RITUALES SANGRIENTOS

SECTA MALDITA
Por los terribles y tétricos sucesos que acontecieron, se podría decir, que Adolfo de Jesús Costanzo fue un emisario de Satanás en la Tierra.

Alfredo Sosa
Esta es la historia de una banda que sembró el temor en el Estado de Matamoros, a finales de los años 80. Su líder fue el mismísimo diablo, quien se alimentó de varias almas inocentes para cumplir sus maléficos planes. LA PRENSA dio cuenta oportuna a sus lectores el 8 de mayo de 1989, sobre el atemorizante grupo delictivo conocido como los Narcosatánicos; quienes ocupan desde entonces, una de las páginas más sanguinarias en la historia del crimen nacional.
Por los terribles y tétricos sucesos que acontecieron, se podría decir, que Adolfo de Jesús Costanzo fue un emisario del demonio en la Tierra. Desde niño conoció las fuerzas oscuras desatadas mediante los rituales que realizaba su madre, Delia González del Valle, quien lo inició en el culto del Palo Mayombe. Práctica espiritual proveniente de África y arraigada en Cuba, la cual se mezcló con la religión católica y pasó a ser parte de la llamada Santería.
Según fuentes policiacas, Costanzo nació en 1961 y vivió su infancia en el condado de Miami, Florida, Estados Unidos, debido a que sus padres fueron migrantes cubanos que salieron de la isla cuando la revolución castrista triunfó en 1959.
Se cuenta que se hizo sacerdote del culto a la edad de 14 años y junto a su madre, hicieron de la religión un negocio y una forma de ganarse la vida; ya que la señora Delia González tuvo una amplia agenda de clientes; entre los que se encontraron artistas y políticos, quienes desembolsaron cantidades significativas de dinero, con tal de que las deidades del Palo Mayombe les ayudaran a obtener fama y poder.
Así pasó el tiempo y en 1983, el joven Costanzo y su madre se mudaron a la Ciudad de México, donde se establecieron por los rumbos de la Colonia Roma. Para entonces, el joven tenía 21 años. En la urbe, consiguió empleo en una agencia de modelaje, donde vio el ambiente idóneo e hizo muchos amigos, a quienes les ofreció sus servicios espirituales. Varios de ellos, ansiosos por adquirir éxito, no dudaron en consultarlo y se vieron beneficiados con los rituales de Costanzo, quien adquirió fama entre la clase alta mexicana, ya que artistas, políticos y hasta narcotraficantes recurrieron a sus poderes.
Poco a poco y con resultados efectivos, Costanzo se ganó la confianza de muchas personas, quienes se sin-
tieron atraídos por él; esto, más el aspecto misterioso que tenía, lo volvió atractivo tanto para hombres y mujeres, quienes lo seguían sin cuestionar sus ideas.
Pero las ambiciones diabólicas de Costanzo fueron más allá, porque decidió traficar droga y recurrir a sus
poderes ocultos para llevar a cabo sus planes. Fue entonces, cuando emigró a Matamoros, Estado de Tamaulipas; sitio donde formó una banda delictiva y aprovechó la cercanía de la frontera con Brownsville para introducir los estupefacientes.

