MOVIMIENTO ESTUDIANTIL DEL 68

Alfredo Sosa
Las principales demandas de los universitarios fueron la necesidad de la democratización del sistema político y que se abriera el diálogo público

El Movimiento Estudiantil mexicano de 1968, estimado lector, fue un acontecimiento muy complejo. No se dio de manera espontánea, tampoco se derivó de un enfrentamiento entre golpeadores pagados por el gobierno y estudiantes, no fue un conflicto exclusivo del entorno universitario; es cierto que lo encabezaron jóvenes universitarios de distintas instituciones y el apoyo de ciertos sectores de la sociedad civil, pero no surgió de la nada.
En los años sesenta, México padeció un severo estancamiento económico, en el sistema político, sólo existió un partido: el PRI, no hubo una oposición que le compitiera. Por lo tanto, el régimen gozó de hegemonía y autoritarismo por varios sexenios, no hubo posibilidades de diálogo con los distintos sectores de la sociedad que resolviera sus problemas y necesidades. Este comportamiento se volvió hábito y se reprodujo desde la cúpula del poder hasta el seno familiar, las mujeres maniatadas en su rol de abnegadas y sumisas, y padres e hijos eran incapaces de comprenderse, la comunicación entre ellos era nula y el castigo y la represión se impuso.

ESPÍRITU DE RESISTENCIA
La mañana del 22 de julio de 1968 comenzó muy agitada, por los rumbos de Lucerna y Versalles, en pleno centro de la Ciudad de México. Eran las 10 horas con quince minutos, cuando alumnos de la secundaria y preparatoria Isaac Ochoterena fueron agredidos con piedras, palos y tubos por estudiantes de las Vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional y a la gresca se sumaron dos pandillas delincuenciales del rumbo, “Los Arañas” y “Los Ciudadelos”; aquel suceso se convirtió en un combate de todos contra todos.
Testigos de la época mencionaron que entre los estudiantes del Poli y la escuela incorporada a la UNAM, ya existía un pique por varias razones; sobre las dos pandillas, dijeron que éstas golpeaban a quien sea por puro placer o cuando les pagaba el gobierno, pero si madreaban a algún estudiante, era mucho mejor, su repudio contra ellos era evidente.
Al día siguiente la bronca se reinició, los politécnicos llegaron armados con piedras hasta la Ochoterena y la agredieron hasta que se cansaron. Hubo varios adolescentes y maestros lesionados, también causaron daños contra automovilistas que circulaban por la zona.
Cuando los del Poli regresaron a sus planteles en La Ciudadela, les cayeron decenas de granaderos, quienes ingresaron a las Vocacionales y los golpearon con sus macanas a diestra y siniestra, también los profesores sufrieron el ataque, además de que la autoridad lanzó bombas lacrimógenas contra ellos. La riña duró más de dos horas. La policía detuvo a cientos de jóvenes y a varios maestros, a quienes trasladaron en camiones a distintas agencias del ministerio público.
