¡FEMINICIDIOS!

OLOR A MUERTE
Por: Alfredo Sosa
La madrugada del 19 de agosto de 2013, un terrible miedo vivieron dos jóvenes, quienes haciendo el trabajo que le corresponde a la policía: que es el de investigar, se brincaron la barda de un lote baldío aledaño a su domicilio, ubicado en la calle Pekín, Colonia Romero Rubio, en la Ciudad de México; uno de ellos enfocó la luz de su pequeña lámpara y dieron con la grotesca imagen de un cadáver envuelto en cobertores que había sido calcinado. Para su mal presentimiento y en contra de su voluntad, por las ropas que estaban esparcidas por el suelo, se trataba del cuerpo de su tía Loana, quien había desaparecido dos días atrás. Con todo el dolor que los embargaba, se apresuraron a dar aviso a las autoridades judiciales.
El agente del ministerio público y peritos de la Procuraduría General de Justicia llegaron a las calles de Pekín y Marruecos en la mencionada colonia, comenzaron con las primeras diligencias y levantaron el cuerpo de la víctima para iniciar con la investigación que los llevara con el asesino de Loana Artemisa Martínez, mujer que se ganaba la vida dedicada a la docencia en un colegio privado en Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, era madre de dos hijas y tenía 22 años de casada con su esposo: el señor Margarito Linares.
Pero, una persona como la maestra Loana, quien no tenía problemas con nadie y tampoco motivos para quitarse la vida, ¿quién entonces pudo asesinarla, bajo qué causas, y además quemar su cadáver? Eran las preguntas que se hacían la policía, sus hijas y familiares más cercanos, así que confiaron las indagatorias a los agentes de la Procuraduría capitalina para que resolvieran el caso.

¿Quién era Xóchitl Carrasco?

Por: Carlos Álvarez
Hace algunos años, que podrían ser muchos si se considera el tiempo relativo, y los cuales la memoria desdibuja, enturbia y entorpece al evocarlos, ocurrió un asesinato. Ahora es un acto cotidiano. Ella estaba en la habitación con el joven, quizá, y él la persiguió por la casa hasta darle alcance para truncar su futuro, en el cual no pensaba ella, porque vivía un día a la vez.
Él deseaba que algo ocurriera, aunque ella ansiaba que el abuso, los maltratos, la ira, todo eso, ya no continuara. Soñaba con ser libre, anhelaba descansar y no tener que refugiarse en el cuarto de baño, desaseado y en ruinas, cada vez que él se violentaba.
Invocaba al amor, decía amarla. Mero pretexto. Sufría o decía hacerlo por ella. Causa de su dolor; objeto que deseaba. Quería ir con ella, buscarla y frenar lo inevitable del modo más brutal y decepcionante.
Ella aceptó, por poco tiempo, el sabor de él en sus labios tal vez, en alguna linda palabra que le concedió y, acaso, en algún detalle que no fueran golpes, gritos o maltrato. Sólo y al final aceptó el desengaño y la tristeza cuando decidió la ruptura, la conclusión. ¿Para qué seguir si no lo amaba?
Estaba condenada a la desesperación y arrastraba los pies o miraba siempre al suelo cuando caminaba. De ello era testigo quizá una amiga o un familiar, alguien que la veía de otro modo, que se preocupaba por ella.
Pero un miedo recóndito la obligaba a decir no, a defenderse con las manos trémulas y con las palabras que no llegaban a su destino para amainar la ira incontrolable de Antares, el corazón del escorpión que con su veneno aniquilaba a la flor.
¿Y por qué cuando ella puso fin al noviazgo, aquél en un arranque de furia le asestó varias puñaladas? La respuesta ahora es baladí; no obstante, el crimen que él cometió fue un feminicidio.
Tal como quedó registrado en páginas de LA PRENSA, aquel miércoles 11 de junio de 2014, en una de las viejas unidades habitacionales yuxtapuesta a la UAM-X, Xóchitl Carrasco Cerón, estudiante de la licenciatura en Comunicación Social, fue víctima de feminicidio.
Poco de lo que se sabe acerca de ella llega casi imperceptible, como si no fuera ya un recuerdo sino una lejana página escrita a cuatro columnas.
Lo cierto es que Xóchitl, como su nombre, era dulce y bonita y sus ojos sonreían de un modo agradable cuando la miraban y era como verla por vez primera.
