NIÑOS SICARIOS

EL EXTRAÑO CASO DE “LA PEQUE”, SICARIA SANGRIENTA Y NECRÓFILA
“¿Prefiere que le corte la oreja izquierda o la derecha?, dígame para saber en cuál ponerle anestesia”. Es una de las preguntas que le hizo a una víctima de secuestro a la que finalmente regresaron a su hogar mutilada de sus dos oídos

Con el diablo adentro
Él nació, qué se yo, porque quiso el destino porque quiso Dios. Yo no sé, por qué fue… entendió que la vida es un juego que es muy difícil jugar, ese niño no conoce el amor: EL TRI

Alfredo Sosa
Los acontecimientos salieron a la luz en diciembre de 2010, y usted, estimado lector, se enteró en las páginas de su Diario LA PRENSA sobre la nauseabunda y siniestra historia de “El Ponchis”, el Niño Sicario.
Los expedientes revelan que “El Ponchis” nació con el diablo adentro, apartado del cariño de sus padres desde su nacimiento, no le gustó nunca la escuela, sus maestros fueron las malas compañías y en las calles aprendió a ser un gandalla. A los 11 años efectuó su primer ilícito, asaltó un negocio y fue detenido.
Fue justo el 3 de diciembre de ese año, por la noche, cuando elementos del Ejército Mexicano detuvieron a Édgar Jiménez Lugo, de 14 años, en el aeropuerto Mariano Matamoros, de Cuernavaca, cuando pretendía abordar un avión con destino a Tijuana en compañía de su hermana Elizabeth. En realidad, a “El Ponchis” ya le seguían la pista días atrás, debido a una serie de videos difundidos en las redes sociales, donde aparecía torturando a enemigos del Cártel del Pacífico Sur (organización que lo reclutó) y confesaba que había asesinado, por lo menos a cuatro personas.

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Édgar Jiménez nació en San Diego, California, en un ambiente sórdido, en su hogar hubo poco amor por parte de sus padres, quienes fueron varias veces arrestados en Estados Unidos por comerciar drogas. Su historial de abandono hizo que su abuela Carmen Solís Gil se lo llevara con ella a la edad de cinco años, le ofreció su afecto y un hogar en el pequeño pueblo de Tejalpa, en el Estado de Morelos.
Pero Édgar estaba acostumbrado a la soledad y las calles, por lo cual fue presa fácil para que el Cártel del Pacífico Sur lo ingresara a sus filas, cuando apenas tenía 11 años. En palabras del mismo “Ponchis”, señaló que fue “levantado” por Jesús Hernández Radilla, “El Negro”, líder de esta organización criminal y ligada con el Cártel de los Beltrán Leyva, el cual le ofreció “trabajo y una buena paga”. En realidad, no le costó mucho convencer al escuincle.
Fue entonces, cuando “El Ponchis” comenzó su descenso a los infiernos en las filas del narcotráfico. Ahí, lo adiestraron a torturar, ser torturado y consumir drogas, situación a la cual ya estaba acostumbrado, pues su infancia estuvo rodeada de estas linduras.

 

Infancia acribillada
Retraído, solitario y marginado; siempre a la deriva, fue reclutado por el crimen organizado, quien lo entrenó para causar muerte y dolor

Alfredo Sosa
En la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), en la Ciudad de México, “El Ponchis” apenas experimentaba el tormento, al tener que recordar los delitos a los que, dijo, era obligado a cometer. Entonces pasó de su faceta de victimario a la de víctima y “soltó la sopa”.
Con un gesto de resquemor, reveló a los fiscales que era asignado para torturar, decapitar y cortar los genitales a personas rivales o que habían sido “levantadas” por órdenes de “El Negro”. Y contó algunos detalles: “los degollaba. Sentía feo al hacerlo, pero me obligaban. Me decían que si no lo hacía, me iban a matar. Yo nada más los degollaba, pero nunca los fui a colgar a los puentes, eso nunca”, dijo.
Comentó que era obligado a fumar marihuana para cumplir con estas labores, que había asesinado sólo a cuatro personas y le pagaban 2 mil 500 pesos por semana, mientras su mirada se perdía en la nada. Sin embargo, otros integrantes del Cártel Pacífico Sur detenidos meses atrás por el Ejército Mexicano, lo implicaban en la ejecución de más de cien personas.
Édgar Jiménez, llamado desde su captura El Niño Sicario, indicó a las autoridades que “El Negro” tenía varias casas de seguridad en Jiutepec, en donde asesinaron y enterraron a algunas de sus víctimas, además de usarlas como bodegas para guardar armamento y vehículos. También cobraban “derecho de piso” a varios dueños de negocios; entre ellos, dos prostíbulos: El Fantasy y 40 Grados, sitios donde se reunían a convivir los integrantes del CPS.
En los videos subidos a Internet donde se supo de las actividades criminales de “El Ponchis”, el chamaco lucía armas AK 47 “cuernos de chivo” con varios cartuchos de repuesto, mochilas con paquetes de marihuana, varios tipos de cuchillos y navajas, chalecos antibalas y, en otras imágenes aparecía torturando a varios sujetos amarrados de pies y manos y amordazados. En pocas palabras, era un niño que jugaba a ser criminal.