El día 26, la Federación de Estudiantes Técnicos (FNET), del Politécnico realizó una marcha en protesta por la agresión policiaca, la cual partió de La Ciudadela y tenía como destino el Casco de Santo Tomás, sin embargo, en el camino fueron de nuevo reprimidos por los granaderos. Más jóvenes resultaron heridos y decenas también fueron detenidos.
A este enfrentamiento y la intrusión de la policía a las Vocacionales 2 y 5, se les consideró como el origen del Movimiento Estudiantil de 1968.
El mismo 26, por la tarde, otros alumnos del Politécnico pertenecientes a la Conferencia Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), de perfil comunista, celebraba como cada año el aniversario del asalto al Cuartel Moncada en 1953 que originó el movimiento revolucionario cubano, encabezado por Fidel Castro. Indignados por los sucesos ocurridos unas horas antes, decidieron marchar hacia el Zócalo.
De pronto, en la Alameda y Avenida Juárez, un grupo de espontáneos con pinta de golpeadores apedrearon los aparadores de los negocios, atracaron a los peatones y golpearon a los universitarios. En San Juan de Letrán y Madero la policía instaló retenes y detuvieron a todo aquel que se les hizo sospechoso. En la Avenida 5 de Mayo se multiplicaron los agentes, todo fue caos, transeúntes y estudiantes trataron de correr hacia el Zócalo y se mezclaron por las principales calles del Centro Histórico, mientras los agentes policiacos los apalearon con sus macanas y los subieron a los camiones para remitirlos a los separos.
Los alumnos de las Preparatorias 2 y 3 salieron a las calles para ayudar a sus compañeros del Politécnico. Improvisaron barricadas con camiones, se armaron con piedras y palos e hicieron frente a los policías, quienes cada vez eran más y sometían con saña a los detenidos. El enfrentamiento duró casi cuatro horas. Entonces los estudiantes se refugiaron en la Preparatoria 1, en San Ildefonso. Esa noche, la paranoia del gobierno gritaba: “¡salvemos las olimpiadas!”.
El día 28, las procuradurías del Distrito Federal y de la República remitieron a 43 jóvenes a la Penitenciaría de Lecumberri, los cargos fueron: lesiones, secuestro, robo, pandillerismo, daño en propiedad ajena, daño a las vías de comunicación y daño a la nación. Entre los consignados se encontraban tres extranjeros: Mika Seeger, hija del cantante estadounidense Pete Seeger, Alejandro Pérez William y el chileno, Raúl Patricio Poblete, miembro del Partido Comunista Mexicano. Mientras, otros 200 jóvenes quedaron en libertad y el gobierno los conminó a no meterse en más problemas.

