/ domingo 11 de julio de 2021

Se derrumbó la vida de Enrique Bonilla tras el accidente de Línea 12 del Metro

Sobrevivió, pero la pesadilla aún no acaba; ahora enfrenta batalla legal con el gobierno

La noche del 3 de mayo del 2021, entre el crujir de los metales y los gritos desesperados de la gente, Enrique Bonilla, a minutos de llegar a su casa, quedó desconcertado tras el desplome de una de las ballenas que sostenía una parte elevada de la línea 12 del Metro sobre avenida Tláhuac, no sabe si volvió a nacer, ya que ha perdido todo desde aquél día.

La siguiente estación, Los Olivos, sería su destino, apenas recuerda que se levantó para dirigirse hacia la puerta, “me sujeté de los tubos para bajar, cuando sucedió el accidente. Todo se puso oscuro, se fue la luz y con el golpe quede entre los tubos y el asiento”, contó Enrique a LA PRENSA.

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Él sería uno de los rescatados de entre el concreto, metales, vidrios y los 23 cadáveres reportados de forma preliminar. “A los 10 15 minutos nos ayudaron a bajar, las personas rompieron vidrios, y pude bajar por la ventana y una escalera que pusieron por ahí, posteriormente me colocaron en la banqueta y ya todo con los nervios, la gente se acercaba a decirme que me calmara cuando realmente estaba el problema en ese momento”, dijo Bonilla.

La Línea Dorada era parte de sus trayectos cotidianos, ese día regresaba de su jornada laboral y abordó el tren en la estación Ermita, su trabajo en el sector de la construcción y acabados le orillaba usar ese medio de transporte para llevar el sustento a su casa, mismo que la noche del 3 de mayo, le arrebató esa posibilidad.

Alrededor de seis paramédicos revisaron al hombre de 57 años de edad en el lugar, “pero nadie me quiso llevar a ningún hospital, tenían la prioridad los que estaban mucho más heridos”, situación que comprendía, pero los males le aquejaban con el paso de los minutos.

Mediante una llamada, informó a sus familiares del accidente y de inmediato se trasladaron a avenida Tláhuac, donde lo encontraron con crisis nerviosa y algunas dolencias en el cuerpo, ahí mismo insistieron en su traslado a algún nosocomio, pero le fue negada la posibilidad.

VIVIENDO AL DÍA

El colapso del metro le cambiaría la vida por completo, “a los dos tres días tenía un golpe en la cabeza, en la frente y los dolores del cuello, la pierna, espalda y moralmente, no quería saber de nada”, narró.

Al acudir por sus propios medios al hospital, le dijeron que no había lugares disponibles, “me regresé a mi casa con estos malestares, hasta que posteriormente los abogados y la asociación ELIGE, me localizaron para brindarme ayuda, solamente así pude atender con estos malestares y también psicológicamente”.

Antes del accidente se describe como un hombre “muy alegre, siempre andaba sonriendo haciendo bromas de la vida a todo mundo, me conocían muy bromista”, dedicado al trabajo, sin vicios y dedicado a su familia, especialmente su padre, quien depende totalmente de él.

La preocupación de pagar la renta y cubrir sus necesidades básicas, se le suma a las noches de insomnio y los días de incertidumbre que le ha dejado el accidente, mi papá es grande, depende de mí y son gastos que hasta ahorita no hemos podido avanzar y salir adelante y del gobierno me ofrecieron una cantidad hasta que acudí con los abogados y me empezaron a ayudar”.

Los gastos básicos de Enrique Bonilla ascienden a siete mil pesos mensuales, ahora depende de la ayuda de amigos, vecinos, familiares y de la Asociación Civil ELIGE, quienes lo apoyan para su día a día, mientras se resuelve el tema legal, que le dé mayor claridad a su vida.

Lo que antes era un acto normal como el salir a la calle, ya que desde los 12 había trabajado, se ha vuelto el mayor de sus esfuerzos, “yo no quiero andar en la calle, no quiero voltear hacia dónde está el metro, ya no pasó por ahí, cuando ando en la calle lo único que pienso es si podré regresar, le pido a Dios que no vuelva a pasar lo que pasó”.

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Los recuerdos son una constante para Bonilla, “vienen a mi mente los cuadros que yo viví, las personas que iban saliendo en ese momento muy dañadas por sus propios pies y todo eso, para que se borre de la mente, no sé en cuánto tiempo pueda ser”, compartió.

Enrique, como las otras víctimas del desplome, han comenzado una batalla legal que a veces sienten que pierden ante el gobierno, se sienten abandonados, vulnerables y desprotegidos y aunque él busca un empleo que le permita ir trascendiendo poco a poco las secuelas con las que quedó, anhela que llegue la justicia que, por error de unos cuantos, cambió o terminó con la vida de más de un centenar de personas.

