El pacifismo de Gandhi, un desafío en la era Trump, según su nieto

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Paris, Francia | AFP |

Hace 70 años, un adolescente furibundo por el trato que le dispensaban en la Sudáfrica del apartheid fue enviado a India para que su abuelo, Mahatma Gandhi, le enseñara a canalizar la ira.

El adolescente, criado cerca de la ciudad sudafricana de Durban, se enzarzaba en peleas. Los niños blancos se metían con él porque no era blanco y los negros porque no era negro.

Pero después de pasar dos años con su ilustre abuelo, Arun Ghandi era un adolescente totalmente transformado, que había dejado atrás las ansias de venganza.

“Mi abuelo me enseñó que la ira es como la electricidad, que es útil y potente si la utilizamos de forma inteligente, pero puede ser mortal y destructiva si abusamos de ella”, explica Arun Ghandi en una entrevista con la AFP en ocasión del 70 aniversario del asesinato del padre de la nación india.

– Gandhi estaría ‘extremadamente triste’ –

La llegada de Arun a India coincidió con la culminación de la lucha del país por la independencia de Reino Unido y con la sangrienta división del Imperio Británico de la India en 1947 en dos Estados separados, uno de mayoría hindú y uno musulmán, que ahora son India y Pakistán.

Mahatma Gandhi, un activista de la resistencia no violenta que fue asesinado a tiros por un extremista hindú el 30 de enero de 1948, estaba devastado por el derramamiento de sangre.

Siete décadas más tarde estaría “extremadamente triste” al ver el resurgimiento del nacionalismo hindú con la llegada del actual primer ministro indio, Narendra Modi, señala Arun.

India está sumida en “un círculo vicioso muy peligroso” que “ha empeorado con la llegada al poder de un gobierno de extrema derecha”, estima.

¿Qué habría pensado Mahatma (“Gran Alma”) al ver a Modi vestido como él, y con una pose imitando su estilo, para una sesión de fotos?

Arun, autor de un libro sobre las enseñanzas de Gandhi “El don de la ira”, cree tener la respuesta. Para él, Modi “está simplemente tratando de usar a Gandhi, como muchos otros, para ganarse la aceptación de la gente”.

– ‘Poner la otra mejilla’ –

En su libro, Arun, que ahora tiene 84 años, recuerda haberse sentido “intimidado” por su abuelo cuando lo enviaron al áshram (monasterio) de Sevagram, en el centro de la India.

“Cada mañana, cuando me levantaba, me encontraba con cientos de personas que esperaban poder verlo”, cuenta a la AFP.

Pese a su apretada agenda, su abuelo se tomaba su tiempo para ocuparse del nieto, entre dos negociaciones con dirigentes indios.

Un año después de su regreso a Sudáfrica, el asesinato de su amado “Bapuji” (abuelo) le dolió en el alma.

“Estaba absolutamente conmocionado. En un momento de ira les dije a mis padres que habría estrangulado a la persona que le hizo eso”, recuerda este hombre de cabello blanco y lentes de montura oscura, que viste un traje negro.

Después de haberse dedicado al periodismo durante 30 años, Arun Gandhi se mudó a Estados Unidos en 1987, donde fundó el Instituto MK Gandhi de promoción de la no violencia.

Allí, las enseñanzas de Gandhi de “poner la otra mejilla” han encontrado un terreno fértil en un lugar inusual: una prisión.

Seis años después de haber comenzado a impartir un curso en la prisión de Groveland, en el estado de Nueva York, la violencia ha disminuido en un 70%, explica, citando al gobernador de ese estado, que quiere aplicar el programa en otros establecimientos.

– Líderes sin ‘autoridad moral’ –

Arun lamenta ver cómo algunos líderes mundiales “carecen de autoridad moral”, como el presidente estadounidense Donald Trump, a quien acusa de borrar décadas de progresos en materia de igualdad racial en Estados Unidos.

Pero también es crítico con los afroamericanos que “exigen respeto con agresividad”. Estima también que los manifestantes de la Primavera Árabe sienten “demasiada cólera”.

Frente a la represión, “debes mantener los brazos pegados al cuerpo y recibir los golpes en la cabeza”, afirma. Una filosofía difícil de transmitir.

“El hecho es que nadie realmente quiere seguir el ejemplo de esta gente formidable”, admite Arun. “Lo más fácil es ponerlos en un pedestal y adorarlos, pero no seguir su ejemplo”.