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Casa Xochiquetzal: albergue para trabajadoras sexuales de la tercera edad, única en el mundo

Por: Patricia Carrasco

En México es difícil llegar a viejo sin una pensión, sin seguridad social, sin un familiar que apoye o que los hijos den la espalda a sus padres ancianos. Pero aún es peor para las mujeres que se dedicaron al trabajo sexual, pues ahora son personas de la tercera edad, enfermas, solas o abandonadas.

Aunque muchas de ellas, gracias a la iniciativa de varias activistas, tienen un hogar. Un lugar donde conviven con exsexoservidoras y que tuvieron la mala suerte de que cuando el padrote las vio viejas y enfermas las echó a la calle.

La Plaza Torres Quintero las vio ejercer la prostitución, jóvenes, en sus carnes firmes, pero al llegar a la vejez, su mundo les dio la espalda. Ahora algunas viven en esa zona, pero en un hogar que les abrió las puertas y las cobijó: la Casa Xochiquetzal.

Esta casa es el único albergue del mundo para sexoservidoras de la tercera edad. A la fecha hospeda a 18 mujeres mayores de 55 años que ejercieron la prostitución en los barrios de La Merced, Tepito, Loreto, Garibaldi, La Soledad y llegaron a la vejez en situación de calle.

Se ubica en el barrio de Tepito y tiene 11 años de antigüedad. La casona albergó por un tiempo al Salón de la Fama de Box y Lucha Libre, tiempo después fue donada, en 2006, por el gobierno capitalino, durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Por su patio han desfilado un buen número de las ahora llamadas sexoservidoras. Inclusive han fallecido 10 mujeres, quienes ya llegaron a la casa muy enfermas y algunas con VIH.

Para las exsexoservidoras, la Casa Xochiquetzal -en náhuatl “flor hermosa”-, representa un cobijo, un albergue, un hogar que nunca tuvieron y sus compañeras se han convertido en sus hermanas, “aunque de repente pelean y gritan”, como en las mejores familias.

En su oficina, Jessica Vargas González, directora de la casa, nos recibió mientras las mujeres comían en un ambiente festivo, con globos de colores, ya que festejaban el Día del Abuelo.

“Una de las mayores dificultades de esta casa es conseguir recursos para la atención de estas mujeres, ya que todos sus servicios son gratuitos. “Podríamos abrir la puerta a más, pero todo depende de los recursos que tengamos, de los donativos”, menciona.

A 9 años de llegar a la casa como voluntaria y desde 2012 a la fecha como directora de la casona, platica que podrían albergar a más mujeres en esa condición, pero el problema sigue siendo financiero, ya que hay señoras con obesidad, diabetes, cardiopatías, hipertensas, y con las enfermedades propias de su actividad como infecciones urinarias, riñones, hígado, sífilis o incontinencia, por lo que todas necesitan medicarse. Y se les debe dar comida sana y equilibrada para su edad y enfermedad.

UN ALBERGUE PARA PROSTITUTAS

“En 2001-2002 nació la idea de un albergue de este tipo, Carmen Muñoz, lideresa de las sexoservidoras de la zona, empezó a ver el sufrimiento de las trabajadoras sexuales mayores de edad que dormían en la calle y decidió comenzar a juntarlas.

Posteriormente busca a feministas como Elena Poniatowska, Jesusa Rodríguez, Martha Lamas, que no habían pensado qué pasaba con estas mujeres al llegar a la tercera edad.

El tema las atrapó y lograron una entrevista con Andrés Manuel López Obrador, donde fueron las mujeres de trabajo sexual, se sintió, platicó y les preguntó qué necesitaban, a lo que respondieron “una casa”. A principios de 2005 les ofrecieron algunas casas, pero les gustó el predio de Torres Quintero 14. Ya que en la plaza de enfrente muchas mujeres trabajaron, antes había dos hoteles y el Cine Acapulco, les gustó porque ya ubicaban esa casa. Se comenzó habilitar con el apoyo de la Delegación Iztacalco, Seduvi y otras instituciones.