LAS PESADILLAS DE LA PARANOIA
La antorcha olímpica llegaría a México en el 68, serían los primeros juegos de su categoría en Latinoamérica, nada podría salir mal, al contrario, el gobierno mexicano encarnado en la figura de Gustavo Díaz Ordaz estaría ante las miradas del mundo, tendría que ser una justa deportiva fastuosa; sin embargo, el Presidente sospechaba que algo turbio se respiraba en el ambiente, una situación terrible se gestaba. Ante los rumores surgía la pregunta: ¿Quiénes eran los conspiradores? Impaciente Díaz Ordaz aguardaba la irrupción del mal. La paranoia inundaba sus pensamientos y aparecieron los monstruos. Mismos que, según su creencia, se materializaron el día 26, en las marchas de estudiantes hacia el Casco de Santo Tomás y el Zócalo; por eso la orden de aplacarlos con violencia, pues estaba convencido de que entre los jóvenes se anidaba la infamia de la traición.

Valientes aquellos que quieren recordar lo que otros han olvidado ya
Carlos Álvarez

Si los nombres de grandes personajes del movimiento estudiantil de 1968 resuenan, aunque la memoria se desvanezca con el tiempo y a pesar del oscuro silencio y de la opaca verdad en torno a la justicia, con aquella muestra de unión y solidaridad de los estudiantes con el pueblo y viceversa, lograda el 13 de septiembre de 1968 mediante la denominada Marcha del Silencio, quedó demostrado que el gran personaje en la historia es una comunidad organizada.
Convocada por el Consejo Nacional de Huelga (CNH) como una manifestación pacifista, la marcha respondía de manera contundente y con elocuencia al mensaje del entonces Presidente Gustavo Díaz Ordaz, que en su 4o. Informe de Gobierno se había mostrado autoritario contra el movimiento y había dejado en suspenso tanto las demandas como la petición de diálogo público.
Porque aquél cabalístico 13 de septiembre, frente a la infamia de un gobierno represor, los estudiantes demostraron que bastaba con un límpido mensaje sin pretensiones, bajo la consigna de “nadie deberá abrir la boca”.
Por la tarde, aproximadamente a las 15:00 horas, comenzaron a congregarse los estudiantes en torno al Museo Nacional de Antropología e Historia; posteriormente, hacia las 17:00 horas, se estimaba que alrededor de doscientos mil manifestantes -como se consignó en LA PRENSA- iniciaban su trayecto al Zócalo, avanzando por Paseo de la Reforma, virando luego en diagonal hacia Avenida Juárez, para posteriormente internarse por Madero y 5 de Mayo rumbo a la Plaza de la Constitución.
Una vanguardia de vehículos y motocicletas -informaron los reporteros Félix Fuentes y Ubaldo Díaz de El Periódico que Dice lo que Otros Callan- iba abriendo paso a las “miles de personas de todas las clases sociales…”, a quienes aplaudían durante su paso.
Fue a las 19:00 horas cuando comienzaron a entrar en el Zócalo los manifestantes, concluyendo el arribo de los últimos casi a las 21:00 horas, cuando el mitin ya había comenzado. Aquel día también se conmemoraba el aniversario de la Batalla de Chapultepec de 1847 pero nadie miraba al pasado, pues todos tenían puestos los ojos en ese instante presente.
Y aunque los discursos en el mitin fueron emotivos, eran casi un vaticinio de lo que habría de pasar después: “Pueden todavía desatar la más brutal de las represiones, pero ya no nos doblegarán; no nos pondrán de rodillas. Hemos comenzado la tarea de hacer un México justo, porque la libertad la estamos ganando todos los días…”.
Y en tanto la manifestación del silencio se desarrollaba, en las inmediaciones del Museo de Antropología los automóviles de los participantes eran destrozados por grupos de choque. Así pues, cuando estudiantes y maestros regresaron al lugar de partida de la manifestación, se encontraron con que varios de sus vehículos habían sido apedreados y los neumáticos pinchados.
Se pensó que ésta había sido la obra de elementos del gobierno, seguramente elementos del Ejército vestidos de civil o miembros del MURO  (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación). Un profesor que se hallaba en ese lugar escuchó una orden en el sentido de que dispararan contra todo aquel que se acercara para impedir que fueran destruidos esos vehículos.
De esa marcha que pretendía ser silenciosa resultó herido el estudiante Rodolfo Oliveros Ángeles, quien fue agredido a tiros y, de acuerdo con información de los médicos, perdió el ojo izquierdo. Al respecto, Manuel Alonso Aguerrebere, presidente del MURO, declaró: “No es la primera vez que los comunistas utilizan la violencia y el terror para atemorizar a aquellos que se oponen a sus apátridas objetivos”.
En un memorandum con rúbrica de Nazar Haro, se informó sobre una supuesta conversación telefónica que el comandante Guadarrama sostuvo con el licenciado Nogerón, secretario particular del rector, la cual sirvió como antecedente para que el rector Barros Sierra hiciera un llamado a terminar la huelga: “El Rector ha hecho un llamado al retorno a la normalidad en la vida de nuestra casa de estudios. Mas, para evitar graves peligros a la Universidad, ello no debe lograrse por la imposición de unos grupos sobre de otros, y menos aún con violencia”.

