/ sábado 19 de diciembre de 2020

Ser "parejos y parejas" en tiempos de confinamiento por pandemia

Ramón Solís dirige el Centro de Estudios en Psicología y Pedagogía AC; ahora nos aporta su opinión acerca de un tema que se presenta en esta emergencia sanitaria y que ha escuchado con frecuencia en su actividad como psicoanalista y consultor

Seguramente en algún momento de las peripecias del decir y el andar, hemos escuchado la premisa de Sócrates, aquel inventor de la esgrima argumentativa construida con los razonamientos del saber derivado de la reflexiva profundidad llamada “episteme” (conocimiento en griego) “Conócete a ti mismo”.

Si por azar o desazón, alguien se lo ha preguntado de verdad, y ha emprendido el camino implicado en ello, habrá vivido el tremendo vericueto y sentido lo patidifuso de esa empresa. Lo sorprendente está en la invisible manera de encontrarnos, sin saberlo, en esa sorprendente oportunidad de respondernos la sedimentada interrogante “¿quién soy?”

Se percibe un sendero que nos lleva a conocernos en nuestra interioridad y las implicaciones de la identidad que se forja en nuestro hacer, es como una aventura de construirnos en el “Ser en Pareja”.

Para abrir una ventana al entendimiento de la vida de pareja, hagamos visible una obviedad: La forma de desenvolvernos y proceder de cada persona es una condición propia que se vuelve natural y especifica. Verbigracia: Levantarse temprano; disponer y organizar las cosas; comprometerse con el trabajo; fumar; socializar con los iguales; mostrar alegría y poner buena cara en tiempos adversos, aislarse; convivir, o bien realizar los opuestos en cualquiera de dichas acciones. Es a los ojos propios una condición de lo más natural. Sin embargo, esas cualidades colocadas en la construcción de “Ser-pareja”, pueden transformarse de “cómodas y naturales” en “incómodas e insoportables”.

De esta manera podríamos decir que hay dos dimensiones que coexisten en nosotros mismos todo el tiempo: Por un lado, está una “Yo-mismidad”, y por otro, un “Yo-pareja”. El reto está en la capacidad de aprendizaje y la toma de consciencia de esa condición e identidad nacida en esa “interacción”, gracias a la cual nos damos cuenta de quiénes somos verdaderamente en función de esos pliegues, condiciones, e imágenes que se construyen en la dimensión de ese “Yo-pareja”.

Esta idea tan simple, ha sido referida de maneras muy diversas: Un escritor francés, Michel Tournier, en su novela “Viernes o los limbos del Pacífico”, escribe: “El prójimo es para nosotros un poderoso distractor no sólo porque nos perturba sin cesar y nos arranca de nuestros pensamientos, sino además porque la sola posibilidad de su aparición proyecta una imprecisa claridad sobre un universo de objetos que se hallan situados al margen de nuestra atención, pero que en cualquier momento, podrían pasar a convertirse en su centro”.

Parafraseándolo diríamos, «El prójimo, ese hombre o esa mujer, pareja nuestra, es un poderos “edificador” de nuestra identidad» a veces para bien, otras veces como promotor del cambio de nuestras débiles certezas.

Ante la pregunta básica ¿y qué es una pareja?, un apreciable maestro y psicoanalista, Félix Velasco Alva, escribía en 2003: “Una pareja es un sistema altamente inestable” (en "Conflictos de parejas, parejas en conflictos"). Dicho desde mi sentir se trata de dos seres forjados en universos diversos que se reúnen con el ilusorio sueño de ser uno en el otro, y simultáneamente, forjar un sentido de autonomía en la mismidad.

Ser pareja es la aventura más portentosa; el sinuoso camino de mayor riesgo en el ascenso de la cara más resbaladiza de una montaña; así como la oportunidad de encontrarnos con las oscuridades y luminosidad desconocida, hallada en las fragmentadas reliquias de nuestros orígenes.

Adicionalmente a estas riesgosas pendientes, cortantes salientes de reducidos entornos y profundos abismos, está la gran oportunidad de transformarnos en la mejor versión de nosotros mismos; de descubrir gracias a esa condición y mágica dimensión del “Yo-pareja”, los aspectos invisibles que permiten conocer nuestra anatomía emocional, la fisiología de las debilidades internas de las que huimos sin cesar.

A esa gran aventura que implica aprender a ser pareja, se añaden las pruebas que derivan de estos meses de confinamiento que, en algunas personas han transformado las texturas y luminosidades multicolor de la vida de pareja en una lente monocromática que convierte lo espontáneo en monotonía. Y en especial desde este 19 de diciembre que volvemos a “semáforo rojo”, tenemos la oportunidad de poner a prueba nuestra longanimidad, esa capacidad de ser nobles y magnánimos a lo largo de una prolongación en el tiempo, donde pese a la oscuridad que se cierne se tiene la certeza de una esperanza que ilumina desde dentro.

¿Cómo lograr este sinuoso camino? Reconociendo que somos falibles, lo que implica que no hay nada perfecto, que lo ideal es una guía no una imposición a seguir; que la humildad puede ser una virtud que contraviene la impulsividad; que la rigidez quebranta y debilita la disposición y colaboración; que la integridad y el amor empodera dando coherencia y sentido de una oportunidad multiplicadora en esa dimensión del "Yo-pareja" que advierta que en estos tiempos de aislamiento un cálido abrazo, un gesto afable, una sonrisa y la disposición de agradecer y reconocer, facilitan esa cercanía con la cual podemos renovarnos día a día y alimentar una espiritualidad que sea de carácter permanente.

