“El Güero” Téllez Vargas: cuando el país se horrorizaba desde su inocencia

Roberto Rock

Ese 20 de agosto de 1940 (hace casi 80 años), sólo un periodista como él, con redes que como tentáculos alcanzaban cada comisaría de policía, cada barandilla de juzgado, cada esquina, pudo llegar trepado en una patrulla, sirena abierta, justo a tiempo presenciar la escena del estudio donde yacía, agonizante, León Trotsky, en la calle de Viena 19, en el Coyoacán entonces remoto.

Eduardo “El Güero” Téllez Vargas era el único reportero en el mundo capaz de enterarse que el ruso aquel, actor clave de la revolución bolchevique, artífice del Ejército Rojo, sería trasladado “en las puertas mismas de la muerte” a la Cruz Verde instalada en las calles de Victoria y Revillagigedo, en el centro capitalino. Trotsky arribó directamente al quirófano para una operación que se prolongó varias horas. A unos metros, dentro del hospital, disfrazado de camillero, aguardaba noticias este mismo reportero inevitable.

Poco después Téllez Vargas estaba en la Redacción de su periódico con decenas de páginas de su libreta plagadas de datos, algunos puntuales, otros seguramente producto de su fértil imaginación: las revistas en ruso dispersas por el estudio de Trotsky, las gafas tintas en sangre, la cama de latón con pátina desgastada por el tiempo, acaso una melodía en ucraniano sonando aún en un tocadiscos enmohecido… El periodismo de “El Güero” sólo era imaginable si se nutría de literatura, de personajes más o menos verosímiles entre los que, con harta frecuencia, debía figurar él mismo.

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Por la pluma de este periodista el mundo se enteró de la muerte de Trotsky, el 21 de agosto, víctima del piolet que incrustó en su cráneo Ramón Mercader del Río, alias “Jack Mornard”, agente de la implacable KGB. Y el mundo mismo seguiría durante las semanas posteriores las decenas de crónicas con las “El Güero” arrancaba secretos de los partes policiacos recién rellenados: cómo  Mercader (que pasaría 20 años en Lecumberri) enamoró en París a Silvia Agelof, hermana de Ruth, secretaria de Trotsky, de las cuales obtuvo indicaciones para entrar a la casona, y muy pronto se vio sentado conversando con el líder soviético, que había firmado su sentencia de muerte tras romper con el sanguinario Stalin.

No es improbable que, con un dato aquí, un guiño allá, en los textos de Téllez Vargas haya nacido la estrambótica versión de un romance entre Trotsky y Frida Kahlo…  

Le llamaban “El Güero”

Quizá no haya existido en México del último siglo un periodista en el que las fronteras entre la verdad y la leyenda se hayan diluido como lo hicieron en la vida personal y profesional de este reportero de policía cuya fama lo ha sobrevivido por décadas.

Producto de su ingenio, de su simpatía irresistible, Eduardo “El Güero” Téllez Vargas fue también resultado de un país que se agitaba con historias de folletín, sufría las tragedias de la farándula y se indignaba ante villanos que parecían inspirados en los personajes que protagonizaba en el cine Arturo de Córdova. Una ciudad de México aun con profundos aires provincianos, que contenía la respiración mientras devoraba sin pausa una historia de policías y ladrones (como la icónica “Banda del automóvil gris”) que podía ocupar, cada día, una página completa de periódico bajo la firma de un hombre instruido por las calles y animado por la sola pasión del oficio.

Ese hombre era Téllez Vargas (Morelos, 1908). Pareció vivir siempre al centro de una novela en la que él fue autor y actor, mezcla estrafalaria de Truman Capote, Eliot Ness y Hércules Poirot, todo ello sujeto al azar más literario que alguien pudiera imaginar. Dígalo si no su biografía:

En la juventud temprana nuestro personaje fue, presuntamente, campeón de baile del muy famoso “Salón México”, en el circuito ya entonces sórdido de antros cercanos a las calles de San Juan de Letrán. Con el tiempo él alardearía frente a sus colegas que cobraba por dar lecciones de tango y danzón. Se apasionó por el béisbol y los toros. Decía que en 1927, antes de cumplir 20 años de edad, jugó profesionalmente béisbol, como lanzador con los equipos de la Procuraduría General de la República, Chiclets Adams y el Colegio Williams, el plantel que en esos mismos años cobijaría a Octavio Paz. En 1930 se olvidó de los deportes y “destripó” en la carrera de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), para ser periodista, según narró a José Ramón Garmabella para el libro “El Güero Téllez ¡Reportero de policía!”, publicado en 1982.

“Y los peores crímenes, Güero, ¿cómo eran”, preguntaba Garmabella.
“Con cuchillos…largos y filosos cuchillos, siempre”, respondía aquél.
“¿Y las víctimas, Güero?”.
“Bellas y otoñales damas, siempre”.

A este mismo escritor le narró que optó por el periodismo cuando su hermano Armando, quien fuera editorialista en “Excélsior”, fue fusilado en el Ajusco luego de publicar un artículo en el que criticaba la persecución que sufría la comunidad católica. En el sepelio, supo que sería reportero.

Pero su trayecto fue en sí mismo otra novela: Inició cubriendo deportes en “La Época”, pero la crónica policiaca lo subyugó, por lo que se encadenó a ella en “La Palabra”, le siguió “El instante”, posteriormente “La Noche”… y todavía siguió “La Noticia”. Luego el ingeniero Félix  Palavicini, quien había fundado “El Día”, lo invitó a unirse a su equipo de trabajo, pero ese diario no duró más que nueve meses. Téllez se integró a “Novedades”, diario que abandonó a consecuencia de una huelga. Entonces llegó a “El Universal”, que sería su casa definitiva, donde publicó por  más de 30 años.

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Vivir de recrear la muerte

Fue el 26 de septiembre de 1949. El avión que trasladaba a Blanca Estela Pavón, la inolvidable pareja cinematográfica de Pedro Infante, se desplomó cerca de la cima del Popocatépetl, sin sobrevivientes. Téllez Vargas escribió haber acudido al “rescate” de los cadáveres que “quedaron regados en la falda del volcán”. Jorge Arriaga, el artista que al lado de Blanca Estela Pavón personificó el papel del tuerto que prendió fuego a la vivienda en la que murió el “Torito”, había identificado, narró, lo que quedó de su compañera.

Años después escribiría para sus lectores cautivos cuando, el 10 de marzo de 1955, su sagacidad lo llevó a la casa número 83 de la calle de Kepler, Colonia Nueva Anzures, pues la muy famosa artista de cine Miroslava Stern se había suicidado.

“El cuerpo de Miroslava yacía sobre la cama, vestido con una negligé blanca y una bata color fresa. Permanecía recargada la cabeza sobre la mano derecha, en la que estaba un retrato de Luis Miguel Dominguín, una anciana y la ahora extinta. En la mano izquierda, tres cartas con sobres de correo aéreo…”.

A finales de los años 70, tras medio siglo dedicado a perseguir y recrear la noticia policiaca, Eduardo “El Güero” Téllez Vargas dejó de ser reportero de “El Universal”. Pero logró que una nueva generación de lectores siguiera, extasiada, una selección hecha por él mismo de sus mejores crónicas, que publicaba en “El Gráfico”, de la misma casa editorial, bajo el título “Yo lo viví”. Murió el 6 de septiembre de 1991. Su fama perdura hasta estos días.

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