El castillo de la pureza

Rafael Pérez mantuvo encerrada a su familia por 18 años

El castillo de la pureza

La Prensa en Línea

Para quienes no han conocido esta historia, o sólo a través del cine, el castillo de la pureza es y será siempre uno de los casos más sorprendentes en de la nota policiaca en México.

La referencia histórica nos transporta al invierno de 1959 cuando un hombre encerró a su familia durante 18 años para protegerla de la maldad mundana.

Se dijo que Rafael Pérez Hernández justificó hasta la muerte su cruel acción.

Las víctimas fueron la bella Sonia María Rosa Noé y sus seis hijos, a quien su padre puso nombres que demostraban su gran confusión mental.

Les llamó: Indómita, Libre, Soberano, Triunfador, Bienvivir y a la última la nombró Evolución Pensamiento Liberal.

Pero sus nombres no fue lo más trágico que les ocurrió.

Dentro de la enorme casa, su padre tenía una fábrica de raticida y hasta se hizo de mucha clientela. Sus hijos le ayudaban a elaborar la tóxica sustancia en inagotables jornadas de trabajo.

Sonia le exigía escuela para sus hijos y Rafael la convirtió en maestra.

Él también les enseñó a leer y escribir y a hacer cuentas, y hasta les mostró los misterios de la religión cristiana.

El temible carcelero era un hombre que siempre vestía de negro y su aspecto era siniestro. Le faltaba el brazo izquierdo, que un tren le arrancó en 1915.

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Aseguraba Rafael que los muchachos no tenían a qué salir a la calle, ni mirar siquiera por las ventanas tapizadas.

Y como esta historia, otras muchas. Se habló de intentos fallidos de fuga. Castigo a los desobedientes al estilo de la santa inquisición. De que el loco los espiaba por los agujeros de las puertas para impedir que escaparan. En fin…

Lo cierto es que hubo muchos embustes. Se dijeron muchas cosas.

Mire usted. La leyenda comenzó cuando la policía irrumpió en la casa de los macetones. Llegó ahí porque supuestamente alguien encontró en la calle un mensaje escrito en papel, de ese que se usa para las bolsas de pan.

Era un angustioso llamado de auxilio de la familia encerrada. Lo demás fue la locura. Todas las policías acudieron a insurgentes y la calle Godard, por donde está ahora la estación del metro La Raza.

Llegaron agentes del ministerio público y también médicos legistas, psiquiatras, la cruz roja, protectores de mujeres y niños, escritores, religiosos, y hasta políticos… todo el mundo opinó y, el que menos, pedía la cabeza del loco.

La historia que se difundió fue que Rafael, quien había fracasado en su primer matrimonio, y se casó con la bella Sonia, no soportaba que los hombres la miraran en la calle. Ella era descendiente de vascos. Rubia y de ojos azules. Y cautivó a Rafael desde que la vio en la calle, en el otoño de 1937. Y usó toda su experiencia para convencerla de que fuera su esposa. Se casaron en 1938. El matrimonio marchó bien durante siete años y después vino el encierro en el castillo.

La casona era enorme, con altas paredes y pesadas puertas. Amplias ventanas, muebles viejos, camastros malolientes y en el patio había muchos macetones.

El caso es que Rafael fue enviado a Lecumberri. Se le acusó de obligar a todos a trabajar de sol a sombra. Privación ilegal de la libertad, portación de arma de fuego sin licencia, etcétera.

Cuando fueron rescatados los muchachos se advertía en ellos el pánico por el que habían estado sometidos. Su aspecto hacía creer cualquier fantasía. Sus ropas eran burdas y anticuadas, sus cortes de pelo eran estilo casero. Se apreciaba la falta de modales, su timidez y el terror que les provocaba tanta gente.

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Durante el juicio de Rafael, la leyenda creció. Pero con el paso de los años todas las versiones fueron escuchadas. El acusado imploraba piedad y se decía inocente. Aseguraba que sus hijos nunca estuvieron presos… y surgieron entonces las dudas.

La Prensa investigó y recogió comentarios de comerciantes que aseguraron que Rafael acudía con sus hijos a comprarles mercancía una vez a la semana… ¡que iban a estar encerrados ni que nada!, decían.

Y nadie se tomó la molestia de ir a la casa de los macetones a buscar las fotos en  las que Rafael aseguraba, todos aparecían en diferentes paseos.

Una mañana de noviembre de 1972, la tristeza envolvió al preso. Se había levantado muy desanimado. Se hizo de una cuerda y se ahorcó en su celda.

Ya lo habían perdonado sus hijos. Y Sonia juró que lo seguía queriendo como el primer día.

Así terminó su vida, que comenzó en 1905, en Jalisco.

El castillo se cerró y se confirmó la creencia de que tan sólo se trataba de un tipo raro, enfermo.

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