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Aquella noche que detuvieron a “El Ponchis”, también cayeron sus hermanas: Lina Érika y Elizabeth Jiménez, a quienes apodaban “Las Chabelas”. Las dos jóvenes también pertenecían a la organización criminal y confesaron que sólo se encargaban de deshacerse de los cadáveres de las víctimas. Los iban a tirar a caminos apartados donde sería complejo hallarlos y se los devorarían las ratas. Sin embargo, integrantes del CPS capturados días después, señalaron que Elizabeth tenía una relación amorosa con “El Negro” y que, además, “Las Chabelas” servían de carnada para enamorar a sujetos que después serían reclutados o asesinados.
Después de la deliberación de pruebas, entre la Fiscalía de Justicia para Adolescentes y el abogado defensor de “El Ponchis”, el juez del Tribunal Unitario le dictó una sentencia de tres años de cárcel por los cuatro asesinatos confesos, condena máxima para un menor de edad como él. A sus hermanas también se les ordenó la formal prisión por delitos como secuestro, asesinato, portación ilegal de armas y asociación delictuosa.
Édgar, El Niño Sicario, cumplió su condena en el Centro de Ejecución de Medidas Cautelares para Adolescentes (Cempla), en el Estado de Morelos. En ese lugar, trataron de ayudarlo con asistencia psicológica, además de que lo enseñaron a leer y a escribir.
Ana Virginia Pérez, directora del reformatorio, comentó: “es un joven no agresivo en el sentido de atacar a las personas con las que tiene contacto… es más bien, un joven retraído, que habla muy poco y le costó mucho trabajo contar su historia”, pero señaló que faltó más tiempo para lograr una reintegración completa, debido a lo trágico y complejo de su caso.
En el Cempla se hallaban recluidos más de 100 internos, todos ingresados por delitos del fuero federal, como: homicidio doloso, secuestro, portación de arma de fuego y delincuencia organizada. En ese sitio, “El Ponchis” tomó un balón y dentro de la cancha, mostró habilidad para regatear rivales y dotes de goleador. En ese momento, Édgar se permitía soñar, y seguramente fue feliz, a pesar del infierno que vivió.

UN PAÍS EN CIRCUNSTANCIAS ADVERSAS
De esta forma, “El Ponchis” salió poco a poco de las entrañas del abismo, al cual había caído desde muy pequeño. Su ascenso llegó la madrugada del 26 de noviembre de 2013, día en que fue liberado bajo un fuerte operativo de seguridad, tras cumplir su sentencia. El jovencito sólo hizo una petición antes de salir; “que el gobierno federal le diera protección para que el Cártel del Pacífico Sur no lo volviera a reclutar, o en su caso, a matar”. Un convoy del Ejército Mexicano lo trasladó al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, ahí tomó un vuelo con destino a San Antonio, Texas; o mejor dicho hacia la libertad, donde lo esperaban sus familiares.
El trágico caso de “El Ponchis”, querido lector, surgió en el contexto de la guerra contra el narcotráfico declarada por el entonces Presidente de la República, Felipe Calderón Hinojosa; un conflicto que para finales del año 2010, dejó un saldo de 30 mil muertos y decenas de fosas clandestinas por todo el país; además provocó que varios menores de edad fueran reclutados por el crimen organizado y que sus almas agonizaran en la ráfaga del crimen.

