El Capitán fantasma

LA PRENSA en Línea

  • No había reja que lo detuviera; era un ser despiadado
  • Fue famoso por engañar a la policía disfrazado de militar

Santiago Reyes Quezada era un ladrón irredento. Fue un malvado personaje que tuvo una muy larga carrera criminal. Asesino sin corazón. Se distinguió de otros delincuentes famosos por su audacia y habilidad para fugarse de todas las prisiones a las que cayó.

Fue conocido como “El Capitán Fantasma” y se convirtió en leyenda.

Aunque no tenía mucha imaginación para cometer sus fechorías, poseía una gran malicia a la hora de planear sus espectaculares fugas.

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En marzo de 1939 tenía Santiago 16 años de edad y su vida ya estaba marcada por la senda del mal.

Se relacionó con suripantas y gente de baja estofa. Los antros de vicio de la calle del órgano, lo introdujeron en el terrible mundo de las drogas.

Comenzó su actividad hamponil desvalijando autos, luego asaltó comercios y casas.

No había reja que lo detuviera. Fue huésped asiduo en correccionales y en el mismo lecumberri, de donde escapó varias veces.

Una vez, en 1945, Santiago entró a robar un negocio en Morelia y acribilló a tiros a la propietaria.

Escapó hacia Jalisco, donde fue detenido. Ofreció dinero a tres custodios y no sólo lo dejaron libre, sino que se fueron con él. Los cómplices se separaron y Santiago regresó al distrito federal.

Compró tres uniformes de capitán del ejército, con sus barras relucientes y toda la cosa. Mandó hacer unas placas con el escudo de la secretaría de la defensa nacional. También adquirió una credencial falsa, para las emergencias.

El delincuente ensayó el paso marcial de los militares, la frialdad en el rostro, dureza en la voz, el porte distinguido, y se lanzó a la calle a conquistar muchachas y a engañar gendarmes.

Por aquella época Santiago ya era muy conocido como “El Capitán”. Se aparecía sorpresivamente a los policías y les ordenaba vigilar supuestas casas de funcionarios. El uniforme y su porte convencían.

Se dijo que por esas apariciones fugaces fue que le agregaron a su mote lo de “fantasma”. Pero otra versión señala que eso fue a raíz de sus fugas fantásticas. Ya nadie dudaba que este capitán era en verdad un fantasma y su fama creció.

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En esos tiempos integró una banda que sembró desconcierto entre civiles y enojo entre militares por desprestigiarlos.

Los periódicos publicaban sus golpes y los jefes policiacos se morían de coraje.

En la década de los cincuentas se aceleró su actividad delictiva. Era tanta la fama del “Capitán Fantasma” y las ganas que le traían los policías, que todo crimen feo y escandaloso se lo atribuían.

Pero él era cínico y soberbio. Aceptó ser culpable de diecisiete asesinatos. Y entre bromas y verdades confesó que los autos los vendía a agentes del servicio secreto, quienes le pagaban tres mil pesos por un último modelo.

En 1971, después de tantas recapturas y escapes, el capitán fantasma entró a la penitenciaría de puebla. Se enfermó de todo. Y en 1981 su estado de salud empeoró.

Fue llevado al hospital y de la cama huyó descolgándose de un muro con una cuerda que le vendió en veinte mil pesos el polícía que lo custodiaba.

Pero la cuerda de diez metros no alcanzó para que llegara al suelo… le faltaron tres metros. El policía corrupto había tirado al prófugo cuando se balanceaba en la soga.

Se rompió las piernas, y con sus casi sesenta años a cuestas, se arrastró hasta un basurero. Se ocultó entre la inmundicia y perdió el conocimiento. Lo encontraron y fue llevadao otra vez al hospital.

El Capitán Fantasma reingresó a la penitenciaría poblana en febrero de 1982 y pocos días después murió.

Más de cuarenta años había militado en las filas de la delincuencia. Poco quedaba de aquel hábil hampón que fuera visto en lujosos automóviles acompañado de exhuberantes rubias y protegido por mujeres de la vida galante.

El Capitán Fantasma tuvo una vida turbulenta, siempre huyendo de la justicia y burlando a la policía.

 

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