Prefirió muerto a su esposo que casado con otra

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Luis Francisco Macías

Archivos Secretos de Policía

México.- Premeditada, fría, resueltamente, la hermosa señora María de la Luz Rolón Farías, de carácter enérgico hasta lo insoportable vació la carga de una pequeña pistola Brownie, sobre su exesposo, el zapatero Julio Martínez Navarro, dándole muerte e hiriendo de gravedad a un infortunado niño, de diez años, quien iba a cumplir un mandado de sus padres…

De esta forma daba a conocer LA PRENSA en la década de los años treinta un drama conyugal ocurrido en céntricas calles de nuestra ciudad.

Luz y Julio contrajeron nupcias en 1931 y el nacimiento de una nenita coronó las alegrías de una felicidad pasajera. La pareja se llevó bien durante los primeros meses, pero después Julio empezó a notar que su mujer era de carácter irascible, heredado de su madre. Luz Rolón quería imponerse en todo y hasta llegó muchas veces a desobedecer a su esposo para irse a bailar a los cabarets y a otras fiestas mundanas. Los disgustos entre los esposos comenzaron, disgustos que eran acicateados por la suegra de Julio, quien también quería imponer su voluntad en la propia casa del yerno.

Llegó el momento en que el zapatero no pudo más y se separó de su esposa, entablando en el juzgado 8o. de lo Civil, un juicio de divorcio, que fue fallado a su favor y condenando a María de la Luz Rolón a perder la patria potestad de su pequeña hija.

Julio había acusado a su mujer de frecuentar algunos centros impropios, de desobediencia al mandato marital y de otros motivos sin importancia. El fallo fue dictado el 6 de agosto de 1934.

Durante los constantes disgustos familiares, el zapatero se ausentaba del hogar y encontró una compensación en los brazos de bella mujer, de cabello rubio y talle juncal, llamada Antonieta Campos. Al separarse Julio de Luz y entablar el divorcio consiguiente, no pudo soportar más su soledad y optó por raptar a Antonieta, a quien llevó a vivir al número 123 de la calle Jesús Carranza, donde estableció un nuevo hogar. Inmediatamente los padres de la joven mujer entablaron juicio y lo acusaron de rapto. Julio fue detenido e internado en la Penitenciaría.

Estando el zapatero en la prisión de Lecumberri, recibió el fallo del juzgado, en el cual se le participaba que era libre de contraer nuevas nupcias. Inmediatamente juró casarse con Antonieta y obtuvo su libertad. Apenas abandonó los gruesos y elevados muros del máximo penal, corrió hasta su nido de amor y después de unos días de trámites, esperó la mañana del martes 4 de septiembre de 1934 para ir al juzgado acompañado de Antonieta Campos y desposarse.

Los festejos fueron parcos como la bolsa del zapatero. Se bebió a la salud de los desposados. Pasados los momentos de alegría, Julio volvió a su taller para aprovechar la tarde, pues necesitaba trabajar con intensidad para ganarse el sustento y llevarlo a su nuevo hogar…

Luz Rolón Farías, no menos atractiva que Antonieta, vigilaba desde lejos. Sabía perfectamente cuándo salía su exmarido de la cárcel; no en vano había investigado y seguía sus pasos muy de cerca. De manera que entre sus planes estaba la adquisición de un arma. Prefirió una Brownie, calibre .25, la cual jamás abandonó hasta la noche del mortal suceso planeado.

La celosa mujer fue a buscarlo a las puertas de Lecumberri, pero Julio había abandonado por otra puerta la prisión… una pequeña demora de Luz había frustrado el atentado. Entonces la Rolón volvió a su casa, para seguir planeando su “venganza”…

 

Portada de LA PRENSA en su edición del 5 de septiembre de 1934, donde figuran, Julio Martínez, el infortunado zapatero muerto, así como el niño herido. Se observa también a la homicida, una vez detenida y presa en Lecumberri.

 

páginas centrales 4 y 5

lo asesiné por despecho, confesó maría de la luz rolón

El lunes 3 de septiembre de 1934, la señora Rolón había visitado a su excuñada Natividad Martínez y dejó un amenazante recado para el zapatero: “Tú no te puedes casar con tu güerita, porque te vas a acordar de mí, que tanto te quise… Luz Rolón. Incluso, la celosa mujer mostró a Natividad el arma calibre .25, sin que la hermana de Julio creyera que era capaz de cumplir su palabra.

