Ángeles infernales

“EL MATAINDIGENTES” EL HOMBRE QUE QUISO LIMPIAR LA CASA

Alfredo Sosa
Entre los meses de enero y marzo de 1989, en la ciudad de Guadalajara se sembró el pánico, debido a una serie de asesinatos cometidos contra nueve hombres; todos fueron ancianos, la mayoría indigentes y recibieron un tiro en la cabeza. Por si fuera poca coincidencia, todos los disparos fueron hechos con la misma pistola, una Beretta calibre .765 browning, una arma poco usada por los delincuentes en las ciudades.
En ese año, el Gobernador del Estado, Guillermo Cosío Vidaurri, prometió a la sociedad acabar con la delincuencia con “mano dura” y movilizó a las corporaciones policiacas para dar con el misterioso asesino de viejitos.
Sin embargo, la policía implementó algunos métodos un poco extravagantes, como disfrazar a algunos agentes de pordioseros y los hizo escudriñar en la basura para atrapar al asesino, pero esto no dio resultados. La consigna del pueblo era cada vez más enérgica hacia el gobierno: “limpiar la casa”, y como las autoridades no podían, “El Mataindigentes” se sintió con el derecho de asumir la misión.
La noche del 27 de enero del 89, unos socorristas de la Cruz Roja recibieron un llamado de que en la calle Juan Manuel, cerca con el cruce de Humboldt, a unas cuantas cuadras de la Catedral Metropolitana, se encontraba el cuerpo de un hombre herido por arma de fuego. De inmediato lo subieron a la ambulancia para trasladarlo a su central, sin embargo, en el camino perdió la vida. Horas después, la autopsia reveló que tenía una laceración debajo del ojo izquierdo, provocada por una bala calibre .765. Se trataba de José Luis Gómez Sandoval, de 62 años. En la escena del crimen la policía no encontró más casquillos ni testigos de lo acontecido. Esa noche, una leyenda detestable había nacido.
Como una pesadilla recurrente, otra vez el mismo escenario: la calle Juan Manuel, a unos metros de Humboldt, era el 23 de febrero. La policía halló en este lugar el cadáver de Francisco Ibarra Ontiveros, de 60 años, rotulista de profesión y vecino de la Colonia Postes Cuates. Lo encontraron minutos después de las diez de la noche, boca abajo y con un disparo en el rostro, el mismo casquillo: un .765. Como en el primer caso, nadie vio ni escuchó algo. Las autoridades no dudaron en relacionar los crímenes.

LA NUEVA VIOLENCIA DESPACHÓ AL VIEJO CRIMINAL
La Cruz Roja recibió la mañana del 9 de marzo un nuevo llamado. Se trataba de un hombre tirado sobre la banqueta en la calle Beatriz Hernández casi esquina con Francisco Ayza, en la popular Colonia Libertad. El sujeto fue asesinado de un tiro en el cráneo. Los peritos al tratar de reconstruir el homicidio, señalaron que fue sorprendido mientras dormía sobre una mugrosa colchoneta. En la autopsia los forenses extrajeron la bala calibre .765 del cerebro de la víctima. Así es que el verdugo había cambiado de rumbos pero no de hábitos.
Dos días después, los investigadores se sorprendieron al conocer la identidad del muerto. Se trataba nada más y nada menos, que de Roberto Alexander Hernández, de 89 años. Así es, estimado lector, “El Mataindigentes”, por azares del destino se había despachado al famosísimo delincuente de los años 30 del siglo pasado: “El Raffles”. Pero ¿quién fue ese hampón? ¿Cuáles fueron sus odiseas por las cuales se volvió tan célebre? Digamos que ese tercer muerto, no era cualquier indigente.

