HUMBERTO MARILES, MEDALLA DE ORO

Jinete de leyenda en caballo de oro 

Carlos Álvarez 

El general fue, de todos los ganadores olímpicos, el único que supo malograr la fama; la gloria obtenida montando a “Arete” se esfumó tras su infame asesinato.

I

Los periódicos de antaño son imágenes que postulan el recuerdo de una historia, de una tragedia o de un problema. La que ahora quiero contar es acaso muy específica y será también para los nuevos lectores, porque muchos de quienes la conocieron hace casi más medio siglo ahora quizás han muerto.

Empezar a medias y con la palabra problema es tal vez sólo fortuito; otros son los que cometen los crímenes y yo sólo afronto la muerte a través de estas páginas.

En las crónicas policiacas, el nombre de Humberto Mariles está escrito con tinta negra y memoria de sangre. Por otra parte, la historia del auge y fracaso del general estriba en la delgada línea del honor y lo opuesto, la inquina, la iniquidad, el oprobio. Mariles fue prototipo de buen soldado, excelente deportista, amoroso padre, respetable y admirado ciudadano.

Y, no obstante, bastó una nimiedad para sacar lo peor de sí, la mansedumbre aquietada mucho tiempo a causa del reconocimiento y luego la posteridad -que ingenuamente se fue apiadando de él- lo carcomió, porque él siempre gustó de la fama.

 

II

En este país debería existir un monumento a un caballo que le granjeó a México dos medallas de oro en una Olimpiada. Se llamó “Arete” y dicen que era un cuaco al que sus defectos congénitos impedirían coronarse; sin embargo, su jinete lo hizo rendir, en una hazaña muy difícil, porque el animal no tenía profundidad de campo, ya que era tuerto. También dicen que no era un caballo sino una yegua, pero eso es otro asunto.

Hay quien afirma que la vida es cíclica y que durante ésta pueden repetirse una serie de eventos fatuos o fortuitos. También hay quien afirma que la vida comienza y luego, ininterrumpidamente, se sucede sin que haya un momento similar hasta el día ulterior que sucede a la agonía.

Pero lo que pasó, por una parte, con Humberto Mariles y “Arete”; y por otra, con el general ante un duelo de pistolas con un hombre vil, pero que estaba desarmado, es digno de mención.

 

III

Agosto 14 es la fecha en dos años diametralmente lejanos. El primero dio inicio a la buenaventura, en 1948 en Londres, donde Mariles y “Arete” ganaron las dos primeras medallas áureas para los mexicanos, tres en total. El segundo, en 1964, cuando dio muerte a un hombre desarmado por una nimiedad.

Dos oros y un bronce ganó Humberto montando a su caballo “Arete”. En ese entonces Mariles todavía era coronel del Ejército Mexicano y llevaba alrededor de 12 preparando al equipo de jinetes mexicanos para competir en una justa olímpica, ya que desafortunadamente había visto esfumarse dos ciclos a causa de la Segunda Guerra Mundial.

A tal grado llegó para Mariles y “Arete el reconocimiento” que traspasó la frontera del tiempo que se le compuso un danzón: “El Arete de Mariles”, que interpretara durante muchas jornadas el grupo cubano Acerina y su Danzonera, allá en los míticos salones de baile de aquella época.

Aunque para lograr la gran hazaña tuvo que contradecir las órdenes del mismo Presidente Miguel Alemán, quien previo a la partida del equipo mexicano de equitación, llamó a Mariles para informarle que no podrían asistir ni a la gira previa ni a la justa olímpica, debido a que de acuerdo con la opinión del jefe del Ejecutivo “no se puede ganar”; y no se podía ganar supuestamente con un caballo tuerto.

Gran disgusto causo al teniente coronel -en ese entonces-; sin embargo, decidido emprendió el viaje. Sabido es que Mariles tenía cercanía con el expresidente Ávila Camacho, era camachista, por lo cual pide la intervención de éste, pero las esperanzas se antojan imposibles.

