¡DE HÉROE… A MÁRTIR!

Un día en la vida
Esto ya nadie me lo quita: voy a llegar, aunque las fuerzas me abrumen ya con que se acaban aunque traiga el alma melancólica. Aquí empezaré, donde termino: siempre habrá otra vez, y cantaremos lo que no creíamos que era nunca. Rubén Bonifaz Nuño
Carlos Álvarez
Aquel 23 de marzo, muy temprano, en compañía del general Domiro García Reyes, Colosio acudió a la cita que tenía con el deportista Ivar Sisniega, para correr -como era su costumbre-, los cuatro kilómetros rigurosos de cada día. Domiro reportó aquella mañana “sin novedad”.
Al compromiso también acudió su médico personal, Guillermo Castorena, quien no se olvidaba de cronometrar los recorridos; también lo acompañaba el periodista Federico Arreola, a quien el candidato consideraba como un amigo.
Pero ese día, debido a la agenda tan apretada que incluía varios compromisos, entre ellos la visita a una estación de radio y más tarde la cita en Lomas Taurinas, se vieron obligados a abreviar el recorrido.
La intención consistía en prepararse para la jornada atípica, después regresar al Hotel Ejecutivo de Sinaloa, donde García Reyes daría instrucciones para que Arreola y Castorena viajaran en otro vuelo.
Su primera parada importante la tuvo el candidato en la radiodifusora XECQ de Culiacán, en el programa “Sin quitarle ni ponerle”. Ya con la seguridad de la experiencia detrás del micrófono, Colosio hizo eco de lo que memorablemente había conmovido y conmocionado en su discurso del no tan lejano 6 de marzo, en el Monumento a la Revolución, aquél llamado de alerta para frenar el aparato del poder, la corrupción, el narco y el crimen organizado.
Al concluir la emisión de radio, pronto se dirigió a la capital sudcaliforniana, donde brindó un discurso ecuánime que hablaba sobre mantener la estabilidad económica.
Su estancia en Baja California Sur se prolongó al menos cuatro horas. De allí se trasladó a Tijuana, donde ya lo esperaba la muerte.
En la ciudad fronteriza tenía programado un acto para su campaña, que iniciaría a las 15:50 horas, en Lomas Taurinas. Y al término de éste se encontraría con su esposa.
En el trayecto de La Paz a Tijuana, Colosio tuvo una conversación con Ramiro Pineda, quien le notificó que Camacho Solís había sido descartado de las aspiraciones presidenciales.
Subrepticiamente le vino a la memoria el día del “destape” y la llamada telefónica que sostuvo con Manuel, a quien preguntó si no habría de felicitarlo. Camacho se mostró displicente y le respondió que sólo tendría algo que decirle después de que hablara con Salinas de Gortari.
También recordó las dificultades, los golpes y las interferencias cuando fue elegido para suceder a Salinas en la presidencia. Luego, el posible relevo de candidato, por el Comisionado para la Paz en Chiapas, Camacho Solís, quien incluso llegó a opacar a Colosio por sus logros con el EZLN; y, finalmente, el nombramiento de Ernesto Zedillo como coordinador de campaña y virtual sustituto en caso de que “algo pasara…”.
Al escuchar el anuncio de que el avión estaba a punto de aterrizar -con un retraso de 20 minutos-, Colosio se incorporó en el instante presente. Ya cerca de su último aliento, pero todavía lejos de su ulterior destino, lo recibió una multitud imprevista.
Una camioneta tipo Blazer color azul lo esperaba para llevarlo del aeropuerto a la Colonia Lomas Taurinas. A la distancia se podían observar las mantas de apoyo y bienvenida y la mano del candidato saludando a la turba.
Por una vía de polvo, donde una rampa de concreto en declive recibe a los visitantes, se observaba la calle Mimihuapan. La camioneta avanzó y el viento esparció el polvo que se levantó como borrando el camino de los que venían, como para no dejarlos ir…
Ya el tiempo estaba en contra. Colosio observó que todo allí era de polvo; las calles dotadas de una anarquía inusitada, regadas como por capricho.
Una semana antes, el equipo de seguridad recorrió la colonia -que más bien parecía una ratonera-, en caso de contingencia, porque sólo había una salida. El equipo encargado de realizar las diligencias fue el llamado Grupo Tucán, que recibió sus órdenes, supuestamente para evitar que algo le sucediera, pero en realidad se cree que fue el que llevó a cabo el plan para asesinarlo, en lo que se conoció como la “Operación Tucán”.
Colosio enfrentó un último obstáculo antes de llegar al templete, a lo que sería su cita aplazada con la muerte. Ya no podía avanzar en la Blazer. Así que decidió descender y recorrer el último trayecto a pie.
Apretujado por la muchedumbre, quizá Colosio creyó que ya no era el mismo de hacía un par de meses, quizá comenzó a darse cuenta de quién sería para siempre. Porque quizá lo intuía, como se los confesó a sus amigos y a su esposa días antes del magnicidio, les había dicho: “Mi vida está en peligro”.
Sin embargo, a pesar de todo, el candidato no dejó de sonreír y saludar a los simpatizantes. Aunque detrás de él una mano con un arma se preparaba, esperando el momento propicio para abrirse paso entre el gentío y concluir lentamente el instante que se diluía en una tarde calurosa llena de polvo.

