La vendetta que marcó época

Por Juan Veledíaz

Little Chicago tenía dueño. Y eso era algo que la policía y el ejército sabían. Cada vez que algo sucedía o estaba por ocurrir, le avisaban. A finales de los años sesenta las balaceras habían transformado calles y avenidas de Culiacán, eran tantas y sucedían con tal frecuencia, que la capital sinaloense era conocida como réplica a menor escala de esa ciudad de Illinois inmortlizada por las guerras del hampa.

En esta nebulosa de plomo y sangre un perfil asomaba por los rumbos de la colonia Tierra Blanca, lugar de memoria y espacio simbólico de Culiacán, donde se asentaron en los años 50 los primeros notables del “negocio” del tráfico de heroína. Gente que venía de la sierra trayendo la goma de opio en latas de manteca, les decían “gomeros”. Ahí tenía su casa Eduardo Fernández Juárez, el hombre que era considerado el primer jefe de la mafia sinaloense. Este personaje era un patriarca, ejercía su poder como una especie de apostolado. Si hubo un precursor, si se tuviera que hablar del primer gran Padrino, sería él.

Le decían don Lalo. Sus dominios abarcaban Little Chicago, la ciudad de los gangsters de huarache que se movían en esos coches que parecían lanchas, marca Ford LTD, con su dama de compañía al lado conocida como ametralladora Thompson.

La base de su poder era el anonimato, rechazaba el reflector, rendía culto a la discreción y tenía prohibido a su gente exhibirse. Pero hubo un día en que el anonimato se quebró.

Era mediados de 1969. Esa ocasión la bronca comenzó por Césareo, sobrino de don Lalo. Un día andaba de enamorado y fue a dejar “gallo”. Al terminar la serenata salió y se topó con el mayor Ramón Virrueta Cruz, director de la Policía Judicial, quien apareció con sus hombres. Algo ocurrió que se armó la balacera y lo mataron.

“Cesáreo era primo de nosotros, era hijo del tío Enrique Fernández, le gustaba siempre andar vestido con su texana y botas. Ahí en la colonia 6 de enero vivían unas muchachas de por allá de la sierra de Tameapa, arriba por San José del Llano. Eran cuatro muchachas muy bonitas, muy blancas de ojos azules. Cesáreo era muy enamorado, fue y llevó la banda y cervezas. Al poco apareció una camioneta de judiciales atraída por el ruido de la banda, era de noche y puso la luz. Vinieron los judiciales y él sacó la pistola para dárselas, estos pensaron que les iba a tirar y lo mataron”, recuerda un familiar de don Lalo.  

—Para que sirviera de escarmiento para los demás narcotraficantes—cuentan que dijo el jefe de la judicial cuando miró los cuerpos que estaban tirados.

Entonces uno de los tíos de Cesáreo decidió cobrarse la afrenta.

La primera vez que la autoridad de don Lalo quedó en entredicho fue cuando Culiacán despertó con la noticia de un crimen que fue portada en todos los periódicos de la capital de Sinaloa. Porque Lalo tenía prohibido a su gente arreglar sus asuntos dentro de la ciudad. Si el “negocio” tenía reglas, éstas eran en gran parte por él. Siempre buscaba el diálogo, el acuerdo, alejar la atención y no causar molestías a la gente. Pero esa ocasión no le hicieron caso.  

“Asesinaron al Jefe de la Policía Judicial”, se leía en los titulares del sábado 7 de junio de 1969.  

Sucedió poco antes de la media noche del viernes, cuando el mayor Ramón Virrueta Cruz salió de sus oficinas rumbo a su casa a bordo de su vehículo, iba acompañado de uno de sus colaboradores que vivía por su rumbo, calles adelante ya los estaban esperando.

“Una ráfaga de metralleta lo acribilló en el cruce de la Avenida Álvaro Obregón y el Boulevard Leyva Solano. Lo acompañaba el agente del departamento de investigaciones Agustín Negrete Félix, quien solo recibió dos heridas leves en la espalda”.

“La trágica muerte del Mayor Virrueta Cruz, conmocionó a la ciudad entera, ya que como reguero de pólvora corrió la noticia y no obstante lo avanzado de la hora, en pocos segundos el crucero de la Avenida Álvaro Obregón y el boulevard Gabriel Leyva Solano, se congestionó de autos particulares, patrullas, ambulancias, curiosos, agentes de la policía municipal, de Tránsito del Estado y de la propia judicial de Estado. Nadie creía lo ocurrido. Todo era confusión y los mismos policías no sabían que hacer. Los curiosos en pocos segundos se agolparon sobre el auto del jefe policiaco, teniendo necesidad de usar la fuerza para lograr un control de la situación”, decía una nota aparecida en un periódico local.

El cuerpo del mayor Virrueta apareció recostado sobre su asiento, la cabeza echada hacia atrás con huellas de varios tiros, uno de ellos “le destrozó el piso medio central del cerebro”. Murió de inmediato.  

Un crimen de esa naturaleza era algo inusitado. No existía precedente que alguien de tal importancia y jerarquía en el gobierno del estado, hubiera sido víctima de una vendetta con trazo gangsteril.

El ataque que le costó la vida a un oficial del ejército habilitado como jefe de la judicial, se convertiría al paso del tiempo en el principio del fin de una larga etapa de entendimiento entre el poder político y el primer gran jefe de la droga en México. Porque la sospecha apuntaba a que detrás de ataque estaba don Lalo. Desde entonces, Little Chicago no volvería a ser la misma.