Y contra todo pronóstico y sin esperar la respuesta respecto a la intercesión del expresidente con Alemán, Humberto decidió irse con “Arete” y con todo el equipo.

Al llegar a Roma en una parada previa a su llegada a Londres, Mariles es requerido por el entonces embajador Antonio Armendáriz, quien le pide que olvide su empresa y que mejor regrese a México, pues había una aprehensión en su contra usted. Los cargos: desacato a la autoridad, peculado, deserción, entre otros asuntos.

Mariles, poniendo énfasis en sus palabras y detrás de una sonrisa le dijo que su destino era estar ahí para llenarse de gloria. Así que no regresaría. Después de todo, el perdón presidencial sería muy probable si regresaban cubiertos con las preseas añoradas.

Y, efectivamente, conforme se fueron dando los triunfos durante la gira y luego en la competición londinense, la molestia del Mandatario se redujo. Quizá esbozó una sonrisa, pero no olvidó la afrenta del desacato. Y Mariles junto con “Arete” y todo el equipo de equitación mexicano regresarían para ser recibidos con honores y vivir durante largo tiempo en la admiración del pueblo.

IV

Y como en aquel glorioso día, igualmente fue un 14 de agosto, pero 16 años después, cuando la vida de Mariles transitaba por el sendero donde su destino se bifurcó. Ese día fue invitado a las instalaciones del diario “La Afición”, ya que en 1964 inauguró sus rotativas.

Con gran placer acudió Mariles a la fiesta, pero una vez concluido el evento, abordó el Chevrolet rojo convertible de su hija Virginia y emprendió el retorno a casa. Sin embargo, en el camino se produjo el incide de tránsito que cambiaría su vida y lo que hasta entonces había sido el Olimpo, ahora se transformaría en el Hades.
De acuerdo con las versiones más difundidas de la época, al circular por Periférico tuvo un altercado con otro automovilista.

Ambos iban en la misma dirección, y en un momento dado, Mariles despotricó contra contratista -algunas fuentes indican que se trataba de un maestro albañil- Jesús Velázquez Méndez, quien conducía Chevrolet último modelo.

De acuerdo con Roberto Macías Naranjo, testigo de lo ocurrido: “El conductor del vehículo sedán iba en carril de alta velocidad en el Periférico, haciendo señas, moviendo la mano en actitud grosera; insultando al conductor del convertible. Más adelante, el hombre del sedán se cerró hacia su derecha acosando al del convertible, quien redujo la velocidad. Posteriormente, el sedán pasó al carril central y siguió cerrándose sobre el convertible. El tripulante del coche grande, además de las señas que hacía con el brazo, tocaba intermitente el claxon mentándole la madre al del carro pequeño. La actitud de este conductor era meramente pasiva: eludía, haciéndose aún más a su derecha, todos aquellos cerrones. Hasta que, de plano, el carro grande embistió abiertamente al convertible. Ellos salieron hacia Reforma Lomas y yo seguí”. A la altura de la Fuente de Petróleos -casi estaba por llegar a su casa el general- se produjo el último cerrón. Velázquez frenó impidiéndole el paso Mariles. Quien ya para ese momento había perdido los estribos.
El oficial de policía Juárez Naranjo, que se había percatado del incidente, se acercó con la finalidad de detener cualquier tipo de altercado.

No obstante, todo ocurrió rápido que cuando llegó a donde estaban éstos, ya discutían acaloradamente. Luego, el general Mariles regresó a su coche y sacó una pistola. Primero hubo un forcejeo y repentinamente se oyó la detonación de un calibre .38, que había penetrado el vientre de Velázquez. Era la pistola del general Mariles que había vengado el honor de su dueño, porque a un militar no lo educan para dejarse mentar la madre.