Luz fue a atisbar el bodorrio; “escondida frente al juzgado vio pasar a la pareja, pero no pudo acercarse lo suficiente para no fallar los disparos”. Esperó la caída de la tarde y acompañada de su madre, Anselma Farías y de su prima, Sofía Martínez, se dirigió hasta el pequeño taller de su exesposo.

María Artemia Cardoso de Romero, testigo de la tragedia, dijo haber visto cuando llegaron las mujeres, Anselma estaba furiosa y se encaró contra el que había sido su hijo político, llenándolo de graves ofensas. Como una fiera, Anselma se abalanzó contra el infortunado zapatero, quien se encontraba en su trabajo, y lo “jaloneó” hasta acercarlo a la puerta, donde se encontraba Luz. Inmediatamente ésta lo felicitó por su casamiento y, con el arma le hizo varios disparos, mientras Sofía pedía que lo matara “porque no merecía otra cosa”. Ya herido de muerte el zapatero, corrió hacia el centro de la calle, seguido de cerca por Luz.

Un hermano del trabajador desarmó a la iracunda mujer, aunque la pistola estaba ya descargada. Cuando Luz disparaba contra su exesposo, acertó a pasar por dicho lugar el niño Enrique González, quien recibió un balazo en medio del pecho.

En el ministerio público, Luz Rolón dijo que había comprado en 18 pesos la pistola “en cuanto se enteró que ya era una persona divorciada”. Y aunque molesta aún por “la traición” de Julio, la señora trató de engañar a las autoridades, al decir que “sólo había ido a la zapatería para demandar que Julio le devolviera a la niña, pero que Julio la zarandeó y no tuvo más remedio que hacer fuego”.

En la Primera Delegación, ubicada en Plaza del Estudiante, cerca del cine Florida, informaron que antes de matar al zapatero, Luz preguntó si podía ser válido el matrimonio de Julio Martínez con Antonieta.

Lo que nadie podía explicar, era que si la señora agotó la carga de la pistola, el infortunado trabajador sólo presentaba dos heridas: una en el costado derecho y otra en la región axilar izquierda.

Los peritos comentaban que por el coraje y a pesar de que disparó casi a quemarropa, Luz falló la mayoría de los disparos.

LA VERSIÓN DE LUZ

 

Ya en el Jardín del Departamento de Mujeres de la cárcel de Lecumberri, Luz Rolón, sentada sobre enorme piedra, vestía ropa negra y dijo que había matado porque llegó a la que había sido su casa y encontró que “festejaban el nuevo matrimonio de su exmarido”.

-Maté por celos, por despecho, porque no me quería entregar a mi hija, en fin, que no puedo decir por qué maté…

Y no olvidó disculpar a su madre y a su amiga, “pobres gentes que no podían saber lo que pasaba en el fondo de mi alma, no tienen culpa de nada”.

Expresó que en días pasados llegó a la casa 4 de la calle Tenochtitlán, donde habitaba Natividad Martínez, su excuñada, para pedirle que le entregara a la niña Julieta Martínez Rolón. Afirmó que en mayo de 1934 había abandonado el hogar “porque Julio le daba mala vida y a menudo la golpeaba”. La excuñada le dijo que no podía entregar a su sobrina y que Julio iba a salir de la Penitenciaría porque pensaba contraer nupcias con Antonieta Campos. Afirmó María de la Luz que sólo quería preguntar a su exesposo qué significaba “patria potestad” porque no lo comprendía, así que fue al taller, acompañada de su madre y de una prima, Sofía Martínez, quien estudiaba preparatoria.

Frente a la casa 123 de la calle Jesús Carranza, Sofía se aventuró a pasar porque se escuchaba el ruido de una fiesta; Julio amenazó con sacar a su suegra “a empujones” y entonces montó en cólera María de la Luz y disparó sin acertar.

El zapatero trató de escapar hacia la calle Héroe de Granaditas y luego retornó -según la nueva versión de la homicida- para sacar papeles que probaran su calidad de divorciado.

