/ miércoles 28 de julio de 2021

Francisco participó en la construcción de la L12, sobrevivió al derrumbe y su vida no tiene sentido

A sus 40 años de edad y con tres hijos, Medrano solo piensa en el suicidio, nunca se imaginó que ese tres de mayo, sería su último día de trabajo como cotidianamente lo hacía

Para Francisco Javier Medrano, fue grande la desilusión de haber formado parte de los inicios de la construcción de la Línea 12 y casi 10 años después, ser parte de las víctimas del derrumbe de una de las ballenas que sostenía la parte levada del Metro sobre avenida Tláhuac, la noche del tres de mayo.

Afortunadamente Francisco no requirió traslado de urgencia a un hospital tras el accidente, a pesar de los golpes ocasionados al caer el convoy, siendo rescatado por otras personas mediante una de las ventanillas, desde ese día, la vida de Francisco, se apaga sin que el mismo lo quiera, debido a las secuelas que le dejó el impacto.

LEE TAMBIÉN: Donarán 100 bicis a personas afectadas por desplome de la Línea 12 en Tláhuac

A sus 40 años de edad y con tres hijos, Medrano solo piensa en el suicidio, nunca se imaginó que ese tres de mayo, sería su último día de trabajo como cotidianamente lo hacía, las lagunas mentales, los cambios de humor, a raíz del insomnio y la depresión, provocaron la falta de empleo y con ello, una serie de deudas que le quitan la paz a él y a los suyos.

De la tragedia dice, lo recuerda todo cuando después de trabajar abordó la Línea Dorada en avenida 11, “eran 10: 22 de la noche cuando empezaron a parpadear las pantallitas del Metro y fue cuando inmediatamente sentí un jalón y nos venimos abajo, posteriormente de ahí nos sacan unas personas que estaban cerca, rompieron una ventana. Yo traía mi herramienta, quedé colgando agarrado de un tubo y mi mochila se atoró”.

Al quedar fuera del tren, los paramédicos lo atendieron, “no me trasladaron a ningún hospital, me subieron a una ambulancia y me dijeron que yo estaba bien, que mis signos vitales estaban bien, preguntaron si había perdido el conocimiento, les dije que no, y me dijeron que me podía ir”, contó Medrano a LA PRENSA.

Al buscar el apoyo de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAVI), de la Ciudad de México, Francisco recibió los primeros apoyos y, aunque fue enviado a un hospital privado, solo se limitaron a tomar los signos vitales, “me dijeron que estaba bien, una señorita de una aseguradora me dijo que yo estaba bien, me contactó con un licenciado que se llama Ernesto Alvarado, que en ese momento se portó buena onda y me ayudó, me dijo que me depositaba una cantidad para que me dijera a Luis Moya para comenzar a valorarme y me apoyaron en las mesas de apoyo”.

Javier, relata que acudió con varios médicos con los que lo apoyaron en la CEAVI y que, sin tuviera un diagnostico con las secuelas mentales y emocionales que la tragedia le había dejado, le dieron una cantidad que él, en ese momento, convino necesaria para salir del paso con los gatos de renta y otros servicios.

“Yo lo acepté porque dije, está bien, me pongo a trabajar y con esto es suficiente no quería sacar provecho de la situación”, comentó, pero nunca sospechó que su capacidad de trabajar se vería anulada por la falta de memoria y los disturbios por el insomnio.

También lo enviaron al Centro de Rehabilitación Infantil Teletón (CRIT), donde una doctora “me dijo no señor, usted está mal, no puede laborar ahorita. Y le expliqué que a mí se me va la onda, que mi esposa me mandaba a un lado y llegué hasta San Pablo en el Centro y no tenía nada que hacer por allá”.

Relata que el licenciado Ernesto Alvarado, por parte de la CEAVI, quien en un principio fue accesible, después lo abandonó a su suerte, “me dijo que era un mentiroso o porque yo me sentía mal y que no era cierto, y que para él que estaba bien, porque yo manejaba una moto y podía salir de mi casa”.

“Llevo casi dos meses sin dormir, no tengo apetito, una cuestión económica peor, porque lo que me dieron no me alcanzó para nada. Hay falta de apoyo, al principio no era así, al principio yo los vi muy atentos, pero ya ahorita, empezaron a deslindarse”, dijo.

Piensa que, quizá, se “enojaron porque me ofrecieron lo del Instituto Nacional de Vivienda (INVI), quieren que me eché un compromiso de 20 o 30 años y yo ni siquiera estoy trabajando, de dónde lo voy a pagar, me ofrecieron una casa dónde la voy a pagar”.

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También comentó que se sintió engañado cuando se les comentó sobre un empleo en el gobierno para los afectados de la L12 y sólo les acercaron a algunas empresas que en ese momento, abrieron contrataciones, por lo que no se vio cumplida la promesa.

Javier trabajó del 2011 al 2012 para ICA como auxiliar de maquinaria, una de las constructoras participantes en la Línea Dorada, ahí se decían muchas cosas, “sabíamos qué había muchas deficiencias, si una trabe llevaba 54 varillas, tal vez le ponían 40 para reducir costos, sabíamos, pero no me consta. El avance no era el indicado, entonces eso generaba que, con lo que tuvieras había que avanzar”.

