“¡Lo dice La Prensa!…”

11.-POLICIA LUIS A BARRERA MONROY 31-07-2018ÖÖ..DIGITALES Abandonado por su familia y la Sociedad solo lo acompaÒa su perro fiel hasta la muerte fue hallado El Pap· Pitufo como lo conocÌan en el rumbo esto en bajo puente vehicular en perifÈrico y bordo de Xochaca en la colonia el Sol en NezahualcÛyotl Estado de Mexico.

“¡Lo dice La Prensa!…”

Por Joel Hernández Santiago

Pues eso, ‘la vida no es un block cuadriculado’, o como dijera Juan Rulfo: “La vida no es muy seria en sus cosas”. Tiene claroscuros; tiene momentos de alta concentración feliz o tristezas y dolores insospechados que nos recuerdan que somos humanos y, por lo mismo, hechos de circunstancias y estados de ánimo, al día a día…

Los hombres y mujeres hacen cosas enormes, como por ejemplo eso de la internet o el vuelo de los aviones o la llegada a la luna; el desarrollo de la medicina para la salud y la vida; el arte: las artes: las que nos habrán de redimir al final de cuentas. Y tanto más. Pero también hacemos  travesuras. A veces ligeras, a veces graves o hasta detestables.

Esto viene al caso porque ya se celebran 90 años de “La PrensaEl periódico que dice lo que otros callan” y luego de 90 años todo eso está ahí cifrado; está guardado en cajas de oro porque La Prensa ha estado en todo lo ocurrido desde 1928…

… Nació apenas a unas semanas del asesinato del aspirante a presidente de México por segunda ocasión, Álvaro Obregón, en La Bombilla, de San Ángel; vio e informó sobre la Guerra Cristera en el Bajío mexicano (1926-1929); estaba ya unos meses antes de la formación del famoso Partido Nacional Revolucionario en marzo de 1929 (PNR, abuelito del ahora entristecido PRI)…

Por esos días La Prensa reproducía los ‘cables’ de agencias internacionales que informaban que en la Unión Soviética, Josif Stalin lanzó el primer plan quinquenal de industrialización y la colectivización forzada de los campos, en tanto que en España, José María Escrivá y Balaguer fundó el Opus Dei o que en Etiopía, Haile Selassie fue coronado negus (o sea rey, todavía no emperador) de Abisinia, y que en octubre en China, Chiang Kai-shek fue elegido presidente de la República…

Quién lo hubiera dicho en agosto de 1928, cuando don Pablo Langarica decidió instalarse en la calle de Humboldt número 15, en el merito centro del entonces DF.,  con una empresa a la que llamó “Mexicana de Rotograbado”, y que ésta habría de durar tanto tiempo y que a aquel proyecto periodístico que era un sueño, lo puso en el papel ‘con tinta sangre del corazón’.

Así que ahí nació y ahí estuvo La Prensa: son 90 años, ni más ni menos. Noventa que son los que han transcurrido y que han reflejado y refleja en sus páginas la historia de este país en sus momentos cruciales e históricos y la relación de los hombres en comunidad y de frente a frente:

Tan difícil tarea esa de decir a otros hombres lo que el hombre es… ¿sensacionalista?… y, bueno…

… Como ya he puesto aquí mismo: la gente más o menos feliz tiene poca historia; que es la historia de los lectores; la de quienes recibieron el parte de esos 90 años desde La Prensa, para saber, para entender, para conocer y hasta para aprender… Yo sé lo que les digo:  

Y aquí, a modo de flash back les relato una pequeña historia; la de un abuelo y su nieto que una tarde-muchas tardes, se sentaban a la sombra de un gran laurel en el patio de una casa que no es particular, para enterarse y para convivir, para aprender y para saber que se tenían uno al otro, y que el lazo comunicante fue, ni más ni menos, que la lectura de un periódico: La Prensa

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¡Corre flash back!

Las tardes en los Valles Centrales de Oaxaca son extremadamente calurosas casi todo el año. Pero lo son más en abril y mayo, cuando se esperan las lluvias y las cigarras nos atosigan con su sonsonete metálico que parece interminable y que alcanza a la montaña que está ahí a la vista. De árbol en árbol Los zanates brincan de un lado a otro buscando comida y refugio: graznan pidiendo auxilio.

