/ miércoles 9 de diciembre de 2020

Caen ingresos, toca puertas el hambre

Familias indígenas están en peor condición, pues si les va bien, comen una vez al día

Ciudad de México.- El hambre está tocando la puerta de millones de capitalinos. No tienen nada nutritivo para llevarse a la boca, por la falta de ingresos ante la grave situación económica que generó la pandemia por el Covid-19.

Mientras el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador habló ante la ONU de manera virtual, el pasado 22 de septiembre, que pese a la crisis y la pandemia, no hay hambre en nuestro país.

Ese día, y todos los demás, cientos de familias indígenas pasaron hambre. Si bien les va, comen una vez al día, productos que no les nutren. Compran una bolsa de papas de las que venden en la calle a 10 pesos, chicharrones de colores, habas tostadas y varios kilos de tortillas para hacerse unos tacos y mitigar el apetito.

“No estamos bien alimentados, pero con eso se “engañan la tripa”, narró

Alejandra Chaparro, indígena otomí de Santiago Mexquititlán, municipio de Amealco, Querétaro, quien desde hace 25 años vive en la ciudad de México, en entrevista con LA PRENSA.

Frente a su puesto de artesanías en Paseo de la Reforma, -los dejaron vender por la exposición “los Mexicráneos 2020”-, platicó que en varias ocasiones, las familias no tienen ni para comprar frijoles o arroz… y se tienen que aguantar el hambre. Y se van a dormir a las seis de la tarde para engañar el hambre.

“Hay niños que no poseen nada que llevarse a la boca…y yo luego me quejo por comer puros frijoles. “Es un manjar comer frijoles cuando otros no tienen ni para eso”, subrayó.

“Si antes comíamos tres veces ahora sólo dos o una. No consumimos carne, porque no, nos alcanza. Nuestra despensa básica es la sopa de pasta, arroz, frijoles, chile y tortilla. No comemos pescado, a veces pollo y la carne cuando nos va bien, cada 15 o 20 días”, relató.

En el departamento de su familia, de aproximadamente 60 metros cuadrados, ubicado en la avenida Chapultepec, colonia Roma Norte, donde han llegado a vivir hasta 15 personas, Alejandra, señaló que como las familias indígenas tienen muchos hijos, menos les alcanza para comprar comida.

La estancia no es muy amplia. Cabe una sala y un comedor de buen tamaño. Frente a dos grandes envases de refresco y lleno de caja de materiales para elaborar sus artesanías, el 1.50 de estatura de Chaparro se eleva al mostrar las artesanías que elaboran a mano, todos los días.

Sergio Vázquez | La Prensa

En la pequeña cocina luce un trastero, la estufa con 4 quemadores con dos grandes ollas, no hay refrigerador, la joven Alejandra dijo que en la comunidad otomí hay familias de 10 o 12 o 15 personas, en un solo departamento. Y son precisamente esas grandes familias las que comen una vez al día, subrayó.

Sarcástica afirmó: nuestros platillos diarios son frijoles con nopales, arroz con huevo, sopa de pasta, de verduras “y párale de contar”. “No comemos fruta y pocas veces vegetales”.

En ocasiones añora la comida de fiesta de su pueblo, Santiago Mexquititlán: guajolote con mole y arroz… “pero aquí no lo podemos comer porque es un platillo muy caro, empezando con el guajolote y el mole.

Es muy grave situación económica que viven las comunidades nativas en la ciudad de México, porque llevan meses sin vender sus mercancías, “y todos vivimos de la economía informal de las ventas en las calles”, citó.

La joven de 33 años no tiene hijos, algo poco frecuente entre los indígenas a esa edad, pues dijo que no quiso repetir la misma historia de las mujeres de su comunidad que a los 14 o 16 años ya son madres. “Quiero tener un niño cuando tenga algo que ofrecerle”. Aunque su abuela le dice que ya está vieja.

Ante la falta de ingresos, pidió a las autoridades del gobierno de la ciudad de México que los deje vender. Por lo menos, para comprar frijoles y arroz para comer. “Pero si no, ni a eso llegamos”, destacó.

Alejandra, quien tiene estudios de bachillerato y es una de las pocas intérpretes certificadas del idioma otomí detalló que ellos no festejan a los niños en sus cumpleaños y muchos, ni siquiera saben su fecha de cumpleaños y en ocasiones ni su edad.

“Para nosotros el onomástico no es una fecha que se celebre año con año. Si no hay para comer, menos para hacer una fiesta o cumpleaños”.

Al principio de la pandemia, la administración local les dio un apoyo de 1500 pesos, una sola vez, entre febrero y marzo…de ahí para acá ya han tenido ningún apoyo.

“Desde que comenzó la pandemia, los de “las camionetas” no las han dejado vender, (entre abril y junio). “Les damos entre 20 y 50 pesos, cada vendedora de artesanías o dulces. Hace un mes los dejaron ponerse en la calle, pero las ventas están pésimas a veces sale sólo para darle al de camioneta y no tenemos ganancias”, relató.