César Librado: en sus ojos tenía un brillo fatal
Las engañó para violarlas y matarlas, ya que así lo había decidido. Se levantaba de su asiento y se dirigía hacia ellas diciéndoles: “…si gritas te voy a dar en tu madre”. Le ofrecían sus pertenencias, pero él se negaba a aceptarlas. “No se trata de eso…; no hagas pedo, no quiero lastimarte, no me hagas hacerte daño”; pero ya sabía que las iba a asesinar para que no lo denunciaran.
Carlos Álvarez

Con un bolso en la mano, cerca de las 6:00 horas del 26 de diciembre de 2011, César Librado regresó a su casa después de una mortal doble jornada de trabajo. Se paró frente a la puerta por un instante, sabía lo que había hecho, pero no le importó, no sintió culpa ni arrepentimiento. Habiendo cometido su crimen, “El Coqueto” se decía que llevaba siendo un asesino desde hacía año y medio, aproximadamente, y nadie lo había detenido.
Cuando era joven inició a trabajar como cacharpo y luego se hizo chofer de una unidad Ford tipo Havre modelo 1991, en la ruta que corre de Izcalli a Metro Chapultepec. Aquella unidad se hacía llamar “El Coqueto”; de tal manera que ambos se convirtieron en cómplices desde que comenzaron a compartir el mote.
Casi en voz alta, antes de entrar, se le escuchó decir, “ya hace un par de horas que ella está muerta”. Pero al penetrar en su casa fue otro; un ser que sabía fingir. Le entregó el bolso a su esposa -y no era la primera vez que le daba obsequios-, sólo que en esta ocasión le dijo que era su regalo de Navidad.
Precisamente, año y medio antes, el 21 de junio de 2010 César Armando Librado Legorreta había iniciado su actividad criminal.
No era extraño, para quien lo conocía, reconocer que este sujeto era soberbio y tosco, pues siempre trataba de llamar la atención de las mujeres de una manera rudimentaria, casi como un animal, cuyo temperamento era bilioso.
Pero aquel día de junio de 2010, una chica de 23 años subió a la unidad “El Coqueto”, en Santa Mónica Tlalnepantla. Pagó su pasaje hasta el Auditorio Nacional, pues se dirigía a la PGR; no obstante, al pasar por la clínica 58 del IMSS, la unidad comenzó a fallar, por lo cual César le dijo a la pasajera que descendiera; sin embargo, ella le pidió que la dejara más adelante, porque estaba muy oscuro y se sentía vulnerable.
Fue entonces cuando “El Coqueto” cerró las puertas, se arrancó y ya no la dejó bajar. Ésa fue su primera víctima. Pero no murió. Y a partir de su denuncia comenzaría la caza del chacal, aunque para lograr el cometido hubo que pasar un largo tiempo.
Cuando comenzó a atacarla, sus palabras fueron lapidarias: “Ya valió madre, no te pongas al pedo”. Y ella quedó petrificada y luego vulnerable, también debido a la golpiza que le propinó. Entonces fingió estar muerta y él lo creyó. Era la primera vez que desorganizadamente y guiado por un instinto como de un chacal que devoraba a su presa.
Finalmente, luego de vejar su cuerpo despiadadamente y una vez colmado su apetito voraz, César Armado decidió tirar su cuerpo sobre la Avenida López Portillo, cerca de los tiraderos de basura de Rincón Verde.
Así fue como su primera víctima, quien sobrevivió, luego de solicitar ayuda y de poder regresar a su hogar, en compañía de sus familiares acudió a levantar la denuncia correspondiente.
El suplicio que pasó para reponerse no terminaría pronto ni tan sencillo con sólo acudir a las autoridades, empero gracias a ella se inició con una investigación que tomaría largo tiempo para poner el dedo en la llaga del feminicida.