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La noche del 3 de mayo del 2021, entre el crujir de los metales y los gritos desesperados de la gente, Enrique Bonilla, a minutos de llegar a su casa, quedó desconcertado tras el desplome de una de las ballenas que sostenía una parte elevada de la línea 12 del Metro sobre avenida Tláhuac, no sabe si volvió a nacer, ya que ha perdido todo desde aquél día.

La siguiente estación, Los Olivos, sería su destino, apenas recuerda que se levantó para dirigirse hacia la puerta, “me sujeté de los tubos para bajar, cuando sucedió el accidente. Todo se puso oscuro, se fue la luz y con el golpe quede entre los tubos y el asiento”, contó Enrique a LA PRENSA.

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Él sería uno de los rescatados de entre el concreto, metales, vidrios y los 23 cadáveres reportados de forma preliminar. “A los 10 15 minutos nos ayudaron a bajar, las personas rompieron vidrios, y pude bajar por la ventana y una escalera que pusieron por ahí, posteriormente me colocaron en la banqueta y ya todo con los nervios, la gente se acercaba a decirme que me calmara cuando realmente estaba el problema en ese momento”, dijo Bonilla.

La Línea Dorada era parte de sus trayectos cotidianos, ese día regresaba de su jornada laboral y abordó el tren en la estación Ermita, su trabajo en el sector de la construcción y acabados le orillaba usar ese medio de transporte para llevar el sustento a su casa, mismo que la noche del 3 de mayo, le arrebató esa posibilidad.

Alrededor de seis paramédicos revisaron al hombre de 57 años de edad en el lugar, “pero nadie me quiso llevar a ningún hospital, tenían la prioridad los que estaban mucho más heridos”, situación que comprendía, pero los males le aquejaban con el paso de los minutos.

Mediante una llamada, informó a sus familiares del accidente y de inmediato se trasladaron a avenida Tláhuac, donde lo encontraron con crisis nerviosa y algunas dolencias en el cuerpo, ahí mismo insistieron en su traslado a algún nosocomio, pero le fue negada la posibilidad.

VIVIENDO AL DÍA

El colapso del metro le cambiaría la vida por completo, “a los dos tres días tenía un golpe en la cabeza, en la frente y los dolores del cuello, la pierna, espalda y moralmente, no quería saber de nada”, narró.

Al acudir por sus propios medios al hospital, le dijeron que no había lugares disponibles, “me regresé a mi casa con estos malestares, hasta que posteriormente los abogados y la asociación ELIGE, me localizaron para brindarme ayuda, solamente así pude atender con estos malestares y también psicológicamente”.

Antes del accidente se describe como un hombre “muy alegre, siempre andaba sonriendo haciendo bromas de la vida a todo mundo, me conocían muy bromista”, dedicado al trabajo, sin vicios y dedicado a su familia, especialmente su padre, quien depende totalmente de él.

La preocupación de pagar la renta y cubrir sus necesidades básicas, se le suma a las noches de insomnio y los días de incertidumbre que le ha dejado el accidente, mi papá es grande, depende de mí y son gastos que hasta ahorita no hemos podido avanzar y salir adelante y del gobierno me ofrecieron una cantidad hasta que acudí con los abogados y me empezaron a ayudar”.

Los gastos básicos de Enrique Bonilla ascienden a siete mil pesos mensuales, ahora depende de la ayuda de amigos, vecinos, familiares y de la Asociación Civil ELIGE, quienes lo apoyan para su día a día, mientras se resuelve el tema legal, que le dé mayor claridad a su vida.

Lo que antes era un acto normal como el salir a la calle, ya que desde los 12 había trabajado, se ha vuelto el mayor de sus esfuerzos, “yo no quiero andar en la calle, no quiero voltear hacia dónde está el metro, ya no pasó por ahí, cuando ando en la calle lo único que pienso es si podré regresar, le pido a Dios que no vuelva a pasar lo que pasó”.

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Los recuerdos son una constante para Bonilla, “vienen a mi mente los cuadros que yo viví, las personas que iban saliendo en ese momento muy dañadas por sus propios pies y todo eso, para que se borre de la mente, no sé en cuánto tiempo pueda ser”, compartió.

Enrique, como las otras víctimas del desplome, han comenzado una batalla legal que a veces sienten que pierden ante el gobierno, se sienten abandonados, vulnerables y desprotegidos y aunque él busca un empleo que le permita ir trascendiendo poco a poco las secuelas con las que quedó, anhela que llegue la justicia que, por error de unos cuantos, cambió o terminó con la vida de más de un centenar de personas.

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