“El gobierno del Distrito Federal inauguró el proyecto en 2006 y el plan originario era que se diera hospedaje hasta a 65 mujeres, y la condición de que tuviesen más de 55 años de edad y que no contaran con ninguna red familiar ni hogar fijo, pero ha habido excepciones.

Como el caso de Vicky, quien en 2010 llegó a la casa, la llevaron sus compañeras, quienes le comentaron a la directora que su padrote la echó a la calle porque estaba enferma y no podía trabajar.

La Casa Xochiquetzal la recibió… “vio a una mujer de cerca de 60 años, pero sólo tenía 39, estaba tan acabada y envejecida, que aparentaba más edad de la que tenía, y no podían desampararla, narró Jessica Vargas.

Venía muy enferma en situación crítica, con cardiopatía, daño renal, VIH, enferma del hígado y se la pasaba en el hospital. Ella quería ver a sus hijos que estaban en Tijuana, por lo que hicieron labor para buscarlos, realizaron todo lo que estuvo a su alcance, sin embargo, no alcanzaron a Vicky con vida, falleció sin ver a sus hijas e hijos pequeños.

Tienen que pagar luz, agua, teléfono, sobre todo medicamentos y alimentos que ellas requieren, no es cosa menor, de repente se descompone las llaves del agua o del fregadero, pequeños gastos que no tienen previstos.

En 2010 les tocó un bache económico muy grave, pero fue peor en 2011, durante enero-febrero de ese año no tenían recursos. Ahora están al día. “Puedo decir que en una semana las señoras tendrán alimento”. A la fecha trabajan 6 personas, una es para fines de semana y los otros cinco entre semana.

Incluso, cuando fallecen como han sido los casos de Lucha, Delia, Reynita, Lulú, Rebeca, Chela, Carmelita y Vicky, les toca pagar los gastos funerales, pues ahí todos los servicios son gratuitos, contratan servicio de velación con el apoyo del GDF. En el cementerio les colocan sus flores, y si por ahí hay algún norteño o trío los contratan para que les canten algunas canciones que a ellas les gustaban.

VAN A “PELLEJEAR”

Algunas todavía trabajan en la calle, tiene clientes de años y a la larga terminan siendo amigos, les pagan para no tener el encuentro, más bien se vuelven son psicólogas natas, que les preguntan cómo está tu esposa, los hijos ya está solo, ya te jubilaste… “no porque sean viejas no van a tener el deseo o derecho a tener relaciones”. Ellas son tremendas, si ellas deciden continuar ejerciendo el trabajo sexual, es su opción de vida, y no tenemos por qué juzgarlas. Y se dan sus escapadas, comenta risueña Vargas González.

Como son tremendas, algunas aún ejercen el trabajo sexual, y a manera de broma se dicen, ahora vengo “voy a pellejear”, ya que aún conservan sus clientes de hace años.

No hay datos confiables que contabilicen el número de personas que se dedican al trabajo sexual, menos aún de las mujeres de la tercera edad que laboran en este campo, el único registro encontrado, señala que representan el 2% de esta población (según datos recopilados por la senadora del Partido Verde Ecologista de México, Sara Castellanos en 2003), cita la página web de la casa.

NORMA, LA EXLUCHADORA “LA SOMBRA”

Alegre y muy abierta, Norma Ruiz, de 64 años de edad, accede a platicar con este diario. Nació en Iztapalapa, pero se crió en Jalisco. Ella comenzó a ejercer la prostitución a los 16 años hasta pasados los 50 que llegó a la casa. A los 14 años se fue a San Francisco, California con un trailero que por allá la dejó abandonada, cuando regresó a Jalisco, su familia ya no la aceptó en su casa. Era un 10 de mayo, recuerda con dolor, y lo que hizo fue buscar una cantina, muy dolida por el desprecio de su madre. Se puso a tomar, con el permiso de los policías, a quien les dio mordida. Se emborrachó y al otro día amaneció cruda y fueron las muchachas del lugar quienes la apapacharon. Le llevaron menudo… toma güera, para que te cures.

