/ lunes 7 de octubre de 2019

Adorables criaturas en el Metro de la CDMX

Crónicas en El Metro

Son como la sal de la vida en la familia. Para muchos son el ingrediente fundamental en un hogar que se precie de serlo, aunque por fortuna cada vez se escucha menos aquello de: Voy a tener los hijos que Dios me mande. Más bien, en los años recientes la producción –cuando menos en las ciudades-- ha bajado considerablemente ¡Las niñas y los niños! Sí, esas hermosas e inquietas criaturas que también se suben al Metro en cantidades extraordinarias. Casi todos los días me topo con ellos y ellas de diferentes edades y para regocijo mío –ajá— tengo la suerte de disfrutarlos muy cerquita continuamente.

Un día, con el vagón hasta el tope, estaba una señora sentada con su hijo de alrededor de dos años y el lindo niño balanceaba juguetonamente sus pies y embarraba la suela de sus zapatos en mi pantalón y ni para dónde moverme. La dama me miraba y sonreía como diciendo: perdónelo, es un niño, no sabe lo que hace. Pero nunca lo controló. En otra ocasión, iba parado junto a un muchachito de unos 8 ó 9 años.

Se veía pálido y con una cara de no me siento bien. Le advertí a su mamá. Sí, muchas gracias, nos bajamos en dos estaciones más; es que no desayunó, contestó. No pasaron ni 60 segundos cuando el chamaco devolvió quizá no lo que no desayunó, sino tal vez la cena de anoche convertida en un color amarillo americanista.

Pura bilis. Mis zapatos y mi pantalón la llevaron. Mi pragmatismo hizo preocuparme más por los costos de la boleada y la tintorería que por el apeste del vomito. En otro de mis recorridos, subí en Insurgentes Sur, de la Línea 12, me coloqué a un lado de la puerta contraria a la salida. En el asiento lateral venía un tipo jugando con su hija encima de sus piernas, una niña como de 7 años, ya no tan chiquita, digo yo.

El juego era algo así como: on toy, aquí toy, porque el hombre se tapaba y se descubría la cara con las manos. La chiquilla y su padre soltaban tremendas carcajadas –nada agradables, por cierto-- y ella se retorcía como si le estuvieran haciendo cosquillas. Descansé –y descansaron los vecinos ocasionales-- cuando la pareja se bajó en Eje Central.

En la Línea Dos, en otra ocasión, subí en Portales, me coloqué parado frente a una señora y su bebé sentados. De pronto me llegó un olor desagradable. La dama también lo percibió porque tranquilamente sacó un pañal de su bolsa y comenzó a cambiar al pequeño. Inmutable y con gran destreza, le quitó el pañal sucio, lo dobló, lo metió en una bolsa de plástico que traía –preparada para toda contingencia, pues—y le puso el pañal nuevo.

Fueron segundos de espectáculo, que su público alrededor, yo en él, vimos con azoro, aunque no sé qué habrá comido el chamaquito porque mi nariz siguió percibiendo su pestilencia incluso después de bajarme en el Zócalo. El colmo fue una vez que me subí en Candelaria, llevaba un traje que ese día había estrenado – Cuarenta por ciento de descuento en Kurian, con regalo de camisa y corbata--. Venían cinco escuincles y escuinclas de entre 5 y 7 años con sus mamás. Todos venían comiendo algo, la mayoría golosinas. No sé cómo, pero quedé en medio de ese grupito.

No paraban de hablar, de reír, de empujarse entre ellos, de juguetear cerca de mí, hasta que encontré un espacio disponible más alejado de ellos. Bajé de la Línea Uno, transbordé a la Línea Tres, un recorrido largo hasta la oficina donde debía llegar – yo muy presuntuoso con mi traje nuevo-- y entrando me dijo la secretaria: perdone, trae pegados en la parte de atrás de su saco un chicle y una paleta.

Me lo quité de inmediato y observé que traía literalmente colgada la paleta de la orilla trasera del saco y se balanceaba con mis movimientos como badajo de campana ¡Pinches escuincles! Fue lo menos que pensé.