La fiesta comenzó a extinguirse por el escándalo “familiar” y cuando varias personas se dirigían a la Plaza del Carmen o del Estudiante, los exesposos comenzaron a discutir sobre la “patria potestad” de la pequeña Julieta.

El zapatero habría dicho que “ni cien gendarmes lo obligarían a devolverla a un hogar desintegrado” y luego “exigió” que Luz volviera a dispararle, lo que ella hizo “sin titubear, por los celos y el rencor”…

La exsuegra de Luz declaró que previamente, la señora había dicho que si Julio volvía a casarse, lo mataría… María Artemia Cardoso de Romero dijo que la joven estudiante Sofía Martínez, prima de Luz, le dio la pistola para que matara al zapatero y decía: “dale, dale”… Y en cuanto al pequeño lesionado, Enrique, salvó la vida y la homicida fue consignada a la cárcel de Lecumberri.

El sábado 8 de septiembre de 1934 María de la Luz Rolón recibió el auto de formal prisión y sus familiares aseguraron que presentarían pruebas para demostrar que efectivamente la muchacha era víctima de malos tratos y amenazas por parte de su marido, a quien Luz, ya presa, seguía arrojando cieno sobre su memoria.

 

LA ASESINA ANTE SU JUEZ.- Luz Rolón, divorciada de Julio Martínez, pero sintiéndose herida en su amor propio, por no poder seguir dominando y haciendo juguete de sus livianos procederes al que fuera su marido, al que asesinó con lujo de premeditación, alevosía y ventaja, aparece declarando en la reja de prácticas, viéndose acompañada de su defensor.

 

Así ilustraba LA PRENSA este drama ocurrido en 1934. Se aprecia a María de la Luz Rolón Farías, quien no dejaba de llorar desde que la reflexión entró en su espíritu, después de dar muerte a su exmarido, Julio Martínez. La gráfica del centro es del momento en que Luz entra a la Penitenciaría. La celosa mujer hizo dos víctimas al matar al infortunado zapatero, cuyo retrato aparece a la extrema derecha, pues también Antonieta Campos, su última esposa, padeció la ausencia eterna de aquel a quien amara. La fotografía que aparece a la izquierda de la gráfica es de esta víctima.

 

fue la primera mujer que se fugó de lecumberri

María de la Luz Rolón se convirtió en la primera mujer que se fugaba del “Palacio Negro” de Lecumberri. ¿Cómo lo hizo? Con gran facilidad. Como pueden lograrlo las infractoras a quienes la naturaleza dotó de belleza poco común: utilizando la seducción calculada para cegar a un custodio, tras prometerle “un paraíso sexual”.

No obstante, por el escándalo que originó su salida de la Penitenciaría del Distrito Federal, la mujer prefirió volver para pagar su deuda con la sociedad, o sea, una sentencia de 14 años de prisión por homicidio calificado.

María de la Luz Rolón Farías, presa en Lecumberri, intencionalmente o no, despertó la pasión del celador Juan Montaño. Por la noche del domingo 15 de diciembre de 1935, las autoridades reconocieron que María de la Luz “se había fugado”, según la denuncia de la celadora Soledad Cota, quien avisó al general Félix Andalón, director de Lecumberri. Se informó más tarde que aquel día se recibió una orden en la Penitenciaría reclamando a María de la Luz Rolón “para la práctica de una diligencia urgente”.

Esa orden chocó inmediatamente por tratarse de horas en que no era costumbre que los juzgados despacharan sus asuntos, pero por tratarse de una autoridad federal que podía actuar en cualquier momento, se dieron instrucciones para que María de la Luz saliera del Palacio Negro, acompañada solamente de la celadora Soledad Cota, ya entrada en años, pero desconocedora de los peligros que acechaban en la ciudad de México. Ya en la calle se presentó ante María de la Luz Rolón y la celadora Cota, el guardián Juan Montaño, quien “como no queriendo” se ofreció a acompañar a las dos mujeres en su recorrido.

Intencionalmente, Juan Montaño obligó a la celadora Cota para que caminaran de “aquí para allá”, haciendo algunas compras y dando un paseo. Como a las doce de la noche se pensó en el regreso y los tres se detuvieron en Donceles y Brasil, en espera de un automóvil, no sin convencerse antes de que “no era necesaria la presencia de María de la Luz en los juzgados del Distrito”.