Jamás pensó que aquella Línea, que no pensaba usar para llegar a su domicilio ubicado en Chalco, en la que participó al inicio de su creación y en la que no murió durante el accidente, hoy le arrebataría la vida día a día, por falta de apoyo.

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Para Francisco Javier Medrano, fue grande la desilusión de haber formado parte de los inicios de la construcción de la Línea 12 y casi 10 años después, ser parte de las víctimas del derrumbe de una de las ballenas que sostenía la parte levada del Metro sobre avenida Tláhuac, la noche del tres de mayo.

Afortunadamente Francisco no requirió traslado de urgencia a un hospital tras el accidente, a pesar de los golpes ocasionados al caer el convoy, siendo rescatado por otras personas mediante una de las ventanillas, desde ese día, la vida de Francisco, se apaga sin que el mismo lo quiera, debido a las secuelas que le dejó el impacto.

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A sus 40 años de edad y con tres hijos, Medrano solo piensa en el suicidio, nunca se imaginó que ese tres de mayo, sería su último día de trabajo como cotidianamente lo hacía, las lagunas mentales, los cambios de humor, a raíz del insomnio y la depresión, provocaron la falta de empleo y con ello, una serie de deudas que le quitan la paz a él y a los suyos.

De la tragedia dice, lo recuerda todo cuando después de trabajar abordó la Línea Dorada en avenida 11, “eran 10: 22 de la noche cuando empezaron a parpadear las pantallitas del Metro y fue cuando inmediatamente sentí un jalón y nos venimos abajo, posteriormente de ahí nos sacan unas personas que estaban cerca, rompieron una ventana. Yo traía mi herramienta, quedé colgando agarrado de un tubo y mi mochila se atoró”.

Al quedar fuera del tren, los paramédicos lo atendieron, “no me trasladaron a ningún hospital, me subieron a una ambulancia y me dijeron que yo estaba bien, que mis signos vitales estaban bien, preguntaron si había perdido el conocimiento, les dije que no, y me dijeron que me podía ir”, contó Medrano a LA PRENSA.

Al buscar el apoyo de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAVI), de la Ciudad de México, Francisco recibió los primeros apoyos y, aunque fue enviado a un hospital privado, solo se limitaron a tomar los signos vitales, “me dijeron que estaba bien, una señorita de una aseguradora me dijo que yo estaba bien, me contactó con un licenciado que se llama Ernesto Alvarado, que en ese momento se portó buena onda y me ayudó, me dijo que me depositaba una cantidad para que me dijera a Luis Moya para comenzar a valorarme y me apoyaron en las mesas de apoyo”.

Javier, relata que acudió con varios médicos con los que lo apoyaron en la CEAVI y que, sin tuviera un diagnostico con las secuelas mentales y emocionales que la tragedia le había dejado, le dieron una cantidad que él, en ese momento, convino necesaria para salir del paso con los gatos de renta y otros servicios.

“Yo lo acepté porque dije, está bien, me pongo a trabajar y con esto es suficiente no quería sacar provecho de la situación”, comentó, pero nunca sospechó que su capacidad de trabajar se vería anulada por la falta de memoria y los disturbios por el insomnio.

También lo enviaron al Centro de Rehabilitación Infantil Teletón (CRIT), donde una doctora “me dijo no señor, usted está mal, no puede laborar ahorita. Y le expliqué que a mí se me va la onda, que mi esposa me mandaba a un lado y llegué hasta San Pablo en el Centro y no tenía nada que hacer por allá”.

Relata que el licenciado Ernesto Alvarado, por parte de la CEAVI, quien en un principio fue accesible, después lo abandonó a su suerte, “me dijo que era un mentiroso o porque yo me sentía mal y que no era cierto, y que para él que estaba bien, porque yo manejaba una moto y podía salir de mi casa”.

“Llevo casi dos meses sin dormir, no tengo apetito, una cuestión económica peor, porque lo que me dieron no me alcanzó para nada. Hay falta de apoyo, al principio no era así, al principio yo los vi muy atentos, pero ya ahorita, empezaron a deslindarse”, dijo.

Piensa que, quizá, se “enojaron porque me ofrecieron lo del Instituto Nacional de Vivienda (INVI), quieren que me eché un compromiso de 20 o 30 años y yo ni siquiera estoy trabajando, de dónde lo voy a pagar, me ofrecieron una casa dónde la voy a pagar”.

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También comentó que se sintió engañado cuando se les comentó sobre un empleo en el gobierno para los afectados de la L12 y sólo les acercaron a algunas empresas que en ese momento, abrieron contrataciones, por lo que no se vio cumplida la promesa.

Javier trabajó del 2011 al 2012 para ICA como auxiliar de maquinaria, una de las constructoras participantes en la Línea Dorada, ahí se decían muchas cosas, “sabíamos qué había muchas deficiencias, si una trabe llevaba 54 varillas, tal vez le ponían 40 para reducir costos, sabíamos, pero no me consta. El avance no era el indicado, entonces eso generaba que, con lo que tuvieras había que avanzar”.

Jamás pensó que aquella Línea, que no pensaba usar para llegar a su domicilio ubicado en Chalco, en la que participó al inicio de su creación y en la que no murió durante el accidente, hoy le arrebataría la vida día a día, por falta de apoyo.

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