Fue una tarde de 1988, en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas; Sara Aldrete, joven atractiva y estudiante universitaria, conducía su automóvil rumbo a su casa, cuando de manera repentina fue abordada por un auto modelo Grand Marquis negro, el cual le cerró el paso. De éste descendió un sujeto alto, corpulento, tez blanca, ojos claros, se acercó a su ventanilla, la chica atemorizada subió las ventanillas, puso el seguro a su portezuela, con seguridad el sujeto le dijo: “no te voy a hacer daño, niña. Sólo quiero hablar contigo”. Sara sintió que el corazón se le salía del pecho, experimentó una gran atracción por el tipo que tenía enfrente y que le pedía hablar con ella.
Del pecho del sujeto hubo algo que llamó la atención de Sara, fueron varios collares de colores que se parecían a los que usan los santeros en la religión yoruba y lucumí. Lo sabía porque estaba haciendo un trabajo para su clase de antropología, entonces pensó que el destino le había puesto en su camino, la oportunidad de terminar su investigación.
Sin embargo, la joven reflexionó que era un tipo al que no conocía y que tal vez su vida corría peligro, así es que evadió el auto del sujeto y pisó el acelerador para escapar. Pero cuál fue su sorpresa que su acosador se subió a su Grand Marquis y la persiguió; en ese momento Sara miró por el retrovisor y se dio cuenta de que eran tres hombres los que la seguían, sabía que no se darían por vencidos y decidió detenerse para encararlo y preguntarle qué es lo que quería.
Cuando orilló su auto a la acera, el hombre de mirada hipnotizante se volvió a acercar a su ventanilla y le dijo con ese tono de voz extraño: “¿qué quieres saber nena?
¿Si has encontrado al amor de tu vida? Está enfrente de ti. Me llamo Adolfo de Jesús Costanzo”, y estiró su mano para saludarla. Ella la estrechó y le contestó: “hola, me llamo Sara Aldrete”. Él le invitó un café y ella aceptó.
La atracción por Costanzo fue implacable con Sara. Sus encuentros fueron más frecuentes y cuando se sintió en confianza, la estudiante le contó a su misterioso amigo, que la familia de su novio, un tipo de nombre Serafín Hernández, se dedicaba a traficar licores, autos, armas y droga, pero que lo estaba pasando mal, ya que los negocios se estaban yendo a pique, debido a grupos delictivos antagonistas que les estaban comiendo el mandado. Costanzo le propuso convencer a su enamorado de realizar un ritual para quitar los obstáculos que le impedían a su negocio prosperar.
Tres meses después, Sara llevó a Serafín y a su tío Elio Hernández a casa de Costanzo para que lo conocieran, ellos accedieron y de inmediato hubo afinidad entre los tres. Quedaron fascinados con los objetos que el joven mago poseía, ya que tenía varias obras de arte, fajos de dólares atados con ligas, muchas joyas y un cuarto lleno con lingotes de oro. Cuando Costanzo vio sus caras incrédulas, les dijo: “la Santería es cara. Hay que comprar animales y darles de comer a los santos. Yo soy un sacerdote ñáñigo, y nos respetan mucho por el poder que tenemos. También tengo que darle de comer a la nganga, donde están mis eggun (muertos), porque a ellos les gusta comer bien y si no lo hago, se ponen muy bravos”. Embelesado por lo que sus ojos acababan de ver, el tío Elio pensó que nada sería mejor para sus negocios, que el contar con un brujo poderoso, y ése era Costanzo.

Los dioses se ocultan de Constanzo
Carlos Álvarez­

Sara María Aldrete Villarreal, mejor conocida como “La Narcosatánica” o “La Madrina”, fue apresada el 6 de mayo de 1989 alrededor de las 15:00 horas en la calle Río Sena no. 19, departamento 14, Colonia Cuauhtémoc, junto con cuatro personas: los hermanos Jorge Arturo y Alejandro Mercado Celis, de 23 y 26 años; Omar Francisco Orea Ochoa de 24 y Álvaro de León Valdez, alias “El Duby”. Ella tan sólo tenía 24 años, pero era como si hubiera vivido una eternidad haciendo el mal.
Se le acusó de 13 asesinatos en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, realizados con saña y mutilación de miembros, además de delitos contra la salud en su modalidad de posesión y exportación de marihuana, acopio de armas de fuego, profanación de cadáveres y asociación delictuosa. Delitos que ella siempre se ha negado a reconocer. Dice que fue embrujada por una secta que la secuestró.

La caída: inicio del fin
Se creían intocables. No obstante, un lejano 5 de abril del año 89 les falló la magia, pues la policía detuvo en la carretera, que corre de Matamoros a Reynosa, a David Serna Valdez “El Coqueta”. Se trataba de una revisión rutinaria, en la que azarosamente se inspeccionaban aquellos cargamentos cercanos a la frontera.
Entonces, cuando David Serna abrió la camioneta Chevrolet Silverado, no sólo los policías encontraron restos de marihuana y una pistola calibre .38 -lo cual fue motivo para detenerlo, trasladarlo y posteriormente interrogarlo-; sino, además, sin saberlo, aquellos agentes estaban desvelando un caso turbio que involucraba una red de trasiego de drogas, asesinatos, influencias políticas y favores a personalidades de la farándula.
El hombre detrás de todo aquello aún permanecía oculto; sin embargo, sorprendió a los inquisidores la respuesta de ese pobre sujeto con facha de pollero: “No me pueden dañar, pertenezco a un clan poderoso que se dedica al narcotráfico, estoy protegido por ‘El Padrino’ Adolfo de Jesús Constanzo”. Luego de lo cual salió a la luz la existencia de una secta de magia negra que realizaba sacrificios humanos y traficaba marihuana.
Ése fue el inicio del final para el clan de “El Padrino”, pues a consecuencia de la detención de David se derivó el cateo en el rancho Santa Elena, donde la verdad despiadada mostró que la realidad sólo es una invención y que los hombres pueden ser más salvajes en su delirio, como Constanzo, “El Duby”, Sara María Aldrete y secuaces.
Cuando se destapó el terror de la secta asesina, también se descubrió una red de “clientes” que acudían con “El Padrino” en busca de los favores de sus dioses oscuros, ya que localizaron las agendas de Adolfo en su apartamento y en sus contactos se destacaban figuras reconocidas del medio artístico como Irma Serrano “La Tigresa”, Yuri, Alfredo Palacios, Juan Gabriel, así como funcionarios públicos y de la política, quienes, no obstante, siempre lo negaron.
La única certeza después de abrir la caja de Pandora del terror era que debían silenciar a “El Padrino”, pues demasiadas personas “influyentes” tenían razones de sobra para que el brujo desapareciera cuanto antes, para que la podredumbre de sus actos no alcanzara más que para él y su séquito.