En dos años se
volvió insaciable
Así fueron sucediendo los horripilantes crímenes. La segunda vez que actuó, cegado por la animalidad de su chacal, había pasado un año. No hay certeza de que durante ese periodo en el que no se consignó hecho alguno respecto a su otredad violadora, no haya incurrido en otros ilícitos que no alcanzaran magnitudes desproporcionales como los que estaban por desatarse.
Luego, en julio de 2011, una joven de 28 años abordó “El Coqueto”, y, sin saberlo, pagó un pasaje al más allá. Antes de que descendiera de la unidad, “El Coqueto” le dijo que no se bajara y ofreció darle un “aventón”. Sin embargo, siempre supo que abusaría de ella. Así pues, César Librado condujo alrededor de Avenida Constituyentes y en una calle oscura, aledaña a la avenida, se estacionó, apagó el motor y repitió la misma operación que con su primera víctima.
Pero en esa ocasión no la soltó, una vez que le aplicó la llamada “llave china”, y aunque ella luchó por su vida, no logró zafarse. Luego de aproximadamente cinco minutos, César percibió que había fallecido. Entonces, se dirigió a la Colonia Las Torres y arrojó su cuerpo en la zona industrial de Alce Blanco en Naucalpan.
Tres meses más tarde, en octubre, volvería a asesinar. La víctima en esa ocasión fue una menor de edad que quería regresar a su casa luego de asistir a un concierto en el Auditorio Nacional. Afuera del ese recinto abordó la unidad y le preguntó a César si conocía un transporte que la acercara hacia el rumbo de Iztapalapa. Aprovechando la oportunidad de sacar ventaja, se ofreció a llevarla, no obstante, luego de perderse entre las calles adyacentes al Metro Chapultepec, la violó, estranguló y posteriormente abandonó en la calle de General Prim, Colonia Juárez, siendo la única víctima del entonces Distrito Federal.
En noviembre salió a recorrer la ruta con ganas de matar. El asedio era constante. Si de la primera a la segunda víctima había transcurrido alrededor de un año, después de asesinar a la menor de edad comenzó a victimar cada mes, luego dos veces por mes, como en diciembre y enero; hasta que finalmente dieron con él, ya que su estela de sangre, muerte e iniquidad habían dejado un rastro negro y violento, que condujo a las autoridades a su detención.

“El Coqueto” negra espalda del mal…
César mencionó que cada vez que mataba a una mujer se acordaba de un hecho que marcó su odio por ellas: un día,
en la secundaria, le pidió a una chica que fuera su novia con
un mensaje en un papel; ella lo leyó frente a todos, burlándose de él, dejándolo en ridículo. Por eso, cada vez que él cometía un crimen más, reafirmaba la idea de reivindicar su miserable pasado.

Fue debido a un azaroso dato que lograron ubicar al chacal de la ruta 02, quien conducía su Ford Havre “El Coqueto”. Como parte de las investigaciones y al hacer el recuento del número de casos, que en los últimos meses se había incrementado, los agentes se percataron de que el teléfono móvil de una de las víctimas seguía en funcionamiento.
Tras seguir esta pista y al hacer el balance y la cadena de las similitudes entre los asesinatos registrados entre julio de 2011 y enero de 2012 -cuyo móvil había sido la violación y el estrangulamiento, para luego abandonar los cuerpos-, los investigadores dieron con testigos que afirmaron haber visto por última vez a las ultimadas abordando un microbús.
Así pues, al darse cuenta de que al celular sólo le habían cambiado el chip, se dieron a la tarea de localizar el equipo con base en la clave IMEI. De tal modo, lograron conseguir un historial de las últimas llamadas del usuario para obtener una probable ubicación.
Luego de tener los resultados dieron con una mujer que frecuentaba principalmente dos lugares: un kínder y el Fraccionamiento Izcalli Valle.
De tal suerte, la subprocuradora Italy Ciani Sotomayor, al atar los cabos, retomó la investigación de la primera víctima sobreviviente y acudió en su ayuda para solicitar que proporcionara datos certeros sobre el violador.
Pero su herida aún no cicatrizaba y sentía que las autoridades no habían hecho nada. No obstante, la subprocuradora le habló de las otras víctimas, refiriendo que habían estado siguiéndole el rastro al criminal, pero sólo hasta ese momento tenían indicios claros para poder apresarlo. Después de todo, un chacal es un depredador y es él quien caza, pero la situación se tornó distinta y ahora era él la presa de las autoridades.
Finalmente, la verdadera justiciera de esta historia, con todo el peso de lo ocurrido, aceptó colaborar.
Y una vez que tuvieron el retrato hablado de César Armando Librado Legorreta así como la ubicación de la colonia pudieron dar con el paradero del chacal. Entonces, la Procuraduría giró la orden de aprehensión en su contra y mediante un dispositivo de seguridad montado con 18 elementos se logró la captura de “El Coqueto” el día 23 de febrero de 2012.