Si es lícito pensarlo, también podría decirse que era alguien que parecía mantenerse firme, como si nadie puiera lastimarla. Había venido a la urbe desde su natal Estado de Pachuca, a forjarse un destino, que la infamia y la iniquidad de un supuesto amante terminarían por arrebatarle.
Pocos saben, no tendrían por qué, sobre su preferencia musical de rock en inglés y su afición al futbol, cuyo gusto culposo era irle al Cruz Azul.
Fue breve el tiempo que compartió con aquellos de quienes estuvo rodeada y ellos tal vez disfrutaron los instantes que no volverán, pero que permanecen intactos en cada uno de sus amigos. Pero para otros, la historia es negra y triste.
Un día conoció a quien se decía llamar Christopher, a través de Facebook, con quien mantuvo una relación de poco más de un año. El extraño parecido que tenía ese sujeto con quien padece un trastorno psicológico le causaba asombro, pero no impidió que la relación se mantuviera, a pesar de ser tormentosa, con matices de violencia, humillación y destructiva, sobre todo.
“¡Déjalo!”, comenzó a decirse después de un tiempo, no obstante, sentía cariño por él como se puede sentir aprecio por un cachorro vulnerable. La realidad distaba mucho de su gusto: ya no quería seguir con él, pero no lo dejaba debido a los chantajes y amenazas de él acerca de que si lo dejaba se quitaría la vida y que ella era lo único que él quería.
Pero decidida un día afrontó lo inevitable. Así debía ser. Eligió concluir su relación para hacer lo que ella deseara: estar sola, salir con alguien más, convivir con sus amigos, estudiar.
Fue un miércoles por la mañana cuando algunos de sus amigos se preocuparon porque Xóchitl no llegaba a la escuela y tampoco respondía las llamadas. Era algo inusual.
Decidieron dirigirse a su casa, que estaba muy cerca de la universidad. Cuando llegaron y llamaron a su ventana no obtuvieron respuesta. Lo que sí hubo fue un asombro tremendo ante la presencia de agentes de la Policía de Investigación, ministeriales, así como de los rescatistas del ERUM, quienes ya habían diagnosticado el deceso de la joven estudiante. Después, les preguntaron si conocían el cuerpo…
Así, con esa frialdad desmedida en una mañana calurosa, de golpe, casi con negligencia, el oficial soltó la pregunta y permaneció mirando en silencio, casi con hipocresía, una dureza oculta de quien ha visto tantas muertes que una más significa nada.
Fue así como se conocieron los pormenores del aciago evento. El joven, cegado por el coraje de que supuestamente ella le pidió ya no ser novios, comenzó a discutir con ella dentro del domicilio. Se acercó con astucia, como si supuestamente la amara en realidad y, encolerizado, le empezó a clavar la hoja de una navaja que estaba en su poder.
Cuando los investigadores se presentaron en inmueble, encontraron en el suelo de la sala el cuerpo de la joven que había sido tasajeado. Y en el interior del baño, entre la pared desnuda y el retrete negro y sucio, a Antares, quien manipuló la escena del crimen, con la fe absurda de desviar la mirada de las autoridades de él, para evitar que se le relacionara con el crimen. Empero luego decidió suicidarse, con lo cual dejó todo al descubierto.
El sol afuera había ascendido hasta irradiar un calor sofocante, casi era monstruoso estar, sentir, ver, existir. Pero Xóchitl no, nunca más. Ella había sido incomunicada por él, no importa cuánto tiempo antes, le fue arrebatada su libertad y luego le infligió lesiones infamantes, por desprecio y odio, porque creyó que tenía derecho sobre su vida o porque supuso que era de su propiedad.
Cobarde expresión de la violencia extrema contra una mujer que representa una experiencia de terror continuo, donde figuran la humillación y la tiranía cruel.
Tan pronto como se percató de su crimen y todavía con lucidez, el joven, cuya maldad congénita hizo marcar su propio cuerpo buscando huir, quizá creyó que saldría bien librado. Al notar que aún estaba con vida, los socorristas lo trasladaron de emergencia al Hospital de Xoco, donde los médicos le salvaron la vida para enfrentar el rigor de la ley por sus actos.
Es triste. Yacer ante la turba confusa de los peritos, ministeriales, curiosos. Pero sobre todo es indignante. Porque cuando Antares Israel, que ése era su verdadero nombre, decidió truncar la vida de Xóchitl Carrasco Cerón aquél 11 de junio de 2014, la sociedad no se impactó. Las publicaciones periódicas acaso dieron noticia de un asesinato más en la estadística cruda de la realidad de México.