Entrada del Ejército a CU,
el 18 de septiembre
Durante la ocupación el 18 de septiembre del 68, aconteció el curioso caso de Víctor Villela, el “único” herido por el Ejército, así como el insólito ocultamiento de Alcira Soust Scaffo.
Un recital de poesía irrumpió desde unos altoparlantes acostumbrados a transmitir mensajes revolucionarios aquel día en que los militares ingresaron a Ciudad Unviersitaria. Así fue, porque una mujer había puesto al poeta León Felipe, que no muy lejos, en el Sanatorio Español, dejaba este mundo, tal como lo dio a conocer LA PRENSA en su edición del 19 de septiembre, junto con todos los pormenores respecto a la toma de CU.
En la década de los años 60 la vida intelectual en México era intensa, los jovenes convivían con intelectuales y escritores, ya Luis Villoro, León Felipe, Octavio Paz, José Revueltas o Juan Rulfo. Por ese entonces arribó a México Alcira Soust Scaffo, de nacionalidad uruguaya, becada para estudiar.
Por alguna extraña razón, quizá debido a su gentileza, la Torre de Humanidades se convirtió en casa de Alcira, quien se hizo amiga no sólo de intelectuales como Revueltas, sino de la comunidad universitaria.
De tal suerte que la noche del 18 de septiembre de 1968, cuando se percató de que la artillería entraba en Ciudad Universitaria para reprimir al moviemiento estudiantil, Alcira permaneció escondida en la Torre desde donde puso un disco del poeta León Felipe, para recibir a los militares que violaban la autonomía de la Universidad.
Desde la ventana de un baño del octavo piso, Alcira miró los cuerpos de profesores y estudiantes ante el pánico que la dejó paralizada en un piso vacío de una Universidad que estaba siendo ocupada por el Ejército.
El lunes 30, cuando las tropas salieron de CU dejando un rastro de robos y destrozos -pero no todo atribuible al Ejército sino más bien a la policía-, Alcira, que había permanecido encerrada durante 12 días en los baños, fue encontrada por el poeta Rubén Bonifaz Nuño, que tenía su cubículo en el mismo piso.
Al escuchar gritos provenientes de los baños, se acercó y vio a Alcira casi desfallecida; entonces la recogió para llevarla a Servicios Médicos. Ella relataría más tarde lo que había vivido. “Estuve en este baño para que no me vieran los soldados. Me subía a la taza y ponía el seguro para que al entrar no vieran a nadie”. Cuando los militares salían del baño, Alcira bajaba de la taza y se asomaba por la ventana para ver si podía salir, pero se daba cuenta de que ahí seguían. Durante esos días que estuvo agazapada, sólo tuvo por alimentos agua y papel higiénico.
La mañana del 19 de septiembre de 1968, el poeta Víctor Villela, quien entonces era el secretario de Rubén Bonifaz Nuño, fue herido por una bala, luego de que unos estudiantes le habían hecho el favor de acercarlo al estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras.
El curioso caso de Víctor fue considerado como el del único herido durante la toma de la Universidad por el Ejército. El despistado poeta se había presentado a trabajar, como lo hacía cada mañana, pero ese día se econtró con que había sido “tomada” la autónoma Ciudad Universitaria (“recuperada para el gobierno por el Ejército Nacional” la noche anterior, según decían los noticieros).
Un militar le había marcado el alto y Víctor insistió en que debía entrar a la Torre. Luego de intentarlo durante un considerable tiempo, los estudiantes lo convencieron de desistir, tras lo cual, al darse cuenta de que el asunto de la milicia en las instalaciones era algo grave, subieron al coche para marrcharse a toda prisa. No obstante, el mílite se molestó al punto que cortó cartucho y disparó contra el auto.
La bala viajó hasta llegar a su objetivo y, perforando láminas y forros internos, se alojó en la cadera y la cabeza del fémur de Víctor Villela. Entonces, finalmente fueron detenidos y el herido transportado al Hospital Militar, donde convaleció y de donde saldría días después cojeando para siempre.
Víctor Villela había sido el único herido en la “gloriosa recuperación” de la UNAM, a la vez que el Casco de Santo Tomás del Politécnico había sido también “invadido”.

La toma del Casco de Santo Tomás, el 23 de septiembre
La violencia contra la comunidad politécnica fue mucho mayor a la ejercida contra los universitarios, pues no sólo hubo detenciones, heridos y muertos, sino también desapariciones forzadas.
Destacó en este evento las tácticas ofensivas por parte del Estado, desde el envío de la Policía Preventiva del DDF, la intervención de grupos paramilitares y la ocupación de las instalaciones por parte del Ejército.
Los edificios fueron balaceados y los coches ametrallados.
Rodeando las instalaciones, el Ejército abrió fuego y realizó detenciones ilegales. Además, se aplicó una política de exterminio contra el grupo nacional opositor movilizado, demostrando con ello el Estado y sus instituciones la particular violencia en contra los politécnicos y el trato represivo de tintes clasistas.