Texto Cortesía: Ricardo Burgos Orozco

Son como la sal de la vida en la familia. Para muchos son el ingrediente fundamental en un hogar que se precie de serlo, aunque por fortuna cada vez se escucha menos aquello de: Voy a tener los hijos que Dios me mande. Más bien, en los años recientes la producción –cuando menos en las ciudades-- ha bajado considerablemente ¡Las niñas y los niños! Sí, esas hermosas e inquietas criaturas que también se suben al Metro en cantidades extraordinarias. Casi todos los días me topo con ellos y ellas de diferentes edades y para regocijo mío –ajá— tengo la suerte de disfrutarlos muy cerquita continuamente.

Un día, con el vagón hasta el tope, estaba una señora sentada con su hijo de alrededor de dos años y el lindo niño balanceaba juguetonamente sus pies y embarraba la suela de sus zapatos en mi pantalón y ni para dónde moverme. La dama me miraba y sonreía como diciendo: perdónelo, es un niño, no sabe lo que hace. Pero nunca lo controló. En otra ocasión, iba parado junto a un muchachito de unos 8 ó 9 años.

Se veía pálido y con una cara de no me siento bien. Le advertí a su mamá. Sí, muchas gracias, nos bajamos en dos estaciones más; es que no desayunó, contestó. No pasaron ni 60 segundos cuando el chamaco devolvió quizá no lo que no desayunó, sino tal vez la cena de anoche convertida en un color amarillo americanista.

Pura bilis. Mis zapatos y mi pantalón la llevaron. Mi pragmatismo hizo preocuparme más por los costos de la boleada y la tintorería que por el apeste del vomito. En otro de mis recorridos, subí en Insurgentes Sur, de la Línea 12, me coloqué a un lado de la puerta contraria a la salida. En el asiento lateral venía un tipo jugando con su hija encima de sus piernas, una niña como de 7 años, ya no tan chiquita, digo yo.

El juego era algo así como: on toy, aquí toy, porque el hombre se tapaba y se descubría la cara con las manos. La chiquilla y su padre soltaban tremendas carcajadas –nada agradables, por cierto-- y ella se retorcía como si le estuvieran haciendo cosquillas. Descansé –y descansaron los vecinos ocasionales-- cuando la pareja se bajó en Eje Central.

En la Línea Dos, en otra ocasión, subí en Portales, me coloqué parado frente a una señora y su bebé sentados. De pronto me llegó un olor desagradable. La dama también lo percibió porque tranquilamente sacó un pañal de su bolsa y comenzó a cambiar al pequeño. Inmutable y con gran destreza, le quitó el pañal sucio, lo dobló, lo metió en una bolsa de plástico que traía –preparada para toda contingencia, pues—y le puso el pañal nuevo.

Fueron segundos de espectáculo, que su público alrededor, yo en él, vimos con azoro, aunque no sé qué habrá comido el chamaquito porque mi nariz siguió percibiendo su pestilencia incluso después de bajarme en el Zócalo. El colmo fue una vez que me subí en Candelaria, llevaba un traje que ese día había estrenado – Cuarenta por ciento de descuento en Kurian, con regalo de camisa y corbata--. Venían cinco escuincles y escuinclas de entre 5 y 7 años con sus mamás. Todos venían comiendo algo, la mayoría golosinas. No sé cómo, pero quedé en medio de ese grupito.

No paraban de hablar, de reír, de empujarse entre ellos, de juguetear cerca de mí, hasta que encontré un espacio disponible más alejado de ellos. Bajé de la Línea Uno, transbordé a la Línea Tres, un recorrido largo hasta la oficina donde debía llegar – yo muy presuntuoso con mi traje nuevo-- y entrando me dijo la secretaria: perdone, trae pegados en la parte de atrás de su saco un chicle y una paleta.

Me lo quité de inmediato y observé que traía literalmente colgada la paleta de la orilla trasera del saco y se balanceaba con mis movimientos como badajo de campana ¡Pinches escuincles! Fue lo menos que pensé.

Texto Cortesía: Ricardo Burgos Orozco

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