Cristina Soledad Sánchez La Matataxistas

Alfredo Sosa
“EN MANOS DE DIOS”
En el hogar de la familia Mendoza, en García, Nuevo León, todo era tristeza, dolor e incertidumbre. O como dijo Roselinda Mendoza: “la ausencia de mi papá nos cambió todo y para siempre”. Su padre Abel Mendoza, de 69 años, desapareció el 18 de mayo de 2010; salió a trabajar como cualquier otro día en su taxi, pero ya no regresó. En su momento dieron aviso a las autoridades y ellos mismos, en familia y junto con vecinos y amigos salieron a buscarlo por su cuenta, pero no lo encontraron.
El mismo calvario padecía la familia Tovar Zavala, radicados en Saltillo, Coahuila. Martín, hijo de la señora Sofía, salió el 20 de mayo por la mañana en su unidad a trabajar, nunca más volvieron a saber de él. Martín era el novio de Cristina Soledad Sánchez. Y por si fuera mucha coincidencia, el 22 y 28 de mayo, José Alfonso Quiroz y Omar Pérez Velázquez, también ruleteros de la misma entidad, tenían reporte de desaparecidos.
El 5 de junio por la noche, los medios de comunicación dieron a conocer la captura de una peligrosa homicida, quien había dado muerte a varios taxistas. Ante las cámaras presentaron a Cristina Soledad Sánchez y se hacía hincapié, en que se buscaba a un joven apodado “El Azteca” y dos cómplices más. Las familias de los conductores extraviados: Mendoza, Tovar, Quiroz y Pérez tenían algo en común sin saberlo: cinco familiares asesinados por las mismas personas y enterrados en el mismo lugar. Roselinda diría más adelante a los reporteros: “dejo la justicia en manos de Dios”. En el momento que se informaba sobre aquellos terribles crímenes, Aarón Herrera Pérez merendaba con sus padres, miraban las noticias, el muchacho cabizbajo les confesó ser el cómplice de aquella mujer.

DON EZEQUIEL
A unos días de la captura de “El Azteca”, sentado en la orilla de la cama, estirando un poco el cuello para darse una tregua contra el calor infernal, Ezequiel Herrera Nájera, su padre, tomó la iniciativa y contundente soltó la sentencia a un reportero de un diario local: “Sí, mi hijo asesinó a los taxistas. Que Dios lo ayude y cuide ahí, donde va a estar preso”, dijo con voz entrecortada. Se trataba de hacer fuerte y continuó: “Si mi hijo es un chavo bueno, nunca se metía en problemas con nadie, pero esa tal vieja, la Cristina, lo metió en problemas… nunca noté que pensara de esa forma, me refiero en hacer esos actos tan malos…”, se desbordó y las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Después de unos minutos continuó: “Si mi muchacho era muy chambeador, le gustaba trabajar en la construcción, era ayudante de albañil y trabajaba en la maderería Crystal, allá por la calle de Urdiñola… nunca noté una actitud sospechosa de su parte, ya que desde que se levantaba sólo nos decía a su madre y a mí, que iba a Monterrey a trabajar en la plomería y regresaba por las noches, era lo que hacía”.
Don Ezequiel, con el llanto en el rostro, volvió a hacer otra pausa. Miraba hacia la calle, el techo, el suelo, parpadeaba y apretaba los ojos para mitigar un poco las lágrimas, pero no hallaba consuelo, entonces explicó cómo su hijo Aarón les contó todo: “Vimos en la tele que detuvieron a esa mujer, así que mi muchacho nos confesó que él había trabajado con ella y matado a tres taxistas, nos dio mucho miedo porque no sólo amenazaron a mi hijo, sino también a nosotros”. Completamente derrotado y cabizbajo pidió perdón a las personas afectadas: “Pido una disculpa a todas las familias, lo siento mucho. Sé que sí cometió esos delitos, pero todos tenemos errores. Ahora, ¿qué va a suceder con él, conmigo, con su madre? No sé, por eso pido a Dios que nos ayude”, concluyó inundado de dolor.

Los mataba con la intención de robarles el auto y venderlo en el mercado negro, pero en realidad había algo más, en el fondo la carcomía un deseo incontrolable de venganza contra los hombres, ya que fue abusada sexualmente en su infancia y adolescencia.