A los 8 días regresó a la cantina “y una de las muchachas le dijo que si se tomaba una botella y ella me dijo que cobraba ficha”. Me ficharon y ahí conoció el ambiente, se acostumbró.

La señora de la cantina me dijo “quédate aquí, ayúdame a cuidar los cuartos cuando las mujeres entren con los clientes, tú cobras, les das su rollo. Empezó a trabajar ahí, luego de mesera… fue la necesidad o la vagancia, pero me empecé a prostituirme”.

Fui golpeada, incluso cuando llegué a la Ciudad de México, la prostitución era diferente, aquí las mujeres peleaban el lugar, y agredían.

“Normota”, como le dicen sus compañeras, trabajó en el jardín de Torres Quintero, una señora le cobraba 35 pesos diarios por dejarla trabajar. “A mí me daba vergüenza, que las compañeras decían cuando pasaban los señores: “¡qué papacito!, ¿vamos?”

Tuvo 4 hijos, la primera se la quitó su mamá. Su hija, que vive en Arenal, Jalisco, sabe que está en México, pero no dónde vive.

A los 25 años decidió meterse a la lucha libre. Su nombre de luchadora fue “La Sombra”. En Tala, Jalisco, fue amante del hermano del Perro Aguayo, Agustín Aguayo. Iba al gimnasio, empezó a ver la técnica y comenzó a meterse, porque siempre fue gordita y fuerte.

Ya en el DF se fue al gimnasio Carmelita en Eduardo Molina, ahí conoció a la Dama de Fuego, su promotor fue Panchito Gutiérrez, quien fue integrante del Consejo Mundial de Lucha Libre, cuando estaban bien entrenada las mandaban a Empalme, Sonora, a Mexicali o Tijuana.

Es diabética, hipertensa, y tiene arritmia cardiaca. Le dan taquicardias, por lo que acaricia al corazón. Porque quizá ya no amanezca, me acuesto con miedo.

La prostitución es no es un mundo fácil… “es la más difícil porque hay que soportar golpes, vejaciones, maltrato, robos, criticas, comentó triste “Normota”.

Con su sonrisa nostálgica platicó que al día atendía 3 o 4 clientes, “mientras yo sacará para mi hotel, mis comidas y ropa, con eso estaba bien”.

La primera vez que se prostituyó cobró 50 pesos y la última 200 pesos.

SOLEDAD, ME PROSTITUÍ POR MI ESPOSO DESAHUCIADO

“Yo venía de sufrir en la calle… ahí dormía”. Una compañera llamada Sonia, la llevó a Casa Xochiquetzal. Ese día no la recibieron porque solo estaba la portera, pero al otro día, la recibieron aunque no cubría el requisito de tener como mínimo 55 años. “Pero estas almas piadosas me recibieron. Vieron mi sufrimiento…” ya no se quería vender, por la enfermedad de su difunto esposo, comenzó a prostituirse, narró Soledad, de 60 años, nacida en Veracruz.

Vendía tamales pero no le alcanzaba para mantener la enfermedad de su esposo y a sus hijos. “Una compañera, me dijo ‘si tú necesitas dinero para la medicina de tu marido, ya que le compraba morfina y heroína para sus dolores de cáncer…’ hay un cliente que te da tanto.

Luego de tres años de cáncer se lo entregaron desahuciado. Me tenía que vender para comprarle la medicina, era casi mil 800 diarios, señala esta mujer que decidió decir que su nombre era Soledad, porque no quiere que en su pueblo y sus hijos se enteren que fue trabajadora sexual.