Entonces, al ver lo que había hecho, tanto Mariles como el policía Juárez Cruz subieron a Velázquez al convertible y contrario a lo que podría pensarse de alguien que mata a sangre fría, el otrora campeón olímpico llevó al herido a la Cruz Roja, donde permaneció hasta que, según los doctores que lo atendían, aquel hombre estaba fuera de peligro.
Luego de que se presentaran los investigadores y se hicieran las diligencias, tanto el agente del Ministerio Público como los médicos que intervinieron a Velázquez Méndez hicieron constar que el herido se presentaba en estado etílico.

Y luego de tomar declaración a Velázquez Méndez, el ministerio público redactó a la letra la declaración de Velázquez, el herido:
-…que, sin recordar la hora, manejaba su automóvil cuando tuvo una dificultad por un incidente de tránsito, que esto molestó al general Mariles, quien sacó su pistola y le dio un balazo; que no recuerda más ni recuerda en qué lugar sucedió el incidente.
Mientras tanto, a Mariles el agente del Ministerio Público le pidió que le entregara su pistola, tras lo cual designó al agente con la placa 3664 para que se encargara de custodiarlo.

Al poco tiempo se presentó el doctor Carlos Moreno, residente de la institución y quizás amigo personal o admirador del general, quien dejó escapara a Humberto Mariles por la ventana de un baño. Cuando el agente encargado de custodiarlo se dio cuenta del escape, como ya era de edad avanzada, sólo alcanzó a decir con fatalidad: “No es posible que se haya ido; me dio su palabra de honor”.

Se dice que el general Mariles aceptó la responsabilidad de sus acciones, pero no estaba preparado para la infamia y argumentaba que actuó en legítima defensa. Por tal motivo, solicitó que lo representaran los abogados Adolfo Aguilar y Quevedo y Arturo Chaim.

Inmediatamente los defensores hicieron una exhaustiva y rápida investigación sobre Velázquez Méndez, ante lo cual obtuvieron bastante información en la que destacaban que Velázquez Méndez era una persona desordenada y de poca calidad moral; había procreado varios hijos en uniones libres y con diversas mujeres. Con frecuencia se embriagaba, lo cual provocaba -como el día de los hechos- una reacción de embriaguez patológica, con un intenso impulso querellante y agresivo.

Los defensores de Mariles lograron determinar que existieron incidentes similares a aquél en el que había resultado herido, y particularmente destacaba uno en el cual el herido balaceó a otros conductores en la carretera México-Puebla y estaba en libertad bajo fianza cuando se suscitaron los hechos.

Lamentablemente, Jesús Velázquez Méndez falleció ocho días después del incidente… Cuando, al parecer, se encontraba ya totalmente fuera de peligro.

Los peritos que intervinieron, entonces, fueron los médicos y llegaron a una conclusión: (el contratista) murió por peritonitis generalizada y edema pulmonar, complicaciones de la herida de proyectil de arma de fuego penetrante de vientre y tórax.

La defensa se enfocó en una duda razonable ¿murió a consecuencia de la herida provocada por el disparo o a consecuencia de una inadecuada atención médica?

De acuerdo con los doctores Gilbon Maitret y Manuel Merino Alcántara, peritos oficiales, dictaminaron que en la autopsia encontraron “sólo una herida debidamente suturada, en la cara anterior del estómago, a pesar de que hubo lesiones en la región retroperitoneal y en el diafragma postrero-inferior, en la porción freno-gástrica. Todas ellas no fueron adecuadamente suturadas.

Descubrieron, además, que no había huellas de que hubiera sido explorada la retrocavidad de los epiplones y mucho menos drenada”.
Sin embargo, este dictamen fue duramente cuestionado por otros médicos que intervinieron en las investigaciones: los doctores Víctor Manuel Rojas Calvo, Luis Moreno Rosales y Francisco Castilla Nájera coincidieron en que “no se exploró la retrocavidad de los epiplones, lo que provocó la infección peritoneal que, al generalizarse, produjo el edema pulmonar y éste, la muerte del contratista”.