Pronto se hizo de noche. El día finalizaba y con él con la tristeza en el rostro de familiares y amigos, mientras en el Hospital de Xoco, en calidad de detenido, con su cara desganado y mórbida, Antares le cuenta al mundo sobre su atroz crimen a través de la contraportada del Periódico que Dice lo que Otros Callan.
CON EL ALMA EN VILO
Días previos a la muerte de la maestra Martínez, su hija mayor y madre decidieron realizar un viaje de fin de semana al paradisiaco puerto de Acapulco, mientras que su hija menor, prefirió pasar esos días con una de sus tías. Lo que parecía un fin de semana tranquilo para la profesora, pues, aparentemente disfrutaría de unos días de tranquilidad y descanso en su hogar junto a su esposo Margarito, se tornarían lamentablemente, en los últimos de su existencia.
El sábado 17 de agosto, mientras la señora Yolanda García y su nieta disfrutaban del sol, mar, arena y bronceaban sus cuerpos en la playa, decidieron llamar por teléfono a Loana para contarle lo extraordinario que lo estaban pasando, por más que lo intentaron varias veces no pu-
dieron comunicarse con ella, el mensaje del celular las enviaba a buzón; esto les pareció muy raro, puesto que su hija siempre atendía al llamado de su familia. La adolescente intentó también entablar contacto con unos primos y tíos que solían frecuentar, quienes vivían en Ciudad Lago, en Nezahualcóyotl, lugar relativamente cercano a su domicilio en la Romero Rubio, pero tampoco pudieron hablar con ellos. Tal situación comenzó a preocupar sobremanera a las dos mujeres. El asunto estaba muy raro, así que decidieron regresar ese mismo día a la Ciudad de México.
Cuando arribaron, lo hicieron al domicilio de sus parientes en Neza, Estado de México. Sus corazones pedían alguna noticia satisfactoria que mitigara la angustia que sentían, pero cuando vieron a sus familiares, éstos todavía no tenían ninguna sobre el paradero de Loana y el dolor creció.
De inmediato se trasladaron a la Delegación Venustiano Carranza para levantar una denuncia por la desaparición de Loana Martínez, sin embargo, el agente del ministerio público les indicó que tenían que pasar 72 horas, como marca la ley para realizar dicho procedimiento legal, entonces les sugirió que acudieran al Centro de Atención a Personas Extraviadas (CAPEA), donde seguramente iban a atender a su petición. Pero, para la mala fortuna de la familia García Martínez, en el Capea se encontraron con lo inflexible de la burocracia que caracteriza a nuestro país; porque uno de sus funcionarios les dijo con todo cinismo, que “la señora Loana ya era una persona adulta, y que, seguramente, se había ido a divertir con alguien”. Por lo cual, no tenían de qué preocuparse, pues ya volvería a casa pronto.
Con este obstáculo más por parte de funcionarios públicos, quienes se supone deben ayudar a la ciudadanía, la familia optó por organizarse y buscarla por su cuenta. Trataron de comunicarse con Margarito, pero no lo consiguieron, pensaron que él también estaba desesperado averiguando dónde podría estar su esposa; entonces acudieron a hospitales, dele-
gaciones, ministerios públicos; pasaron todo el domingo buscándola, pero fue en vano, pues nadie les dio información que diera con su paradero. Sus hijas hicieron carteles en computadora con la foto de su madre y los pegaron por calles de la Colonia Romero Rubio y Ciudad Lago, lugares que frecuentaba Artemisa con la esperanza de que alguien les diera la nueva buena, aunque ésta, no llegaba.
Cuando los desesperados familiares regresaron por la noche a su domicilio en la calle de Pekín, un camión de bomberos se retiraba del lugar, pues al parecer, los vecinos habían reportado un conato de incendio en un lote abandonado. Estaban tan agobiados y su mente puesta en la búsqueda de Loana, que no le tomaron importancia. En su hogar trataron de darse ánimos, encontrar una explicación lógica a lo que sucedía, pero el asunto era, que no existía. No era lógico ni normal que Loana hubiera desaparecido así, de repente, y que no hubiera ningún dato que pudiera acercarlos a ella. Esa noche, sin duda, fue para ellos la más oscura y eterna.
