Mixquic, la magia del Día de Muertos

Foto: Luis Manuel Acevedo

Mixquic, la magia del Día de Muertos

  • La Prensa
  • en Metropoli

Por Andrea Pérez y Sandra Lucía Moreno

El Día de Muertos en México, es una tradición de tiempos prehispánicos que con el paso de los años se ha ido modificando.

En la época prehispánica, nuestros antepasados esperaban a los muertos que salían del Mictlán (mundo de los muertos) y se paseaban un rato por el mundo de los vivos.

Las almas de nuestros ancestros nos visitan cada 1 y 2 de noviembre, salen de los panteones, y visitan sus hogares. La tradición tiene un gran valor sentimental para los mexicanos, pues son las fechas en las que los espíritus de nuestros difuntos nos hacen saber que aún nos acompañan.

Foto: Luis Manuel Acevedo

San Andrés Mixquic, es un pueblo que se encuentra en la alcaldía de Tláhuac y en esta época el color naranja invade las calles, las flores de cempasúchil y las ofrendas desbordan los campos santos.

Las familias del lugar son las encargadas de hacer toda esta fiesta de muertos, la celebración dura tres días y desde el 31 de octubre uno pude visitar la zona; ser testigo del esfuerzo y fervor que la gente de Mixquic les dedica a sus fieles difuntos. El 1 de noviembre, las campanas de la iglesia de San Andrés replican en punto de las 12 del día para darle la bienvenida a los pequeños angelitos que abandonaron este mundo terrenal.

El 2 de noviembre es la fecha más especial para Mixquic, pues es cuando la magia termina, los que se nos adelantaron en el camino tiene que regresar al Mictlán y hay que despedirlos.

La alumbrada es el evento en el que miles de velas se prenden en las ofrendas de las tumbas e iluminan el camino de los espíritus, para que lleguen con bien al más allá.

Foto: Andrea Pérez

De acuerdo con esta tradición, el principal objetivo es despedir a los muertos, la gente se queda toda la noche en el panteón, le rezan y dan las últimas ofrendas que el difunto disfrutaba en vida.

También se aseguran de que las velas nunca se apaguen, para que su familiar logre cruzar hacía el mundo de los muertos y no se quede como alma en pena.

Durante la velada, las luces de la calle no se prenden, ya que también esta tradición marca un respeto para quienes ya no están entre nosotros.

Habitantes del pueblo conviven, algunos cantan las canciones favoritas de sus difuntos, brindan en honor a sus familiares y recuerdan los momentos que vivieron con sus seres queridos.

La alumbrada concluye en punto de la media noche, las puertas del cementerio se cierran y las familias, como lo marca la tradición, cuidan el camino de sus muertos hasta el amanecer.

El adiós al mundo terrenal

Son las seis de la tarde en punto, con el cielo nublado y bajo la lluvia, en el cementerio ya no cabe ni un alma.

Las familias retocan las tumbas, el olor a incienso penetra entre los asistentes que las adornan con flores de cempasúchil y con velas que alumbrarán el camino de regreso hacia el mundo del más allá.

Una vez más las campanas de la iglesia replican, ahora anuncian la despedida de las almas visitantes, las luces se apagan y la gente reunida en el panteón guarda un minuto de silencio.

Foto: Andrea Pérez

Las velas prendidas junto con la combinación del color amarillo de las flores, forman una luz tenue y cálida que genera un ambiente de nostalgia y solemnidad, pues el Día de Muertos no significa tristeza, es alegría por volver a sentir a seres amados que ya no están.

Juan Vázquez habitante del pueblo de San Andrés Mixquic, asistió al panteón para recordar a su esposo, su nieta e hijos fallecidos.

Sentanda en un banquito de madera y su bastón a lado, la abuelita de 80 años recordaba con nostalgia la pérdida de sus familiares y mencionó que estaría con ellos hasta que abandonaran el mundo de los vivos.

La tristeza se veía en su mirada, pues contó que no fue fácil resignarse a la muerte de dos de sus cuatro hijos y tener que soportar la falta de su nieta que con tan solo 13 años dejó de existir.

Foto: Andrea Pérez

Entre las mausoleos también se encontraba Leopoldo San Miguel, quien con un ritual típico de purificación acaparó la mirada de los curiosos que visitaban el lugar. El hombre originario de Mixquic narró que desde hace 10 años asiste puntualmente a la celebración y se encarga de que su padre, madre y hermano, disfruten de su estancia.

Con rosas rojas, Leopoldo decoró la tumba de sus familiares y de acuerdo con su tradición, guiaría a sus familiares hacia Mictlán.

Leopoldo asegura que no solo hay que recordarlos cada 2 de noviembre, sino que el cariño debe estar reflejado todos los días.

Foto: Andrea Pérez

Llegó la noche y todas las familias encendieron las velas al mismo tiempo, el fin estaba cerca, algunas lagrimas brotaban de los asistentes pues era inevitable sentir empatía ya que muchos de los presentes habían perdido a un ser querido.

En punto de la media noche, algunos de los habitantes de San Andrés Mixquic se empezaron a retirar, pero hubo quienes acompañaron a sus muertos hasta el último minuto.