Cerca de la esquina citada, una mujer humilde atizaba el fuego de un anafre, en el que tostaba castañas, que después anunciaba a los transeúntes con estentórea voz. Y de pronto, un automóvil cerrado barrió el asfaltado de la calle al detenerse frente a las tres personas mencionadas. Rápidamente subió Luz Rolón y quiso seguirla la celadora, pero Juan le dio un empellón y la señora Cota fue a caer sobre el anafre de la vendedora de castañas. Juan subió también al auto no identificado y el vehículo partió a gran velocidad. Algunas quemaduras menores habían hecho perder tiempo a la celadora, quien denunció todo en Lecumberri, arriesgándose a una sanción injusta.

Montaño prestaba sus servicios a las puertas de la Ampliación de Mujeres, en la Penitenciaría. Fue ahí, al ver pasar a Luz, cuando se interesó por ella, haciéndole regalos y después declarándole su amor.

Obviamente, María de la Luz, joven y nada fea, aceptó la aventura y “fue tanto el descaro de los enamorados, que se hizo público el idilio, determinándose entonces que Montaño fuera relevado del servicio y pasara en calidad de comisionado a la Dirección del penal”. Se creía que a través de su nuevo puesto, Montaño falsificó documentos en favor de María de la Luz, corriendo pronto los trámites que dizque se necesitaban para la salida de algún reo. Fue así como logró realizar la evasión de la homicida.

El lunes 16 de diciembre de 1935 se publicó en LA PRENSA que “la señora Rolón volvió a la cárcel”. Y que “ante la sorpresa de los empleados de la Penitenciaría del Distrito, a las seis de la tarde llegaron la señora y el padre del guardia Juan Montaño”. El señor Montaño comentó que al tener noticia de la maniobra desarrollada por su hijo Juan, la había reprobado y conocedor de algunos lugares que su vástago visitaba, se dio a la tarea de buscarlo, tropezando al fin con él, invitándolo a que reconsiderara su conducta. El celador finalmente obedeció a su padre.

Juan Montaño señaló que su plan era escapar del Distrito Federal en compañía de la señora. El enamorado celador quedó a disposición del ministerio público, aunque no por delito grave, apenas por “protección de fuga sin violencia”.

María de la Luz Rolón Farías, quien por celos matara a su exmarido y posteriormente aceptara sin titubear “el amor” de Montaño, volvió a su celda, y sin convencer a las autoridades, expresó que sólo fue a ver a su hija de seis años de edad, a quien extrañaba mucho.

Montaño juró que “habiendo sido llamada la Rolón para una diligencia en relación con la riña que hacía poco tiempo sostuvieron dos internas, se le comisionó para que la llevara, pero la señora en el polígono de la Penitenciaría, le suplicó que también la acompañara a ver a su hija, a la que los familiares de su exesposo no le permitían ver desde que fue recluida en Lecumberri”.

Entonces aceptó el celador, pero “con la condición de que al día siguiente se presentarían nuevamente en la prisión”…

No se supo si la mujer logró ver a su hija y tampoco si su evasión le trajo una ampliación de su sentencia en el temible penal de Lecumberri.

 

Con un vaso que contenía permanganato, en la siniestra, y una escuadra calibre en la diestra, el ingeniero Domínguez planteó el dilema fatal a su esposa Genoveva, hermosa mujer de tan sólo 18 abriles: “O te tomas esto o te disparo…” Los recién casados serían velados al día siguiente…

 

El miércoles 19 de septiembre de 1934 LA PRENSA, en su Diario Ilustrado de la Mañana, informaba a sus lectores acerca de este drama conyugal, como muchos otros…

Genoveva González Flores y Jorge Domínguez Orozco contrajeron nupcias en febrero de 1934. En los pocos meses de su vida matrimonial, la infeliz muchacha fue víctima de las tragedias, penas y sacrificios a que la sujetó el criminal. Conocía a fondo el carácer insoportable de éste, lo que motivó su prematura separación mientras se tramitaba el divorcio. Durante la amenaza fatídica, Genoveva lanzó un grito de espanto y pretendió huir, pero el iracundo sujeto no le dio tiempo y de dos disparos la dejó sin vida instantáneamente…