Rogelio Tinoco | La Prensa

Dijo que antes de la pandemia, si llegaban a tener ventas de cerca de mil pesos, gran parte de éste lo utilizan para comprar la materia prima para elaborar las muñecas de trapo llamadas “Lele”, cuyo nombre en otomí significa bebé. Ahora que ya comenzaron a vender en las calles, no sacan ni 200 pesos, o sólo para darle al de la “camioneta”, para que no levante su puesto.

Cifras oficiales señalan que hay entre 8 y 10 millones de personas de origen indígena, de esos, 3 millones viven en la ciudad de México, un buen número de ellos, viven en 9 grandes asentamientos.

Además de una alimentación sana y nutritiva, los indígenas en México son sujeto de discriminación. Los más pequeños dejan de hablar su lengua materna en las escuelas, porque otros niños los ofenden y les dicen “pinches indios”, o los maestros los hacen a un lado. Y varios de ellos no comen para ir al colegio, al llegar tienen sueño y aprenden poco.

Alejandra, de más joven si se sintió discriminada, en la escuela primaria y se sentía poca cosa. “De lo que he aprendido, ahora puedo decir que todos somos iguales.

Más deserción escolar, más niños vendiendo en las calles

“El covid-19 no ha afectado gravemente en lo económico y educativo, se registra una grave deserción escolar, puesto que hay niños que no tienen computadora, tableta ni televisión, además, la mayoría de los padres no saben leer y no pueden enseñar a sus hijos.

Su petición es que se abran las escuelas para que los niños, no abandonen la escuela.

“Escucho que mis vecinos dicen: mejor ya no vayan a la escuela hasta el otro año; hay muchas palabras que salen en la televisión y los padres no las entienden y menos los ponen hacer otras cosas, algunas dicen que pierdan el curso, pero lo más grave es que ya no los van a mandar a la escuela”, menciona preocupada.

Mucha deserción y con ello el trabajo infantil. De los niños que están vendiendo en Reforma hay varios que tienen la primaria trunca y lo único que le queda es ponerse a trabajar. Vender dulces o artesanías, un apoyo para sus familias.

Chaparro citó que muchos de esos infantes dicen que comen mejor en la calle, y pueden gastar algo de lo que ganan, aunque la mayoría de las ganancias es para apoyar a sus padres.

Aclaró que las mamás se llevan a vender a sus hijos a la calle, debido a que, por seguridad, no los dejar solos en la casa, “y así está pendientes de ellos.

Las campañas a favor de los derechos de los indígenas se han quedado en el papel, comenta triste esta joven que fue imagen en el Metro, hace tres años, de una campaña para sobre las lenguas indígenas que se hablan en la Ciudad de México.

Sergio Vázquez | La Prensa

México es un país que siempre nos discrimina, por lo que llamó a todos los mexicanos a respetar las diferencias, “todos tenemos los mismos derechos”.

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Ciudad de México.- El hambre está tocando la puerta de millones de capitalinos. No tienen nada nutritivo para llevarse a la boca, por la falta de ingresos ante la grave situación económica que generó la pandemia por el Covid-19.

Mientras el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador habló ante la ONU de manera virtual, el pasado 22 de septiembre, que pese a la crisis y la pandemia, no hay hambre en nuestro país.

Ese día, y todos los demás, cientos de familias indígenas pasaron hambre. Si bien les va, comen una vez al día, productos que no les nutren. Compran una bolsa de papas de las que venden en la calle a 10 pesos, chicharrones de colores, habas tostadas y varios kilos de tortillas para hacerse unos tacos y mitigar el apetito.

“No estamos bien alimentados, pero con eso se “engañan la tripa”, narró

Alejandra Chaparro, indígena otomí de Santiago Mexquititlán, municipio de Amealco, Querétaro, quien desde hace 25 años vive en la ciudad de México, en entrevista con LA PRENSA.

Frente a su puesto de artesanías en Paseo de la Reforma, -los dejaron vender por la exposición “los Mexicráneos 2020”-, platicó que en varias ocasiones, las familias no tienen ni para comprar frijoles o arroz… y se tienen que aguantar el hambre. Y se van a dormir a las seis de la tarde para engañar el hambre.

“Hay niños que no poseen nada que llevarse a la boca…y yo luego me quejo por comer puros frijoles. “Es un manjar comer frijoles cuando otros no tienen ni para eso”, subrayó.

“Si antes comíamos tres veces ahora sólo dos o una. No consumimos carne, porque no, nos alcanza. Nuestra despensa básica es la sopa de pasta, arroz, frijoles, chile y tortilla. No comemos pescado, a veces pollo y la carne cuando nos va bien, cada 15 o 20 días”, relató.