Los primeros estudios realizados al cadáver de la maestra Martínez indicaban un severo traumatismo craneoencefálico, y al parecer, también varias contusiones y hematomas en distintas partes de su cuerpo, sin embargo, los especialistas indicaron a los familiares de la víctima que tenían que hacer evaluaciones más rigurosas, debido a que el cuerpo había sido expuesto al fuego y quedado irreconocible. Por lo que les pidieron paciencia y un poco más de tiempo para efectuar pruebas de ADN que los condujera a un reporte más exacto, y de paso, que ayudara a esclarecer el crimen. Sin embargo, la fuerte lesión en la cabeza de la fallecida, indicaba que Loana sufrió esos golpes antes de morir, y después, intentaron deshacerse de sus restos, quemándola.
Pero en este asesinato había algo que no cuadraba, tanto para la policía como para los familiares de Loana, y era que tampoco sabían nada de su esposo Margarito Linares.
Cuando los agentes de investigación preguntaron a la señora Yolanda a qué se dedicaba su yerno señaló que éste no trabajaba. Que era su hija la que sostenía a su familia con su empleo de profesora en un colegio privado, esta situación llevaba varios años, razón por la cual, Margarito y Loana peleaban constantemente, además de que él la celaba por todo y estaba llevando a la ruina su matrimonio de 22 años. Al escuchar esto, los policías situaron al señor Linares como uno de los principales sospechosos de la muerte de la joven maestra.

Envuelto en cobijas en un lote baldío, hallaron el cuerpo calcinado de la profesora Loana. Fue su mismo cónyuge, quien la mató y prendió fuego
La madrugada del día lunes 19 de agosto, el esposo de una de las hermanas de Margarito Linares se hizo presente en el domicilio de la fami-lia García Martínez, en Ciudad Lago, Estado de México, pidió hablar principalmente, con la señora Yolanda, pues tenía algo muy importante que decirle, información relacionada con su hija. En el lugar se encontraban más familiares, quienes se reunieron alrededor del visitante y con mucha atención escucharon lo que les contó:
-Margarito fue a verme hace como una hora a mi casa. Estaba llorando y desesperado. Le pedí que se calmara, le dije que cuál era el problema. Entonces me contestó:
“Ya no puedo más. Cometí un crimen. Te voy a decir la verdad. Discutí con Loana y la aventé por las escaleras de la casa y se mató. Después, por miedo a que me descubrieran, envolví su cuerpo en unas cobijas, lo aventé al terreno de al lado y le prendí fuego”.
Yo impresionado, le comenté que tenía que entregarse a la policía, que si no lo hacía sería peor para él.
Al escuchar las palabras del cuñado de Margarito, la señora Yolanda no pudo contener el llanto.
Ella como el resto de sus familiares ahí presentes, estaban sorprendidos de lo que habían escuchado, la desgracia los estaba aniquilando, mientras el hombre volvió a hablar:
-Después de convencerlo de que tenía que entregarse, le avisé a su hermana y ella se comunicó con sus demás hermanos y sobrinos. Pronto llegaron a la casa y acordamos con Margarito acompañarlo a la policía para que confesara su crimen. Pero cuando ya lo estábamos esperando en la camioneta para irnos, nos pidió chance de ir al baño. Después de un rato, salió corriendo como loco, se fue rumbo al metro, pero por más que lo buscamos, lo perdimos de vista.
De inmediato los familiares se apresuraron a llegar a la casa de Loana en la Romero Rubio, específicamente al lote baldío donde Margarito había abandonado el cuerpo de su joven esposa. Pero dos nietos de la señora Yolanda que estaban ahí, ya se les habían adelantado, quizás guiados por un mal presagio, decidieron brincar la barda de aquel terreno con la esperanza de encontrarla aún con vida, pero no fue así, pues lo que encontraron de su entrañable tía fue una masa carbonizada envuelta en unas cobijas.
En cuestión de unos minutos, llegaron más de 15 patru-
llas de la Secretaría de Seguridad Pública, pero no dieron con el asesino.
La única pista que recaba-
ron, fue que probablemente, Margarito Linares trataría de esconderse en el Estado de Puebla, donde al parecer, vivían algunos de sus parientes.
Mientras la Policía de Investigación le seguía la pista al señor Margarito Linares, el 22 de agosto de 2013, en entrevista exclusiva con LA PRENSA, la señora Yolanda García, madre de la víctima, comentó destrozada:
“Él debe saber que después de lo que hizo, lo mejor es que se entregue, o no tendrá paz. Pido a las autoridades que lo capturen y saber por qué le hizo eso a mi hija”.