Consumada su obra de impiedad y muerte, el ingeniero Domínguez Orozco se volvió el arma contra sí mismo arrancándose la existencia de un balazo en el corazón. Tal fue la honda tragedia que se registró durante la tarde de aquel martes 18 de septiembre en el cuarto número 16 del Hotel Estadio, ubicado en la 1a. calle de Chiapas, número 5-A, Colonia Roma. La recamarera, Esperanza García, manifestó que Jorge Domínguez había llegado al hotel el día 16 de septiembre procedente de Nuevo Laredo y le ordenó que no se abriera su cuarto mientras él estaba fuera.

Tras salir durante hora y media, regresó con Genoveva, quien lo había estado esperando en la esquina.

Subieron al cuarto y como a los quince minutos se escucharon tres detonaciones de arma de fuego y gritos lanzados por la muchacha. El personal del hotel corrió a llamar al policía número 1910 , que se encontraba en la esquina de Chiapas y Calzada de la Piedad (hoy Avenida Cuauhtémoc), quien a su vez dio parte al personal de la Octava Delegación y a la Jefatura de Policía. Al llegar encontraron el cuadro más terrible…

Sobre el buró había una carta muy extensa en la que el ingeniero Domínguez manifestaba que el acto cometido fue por su propia voluntad, “pues si tomo esta resolución es porque más vale morir con una gran ilusión y no vivir sin ella”…

Se hallaron otros papeles, entre ellos una boleta del Registro Civil, donde se hacía constar el acta de matrimonio el día 26 de febrero (1934). También se halló una nota donde se asentaba el acta de divorcio de Jorge Domínguez con Mercedes Contreras, en mayo 7 de ese año, lo que hacía suponer que el asesino y suicida era bígamo.

También se encontró sobre el pequeño buró un frasquito de tinta destapado. Sobre el tocador un botellón con poca agua y dos vasos con una solución de permanganato, uno casi lleno y el otro con apenas un dedo del líquido.

La hipótesis de la tragedia refiere que con seguridad Jorge Domínguez tenía premeditado obligar a su esposa Genoveva a matarse y luego apelar al suicidio, usando el veneno, que debió preparar con anticipación y por ello la orden a la recamarera de no abrir el cuarto durante su ausencia, para que la empleada no se diera cuenta de la existencia de los dos vasos.

Reconstruyendo los trágicos momentos que pasaron después de que Jorge regresó al hotel con la joven mujer, a quien seguramente había citado, fue casi seguro que ya en el cuarto la invitara a tomarse el veneno, sosteniendo el vaso con la mano izquierda, en tanto que con la derecha la amenazaba con el arma homicida. Seguramente hubo una cortísima lucha entre Genoveva y su marido.

La desdichada mujer debió haber rechazado con horror el vaso, derramándose su contenido por la habitación, sobre la cama y en la ropa de Jorge, quien estaba decidio a matar y morir.

Genoveva, al rehusarse a beber el tóxico, recibió a quemarropa un balazo en el pecho. Posiblemente al sentirse herida dio rápidamente la vuelta sobre la izquierda, dirigiéndose a la puerta que pudo abrir, recibiendo en esos momentos un segundo disparo que le perforó el brazo derecho. Ninguno de los balazos tenía orificio de salida. Gritando, Genoveva no alcanzó a dar más de dos o tres pasos cayendo de bruces en el umbral de la puerta del cuarto, que bien hubiera podido servir para una escena de amor y no de muerte y sangre.

El final de la tragedia, según expertos, se reconstruyó en el sentido de que Jorge Domínguez, al ver caer a su esposa, volvió el arma contra sí y se disparó, muriendo en el acto.

La pistola fue a caer sobre la orilla de la cama, sobre la cual había ropa en desorden, tal como el ingeniero tenía su vida…

 

 

En la portada de LA PRENSA del 19 de septiembre de 1934, tres fotos de la forma en que fue encontrado el cadáver de Genoveva en el interior del cuarto de hotel. Arriba, el cadáver de Domínguez Orozco y al centro el arma homicida.