Luto en el periodismo y las letras con la muerte de Huberto Batis

Antonio De Marcelo Esquivel

Había un mito en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, versaba sobre un maestro de literatura que era un verdadero hijo de la chingada, que le había tirado a patadas a la puerta a una maestra que no le entregó a tiempo al salón para su clase, alumnos a quienes no bajó de pendejos por hacer las cosas mal que, decían no tenía empacho en machar a cualquiera a la chingada con todas sus letras.

Quizá por ello decidí inscribirme en su clase de edición de revista literaria, creo que ya iba predispuesto a responderle en el mismo tenor; sin embargo me encontré con un tipo bonachón, fotógrafo de alumnas por afición, lector empedernido y conocedor de la literatura mexicana, porque pasaron por sus manos miles de textos cuando fue editor del suplemento cultural Sábado, de uno más uno en sus mejores tiempos; ah y pornógrafo nato.

Su clase era como a las dos de la tarde, en ese pequeño salón que daba a una isla llena de jacarandas moradas, donde había que esperarle y aunque a veces se demoraba en llegar, debido a que muchos lo detenían para saludarlo en el camino, siempre le esperábamos para escuchar su conversación.

No era el profesor clásico, y no había que escribir, había que aprender en esta especie de simposium, porque, contrario a las reglas de la universidad, nos permitió el vino tinto mientras recordaba la época de Sábado, él no tomaba, decía tener una rara enfermedad, adquirida por no lavar una lata orinada por una rata, nosotros si.

Estas conversaciones se extendían hasta entrada la tarde y pocos se movían de su lugar mientras destrozaba publicaciones o descubría la personalidad de quienes editaban y a los que había conocido en algún tiempo, quizá por ello en algún momento la revisa Letras Libres dijo que fue puente de generaciones, dado que gustaba de acercarse a los escritores en ciernes, aunque en sus épocas de universidad fue compañero de conocidos escritores.

Oriundo de Guadalajara contaba su entrada al mundo de las letras y se expresaba sin hipocresía y sin temor al lenguaje.

Un día comentó que debía responder a la acusación de una alumna que en clase le sacó de sus casillas y expresó: “no sea pendeja”, cosa que la indignó y llevó el caso a la coordinación de letras; pero viejo lobo de mar y apoyado por sus alumnos llevaba ya su estrategia: No le dije pendeja”, la conminé a no serlo” y aseguraba que esto le sirvió para salvar el momento.

Por esa época en que le conocí, Xavier Velasco ganó el premio Alfaguara con su novela “Diablo Guardián”; le hice el comentario y me contó la vida completa del escritor a quien había conocido en Sábado, de su enorme perro y sus llegadas en moto.

Huberto no era el energúmeno que me había contado, solo era un cabrón, un conocedor de la vida cultural de este país, que enseñaba a quien así lo quería en esa universidad.

Aquella tarde iba de entrada al salón, pero lo detuvo una estudiante de literatura mexicana que hacía doctorado e insistía en usar frases fuera de uso común, necia como ella sola en consultar el diccionario de la filóloga y lexicóloga María Moliner, mientras que él insistía en que para su trabajo y depurar su español mexicano debía usar el de la Real Academia de Lengua Española. Al final terminó por decirle “entonces váyase usted a la chingada, renuncio a ser su asesor y vaya a España a estudiar Español, yo no trabajo con pendejas” y la dejó ahí parada con su trabajo y su necedad, ese era Huberto Batis, al menos el que alcance a ver.

El nació un 29 de diciembre de 1934, en Guadalajara, Jalisco, y hoy deja un hondo vacío en el mundo de las letras, pero sobre todo entre quienes le conocimos o de alguna manera estuvimos cerca de él. Hasta siempre maestro.