Mientras, uno busca refugio a la sombra de los portales de las casas, en sus resquicios, en las enramadas que se hacen para esto o a la sombra de los grandes laureles o sabinos que hay allá. Éstos son enormes y su follaje produce la frescura que sólo se entiende en la tierra de sol y en donde éste nos mira de frente y no de lado. En todo caso los sabinos y laureles son generosos y su sombra nos acompaña toda la vida, porque no nos deja, sobre todo en días nublados.

Al abuelo le gusta trabajar muy temprano porque es hora fresca, dice. Sale antes de las cinco de la mañana para ir al campo. Y ahí está, hasta la hora del almuerzo que es a eso de la 9 o diez de la mañana; regresa a la casa que está en la calle Constitución y se sienta a la mesa tranquilo, pensativo, como si estuviera en otro mundo, como si lo de aquí no fuera suficiente… De pronto ve a sus nietos y sonríe. Cuando pasa por su vaso de agua nos acaricia la maceta con sus manos que se sienten callosas, duras, hechas de trabajo…

Termina el desayuno y comienza la jornada como peluquero: es el peluquero del pueblo. Por eso todos los días, pero sobre todo los domingos, llegan a la casa señoras con niños para que ‘los rasure’. Casi siempre es casquete corto o, o “a la brush” (¿qué quiere decir “a la brush?”) en todo caso a los que nos cortaban así éramos “pelones”: pelón para acá, pelón para allá… ¡Odiaba: “a la brush”! y el pantalón de peto con tirantes…

El abuelo era un sabio. Todo lo sabía. Y los demás sabían que era sabio. Siempre le preguntaban de tal o cual cosa y siempre tenía respuestas. Los señores grandes llegaban ya tarde para hacerse el pelo; luego del trabajo y para platicar un rato y para enterarse de lo que pasaba aquí o allá.

Para esto, la peluquería estaba en la entrada de la casa. Había un tejabán que dejaba pasar rayos de sol y el lugar estaba rodeado por tres hermosísimos muros tejidos de carrizos. Un gran asiento para el que cliente, un gran espejo al frente, un mueble en el que están las navajas, las tijeras, la cortadora que es manual, alcohol, loción para quien tenga otros centavitos, unas especie de sábanas para cubrir al cliente, música de fondo desde el radio: casi siempre rancheras o boleros desde “La voz de la América Latina desde México-talán”, que era la “W” o la “XEQ”…

… Pero lo mejor era la plática del abuelo. Que había pasado esto en Oaxaca, que ya había caído el gobierno de acá o de allá, que la gente rica volaba en aviones y en un rato estaban en su destino. Que hay un país lejano que se llama China en donde tienen los ojos cerrados. Que en México  había un presidente al que le decían Adolfo López “Paseos”… Y todo eso y más. Siempre tenía respuestas. Pero yo sabía su secreto…

Cada lunes, por la mañana, llegaba un amigo del abuelo desde la ciudad de Oaxaca y le traía la joya preciada; la esperada; su alimento semanal; ineludible; íntegro; cariñoso y amigable: Era su periódico. Lo recibía envuelto en rollo y le daba dinero al hombre aquel. “¡Nos vemos la semana que entra!” se despedían.

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Casi corriendo el abuelo abría el paquete y ahí estaba. Era como si conociera por primera vez el hielo. Era como si de pronto las cosas tomaran sentido.  Era un motivo de alegría enorme. Era su periódico. Lo ponía en una repisa y de tiempo en tiempo, mientras cortaba el cabello a alguien lo veía a distancia, como diciéndole: “espérame, al rato nos vemos”…

Ya tarde, como todas las tardes, se va al solar que está detrás de la casa. Saca dos sillas. Una para él y otra para mí. Se sienta bajo el enorme laurel que preside el patio. A su sombra. Y ahí comienza la  lectura de su periódico. De su “La Prensa”. Como si fuera hoy, el 14 de junio de 1961 llevaba a toda portada la fotografía del fallecido Domingo Soler: “Gran dolor nacional”.