Al ser descubiertos huyeron al DF
Así fue como inició la búsqueda y cacería de los responsables de tan atroces hechos, quienes ya se habían fugado. Constanzo y Sara no demoraron en alejarse a toda costa. De McAllen volaron hasta la Ciudad de México y en el camino se reunieron con otros miembros de la banda.
Debido a sus contactos criminales conseguían siempre estar un paso delante de los movimientos de los detectives, hasta que el 5 de mayo de 1989 se tuvo un primer indicio sobre su paradero, cuando la policía recibió la denuncia de una mujer que afirmaba haber visto a un sujeto que con frecuencia compraba dólares en la Colonia Cuauhtémoc.
Al entrevistarse con la policía y hacerles la descripción del sujeto, se llevaron una fuerte sorpresa cuando descubrieron que se trataba de “El Duby”, uno de los empleados de confianza -quizá el más sanguinario y que merece una página en los Archivos Secretos de Policía LA PRENSA- de Constanzo.
Fue así como se ejecutó un operativo en la zona, pues estaban cerca de encontrarlos, pero todavía faltaba para que pudiera capturar a los prófugos. No obstante y a pesar de todo, un día Sara miró por la ventana y vio que ya estaban muy cerca de ellos.
Entonces, como todo astuto criminal que sabe muy bien que el olor a sangre es muy fuerte, supo que el rastro que habían dejado era penetrante, faltaba poco para que cayeran. Por lo cual decidió pedir ayuda, so pretexto de estar secuestrada por Adolfo y sus compinches.
De tal modo, Sara escribió en un papel una nota, la cual arrojó desde el departamento en el que supuestamente se encontraba cautiva, en la calle Río Sena número 19. Así pues, luego de tal acto por parte de Sara, la policía se dio cita en los alrededores de la Colonia Cuauhtémoc.