Funerales de
un hombre grande

Fue un día aciago. La mañana, aunque era clara lucía triste. Le habían metido una bala, no al candidato sino al mismo pueblo que creyó tímidamente en un posible cambio.
Meras suposiciones. Si la historia tiene un lugar para la infamia, ésta, la del asesinato impuro de Colosio es digna de un lugar en ese mausoleo.
En el hangar Presidencial descendió el Boeing 727, matrícula TP-03 Emiliano Zapata de la Fuerza Aérea Mexicana que transportó el cuerpo de Luis Donaldo Colosio Murrieta a la Ciudad de México. Era muy temprano y algunos se despertaban con la triste noticia con su ejemplar de LA PRENSA en la mano, que diez colunas narraba los hechos en imágenes imposibles de creer. En el avión también viajaba su viuda, Diana Laura, y sus colaboradores más cercanos. Carlos Salinas ya esperaba la llegada junto con todo su gabinete.
Inmediatamente, el cortejo partió rumbo a la sede nacional de PRI, donde llegó cuarenta minutos después. Al llegar, el auditorio se llenó durante cinco minutos de aplausos.
Después, Liébano Saénz, quien fuera el encargado de la información y propaganda en la campaña de Colosio, retiró la bandera para que Salinas hiciera la primera guardia, al cabo de la cual éste salió para tratar el tema del tercer “destape”, justo a los pies del fallecido.
Desde Magdalena de Kino viajó Luis Colosio Fernández, padre del candidato al funeral de su hijo; Ofelia Murrieta, su madre, ya estaba en el entonces Distrito Federal. Hacia el mediodía el cortejo se dirigió a la funeraria Gayosso, donde se congregaron sus padres, sus hermanos y las amistades más cercanas de la familia.
La fría mañana del día siguiente los restos de Colosio fueron subidos al avión de la Fuerza Aérea, para trasladarlos a Nogales, Sonora, donde llegaron cerca de las 10:00 horas. Allí realizariía el último recorrido de la campaña.
En el camposanto, la misa fue oficiada por arzobispo de Her-mosillo, Carlos Quintero Arce. Después, Diana Laura Riojas leyó un discurso en el que expresó: “él decía que en el centro de todos nuestros afanes, de todos nuestros esfuerzos, están el hombre, su bienestar y sus libertades…”.

“CONTIGO SE MURIERON NUESTRAS ESPERANZAS”
Alfredo Sosa
El cuerpo de Luis Donaldo Colosio arribó a la Ciudad de México a las 8:00 horas del 24 de marzo; ahí, una carroza lo esperaba para trasladarlo al CEN del PRI, en Avenida Insurgentes Norte. A su paso, decenas de simpatizantes se arremolinaban con banderas tricolores y coreaban su nombre; la mayoría desbordados en llanto.
Conforme se acercaba a la sede de su partido, la multitud crecía, el pueblo se agolpaba para despedir con flores y vivas a uno de sus más entrañables amigos, al hombre en el que habían depositado todas sus esperanzas, porque con su carisma, el candidato se había ganado su cariño.
La explanada del Monumento a la Revolución estaba repleta de personas que deseaban ver, aunque sea por un instante, la carroza que llevaba el cuerpo de Luis Donaldo. Cuando por fin llegó, bajaron el ataúd para instalarlo en una capilla que se montó en el auditorio Plutarco Elías Calles. Por varias horas, los militantes priístas se turnaron para hacer guardia alrededor del féretro; entre los primeros estuvieron Ernesto Zedillo, el Presidente Carlos Salinas de Gortari, Jorge Carpizo, Manlio Fabio Beltrones, Liévano Sáenz, la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, José María Córdoba, entre otros. Pasado el mediodía, su cuerpo fue llevado a una agencia funeraria, en la calle de Félix Cuevas, donde su familia y amigos más cercanos se congregaron para rendirle tributo. Al lugar también acudieron Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Diego Fernández de Cevallos, sus oponentes hacia la Presidencia. En contra de lo esperado, Manuel Camacho asistió a darle el pésame a la familia de Luis Donaldo, pero los simpatizantes populares del candidato lo atacaron con todo, lo responsabilizaban de lo sucedido.
Al día siguiente, los restos del candidato fueron llevados de nuevo en avión a Nogales, Sonora, y trasladados por tierra a Magdalena de Kino, lugar donde nació, con su gente y familia que lo esperaban para el sepelio en el panteón local, donde se ofició una misa multitudinaria.