Seguramente en algún momento de las peripecias del decir y el andar, hemos escuchado la premisa de Sócrates, aquel inventor de la esgrima argumentativa construida con los razonamientos del saber derivado de la reflexiva profundidad llamada “episteme” (conocimiento en griego) “Conócete a ti mismo”.

Si por azar o desazón, alguien se lo ha preguntado de verdad, y ha emprendido el camino implicado en ello, habrá vivido el tremendo vericueto y sentido lo patidifuso de esa empresa. Lo sorprendente está en la invisible manera de encontrarnos, sin saberlo, en esa sorprendente oportunidad de respondernos la sedimentada interrogante “¿quién soy?”

Se percibe un sendero que nos lleva a conocernos en nuestra interioridad y las implicaciones de la identidad que se forja en nuestro hacer, es como una aventura de construirnos en el “Ser en Pareja”.

Para abrir una ventana al entendimiento de la vida de pareja, hagamos visible una obviedad: La forma de desenvolvernos y proceder de cada persona es una condición propia que se vuelve natural y especifica. Verbigracia: Levantarse temprano; disponer y organizar las cosas; comprometerse con el trabajo; fumar; socializar con los iguales; mostrar alegría y poner buena cara en tiempos adversos, aislarse; convivir, o bien realizar los opuestos en cualquiera de dichas acciones. Es a los ojos propios una condición de lo más natural. Sin embargo, esas cualidades colocadas en la construcción de “Ser-pareja”, pueden transformarse de “cómodas y naturales” en “incómodas e insoportables”.

De esta manera podríamos decir que hay dos dimensiones que coexisten en nosotros mismos todo el tiempo: Por un lado, está una “Yo-mismidad”, y por otro, un “Yo-pareja”. El reto está en la capacidad de aprendizaje y la toma de consciencia de esa condición e identidad nacida en esa “interacción”, gracias a la cual nos damos cuenta de quiénes somos verdaderamente en función de esos pliegues, condiciones, e imágenes que se construyen en la dimensión de ese “Yo-pareja”.

Esta idea tan simple, ha sido referida de maneras muy diversas: Un escritor francés, Michel Tournier, en su novela “Viernes o los limbos del Pacífico”, escribe: “El prójimo es para nosotros un poderoso distractor no sólo porque nos perturba sin cesar y nos arranca de nuestros pensamientos, sino además porque la sola posibilidad de su aparición proyecta una imprecisa claridad sobre un universo de objetos que se hallan situados al margen de nuestra atención, pero que en cualquier momento, podrían pasar a convertirse en su centro”.

Parafraseándolo diríamos, «El prójimo, ese hombre o esa mujer, pareja nuestra, es un poderos “edificador” de nuestra identidad» a veces para bien, otras veces como promotor del cambio de nuestras débiles certezas.

Ante la pregunta básica ¿y qué es una pareja?, un apreciable maestro y psicoanalista, Félix Velasco Alva, escribía en 2003: “Una pareja es un sistema altamente inestable” (en "Conflictos de parejas, parejas en conflictos"). Dicho desde mi sentir se trata de dos seres forjados en universos diversos que se reúnen con el ilusorio sueño de ser uno en el otro, y simultáneamente, forjar un sentido de autonomía en la mismidad.

Ser pareja es la aventura más portentosa; el sinuoso camino de mayor riesgo en el ascenso de la cara más resbaladiza de una montaña; así como la oportunidad de encontrarnos con las oscuridades y luminosidad desconocida, hallada en las fragmentadas reliquias de nuestros orígenes.

Adicionalmente a estas riesgosas pendientes, cortantes salientes de reducidos entornos y profundos abismos, está la gran oportunidad de transformarnos en la mejor versión de nosotros mismos; de descubrir gracias a esa condición y mágica dimensión del “Yo-pareja”, los aspectos invisibles que permiten conocer nuestra anatomía emocional, la fisiología de las debilidades internas de las que huimos sin cesar.

A esa gran aventura que implica aprender a ser pareja, se añaden las pruebas que derivan de estos meses de confinamiento que, en algunas personas han transformado las texturas y luminosidades multicolor de la vida de pareja en una lente monocromática que convierte lo espontáneo en monotonía. Y en especial desde este 19 de diciembre que volvemos a “semáforo rojo”, tenemos la oportunidad de poner a prueba nuestra longanimidad, esa capacidad de ser nobles y magnánimos a lo largo de una prolongación en el tiempo, donde pese a la oscuridad que se cierne se tiene la certeza de una esperanza que ilumina desde dentro.

¿Cómo lograr este sinuoso camino? Reconociendo que somos falibles, lo que implica que no hay nada perfecto, que lo ideal es una guía no una imposición a seguir; que la humildad puede ser una virtud que contraviene la impulsividad; que la rigidez quebranta y debilita la disposición y colaboración; que la integridad y el amor empodera dando coherencia y sentido de una oportunidad multiplicadora en esa dimensión del "Yo-pareja" que advierta que en estos tiempos de aislamiento un cálido abrazo, un gesto afable, una sonrisa y la disposición de agradecer y reconocer, facilitan esa cercanía con la cual podemos renovarnos día a día y alimentar una espiritualidad que sea de carácter permanente.

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