UN POZO COMO UN INFIERNO…
Las autoridades ministeriales de Nuevo León habían hecho la mitad de su trabajo: lograron capturar a Cristina Soledad Sánchez y a tres de sus cómplices, entre ellos, Aarón Herrera Pérez, “El Azteca”, pero aún faltaba dar con los cadáveres de las víctimas. Así que un grupo de especialistas en explorar pozos se dieron a la tarea de buscarlos.
Para ello introdujeron en aquella tumba estrecha una trampilla circular de dos metros de alto, la cual, al topar con algún objeto se abría y guardaba en su interior lo hallado sin dejar salir el contenido. El mecanismo a su vez era bajado y subido por medio de una grúa que la sostenía con unos cables.
Era el 14 de junio, autoridades judiciales, familiares de los taxistas desaparecidos y los especialistas estaban ahí, en medio del desierto, bajo un calor infernal ante el pozo que fue el infierno mismo de las víctimas de Cristina Soledad Sánchez, quienes fueron arrojados a la profundidad; después de varias horas maniobrando, los trabajadores habían encontrado algo, subieron la trampilla, la abrieron y ante las miradas atónitas de todos los presentes, se presentó la escena macabra: era el cuerpo de un hombre, el cual ya se encontraba en avanzado estado de putrefacción. Aquello era tan repugnante que parecía una pesadilla. El calor y el olor pútrido incitaron aún más las náuseas de los testigos. Los peritos cubrieron el cuerpo con una manta blanca, no pudieron determinar en ese momento a quién correspondía, e informaron a los familiares que tenían que llevárselo al Servicio Médico Forense para realizarle la autopsia y estudios de ADN para su plena identificación. Así que la angustia y la incertidumbre de los familiares no cesaron, a pesar del hallazgo. Pero por las ropas, supusieron que podía tratarse de José Alfonso Quiroz o del señor Abel Mendoza.
Al día siguiente, al mismo lugar y las mismas personas regresaron para continuar con la búsqueda; al filo de las 16:00 horas, la maquinaria volvió a contener algo, la sacaron a la superficie y, en efecto, se trataba de otro cuerpo, de igual forma, en estado avanzado de putrefacción. A las 18:00 horas, hallaron dos más. Irreconocibles tuvieron que ser trasladados también para aplicarles pruebas de genética.
Después de dos semanas, la Procuraduría de Justicia de Nuevo León reveló los resultados de las pruebas de ADN realizadas a los familiares y los cuerpos sacados de aquella tumba oscura en medio del desierto. Mediante éstas, se pudo comprobar la identidad del cadáver del señor Abel Mendoza, de 69 años; Omar Pérez Velázquez, de 31; José Alfonso Quiroz, de 59; Martín Tovar Zavala, de 39, quien fuera pareja de Cristina Soledad Sánchez. También hubo un quinto cuerpo que las autoridades rescataron del pozo, pero sobre éste no se pudo saber su identidad, y nadie tampoco fue a reclamarlo. Al final, el único consuelo de los familiares de los taxistas asesinados fue enterrar a sus muertos.

CONDENA
La Policía de Nuevo León tenía gran parte del caso resuelto; había capturado a la autora material e intelectual de los asesinatos, a sus cómplices y recuperado los cadáveres de las víctimas, pero sobre las unidades robadas no tenía nada concreto. Cristina Soledad Sánchez había declarado a las autoridades desde un principio que algunas las vendió completas en el mercado clandestino en Saltillo y otras en partes en García, Nuevo León.
Pero la pregunta más inquietante, que no sólo se hacía la policía sino la sociedad era el por qué “La Matataxistas” había cometido aquellos crímenes.
Por ello la multihomicida fue sometida a varios exámenes psicológicos y concluyeron que Cristina Soledad Sánchez tenía una personalidad antisocial, no mostraba arrepentimiento por sus actos, tendía al sadismo y reacciones desproporcionadas, casi siempre violentas; también expresaba frustración y odio, en especial al género masculino. Fue quizá, cuando la asesina reveló su mayor confesión: la de haber sido abusada sexualmente por varios años durante su infancia y adolescencia. Eso no era una coincidencia, pues explicaba su violenta conducta y aberración, en particular con los hombres, contra quienes, en una especie de venganza contra ellos, cometió aquellos crímenes.
En el mes de agosto de 2010, un juez del municipio de San Pedro Garza García, Nuevo León, condenó a 195 años de prisión a Cristina Soledad Sánchez, “La Matataxistas”, por los delitos de robo con violencia, asociación delictuosa, homicidio doloso y violación a las leyes de inhumación y exhumación. A su cómplice Aarón Herrera Pérez de 27 años, se le impuso una sentencia de 152 años y 4 meses de cárcel. A otros dos jóvenes detenidos, a quienes en un inicio se acusó de pertenecer a la banda de Cristina, se les dejó en libertad, pues no se pudo comprobar su participación en dichos delitos.