¿Culpable o inocente?
Aquella mañana, después
del magnicidio, se leía en
LA PRENSA acerca de un hombre que había alcanzado su meta; y aunque la noticia era bastante triste, todo el mundo se negaba a creerlo. Así que las fotografías contaron la historia; le habían volado la tapa de los sesos… Y él, Colosio, no se dio cuenta de que con su muerte cambió todo.
Carlos Álvarez
A las 17:16, hora de Tijuana, fue detenido el hombre que, dicen, es Mario Aburto. Casi cinco minutos después de descerrajarle un tiro en la cabeza a Colosio. Los guardias tuvieron que defenderlo de la gente enardecida y colérica. Como pudieron, lo subieron a una Suburban vieja, propiedad de un taxista lugareño, para trasladarlo a las instalaciones de la PGR.
Mario repetía: “Yo no fui, fue el ruco”, mientras los agentes le decían: “Vas a ver, hijo de la chingada, lo que te va a pasar”; y a Aburto se le escapaba un “Yo soy inocente…”.
Las sospechas de que había sido un crimen orquestado por el poder cobraron relevancia cuando se supo que el discurso pronunciado en el Monumento a la Revolución había molestado a los priístas de la vieja guardia.
Por otra parte, las investigaciones mostraron defectos de origen, pues se cometieron errores que las pusieron en tela de juicio.
Una primera indagatoria, llevada a cabo por Diego Valdés, explicó que Mario Aburto hizo dos disparos: uno en la sien y otro al abdomen. No obstante, no quedó aclarado, debido a la declaración desestabilizaba que hizo la doctora Aubanel, quien afirmó que el candidato murió de dos disparos proveídos por armas de diferentes calibres. Además, con el tiempo se acumularon más muertes en relación con el magnicidio.
Más tarde, se creó la Subprocuraduría Especial para el Caso Colosio, encabezada por Miguel Montes García, quien aportó la hipótesis de la “acción concentrada”, que continuaba con lo anteriormente expuesto, pero además añadía los nombres de sus probables cómplices.
No obstante, meses después, Montes García cambió de hipótesis a la del “asesino solitario”. Pero nada rendía frutos para esclarecer el crimen. Diana Laura Riojas, también sentenciada a muerte por un severo cáncer, llegó a comentar, irónica: “Ahora sólo falta que salgan con que Colosio se suicidó”.
Después, Mario Chapa Bezanilla contradiría nuevamente la tesis del “asesino solitario”, resolviendo el caso en 60 días, pero con severas inconsistencias y mentiras, como la de un “segundo tirador”, con lo cual dejó al descubierto su ineptitud, pues lo había inventado todo.
Finalmente, asumió como subprocurador Luis González Pérez, quien emprendió la mayor investigación judicial de la historia, en parte para limpiar el nombre de la Subprocuraduría y en parte para aclarar por qué hasta entonces nadie había encontrado una respuesta lógica.
Luego de severos años de investigaciones, llegó a la conclusión de que no hubo complot, ni -como manejaban algunas teorías-, Mario había sido sustituido por un sujeto muy similar a él. Así pues, el hombre aprehendido, el que accionó el arma, el que fue trasladado a la PGR no era más que Mario Aburto Martínez, quien fue sentenciado a una condena de 42 años.

COLOSIO, ELECTO PARA MORIR
Alfredo Sosa

TRAGEDIA EN TRES ACTOS

Primer acto
23 de marzo de 1994, son aproximadamente las 18:45 horas, hay un gran tumulto de personas en uno de los pasillos del Hospital General de Tijuana

Un hombre vestido con traje toma el teléfono:
-¡Sí, señor Presidente, me comunico con usted porque la situación es muy grave! ¿Qué hacemos?
-Calma Liévano, hay que mantenernos lo más cuerdos que podamos. ¿Hay manera de trasladar al licenciado al mejor hospital de San Diego?
-De acuerdo con las indicaciones de los médicos, en este momento no es posible mover al licenciado, señor Presidente. Lo están interviniendo en el quirófano.
-¿Se podrá traer equipo de San Diego para atenderlo? ¡Hay que salvarle la vida a como dé lugar, Liévano!
-Eso sí lo podemos hacer, aunque, realmente, lo que me indican los médicos, es que es cuestión de minutos… ¡el candidato va a morir, señor Presidente!
LA TARDE DE UN VIOLENTO ADIÓS