Y lo abría ceremonioso.  Como si fuera un menú de vida. Y lo leía de ‘pe-a-pá’. Toda la primera tarde leía lo más importante, o lo que a él le importaba más. Y leía en voz alta para que su nieto –yo- le oyera. Yo arrobado escuchaba lo que me leía, pero sobre todo las explicaciones de lo que pasaba. En realidad entendía poco o nada. Pero me enorgullecía mi abuelo que estaba ahí, con su nieto que mientras escuchaba se acuclillaba en el piso para concentrarse mejor.

Él, cuidadoso, no me leía lo de los crímenes famosos. Lo de la sangre roja de la nota roja y que era mucha. Si me mostraba fotografías de aviones, de lugares, de gente, de jugadores: “Chava” Reyes era su ídolo, como Enrique Cisneros  y Valtonrá: “¡El dueño de la pradera!”…

… Su nieto, junto con él, imaginaban esos mundos y esas vidas, en aquel pequeño edén desde donde se irradiaba conocimiento, mundo, luces y sombras de los hechos de los hombres, su luz y sonido hecho palabras e impresas en papel periódico.

Ya en la obscuridad, apenas se percibían las letras pero él quería seguir leyendo. Y su nieto sentado a un lado, esperando la hora para entrar a la casa. El abuelo ya iluminado me cargaba y me llevaba con él. Llevaba en la cabeza lo que había leído-y leído-y releído.

Por esos días, aun sin entrar a la primaria el nieto, al abuelo se le metió en la cabeza que había que enseñarle a leer y escribir con el periódico. Entonces me hacía pararme junto a él en su silla y me iba diciendo una a una las letras de La Prensa. Una a una las vocales, las consonantes, los números… “¿A ver qué dice?”…

Desde su casa, a través de la barda de carrizo, la vecina a la que le apodaban “La pajarita”, le gritaba: “Deje usted a ese niño, no ve que está muy chico y se le va a secar el seso”. Pero él estaba empeñado en que yo aprendiera a leer y yo empeñado en aprender: la pena y el dolor juntos. Poco a poco fui descubriendo que recordaba aquella letra y la otra y la otra. Y poco a poco fui construyendo palabras y frases y oraciones… Luego había que copiarlas para aprender a escribir.

Me gustaba La Prensa porque tenía letras inmensas en su primera plana. Esas me ayudaron mucho porque eran más fáciles de recordar y porque decían lo más importante. Pero más que eso. Poco a poco el abuelo orgulloso le mostraba a todos cómo su nieto sabía deletrear, sabía leer y escribir… Apenas párvulo.

La infancia es vocación. Leer el periódico desde los primeros atisbos vitales marca a un hombre que luego, por impulso del abuelo, salió a buscar la vida, el conocimiento, la formación y el hacerse hombre de bien, que decía. Y que estudiara más, todo lo que se pueda aprender “para que cuando sea grande no sea un ignorante, como uno”: me lo decía el hombre más sabio del mundo.

Pues eso: la vida no es un block cuadriculado. Y desde entonces ya pasaron muchos años y muchas cosas. De todo como en la feria y su jugada. El abuelo ya no está-pero sí está. El Laurel no está pero su sombrero me acompaña a todos lados, al pata de perro que soy. La cerca de carrizos ahora es de concreto y ya no hay enramada para ver al sol de hito en hito.  “La pajarita” ya voló al cielo y mi ombligo sigue enterrado allá, esperando el regreso de uno que se hizo periodista… ¿quién sabe por qué?…

Pero La Prensa ahí está. Vivita y coleando. Mirando lo que pasa y lo que ocurre y a su modo lo informa para muchos, para lectores fieles de toda la vida y para lectores nuevos… Acaso algún abuelo se siente con su nieto por ahí y le diga: “A ver… esta es la A, esta es la B, esta es la U, esta es la E, esta es la L, esta es la O: ¿qué dice?…

LA PRENSA CUMPLE 90 AÑOS