El nombre lo tomó quizá porque ella ejerció la prostitución en la calle de La Soledad. Tuvo suerte de encontrarse clientes que le daban el dinero que necesitaba, algún dueño de negocio. “Para mí venderme fue horrible”.

Tiene 22 años de viuda. Y recuerda con tristeza cómo le dolía ver a su esposo en pañales. “Me traumatizó haberme prostituido, fue muy doloroso”, indica; además sus hermanas le vendieron su casa del rancho. Luego comenzó a vender otras propiedades, pero como estaba cerca de la playa la metieron “tres veces a la cárcel, con los hombres”.

Ante tanto sufrimiento comenzó a fugarse, a enfermarse de la mente, dormía afuera de un hotel, se orinaba en la vía pública, sin pudor los hombres le ofrecían y ella ya no quería.

“Dios se compadeció de mí”, narra, pues llegó al parque, frente a la Casa Xochiquetzal. “Para mí llegar a esta casa, en la cual lleva 4 años, ha sido una gran bendición. Llegué a la casa sin bañar, me dieron ropa, comida, un cuarto y una cama, ya no pasé frío.., es mi hogar, era junio cuando vine, en la época de mucha lluvia”, describió esta mujer de larga cabellera rubia.

No se prostituyó por muchos años, pero la enfermedad de su esposo duró cerca de una década. Comentó no estar abandonada por sus hijos. “A muchas de mis compañeras sus hijos nos las visitan, no les hablan por teléfono, no las buscan. Están muy olvidadas, necesitan mucho cariño, apoyo espiritual”.

Con lágrimas en los ojos, agradeció que le hayan puesto un psicólogo. Ahora estudia básicos de teología, ya lleva uno, lo va a estudiar en tres años.

De sus hijos, dos están fuera del país y su hija vive en el Estado de México, ellos no supieron a qué se dedicaba, lo disfrazó para no lastimarlos.

Lo que yo viví no es nada al sufrimiento que han tenido mis hermanitas. “Las comprendo porque ellas sí sufrieron la prostitución en su mero apogeo… y cuando yo me vendía… me quería suicidar”.

“CANELA” USABA FALDAS TAN CORTAS QUE ENSEÑABA EL CALZÓN

María Canela, de 75 años de edad, nació en Oaxaca. Comenzó en la prostitución a los 15. Tuvo a su hija, se la dejó a su mamá, ella la cuidó y se fue a trabajar. Siendo adolescente se salió de su casa, porque su mamá vivía con su padrastro y quería abusar de ella.

Esta mujer con un tic nervioso y con problemas de dicción narró que un hombre le preguntó qué hacía en la calle… yo le platiqué que ya no quiero estar en mi casa, no puedo ver a mi padrastro.

Se metió a la prostitución, porque no tenía dinero, debía mantener a su hija, no tenía papeles para buscar trabajo.

A su llegada al Distrito Federal trabajó en Garibaldi, en la Plaza Torres Quintero. En los cabarets Barba Azul, Molino Rojo, Balalaika y en La Pantera Rosa, donde trabajaban con fichas, ella fingía que tomaba con los clientes y si le pedían intimidad se iba con ellos. Luego trabajó en la calle.

Ejerció la prostitución hasta cuando se vino a la casa, a los 64 años de edad, comentó riendo y enseñando sus zapatos, uno de un par y otro diferente.

Junto con Norma, Marilú, Raquelita, Canela es de las fundadoras que quedan de la casa. Y está muy agradecida porque ahí la cuidan cuando está enferma. Sus hijas no la ven, se olvidaron de ella.

Una de las psicoterapeutas de la casa conoció a “Canela” y la recuerda que utilizaba las faltas tan cortas que enseñaba el calzón.

La famosa “Canela” y “Normota” trabajaron en la Plaza Torres Quintero.

Lo cierto es que todas las mujeres de la Casa Xochiquetzal tienen historias familiares muy complicadas y, normalmente, sus hijos las rechazan por su profesión, por vergüenza o ignorancia.

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