Un año más, junto a las tumbas

foto: Sergio Velazquez

Un año más, junto a las tumbas

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Alberto Jiménez

 

Para el mexicano, la muerte es una compañera que lo escolta desde el día en que nace; no sabe el momento en el que lo va a llamar, lo va a abrazar; la muerte no es una enemiga.

La transición de la vida a la muerte es una situación emblemática; que causa temor e inquietud pero al mismo tiempo serenidad y júbilo.

A lo largo de nuestra historia como pueblo mexicano, se han desarrollado ritos y costumbres para venerar a la muerte, enaltecerla e incluso para burlarse de ella.

Nuestras tradiciones se remontan hasta los primeros pueblos prehispánicos localizados en Mesoamérica; ellos creían que morir era el comienzo de una nueva experiencia, de un viaje a través del universo vertical, comenzaban el recorrido en el supramundo, atravesaban el mundo, hasta llegar finalmente al inframundo. Llegaban a conservar los cráneos de los fallecidos para rendirles tributo.

El lugar era llamado Mictlán, que era la residencia de Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, el señor y de la señora de la Muerte. Simbólicamente se tenía la idea que al llegar al Mictlán, se alcanzaba un estado de conciencia en el cual fluían con la vida, concluían todas sus penas y el alma podría descansar eternamente.

Al momento de morir una persona, sus familiares realizaban una ceremonia y enterraban al fallecido junto con diversos objetos, que posiblemente le iban a servir en el inframundo.

Después de años, con la intervención española en el país, se siguieron conservando las tradiciones pero de una forma distinta. Los colonizadores del Viejo Mundo transgredieron la cultura ancestral. Los evangelizadores de la Iglesia Católica fueron los primeros que establecieron el cielo y el infierno como un premio o castigo.

Actualmente, los últimos días del mes de octubre y los primeros de noviembre, sirven para rendir un homenaje que permite acercarse a los seres que se han perdido, y al mismo tiempo, para dejarlos partir. En nuestra época, la conmemoración a los muertos es el resultado de una mezcla de muchas culturas.

Un poco antes de la aparición de la antepenúltima luna de octubre, cientos de personas llegan a los panteones para iniciar con los preparativos de esta tradición, se busca honrar a los difuntos.

En algunos estados del país, los festejos inician el 26 o 28 de octubre. La tradición se ha modificado a lo largo de la historia y ha pasado de boca en boca entre generaciones.

Se cuenta que el 28 de octubre es el día en que se espera a los que tuvieron una muerte fortuita y arrebatada. Es decir, los fallecidos a causa de un accidente y no llegaron a su destino.

El 29 de octubre se recibe a las personas que murieron por ahogamiento. Un día después, aguardan a los espíritus solos y abandonados, los que no poseen familiares; los huérfanos y delincuentes. La última noche de octubre se conmemora a las personas que nunca nacieron o que no recibieron el bautismo y se encuentran en el limbo.

El 1o. de noviembre rememoran a los niños menores de 18 años. Y la segunda luna de noviembre a los muertos adultos.

Año con año, miles de personas se dan cita en el camposanto; escenario en donde es común observar a personas que colocan altares con obsequios. Otras más, acompañan a sus finados con grupos musicales; interpretan sus melodías favoritas y recuerdan los gratos momentos que pasaron al lado de esa persona.

En otros lugares, instalan caminos eternos con luces de veladoras para indicar el camino y recibir a las almas de aquellos que ya se fueron. Cada rincón de México tiene su propia tradición, su propia costumbre.

Las familias preparan sus casas para recibir a los seres queridos que se han marchado en esta vida. En un ritual acompañado de copal e incienso, acompañado de flores y bebidas; los mexicanos despiden a un familiar, pero están conscientes que se trata del comienzo de otro camino. El Día de Muertos representa la ausencia de un ser querido, pero también se trata de momento de reencuentro, con aquellos que ya dejaron este mundo temporal.

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