Nuestra muy necesaria dosis de morbo

Las escenas del crimen son parte de la vida diaria y de las historias de las colonias y barrios de la Ciudad de México. Foto: David Deolarte

Nuestra muy necesaria dosis de morbo

Juan Alberto Vázquez

Hoy todos consumimos violencia pero hubo un tiempo en que ese tema era exclusivo de La Prensa.

Al igual que le ha sucedido a la música popular −salsa, cumbia y danzón por mencionar algunos géneros− o al altisonante lenguaje popular salpicado de “chidos” y “chales”, la violencia siempre fue vista con desdén por las clases altas y medias. Imperdonable el desprecio de la clase política, donde muy tarde se vinieron a enterar que las cotidianas escenas de sangre y crimen tenía más relación con los temas políticos y económicos de lo que estaban dispuestos a reconocer, y que no era posible simplemente meterlas debajo del tapete.

El siglo pasado, para acercarnos al gozoso sufrimiento de los otros, los mexicanos tuvimos un puñado de periódicos del cual destacó siempre La Prensa, pionero en la tradición de nunca tentarse el corazón editorial para mostrarnos la realidad sin maquillaje tal como sucedía en la esquina del viejo barrio, a bordo de una ambulancia o en la sala de urgencias de un hospital; de la infernal casa de Las Poquianchis a la guarida de Goyo Cárdenas, La Prensa siempre estuvo ahí a nivel de cancha y a ocho columnas, dando cuenta puntual de tan deliciosos acontecimientos.

Fui gran consumidor de éste diario de leyenda cuando mi padre laboró como gerente de la fábrica de calzado Iberia ubicada en la colonia San Rafael del viejo Distrito Federal. Buenos tiempos para la familia en los que incluso viajábamos a Acapulco en Fiat o acudíamos en bola al Autocinema Lindavista. Aquellos domingos, mi padre me enviaba a comprar la dupla informativa de su predilección: “Ésto y Prensa” , paquete que me extendía el dueño del puesto ubicado a unos metros de donde vendían una exquisita barbacoa que, años después nos enteramos por el periódico que dice lo que otros callan, la cocinaban con perro.

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Portadas de La Prensa

Un día Iberia se fue a la quiebra debido a la mala administración de los dueños españoles y en mi familia dejamos de amarrar a los perros con longaniza, de comprar La Prensa y creer en los Reyes Magos. En la angustia permanente por tener que mantener a siete hijos y seguir pagando las mensualidades del departamento en la Unidad Cuitlahuac, a unos meses del despido sin liquidación un infarto mando a mi padre al hospital. Recuerdo verlo llorar, tomándose el pecho contrariado, mientras esperábamos la ambulancia. Imaginaba que, al no llegar mi padre a tiempo, el reportero de La Prensa,de guardia en el Centro Médico, ensayaría títulos atractivos para su caso: “¡Se le paró!” o quizás “¡Siete se quedan sin padre!” con la foto de mi mamá llorando a un lado. En los hechos nunca te despides de la nota roja y hay veces que hasta pasas a formar parte de ella.

Por fortuna mi papá sobrevivió y, pese a que la familia salió adelante gracias al trabajo que consiguió mi madre en las guarderías del IMSS, diez años después el corazón de don Jorge ya no resistió otro ataque y se detuvo mientras caminaba afuera del metro Chapultepec. “¡Como costal de papas!” o “¡Ataque en la calle!” o quizás “¡Ya no quiso caminar!”. Cualquiera encabezado habría resultado acertado para él.

Hoy La Prensa, nuestra muy necesaria dosis de morbo, tiene una competencia muy dura pues reportar los hechos sangrientos se ha convertido en tendencia. Y aunque la opinión pública dice odiar las violentas escenas que a diario nos agobian, los altos ratings de telenovelas con atractivos matones o las de los nada simpáticos capos del narcos, la desmienten. Sin olvidar los cotidianos dramas en forma de video viral que recorren las entrañas de nuestras redes sociales y que son replicados, además, en el noticiero nocturno previo golpe de pecho del conductor en turno. ¿En verdad odiamos la violencia?

A todos los competidores, sin embargo, les falta la patente exclusiva de éste respetable y octagenario medio que durante décadas nos ha enseñado que incluso la peor barbarie, merece ser tratada con respeto, elegancia y humor.