En el departamento de su familia, de aproximadamente 60 metros cuadrados, ubicado en la avenida Chapultepec, colonia Roma Norte, donde han llegado a vivir hasta 15 personas, Alejandra, señaló que como las familias indígenas tienen muchos hijos, menos les alcanza para comprar comida.

La estancia no es muy amplia. Cabe una sala y un comedor de buen tamaño. Frente a dos grandes envases de refresco y lleno de caja de materiales para elaborar sus artesanías, el 1.50 de estatura de Chaparro se eleva al mostrar las artesanías que elaboran a mano, todos los días.

Sergio Vázquez | La Prensa

En la pequeña cocina luce un trastero, la estufa con 4 quemadores con dos grandes ollas, no hay refrigerador, la joven Alejandra dijo que en la comunidad otomí hay familias de 10 o 12 o 15 personas, en un solo departamento. Y son precisamente esas grandes familias las que comen una vez al día, subrayó.

Sarcástica afirmó: nuestros platillos diarios son frijoles con nopales, arroz con huevo, sopa de pasta, de verduras “y párale de contar”. “No comemos fruta y pocas veces vegetales”.

En ocasiones añora la comida de fiesta de su pueblo, Santiago Mexquititlán: guajolote con mole y arroz… “pero aquí no lo podemos comer porque es un platillo muy caro, empezando con el guajolote y el mole.

Es muy grave situación económica que viven las comunidades nativas en la ciudad de México, porque llevan meses sin vender sus mercancías, “y todos vivimos de la economía informal de las ventas en las calles”, citó.

La joven de 33 años no tiene hijos, algo poco frecuente entre los indígenas a esa edad, pues dijo que no quiso repetir la misma historia de las mujeres de su comunidad que a los 14 o 16 años ya son madres. “Quiero tener un niño cuando tenga algo que ofrecerle”. Aunque su abuela le dice que ya está vieja.

Ante la falta de ingresos, pidió a las autoridades del gobierno de la ciudad de México que los deje vender. Por lo menos, para comprar frijoles y arroz para comer. “Pero si no, ni a eso llegamos”, destacó.

Alejandra, quien tiene estudios de bachillerato y es una de las pocas intérpretes certificadas del idioma otomí detalló que ellos no festejan a los niños en sus cumpleaños y muchos, ni siquiera saben su fecha de cumpleaños y en ocasiones ni su edad.

“Para nosotros el onomástico no es una fecha que se celebre año con año. Si no hay para comer, menos para hacer una fiesta o cumpleaños”.

Al principio de la pandemia, la administración local les dio un apoyo de 1500 pesos, una sola vez, entre febrero y marzo…de ahí para acá ya han tenido ningún apoyo.

“Desde que comenzó la pandemia, los de “las camionetas” no las han dejado vender, (entre abril y junio). “Les damos entre 20 y 50 pesos, cada vendedora de artesanías o dulces. Hace un mes los dejaron ponerse en la calle, pero las ventas están pésimas a veces sale sólo para darle al de camioneta y no tenemos ganancias”, relató.

Rogelio Tinoco | La Prensa

Dijo que antes de la pandemia, si llegaban a tener ventas de cerca de mil pesos, gran parte de éste lo utilizan para comprar la materia prima para elaborar las muñecas de trapo llamadas “Lele”, cuyo nombre en otomí significa bebé. Ahora que ya comenzaron a vender en las calles, no sacan ni 200 pesos, o sólo para darle al de la “camioneta”, para que no levante su puesto.

Cifras oficiales señalan que hay entre 8 y 10 millones de personas de origen indígena, de esos, 3 millones viven en la ciudad de México, un buen número de ellos, viven en 9 grandes asentamientos.

Además de una alimentación sana y nutritiva, los indígenas en México son sujeto de discriminación. Los más pequeños dejan de hablar su lengua materna en las escuelas, porque otros niños los ofenden y les dicen “pinches indios”, o los maestros los hacen a un lado. Y varios de ellos no comen para ir al colegio, al llegar tienen sueño y aprenden poco.

Alejandra, de más joven si se sintió discriminada, en la escuela primaria y se sentía poca cosa. “De lo que he aprendido, ahora puedo decir que todos somos iguales.

Más deserción escolar, más niños vendiendo en las calles

“El covid-19 no ha afectado gravemente en lo económico y educativo, se registra una grave deserción escolar, puesto que hay niños que no tienen computadora, tableta ni televisión, además, la mayoría de los padres no saben leer y no pueden enseñar a sus hijos.

Su petición es que se abran las escuelas para que los niños, no abandonen la escuela.

“Escucho que mis vecinos dicen: mejor ya no vayan a la escuela hasta el otro año; hay muchas palabras que salen en la televisión y los padres no las entienden y menos los ponen hacer otras cosas, algunas dicen que pierdan el curso, pero lo más grave es que ya no los van a mandar a la escuela”, menciona preocupada.

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