Lluvia de dólares plomo y sangre
Al día siguiente, aquellos agentes que en el pasado se habían relacionado con Constanzo, se dispusieron a terminar con él para siempre. Al mediodía, un vigía reconoció a unos policías encubiertos. Entonces Adolfo echó un vistazo por la ventana. Allí estaban, no sólo encubiertos sino un grupo de agentes fuertemente armados que se disponían a tomar posiciones.
Al verse sorprendidos, los narcosatánicos decidieron atacar a los agentes. De una de las ventanas del edificio, “El Duby” sacó el cañón de su Uzi para darles da la bienvenida con una ráfaga de plomo a los judiciales del Grupo Especial de Intervención Inmediata; luego hizo llover dólares para crear confusión, pero los confundidos eran ellos, porque no entendían cómo ninguno de sus amuletos tenía el poder para ocultarlos.
Afuera la incertidumbre y el pánico. Algunos espectadores al ver los dólares caer dudaron en ir por ellos o mantenerse guarecidos.
Los agentes respondieron al fuego y se armó la balacera con ametralladoras, pistolas y palabras altisonantes. El sacerdote del Palo Mayombe enloqueció al verse atrapado. Sin saber bien lo que hacía, quizá en el delirio juntó el dinero que tenía y le prendió fuego.
Para Sara la balacera era su rescate, o eso creyó. Pero para Constanzo significaba el fin. Rodeado por la policía, sin lugar hacia dónde escapar, lo único que le quedaba era ponerle fin a todo lo que él era en el plano terrenal. Le apostó a la inmortalidad, o eso creyó.
Se encerró en el armario con su amante y brazo derecho, Sergio Quintana, y le ordenó al “Duby” que les disparara. Adolfo decidió prepararse para su último “sacrificio humano”, el suyo junto con su amante.
“El Duby” quizá lo haya dudado por un instante, pero cuando a un asesino le piden que mate, él matará; tal como lo hizo al acabar con la vida de ambos dentro del closet. Paradoja amatoria para aquellos años: salieron del closet muertos.
Mientras tanto, Sara permaneció al margen, victimizándose. Una vez muerto “El Padrino”, la banda cayó y se entregaron los que aún quedaban vivos. Y cuando la policía pudo entrar, lo hizo para cerciorarse que Constanzo estaba muerto junto a su amante. 
Los policías llevaron a los delincuentes a empellones afuera, donde estaba un público ajeno, abstracto, terrenal.
La calle Río Sena tardó en recuperar la calma de antes, aunque nunca más sería la misma. Algunos espectadores que sufrieron crisis nerviosas fueron atendidos por elementos de la Cruz Roja. En tanto, se esparcía poco a poco la leyenda de “Los Narcosatánicos”, mientras los casquillos en la calle esperaban a ser recogidos como evidencia y los dólares desaparecían.
Los sobrevivientes y 12 miembros más del culto fueron procesados por numerosos cargos, entre los que destacan el de asesinatos múltiples, violaciones y posesión de armas y narcóticos, entre muchos otros.
A partir de entonces y para siempre, se asociará a Sara María Aldrete y a Adolfo de Jesús Constanzo indefinidamente como “Los Narcosatánicos”, quienes pasaron a la historia de la crónica criminal en México.

Sara María Aldrete “La Narcosatánica”
Algunos medios de información registraron en sus páginas que “La Madrina” fue condenada inicialmente a purgar una condena de 647 años de prisión; no obstante, la mayoría de las publicaciones coincide en señalar la de 62 años, los cuales debía cumplir en la Ciudad de México, dentro del penal de Santa Martha Acatitla, donde conoció a “La Mataviejitas”, a quien enseñó a leer y escribir. Sin embargo, en el año 2011 fue trasladada a un penal en Mexicali y posteriormente a un penal en Tepic.
Escribió el libro intitulado “Me dicen ‘La Narcosatánica’”, bajo el cuidado de Josefina Estrada, convirtiéndose así en la primera mujer recluida en publicar un libro. Quizá su paradero hoy en día sea desconocido y quizá la magia la haya hecho desaparecer, pues nada se sabe de ella ahora.

El silencio también es mortal así era “La Mataviejitas”
En los casos de homicidio, al realizar una observación minuciosa, existen considerables similitudes en el modus operandi de diferentes tipos de crímenes no clasificados como seriales, y esto es un problema, ya que en el futuro uno de esos podría ser el de un asesino serial.