BAZUCAZO EN SAN ILDEFONSO
En los años sesenta la comunidad estudiantil cuestionó el sistema político y social mexicano, pero el gobierno creyó que se trataba de una conspiración contra los Juegos Olímpicos; Díaz Ordaz no dudó en reprimir a la juventud
La resistencia demostrada del día 23 al 26 de julio por los estudiantes no agradó nada al Presidente Díaz Ordaz, así que en una reunión con el Secretario de Gobernación Luis Echeverría Álvarez, decidieron que el Ejército mexicano interviniera contra el Movimiento Estudiantil.
Por ello, la madrugada del 30 de julio, decenas de elementos de la Primera Zona Militar al mando de José Hernández Toledo, llegaron al primer cuadro de la ciudad armados con bayonetas. El convoy lo integraban también tanques, jeeps equipados con bazucas, cañones de 101 milímetros, y varios camiones transportadores de tropas.
A las afueras de las Preparatorias 1 y 3, en San Ildefonso, los militares volaron la puerta del plantel de un bazucazo, después ingresaron, los estudiantes se resistieron; el combate era muy desigual, llevaron las de perder. Decenas intentaron escapar hacia las calles, pero fueron detenidos. En las Preparatorias 2, 5 y en la Vocacional 5 se presentó el mismo escenario entre soldados y universitarios. Los escombros del inmobiliario, los heridos y muertos fueron testimonios de la acción militar. Pasado el zafarrancho, los planteles de la UNAM y del Poli fueron tomados por el Ejército, con esto, la autonomía universitaria también resultó violada.
Por la noche, las contradicciones abundaban en el reporte de hechos del Secretario de la Defensa Nacional Marcelino García Barragán: “no se disparó un solo cartucho, no se trató mal a los estudiantes… La puerta de la Preparatoria 1 no fue abierta de un bazucazo, sino por un conjunto de bombas molotov lanzadas por los propios estudiantes… los muchachos se dejaron arrastrar por las pasiones… por comunistas que los azuzaron hasta los extremos de la violencia. No creo que los universitarios formen parte de una conspiración”. El informe del Ejército señaló que no se les decomisaron armas a los estudiantes y 127 fueron detenidos y remitidos a la Procuraduría capitalina. Sobre los fallecidos, no hubo ninguna mención. La paranoia y las pesadillas del gobierno se habían militarizado.
La ocupación de militares en los planteles universitarios indignó aún más a la comunidad estudiantil, así que se decidió levantar una huelga en señal de protesta. En Ciudad Universitaria se concentraron cientos de estudiantes y también, para ese momento, eran apoyados por diversas organizaciones de trabajadores, las cuales acudieron a la explanada de Rectoría, donde se presentó el rector Javier Barros Sierra para apoyar al Movimiento. En el lugar, el rector colocó la Bandera Nacional a media asta en repudio a la represión gubernamental, la violación a la autonomía universitaria y se guardó un minuto de silencio en conmemoración de los compañeros fallecidos.
En el acto Barros Sierra destacó: “Hoy es un día de luto para la Universidad; la autonomía está amenazada gravemente. Quiero expresar que la institución, a través de sus autoridades, maestros y estudiantes, manifiesta profunda pena por lo sucedido… No cedamos a provocaciones, vengan fuera o de dentro… La universidad es lo primero, permanezcamos unidos para defender nuestra casa, las libertades de pensamiento, de reunión, de expresión y la más cara: ¡nuestra autonomía! ¡Viva la UNAM! ¡Viva la autonomía universitaria!”. La multitud se desbordó en vivas para su líder moral, el rector.