Fuga, recaptura
y condena
Luego de su detención, “El Coqueto” fue llevado a la Subprocuraduría de Justicia con sede en Barrientos, en Tlalnepantla. Allí permaneció durante una semana en un tercer piso, esposado de manos y pies. Pero tan pronto como conociera los cargos que pesaban en su contra, lo único que albergó en su oscuro pensamiento fue evadir la justicia.
Se dijo que era custodiado por tres agentes de la Policía Ministerial; sin embargo, el Procurador Alfredo Castillo dio cuenta de que sólo se trató de un elemento el que lo vigilaba cuando se fugó el letal asesino.
Al parecer, “El Coqueto” logró librarse de las esposas fracturándose un dedo; luego se quitó un tenis y de esa forma se sacó las esposas de los pies. Entonces, con cables de computadoras y teléfonos trató de formar una soga; pero cuando bajó por la ventana y al percatarse de que no iba a soportar su peso, intentó regresar, pero fue inútil, ya que se rompió el cable y cayó aproximadamente ocho metros.
Ya en el piso y fuera del edificio, herido se arrastró por la calle, ya que al caer se había fracturado una pierna y lastimado la columna. Afortunadamente, un automovilista que transitaba por la zona, al ver en mal estado al prófugo, se detuvo. Y con el pretexto de que había sido atropellado apeló a la buena voluntad del conductor, quien lo llevó a casa de un pariente.
Y estando ahí, César Armando Librado Legorreta solicitó ser llevado con su padre, a quien confesaría sus crímenes. Luego entonces, su progenitor decidió brindarle apoyo; y lo trasladó a la casa de una tía, donde permaneció severos días sin poder moverse debido a las lesiones que sufrió luego de su fuga.
A raíz de los hechos ocurridos tras su huida, los elementos ministeriales también escaparon, lo cual hizo creer que lo habían ayudado a fugarse. De tal modo, se ofreció una recompensa para obtener indicios que llevaran fundamentalmente a la captura del feminicida serial conocido como “El Coqueto”.
Finalmente, luego de perseguirlo afanosamente, el 3 de marzo de 2012 fue recapturado por agentes de la Procuraduría General del Estado de México. De inmediato lo trasladaron al hospital Adolfo López Mateos, pero se le dio el alta de allí y finalmente concluyó su deambular en la enfermería de la penitenciaría de Barrientos.
Posteriormente y de acuerdo con el debido proceso, fue condenado a 264 años de prisión por los asesinatos de siete mujeres y violación contra ocho féminas.

El silencio también es mortal así era “La Mataviejitas”
En los casos de homicidio, al realizar una observación minuciosa, existen considerables similitudes en el modus operandi de diferentes tipos de crímenes no clasificados como seriales, y esto es un problema, ya que en el futuro uno de esos podría ser el de un asesino serial.

De haber sabido, mejor
ni hubiera nacido
Tiempo antes, Juana Barraza se dedicó a practicar el deporte del pancracio. En los encordados se hacía llamar La Dama del Silencio, debido a que ella misma se consideraba alguien silente y solitaria, por lo cual encubría su identidad ataviándose con un antifaz de mariposa y un traje rosa con vivos plateados.
Es verdad que luchó en varios cuadriláteros de diferentes partes del país, en pequeñas arenas y en varios pueblos, pero desgraciadamente tuvo que abandonar la lucha debido a una caída que la dejó lesionada, pues corría el riesgo de quedar paralítica, lo cual hubiera cesado su carrera criminal. Pero quiso el destino que la rabia incubara en ella por una desgracia más. Ningún destino es justo, salvo quizá con aquellos que viven con la gentileza de un desconocido.
Luego de padecer las miserias de una vida injusta, Juana comenzó -como todo criminal que se profesionalizará- a robar, desde nimias autopartes, hasta el hurto en tiendas y a transeúntes; asimismo, inició con el ritual de adoración de la Santa Muerte.
Si el destino y el azar estaban en su contra, ella buscaría la forma de hacerle frente e inclinar la balanza a su favor, ya con hechizos, ya con amuletos. Comenzó a visitar a brujos. Sin embargo, la cruda realidad le pegó contundente, porque ni así logró mejorar su situación.
Luego de retirarse como luchadora no le quedó más que ser una simple promotora de este deporte. No obstante, era algo con lo que no podía costear la manutención de un hogar, de sus hijos, de su infernal vida llena de podredumbre e inmundicia.
Así que decidió dedicarse a ofrecer sus servicios como empleada doméstica, ¿qué más puede hacer alguien que ha tenido torcido el pasado, con el presente y el futuro desdibujados? Pero lavar y planchar ajeno siempre es una infamia, ya que una se rompe el lomo por unos pocos pesos; aunque cuando se ama a un hijo… y más si el amor es triple.
Perfilada ya en rambla del desacato a las buenas costumbres, al respeto a la vida ajena, Juana comenzó o, mejor dicho, ascendió en la escala de la maldad. No le fue suficiente despojar de sus pertenencias a las personas o desvalijar un auto, quizá. No. Dentro de ella algo quería aniquilar esa angustia no mitigada e incesante causada por el pasado, el siempre pasado que la envolvía con el recuerdo de una horrenda madre a quien nunca soportó.
La mayoría de las personas viven entrampadas, pero muchos prefieren evitar caer en tentación, nunca se sabe cuándo se caerá en una de las miles de trampas que tiene la vida. La idea es evitarlo, sólo de ese modo puede mantenerse uno vivo, hasta que lo atrapan o muere.
Por el año de 1996 Juana ya era azas diestra en cuestiones turbias. Inició realizando sus hazañas delictivas en compañía de su comadre Araceli. Comenzaron haciéndose pasar por enfermeras, que prometían a los ancianos ayudarlos con sus pensiones, pero al descuidarse los pobres viejos, éstas rapaces aprovechaban para despojarlos de sus pertenencias.
Para Juana no era sólo robar, era como asistir a una cátedra para perfeccionar sus futuras fechorías. Es bien sabido que un asesino serial comenienza quizá matando una araña, luego un pájaro, quizá después un gato o un perro, y así va nutriendo su inquina pérfida, hasta que no basta con algo menor y da el salto a un ser humano.
Para Juana, cada acto delictivo era una enseñanza para perfeccionar su arte con el cable en el cuello ajeno.