Segundo acto
Las manecillas del reloj indicaban pocos minutos pasados de las 17:00 horas, en Lomas Taurinas, Tijuana. El ambiente era de fiesta y esperanza porque en el mitin recién concluido, Luis Donaldo les había convencido de apoyarlo para cambiar al país, para alcanzar una nación en paz y con justicia, donde los pobres no serían más humillados. Y cómo no creerle al candidato, con esa trayectoria política a sus espaldas, con la vida ejemplar que llevaba como padre de familia y con ese carisma y sinceridad que transmitía cuando convivía con el pueblo.
La música sonaba alto mientras el candidato caminaba entre la multitud y se dirigía a su camioneta escoltado por su equipo de seguridad, cuyos hombres se hacían señas e intentaban hablar a distancia. A su paso, la gente se arremolinaba, algunos lo saludaban, otros le tomaban fotos, y varios le entregaban cartas con algunas peticiones o con buenos deseos, Luis Donaldo sonreía y caminaba con dificultad.
De pronto vino la tragedia. Entre empujones, un hombre con chamarra negra y gorra se abrió pasó entre la turba, colocó su revólver Taurus calibre .38 sobre la cabeza de Luis Donaldo (arriba de su oído derecho) jaló el gatillo, el estruendo se percibió a pesar de las notas musicales, el candidato cayó al piso, la bala le desmenuzó los sesos… imperó la confusión, la gente gritaba y “salió huyendo”, tal como dice “La Culebra”, canción que sonaba en ese momento, e hizo de fondo aquella tarde trágica.
Mientras, los hombres más cercanos a Colosio lo trasladaban hacia su camioneta para llevarlo al hospital; otros arremetieron contra el presunto agresor, lo golpearon en todo el cuerpo y lo llevaban casi a rastras, con todo el rostro ensangrentado. Un sujeto con pistola en mano le preguntó: “¿cómo te llamas, cabrón?, él con mucho esfuerzo contestó: “Mario Aburto Martínez”. Avanzaron varios metros más y lo ingresaron a una camioneta, pronto los escoltaron patrullas de la Policía Municipal de Tijuana. La turba pedía desesperadamente que lo bajaran para lincharlo.
Los hechos se dieron tan rápido y como envueltos en bruma, recordándonos que la vida nos puede cambiar de golpe y para siempre, en tan sólo un instante.
A las 17:20 horas, Luis Donado Colosio ingresó a un quirófano del Hospital General de Tijuana inconsciente y con dos heridas de bala: una en el abdomen y otra en la cabeza del lado derecho. Una hora y media más tarde, sufrió un paro cardiorrespiratorio irreversible, sus órganos vitales ya no dependían de sí mismos, sino se aferraban a los distintos aparatos a los que estaba conectado.
El vocero de campaña del PRI, Liévano Sáenz se comunicaba por teléfono con el Presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari para recibir instrucciones de lo que tenía que hacer. El Mandatario le pedía que analizara todas las posibilidades para salvarle la vida como fuera a Luis Donaldo. Sin embargo, por más que los médicos lo intentaron, por más que se trajo equipo de un hospital de San Diego, California, no pudieron. Había fallecido el hombre querido por el pueblo, aquél que traería paz y justicia para todos los mexicanos. El destino estaba echado. Alrededor de las 19:45 horas, los doctores declararon a Luis Donaldo Colosio, oficialmente muerto.
LAS HORAS TRISTES

Tercer acto
19:55 horas, Hospital General de Tijuana, se improvisa una conferencia de prensa
Liévano Sáenz, coordinador de campaña del PRI toma la palabra ante los micrófonos:
-Señores de los medios… con profunda pena me permito informarles, que a pesar de los esfuerzos que se realizaron, el señor licenciado Luis Donado Colosio, candidato del Partido Revolucionario Institucional a la Presidencia de la República… ha fallecido.
Las decenas de reporteros y camarógrafos de los medios de comunicación de todo el país se precipitaron sobre el hombre, éste, ayudado por su grupo de seguridad, desapareció por una pequeña puerta.
A esas horas, Mario Aburto Martínez de 23 años, se entrevistaba con el diablo y rendía su declaración en la delegación estatal de la Procuraduría General de la República de la ciudad de Tijuana.
La madrugada del 24 de marzo, el cuerpo del candidato tricolor salió del hospital en una carroza hacia el aeropuerto de Tijuana para abordar el avión presidencial con destino a la Ciudad de México. En el Comité Ejecutivo Nacional del PRI, ya lo esperaban los militantes priístas y preparaban un homenaje en su memoria, ante la presencia de su familia y el Presidente de la República.