De haber sabido, mejor ni hubiera nacido
Tiempo antes, Juana Barraza se dedicó a practicar el deporte del pancracio. En los encordados se hacía llamar La Dama del Silencio, debido a que ella misma se consideraba alguien silente y solitaria, por lo cual encubría su identidad ataviándose con un antifaz de mariposa y un traje rosa con vivos plateados.
Es verdad que luchó en varios cuadriláteros de diferentes partes del país, en pequeñas arenas y en varios pueblos, pero desgraciadamente tuvo que abandonar la lucha debido a una caída que la dejó lesionada, pues corría el riesgo de quedar paralítica, lo cual hubiera cesado su carrera criminal. Pero quiso el destino que la rabia incubara en ella por una desgracia más. Ningún destino es justo, salvo quizá con aquellos que viven con la gentileza de un desconocido.
Luego de padecer las miserias de una vida injusta, Juana comenzó -como todo criminal que se profesionalizará- a robar, desde nimias autopartes, hasta el hurto en tiendas y a transeúntes; asimismo, inició con el ritual de adoración de la Santa Muerte.
Si el destino y el azar estaban en su contra, ella buscaría la forma de hacerle frente e inclinar la balanza a su favor, ya con hechizos, ya con amuletos. Comenzó a visitar a brujos. Sin embargo, la cruda realidad le pegó contundente, porque ni así logró mejorar su situación.
Luego de retirarse como luchadora no le quedó más que ser una simple promotora de este deporte. No obstante, era algo con lo que no podía costear la manutención de un hogar, de sus hijos, de su infernal vida llena de podredumbre e inmundicia.
Así que decidió dedicarse a ofrecer sus servicios como empleada doméstica, ¿qué más puede hacer alguien que ha tenido torcido el pasado, con el presente y el futuro desdibujados? Pero lavar y planchar ajeno siempre es una infamia, ya que una se rompe el lomo por unos pocos pesos; aunque cuando se ama a un hijo… y más si el amor es triple.
Perfilada ya en rambla del desacato a las buenas costumbres, al respeto a la vida ajena, Juana comenzó o, mejor dicho, ascendió en la escala de la maldad. No le fue suficiente despojar de sus pertenencias a las personas o desvalijar un auto, quizá. No. Dentro de ella algo quería aniquilar esa angustia no mitigada e incesante causada por el pasado, el siempre pasado que la envolvía con el recuerdo de una horrenda madre a quien nunca soportó.
La mayoría de las personas viven entrampadas, pero muchos prefieren evitar caer en tentación, nunca se sabe cuándo se caerá en una de las miles de trampas que tiene la vida. La idea es evitarlo, sólo de ese modo puede mantenerse uno vivo, hasta que lo atrapan o muere.
Por el año de 1996 Juana ya era azas diestra en cuestiones turbias. Inició realizando sus hazañas delictivas en compañía de su comadre Araceli. Comenzaron haciéndose pasar por enfermeras, que prometían a los ancianos ayudarlos con sus pensiones, pero al descuidarse los pobres viejos, éstas rapaces aprovechaban para despojarlos de sus pertenencias.
Para Juana no era sólo robar, era como asistir a una cátedra para perfeccionar sus futuras fechorías. Es bien sabido que un asesino serial comenienza quizá matando una araña, luego un pájaro, quizá después un gato o un perro, y así va nutriendo su inquina pérfida, hasta que no basta con algo menor y da el salto a un ser humano.
Para Juana, cada acto delictivo era una enseñanza para perfeccionar su arte con el cable en el cuello ajeno.

Génesis del mal la asesina del silencio
Existen fuentes que afirman que Juana asesinó por primera vez a una anciana el 25 de noviembre de 2002. No obstante, en otros registros se asienta que su primera víctima, y quizá con la que asaltó la fama por la serie de crímenes que la harían una de las asesinas más recodadas en los archivos de la historia infame de criminales mexicanos de alta peligrosidad, fue en octubre de 2004.
Sin embargo, aquella primera víctima vivía en la Delegación Coyoacán, una ancianita de 64 años que respondía al nombre de María. Como ya lo había ido perfeccionando desde tiempo antes, Juana se disfrazó de enfermera, ¿por qué elegir el blanco para asesinar? Ése era el traje con el que embaucaba.
Se ganó la confianza de la señora María, quien la llevó a su casa, donde se quejó amargamente de sus males. Y allí estaba ella, la asesina, en silencio, escuchando por azar las penurias de la mujer mayor.
De pronto, de la boca de la anciana emergieron palabras violentas contra la otrora luchadora, palabras filosas como las de una estocada en un toro, que se estrellaron en el pequeño mundo de Juana; entonces su silencio se rompió, transformándose en ira. No pudo entenderlo, de tal modo que despertó en ella la verdad asesina.
Todo lo que siempre quiso y todo lo que siempre necesitó estuvo en sus manos; no las palabras que dañan siempre cuando son dichas con oprobio, sino el placer que se mantiene -justo como el dolor que llevaba manteniendo durante casi 40 años-, cuando se mata a alguien.
Juana perdió los estribos. Se abalanzó sobre María y con ambas manos -y tal vez utilizando algo a su alcance que enredó en su cuello- poco a poco fue asfixiándola. Luego, como si nada, recorrió la casa tomándose su tiempo en el silencio mortuorio. Se hizo propietaria nueva de los viejos objetos que le parecieron de valor. Y luego se marchó.
Quizá subrepticiamente se le presentó una revelación. Tanto tiempo tuvo que soportar los embates de la realidad, del destino, pero en el fondo sólo se conformaba con tener un patrón que le tenía tomada la medida.

Dos errores de “La Mataviejitas”
Sus demás asesinatos serían realizados con el mismo modo de operar. En absolutamente todos los casos las víctimas fueron mujeres de la tercera edad. Para lograr su cometido se disfrazaba de enfermera o de trabajadora social y se aseguraba que las ancianas vivieran solas.
Las abordaba en parques, mercados, en alguna iglesia cercana a sus domicilios. Las observaba y elegía a las que