Y finalmente, un último informe proporcionado por el doctor Pedro Barajas dejó el asunto en la incertidumbre y a favor quizá del general Mariles: “…las lesiones que originalmente presentaba el herido no necesariamente ponían en peligro su vida”.

Quizás no murió el maestro albañil o contratista Velázquez a consecuencia del disparo sino por una mala atención médica, empero nadie en su sano juicio le mete plomo a otra persona sólo porque le mientan la madre, aunque como se dice por ahí, una bala es un pedacito de metal.

 

En la vida hay días sombríos. Para él, ahora, ya sólo habrá días sombríos.

Murió solo, triste y sin sus seres queridos alrededor. Sin un afecto al lado.

Al menos le quedó el consuelo de haber hecho algo, una vida pletórica.

Sus medallas le dieron el éxtasis de la pasión triunfante.

 

Cada día que pasaba -desde que le disparó en el estómago a su rival y escapó por aquella ventana de la Cruz Roja para evadir su responsabilidad- Humberto Mariles se hundía en la nostalgia, la tristeza de estar lejos de su familia, patria y de los éxitos deportivos que algún día consiguió. Llevaba más de nueve meses escondido en el pequeño condado de Hidalgo, en el estado de Texas, Estados Unidos, pero su exilio, más metafísico que geográfico, alejado de lo que más le daba sentido a su vida lo llevaron a tomar una decisión determinante: la de regresar y saldar cuentas con la justicia mexicana.

Así que, el 13 de junio de 1965, justo el día de su cumpleaños, arribó a la Ciudad de México, se reunió con su familia en la residencia de su abogado Adolfo Aguilar y Quevedo, por los rumbos de las Lomas de Chapultepec, citó a los medios de comunicación e hizo público que se entregaría a la policía para aclarar el percance donde baleó al señor Jesús Velázquez Méndez.

En la sala de aquel lujoso domicilio, Mariles Cortés extendió los brazos y estrechó a sus cuatro hijos: Alicia, Vicky, Patricia y Humberto, después se acercó su esposa Alicia y le dio un beso en la mejilla, el llanto no se hizo esperar, sólo el padre de familia logró contenerse, aunque en su rostro era obvio lo que estaba sintiendo. Habían pasado nueve meses sin verlos y abrazarlos. Justo en ese conmovedor momento, el fotorreportero de LA PRENSA Rodolfo Martínez capturó con su cámara aquella escena que perduraría para la posteridad.

Pero la felicidad duró muy poco para la familia Mariles Cortés, debido a que en pocos minutos llegó Melchor Cárdenas, el director de la Policía Judicial y su mano derecha, el agente Héctor Martínez Cabañas, quienes entraron para llevarse al medallista olímpico. Mariles caminó hacia Cárdenas y lo saludó amablemente: “Lástima que después de tanto tiempo tengas que verme así; no esperaba que nos encontráramos en esta situación. Tú sabes que te aprecio como lo hacían don Manuel Ávila Camacho y el licenciado Miguel Alemán”. El director de la Judicial tuvo una frase consoladora para su conocido: “Señor general, lo que le ha ocurrido es accidental. Son percances que les alcanzan a todas las personas. Es mejor resolver cuanto antes y en la mejor forma estas cosas”.

Como doña Licha y sus cuatro hijos no paraban de llorar, Mariles los consoló: “No lloren, deben estar satisfechas por la acción de su padre, que es hombre, pues es mejor esto, a seguir en la forma en que andaba. Esto es producto de un accidente; lo que venga ya se resolverá en el Juzgado”.

Entonces el exmilitar señaló que estaba listo, y junto a los agentes Melchor Cárdenas, Héctor Martínez, así como sus abogados Adolfo Aguilar y Quevedo y Herminio Ahumada abordaron una camioneta que los condujo a las instalaciones de la Policía Judicial, donde quedó a disposición.