Génesis del mal
la asesina del silencio
Existen fuentes que afirman que Juana asesinó por primera vez a una anciana el 25 de noviembre de 2002. No obstante, en otros registros se asienta que su primera víctima, y quizá con la que asaltó la fama por la serie de crímenes que la harían una de las asesinas más recodadas en los archivos de la historia infame de criminales mexicanos de alta peligrosidad, fue en octubre de 2004.
Sin embargo, aquella primera víctima vivía en la Delegación Coyoacán, una ancianita de 64 años que respondía al nombre de María. Como ya lo había ido perfeccionando desde tiempo antes, Juana se disfrazó de enfermera, ¿por qué elegir el blanco para asesinar? Ése era el traje con el que embaucaba.
Se ganó la confianza de la señora María, quien la llevó a su casa, donde se quejó amargamente de sus males. Y allí estaba ella, la asesina, en silencio, escuchando por azar las penurias de la mujer mayor.
De pronto, de la boca de la anciana emergieron palabras violentas contra la otrora luchadora, palabras filosas como las de una estocada en un toro, que se estrellaron en el pequeño mundo de Juana; entonces su silencio se rompió, transformándose en ira. No pudo entenderlo, de tal modo que despertó en ella la verdad asesina.
Todo lo que siempre quiso y todo lo que siempre necesitó estuvo en sus manos; no las palabras que dañan siempre cuando son dichas con oprobio, sino el placer que se mantiene -justo como el dolor que llevaba manteniendo durante casi 40 años-, cuando se mata a alguien.
Juana perdió los estribos. Se abalanzó sobre María y con ambas manos -y tal vez utilizando algo a su alcance que enredó en su cuello- poco a poco fue asfixiándola. Luego, como si nada, recorrió la casa tomándose su tiempo en el silencio mortuorio. Se hizo propietaria nueva de los viejos objetos que le parecieron de valor. Y luego se marchó.
Quizá subrepticiamente se le presentó una revelación. Tanto tiempo tuvo que soportar los embates de la realidad, del destino, pero en el fondo sólo se conformaba con tener un patrón que le tenía tomada la medida.

Dos errores de “La Mataviejitas”
Sus demás asesinatos serían realizados con el mismo modo de operar. En absolutamente todos los casos las víctimas fueron mujeres de la tercera edad. Para lograr su cometido se disfrazaba de enfermera o de trabajadora social y se aseguraba que las ancianas vivieran solas.
Las abordaba en parques, mercados, en alguna iglesia cercana a sus domicilios. Las observaba y elegía a las que