1o. DE AGOSTO: LA MANIFESTACIÓN DEL RECTOR
La comunidad estudiantil con el paso de los sucesos se hizo cada vez mayor. El 1o. de agosto estudiantes normalistas y de la Universidad de Chapingo se unieron al Movimiento en una megamarcha con el Poli y la UNAM, encabezada por autoridades universitarias y el rector Javier Barros Sierra. Sin embargo, el ambiente estaba muy tenso. El Ejército se había desplegado por los distintos puntos donde pasarían los contingentes: Parque Hundido, Félix Cuevas y la Colonia del Valle. La movilización tenía contemplado movilizarse de la Rectoría de Ciudad Universitaria hacia el Zócalo capitalino. Ante los rumores de un posible ataque de las Fuerzas Armadas, Barros Sierra se dirigió a los universitarios: “Necesitamos demostrar al pueblo de México que somos una comunidad responsable, que merecemos la autonomía. Haremos, no sólo la defensa de la autonomía; exigiremos la libertad de profesores y estudiantes presos, así como el cese de la represión”.
Así que la manifestación avanzó bajo la lluvia de esa tarde por Avenida Insurgentes hasta Félix Cuevas, ahí doblaron hacia Avenida Coyoacán; en este punto, se apreció un gran despliegue militar: tanquetas, jeeps, tropas con bayoneta en mano y la vanguardia de la movilización marchó enlazada de los brazos. La respuesta de los ciudadanos a su paso fue de apoyo y solidaridad. Desde sus balcones y ventanas la gente aplaudía y lanzaba periódicos a los estudiantes y profesores para que se cubrieran de la lluvia. El Movimiento se comenzaba a tornar comunitario. Sin embargo, La presencia del Ejército hizo regresar al multitudinario contingente al campus universitario.
El día siguiente, estudiantes de varias instituciones educativas realizaron una asamblea en Ciudad Universitaria, y ahí, se creó el Consejo Nacional de Huelga con estudiantes de distintas universidades, el cual se constituyó bajo tres principios: 1. Sólo estarán representadas las escuelas en huelga, no en paro activo. 2. Habrá tres representantes por escuela, elegidos en asamblea. 3. No se admite la representación de federaciones, confederaciones, partidos o ligas, sólo de escuelas.
Ahí también se nombraron a sus líderes: Raúl Álvarez Garín, de la Facultad de Ciencias de la UNAM; Gilberto Guevara Niebla, estudiante de Matemáticas del IPN; Marcelino Perelló, Facultad de Ciencias, UNAM; dos mujeres: Tita Avendaño y Nacha; Roberto Escudero, Facultad de Filosofía y Letras; Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, Agronomía de Chapingo, entre otros.
Y por último, se suscribió el Pliego Petitorio con seis puntos muy claros: 1. Libertad a los presos políticos. 2. Destitución de los generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea, así como también el teniente coronel Armando Frías. 3. Extinción del cuerpo de Granaderos, instrumento directo en la represión, y no creación de cuerpos semejantes. 4. Derogación del artículo 145 y 1 45 bis del Código Penal Federal (delito de Disolución Social), instrumentos jurídicos de la agresión. 5. Indemnización a las familias de los muertos y a los heridos que fueron víctimas de la agresión desde el viernes 26 de julio en adelante. 6. Deslindamiento de responsabilidades de los actos de represión y vandalismo por parte de las autoridades, a través de la policía, granaderos y Ejército.
Entre el 5 de agosto y el 13 de septiembre se produjo el gran auge del Movimiento. No hubo día en que el Consejo Nacional de Huelga no realizara asambleas y mítines; los jóvenes se reunieron con sindicatos de trabajadores, padres de familia, llevaron a cabo jornadas en los principales espacios públicos para informar a los ciudadanos las causas y objetivos del Movimiento: el respeto a los derechos humanos, terminar con el autoritarismo, la represión y la democratización del sistema político. Todos ellos se realizaron de forma pacífica, dando prioridad al diálogo sobre el enfrentamiento. Lo que había surgido como un impulso generacional, poco a poco se convirtió en una experiencia colectiva.

28 DE AGOSTO: LA CEREMONIA DEL DESAGRAVIO
Aquel día, Trabajadores del Departamento Central realizaron un mitin simulado en el Zócalo capitalino. En la astabandera bajaron la insignia tricolor y colocaron una rojinegra. En el templete el supuesto obrero Gonzalo Cruz pronunciaba un discurso. Luego se unieron en calidad de acarreados burócratas de la Secretaría de Hacienda y de la SEP, de pronto, estudiantes infiltrados en la multitud, deciden acabar con la farsa y realizar un acto político verdadero. En cuestión de minutos los universitarios se organizaron y comenzaron a gritar consignas frente a Palacio Nacional: “¡Muera el Ejército! ¡Muera el mal gobierno!”. Entonces aparecieron los tanques militares, y decenas de soldados, quienes dispararon contra los jóvenes desde las azoteas de algunos edificios. La multitud huyó como pudo y al filo de las tres y media de la tarde, la explanada del Zócalo fue resguardada por las Fuerzas Armadas.

INFORME PRESIDENCIAL
Durante su informe de gobierno, el 1o. de septiembre, el Presidente Díaz Ordaz trató de persuadir a los diputados y al pueblo de que el Movimiento Estudiantil pretendía boicotear el magno acontecimiento deportivo: Los Juegos Olímpicos. El Mandatario era dominado por una patraña y la convirtió en doctrina.