Al día siguiente, Mariles Cortés fue trasladado a la Dirección General de Investigaciones, donde fue sometido a un extenso interrogatorio por parte del agente del ministerio Público, el licenciado Heriberto Prado Reséndiz; los abogados Fernando Ortiz de la Peña y Antonio Villada Morales, director general y director de control de procesos de la mencionada corporación. El exmilitar en todo momento sostuvo que actuó en defensa propia y que proporcionó todos los recursos necesarios para que su rival, el señor Jesús Velázquez recibiera la atención médica necesaria. También, señaló que el día de los hechos dos policías lo acompañaron hasta la Cruz Roja y en ningún momento le hicieron saber que estaba detenido o que tenía que acudir al Ministerio Público para deslindar alguna responsabilidad; además de que se tuvo que retirar porque tenía un compromiso muy importante que atender, ya que se le había asignado para recibir a un grupo de caballistas venezolanos que llegarían a la Ciudad de México.

Mariles declaró, que, incluso, después de 20 minutos de iniciada la operación para extraerle la bala al señor Jesús Velázquez, un médico le comentó que no se preocupara, todo iba muy bien y que no habría ninguna complicación; esto, más la recomendación de su abogado Adolfo Aguilar y Quevedo, que se fuera a su casa o a atender su compromiso, ya que el asunto no era grave y que había actuado en defensa propia, lo llevaron a irse del hospital, pero dejó muy claro, que no lo hizo escapando por la ventana de un baño como se decía, sino por la puerta del nosocomio, a pesar de que tres testigos lo vieron brincar la ventana.

Asimismo, el interrogatorio terminó con la intervención de los abogados de Mariles, quienes acusaron a Velázquez de ser una persona violenta, provocadora de pleitos y no un modesto albañil, como lo demostraba el automóvil que poseía y la fianza de 40 mil pesos que pagó, cuando baleó a un taxista de nombre Enrique Gálvez años atrás.

Por la tarde, Humberto Mariles fue ingresado a la Prisión Preventiva de Lecumberri, donde se le fichó con el número 4,359, le fueron tomadas las fotos de rigor y se le asignó su celda en la crujía B.

8 EN EL DESAMPARO 

Por otra parte, el reportero de LA PRENSA Jorge Herrera, se dio a la tarea de entrevistar a la viuda de Jesús Velázquez, la señora Guadalupe Reyes para saber si había recibido alguna ayuda por parte del señor Mariles o de su familia. En dicha conversación dijo: “No sé si la señora Mariles sienta feo por todo lo ocurrido, pero como sea, ella sabía que su esposo iba a regresar en la forma que fuera, yo sabía que el mío no iba a volver. Yo perdí a mi esposo, al padre de mis hijos para siempre”, señaló frente al mostrador de su modesta tiendita llamada Los Dos Arbolitos, mientras cargaba al más pequeño de sus ocho hijos, el resto también se encontraban a su alrededor.

Cuando el reportero le preguntó si había recibido ayuda por parte de la familia del señor Mariles, Guadalupe contestó que un mes antes, una de las hijas del exmilitar, le entregó 200 pesos en efectivo y 500 pesos en mercancía para surtir su miscelánea, además de 5 mil pesos que el Departamento del Distrito Federal le proporcionó, era lo único que había recibido desde la muerte de su esposo. Pero lo que más le preocupaba, era poder ofrecerles educación a sus hijos, ya que ella sola no iba a poder costear los gastos de todos.

Después de varios días en los que se realizó el desahogo de pruebas por ambas partes: acusadora y defensora, el sábado 19 de junio de 1965, ante la presencia de varios testigos, el secretario del juzgado, el licenciado José Castillo Silva y el ministerio público Enrique Soto y Paz, la señorita mecanógrafa Nieves Torres de García leyó el siguiente documento: “Se decreta la formal prisión contra el señor Humberto Mariles Cortés, como responsable del delito de homicidio simple intencional, perpetrado en la persona del señor Jesús Velázquez Méndez, en las circunstancias externas de ejecución de lugar y tiempo, por cuyo delito ha ejercido acción penal el Ministerio Público en su contra”. Meses más adelante, fue condenado a 10 años de prisión por el delito mencionado; así, la existencia de quien fuera un laureado jinete olímpico, se tornó aún más desdichada.