Carlos Álvarez
A mediados de julio del año 2016, se difundió la noticia de una joven sicaria a quien denominaban “La Peque”, personaje por lo demás real e insólito. Con su escaso metro setenta, esta mujer -que apenas superaba la veintena de años-, se hizo famosa no sólo por pertenecer a una organización delictiva, sino por cometer los peores crímenes que se puedan imaginar.
En los anales de la historia criminal de México este caso sobresale y merece una página, debido a la brutalidad y sordidez con que se desarrolló la carrera de esta homicida sin escrúpulos, con sus múltiples y despiadadas torturas y el deseo de saciar su sed de sangre.
Juana, -como Madona- simplemente Juana, nació en el Estado de Hidalgo. Parece que su infancia se escapó pronto, pues a la edad de 15 años se embarazó de un hombre, a la sazón 20 años mayor que ella. Como consecuencia parió un hijo y, para poder solventar sus gastos, tuvo que pasar por varios trabajos tanto legales como mesera, repartidora y cocinera; como ilegales, prostitución, halconeo y sicaria.
Fue alrededor del año 2008 cuando comenzó a relacionarse con gente de una de las organizaciones criminales más sanguinarias que existen. En ese entonces trabajaba en un bar adonde comenzaron a cobrabar piso. Ante tal situación, la dueña obligó a las muchachas a relacionarse con los capos para reponer el dinero de la renta.
Después de eso, acudió a un par de fiestas organizadas por ellos, pero no se afilió -o no la captaron de inmediato-, sino que fue hasta el 2010, cuando casi por azar fue reclutada.
Sucedió que al ir a su pueblo natal a visitar a una de sus amigas de la infancia, de pronto se vio inmiscuida con el jefe de la plaza del lugar, quien había citado a su amiga, pero Juana, por acompañarla, terminó siendo reclutada.
Al principio se le encomendaron varias tareas sencillas y durante este periodo presenció algunas ejecuciones; una en particular la desestabilizó, temiendo por su vida. En aquella ocasión le tocó observar cómo le despedazaban el cráneo a un sujeto con un mazo. Al presenciar esto, comenzó a imaginar que quizá su vida terminaría del mismo modo.
No obstante, paso poco tiempo para que se le encomendaran tareas más complejas, como la custodia de los secuestrados, a quienes anestesiaba y luego les cortaba las orejas, como advertencia para los parientes, en caso de que se rehusaran a pagar el rescate. Y más tarde, cuando se sintió familiarizada con la violencia, comenzó a sentir placer, causarle excitación, porque descubrió que disfrutaba la dinámica de su trabajo que le demandaba torturar a las personas.
Posteriormente, cuando se adentró por completo en el mundo atroz de las matanzas, casi se volvió una obsesión asesinar, pero no sólo por una orden sino por un impulso desquiciado de atentar contra la vida, a tal grado que comenzó a manifestar un comportamiento aberrante y retorcido.
Fue así como “La Peque” se encargó de la inescrupulosa labor de las decapitaciones y desmembramientos y mutilaciones corporales, lo cual le valió para llegar a ser considerada como la mano derecha de varios integrantes de los más temidos de la célula criminal.
Entre sus espeluznantes revelaciones, Juana declaró que al estar tan inmiscuida en el mundo del hampa, la violencia se volvió tan cotidiana que lo normal perdió significado; por tal motivo comenzó a adquirir el hábito de beber la sangre de sus víctimas cuando aún estaba caliente o bañarse con ésta, dependiendo de su humor. Y por si no bastara, declaró fríamente y con lujo de detalle que comenzó a tener relaciones sexuales con los cadáveres decapitados.
Aunque la fecha en que fue capturada y las circunstancias de la detención de “La Peque” no son claras ni específicas, trascendió en distintos medios que la detuvieron un día en que ella presintió que su destino estaba marcado. Eran alrededor de las 15:00 horas cuando se disponía a huir, porque ese día observó señales de que algo iba a pasar, pues hubo mucho movimiento tanto del Ejército como de la policía.
Actualmente, hasta donde se tiene conocimiento, se encuentra recluida en uno de los Centros de Reinserción Social de Baja California, esperando su sentencia.