Los terribles crímenes del Pelón Sobera de la Flor

Por Miguel Reyes Razo

En Febrero de 1952 entré a la Secundaría Diurna Número 15. La “Albert Einstein”. Frente al Colegio Militar. En Calzada México-Tacuba 215. La colonia judía la donó. León Gerson -hijo de inmigrantes rusos- la construyó. El Presidente Miguel Alemán la inauguró en 1948. A la entrada del edificio la colosal cabeza de bronce que reproducía la del padre de la Teoría de la Relatividad parecía venirsenos encima -aplastar- a los niños que teníamos apenas 12 años.

1952 fue año de elecciones. De tiros y muertos en la Alameda Central. Don Adolfo Ruiz Cortines era el candidato del PRI. El general Miguel Henríquez Guzmán -recio revolucionario- tenía el apoyo de la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano. Y se decía que también el del general Lázaro Cárdenas, del fogueado militar  Marcelino García Barragán. Del periodista Francisco Martínez de la Vega. El licenciado Vicente Lombardo Toledano -del Grupo de los 7 Sabios- unía las fuerzas del Partido Popular. Y Don Efraín González Luna – jalisciense con antecedentes de “cristero” y muy amigo entonces del escritor Agustín Yáñez- querían alcanzar la Presidencia de la República.

“A la foto de mi papá -presumía mi compañero del 1o. C Jesús Talayero un niño pelirrojo y muy pecoso que era favorito de le “teacher” Arteaga – fueron a retratarse los candidatos”.
Don Adolfo Ruíz Cortines -cuyos contrarios lo acusaban de colaboracionismo con las tropas yanquis que invadieron Veracruz en 1914- ganó la elección. Los “henriquistas” protagonizaron una balacera frente al cine Alameda en plena avenida Juárez. Hubo muchos muertos. Temor de que los militares se hicieran del poder.

Ese 1952 se nos hizo inolvidable porque el 10 de septiembre se nos murió un compañerito de la secundaria. Constancio Reynoso Castelán. Tropezó al subir al autobús 14-B de la línea San Rafael-Roma. Constancio trastabilló, resbaló y quedó bajo el camión. Fue la subdirectora, la profesora Hilda Garfias quien nos dio la pésima noticia. Desconcertados, aturdidos salimos hacia los rumbos de la Colonia Popular. Una cruz de cal señalaba el sitio de la muerte de nuestro condiscipulo.

Nos sobresaltó leer en los periódicos que un individuo había pleiteado desde su automóvil con un militar en la esquina de Río Tíber y Melchor Ocampo y que sin más lo había matado. “Varios tiros acabaron la vida del Capitán Lepe”, decía LA PRENSA. El Jefe de la Policía del D.F., el general Othón León Lobato. el Jefe del Servicio Secreto Silvestre Mendoza Domínguez y el investigador  Valente Quintana iban tras el matón. “Está prófugo”, decían.

Andaban muy atareados los hombres de sombrero tejano, gabardina beige y cara dura. Los que subían a tranvías y autobuses y mostraban el revés de la solapa del saco a los conductores  que les dejaban pasar sin que pagaran su pasaje. También lo hacían en cines de toda categoría.

Lee también: La fiera del Ajusco

Y que el asesino del capitán Lepe comete otro crimen. Mató a una joven. “Y profanó su cadáver”, revelaban los reporteros. Ya habían descubierto quien era. Higinio Sobera de la Flor. Publicaban la foto del asesino. Era un hombre pelón. No calvo; no. Individuo a rape. Seguía prófugo.”Ya lo van a agarrar”, pronosticaban

“Ese Sobera de la Flor es pariente de los dueños de Bacardí”- se decía.

1952. Todavía ocurría el Desfile de los “perros” de Ingeniería. Por el centro de la ciudad marchaban los estudiantes de nuevo ingreso a esa facultad de la UNAM. Pasaban frente al edificio Guardiola con el torso desnudo, pintarrajeados, bañados a cubetazos, atados por el cuello. Iban en fila. Como penados. Desfile de perros de Ingeniería. Novatada. A los de primer año.

Costumbre que se extendí a los niños que entraban a la secundaria. En los primeros días de clase los de tercero merodeaban por Maestro Rural. “Te vamos a tuzar. Te vamos a cortar tu copete. ¿Te dejas? No te muevas. “. Y los muchachos sacaban sus tijeras y en un abrir y cerrar de ojos lo dejaban a uno todo trasquilado. A mi padre le complació verme así. Me mandó a la peluquería donde se daba vuelo un operario que lanzaba grandes, estruendosas carcajadas e historias increíbles quien me dejó pelón; bien pelón. También mi padre me compró una boina vasca y así volví al día siguiente a la escuela.

La policía atrapó a Higinio Sobera de la Flor. Estaba pelón. “Estaba loco”- me contó el formidable fotógrafo Luis Rodríguez por años mi compañero en Excélsior. “Era un maniático muy agresivo. Se exhibía desnudo. En su derredor hedía. Despedía un olor espantoso. Años, décadas en Lecumberri.”, ilustró  el veteranazo bonachón Luis Rodríguez.

Su gesto marcó a muchas generaciones de niños recién rapados:

“¡Éjele. Te pareces al “pelón” Sobera de la Flor.

“Adiós, “pelón” Sobera…

Crimenes terribles. Que daban para hablar por años. Quizá 7 u 8 más tarde, la crónica policiaca de LA PRENSA nos estremeció con “El Crimen de las 53 puñaladas. En su departamento fue muerta Mercedes Casola junto a su amante un italiano llamado Ycinio Masine Solaine. Los asesinos los mutilaron barbaramente. El crimen ocurrió en calles de la Colonia Juárez. La Casola -dijeron- parecía manejar redes de prostitución y mantenía amistad con personajes del espectáculo y la política”.

FIN…FIN…FIN…

TE PUEDE INTERESAR…

La tamalera de la portales