Sin embargo, el exgeneral y sus abogados metieron un amparo al Tribunal Supremo de Justicia con el cual logró obtener su libertad 7 años después de reclusión. Así, en julio de 1971, Humberto Mariles salió de la Penitenciaría de Lecumberri y hasta logró colocarse en el gobierno del Presidente Luis Echeverría Álvarez, como funcionario del Consejo Nacional de Turismo.

En noviembre del 72, el gobierno federal le solicitó viajar a París para que se encargara de la supuesta compra de unos caballos, esta situación molestó a Mariles, debido a que por esos días, su hija mayor Alicia iba a contraer matrimonio. No obstante, el exgeneral cumplió con su deber y abordó un avión hacia la capital francesa el 23 de noviembre.

En París, Humberto Mariles se reunió en un restaurante con el embajador Silvio Zavala y con otro sujeto llamado Max Rivera, con quien se hospedó en un hotel de la Villa George Sand, muy cerca del Río Sena. En ese lugar, le fueron entregadas dos maletas que, supuestamente, contenía la documentación necesaria para la compra de una flotilla de caballos. Pero en realidad, las maletas contenían 60 kilos de heroína, por lo cual, la noche del 25 de noviembre, Mariles y el señor Max Rivera fueron detenidos en su habitación por la Policía francesa.

Los medios de comunicación franceses difundieron la información que se conoció por todo el mundo: “El general mexicano retirado Humberto Mariles Cortés, campeón olímpico de equitación en 1948, fue arrestado en París con 60 kilos de heroína pura que debía introducir en México, para su posterior distribución en Estados Unidos y los cuales, tendrían un valor de 15 millones de dólares”.

Recluido en la prisión de La Santé, Mariles sólo recibió las visitas del canciller Emilio O Rabasa, del embajador Silvio Zavala, de la cónsul Teresa Suárez y de su abogado Roger Blateau, pero nunca recibió el apoyo de la Secretaría de Relaciones Exteriores, ni de la Secretaría de la Defensa Nacional, ni mucho menos del Consejo Nacional de Turismo para el cual trabajaba.

Cuando su abogado Roger Blateau hacía todos los esfuerzos por reunir las pruebas suficientes que probaran su inocencia, la madrugada del 6 de diciembre de 1972, el embajador Silvio Zavala recibió una llamada telefónica del director de la prisión municipal de La Santé, París: “Señor embajador, lamento informarle que su compatriota el exgeneral Humberto Mariles Cortés, acusado de narcotráfico, ha sido encontrado muerto en el interior de su celda”. Aquel día, el acusado ya no tuvo la oportunidad de presentar su declaración en el Palacio de Justicia, la cual estaba prevista para las diez de la mañana.

Aunque los restos de Humberto Mariles fueron sometidos a la autopsia y a un análisis toxicológico, su fallecimiento fue un verdadero misterio, ya que las causas quedaron indeterminadas. Por un lado, el Instituto Médico Legal de París señaló que el detenido había muerto por un edema pulmonar, sin embargo, su familia afirmaba que había sido envenenado, ya que Mariles murió poco después de que comiera el desayuno y unas horas antes de comparecer ante las autoridades. Indicaron que a su padre le habían “puesto un cuatro”, pues él no tenía nada que ver con narcotraficantes.

Su hijo Humberto Mariles Valdés viajó a París para reclamar el cuerpo de su padre, a quien sepultaron días después en la Ciudad de México.

En el desamparo quedaron doña Guadalupe Reyes y sus 8 hijos, a causa de la soberbia del excaballista, quien privó de la vida al modesto Gerardo Velázquez Méndez