote, gallinas o pollos.
Poco se sabe, según la creencia de algunas etnias que desde el 28 de octubre se les rinde una ofrende a aquellos que fueron asesinados con violencia.
En tanto que para el 30 y 31 de octubre, los protagonistas son los niños limbitos, es decir, los que murieron sin haber sido bautizados y a los más pequeños, respectivamente.
El 1 de noviembre, o Día de Todos los Santos, es la celebración de todos aquellos que llevaron una vida ejemplar, celebrándose igualmente a los niños.
Y, el día 2 es el Día de los Muertos, la máxima festividad de su tipo en nuestro país, celebración que comienza desde la madrugada.
El tañido de las campanas de las iglesias, adornar tumbas y hacer altares sobre las lápidas y dentro de los hogares, es el contexto, se cree dentro de la memoria ancestral, ayuda a las almas a transitar en mejores circunstancias.
LA MUERTE LLENA DE COLOR

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Diría Paz: “Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos artificiales, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarronada familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?