ENEMIGO PÚBLICO #1, maestro del crimen

ALFREDO SOSA Y CARLOS ÁLVAREZ
Alfredo Ríos Galeana nació el 28 de octubre de 1950, en la localidad Arenal de Álvarez, en el estado de Guerrero, hijo de Sabino Ríos y María Damiana Galeana. De origen pobre, acostumbrado desde muy pequeño a no tener nada, apenas creció, fijó sus esperanzas en ser parte de las filas del Ejército mexicano, donde logró ingresar a los 18 años, ahí alcanzó el grado de sargento primero en la Brigada de Fusileros Paracaidistas, años después desertó; en 1976 ingresó a la Policía Preventiva del Estado de México, más adelante fue nombrado comandante del Batallón de Radiopatrullas (Barapem) en Tlalnepantla.
El Barapem era una corporación que se dedicaba a custodiar bancos, el lugar ideal para que Ríos Galeana integrara su banda delictiva y se dedicara a asaltarlos; su flotilla no pudo tener el mejor adiestramiento, que conocer desde su interior, los movimientos, la manera en cómo operaban y saber cuáles eran sus puntos más vulnerables, y otro aspecto importante, fue que los propios mandos de la agrupación policiaca estaban coludidos.
En el año 1978, cuando Galeana y su banda decidieron dar el primer bancazo, tuvieron éxito, así que abandonó el batallón policiaco y junto con sus secuaces, dieron rienda suelta a su carrera delictiva. Sus asaltos eran cada vez más frecuentes; uno de sus mejores golpes fue el que cometieron en 1979, a una sucursal de Bancomer en Tlaxcoapan, Hidalgo, donde obtuvieron un botín de medio millón de pesos. Después, ya no sólo asaltaban bancos, sino también instituciones gubernamentales y casas de familias adineradas. Por fin, Ríos Galeana se sentía importante, tenía poder y mucho dinero; se sintió incluido en el mundo, aquél que desde muy pequeño, lo había excluido y expulsado como a la escoria.
Pasaron tres años de fortuna para “El Charro Cantor”, donde aprovechó para grabar dos discos LP de música ranchera, pero el panorama se nubló, ya que a mediados de agosto de 1981, agentes de la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia (DIPD) lo detuvieron en compañía de cuatro cómplices, en posesión de gran arsenal, varios vehículos de lujo y una importante cantidad de dinero en efectivo. En esa ocasión, ante los medios de comunicación “El Feyo”, como también se le conocía, dijo con la soberbia que lo caracterizaba, que se estimaba como alguien más astuto que los demás, sobre todo de la policía mexicana que “era sumamente incapaz de aprehender a los auténticos asaltantes”, y se jactaba de que no sería detenido nuevamente, y declaró que iba “a fugarse lo antes posible del lugar donde lo confinaran”.Entonces, un juez ordenó recluirlos en el Cereso de Pachuca, Hidalgo.

Un año después, cuando se acercaba la Navidad, Ríos Galeana cumplió su palabra, sobornó a custodios y se fugó de dicha cárcel, pero se llevó con él a sus cómplices: Juana Sánchez Ramírez, Yadira Areli Berber Ocampo, Gabriel García Chávez y Caritino Carmona Cortés; como una linda familia, juntos llegaron y juntos se fueron.
Con su líder en libertad, la banda volvió a tomar fuerza, se reunían en el Distrito Federal y Estado de México en casas de seguridad, que alquilaban con el dinero robado para planear con detalle sus delitos. Algunas veces, estas reuniones terminaban en excéntricas fiestas, acompañadas de alcohol, drogas y mujeres. El edén en la Tierra hecho realidad para Galeana y sus secuaces.
Con los recuerdos muy recientes de su última estancia en prisión, Ríos Galeana y su banda criminal decidieron en venganza, dar con mayor fuerza sus golpes. Su ambición y deseos “por vivir bien” -como él decía-, los llevaron a realizar una larga cadena de atracos, secuestros y asesinatos, en apenas un año.
Entre sus golpes más exitosos, se cuenta el asalto que dieron al Instituto Nacional de Cardiología, de donde obtuvieron una cantidad de 20 millones (de viejos pesos); el allanamiento al Banco de Cédulas Hipotecarias, cuando junto con diez de sus cómplices, hicieron una perforación hasta las cajas de seguridad, llevándose un botín de más de 250 millones de pesos. Y, por si fuera poco, también robaron las arcas de la Delegación Tlalpan, diversas Conasupos y obtuvieron altas cantidades de dinero por el rescate de varios empresarios y comerciantes que secuestraron.

Ríos Galeana logró consolidar a su grupo criminal, a tal grado, que reclutó a más hombres y formó diversos grupos de delincuentes; a unos los utilizaba para asaltar bancos, otros para instituciones gubernamentales y privadas, algunos más para cometer delitos en el Distrito Federal y el Estado de México, y el resto para atracar en varios estados de la República, como Veracruz, Oaxaca, Puebla, Hidalgo, Guerrero, entre otros. Además, contaba con la protección de varios mandos policiacos que lo protegían.
En octubre de 1983, Ríos Galeana y varios de sus cómplices asaltaron las residencias de la acaudalada familia Díaz y Bojalil, en Puebla, llevándose dinero, alhajas, pinturas y joyas, un lote valuado en 35 millones 800 mil pesos, sin embargo, días después, la Policía Judicial logró capturar a varios de ellos y recuperar parte de lo robado. En ese momento, los detenidos fueron Eduardo Rosey Lira, Saturnino Vera, Salvador Ornelas Rojas, Leonardo Montiel Ruíz, Lauro Rodríguez Velázquez, Catalina, Corona Landa, entre otros; a quienes se les comprobó varios asaltos a bancos, casa habitación, instituciones oficiales y otros negocios. Un juez los recluyó al Reclusorio Oriente, pero, al año siguiente, 1984, estos delincuentes se fugaron del penal con la ayuda del “Feyo”, quien una vez más, se burlaba de la justicia.
Fue entonces, cuando en ese mismo año, se le asignó el caso al comandante de la Policía Judicial, Luis Aranda Zorrivas, quien metódico y disciplinado en sus investigaciones, logró dar con el paradero de un par de compinches de Ríos Galeana en el estado de Guanajuato, y así, jalar el hilo que condujo a su aprehensión, el 9 de enero de 1985, en un palenque clandestino en el Estado de México.
Al día siguiente al ser puestos a disposición del ministerio público que llevaría el caso, Ríos Galeana y sus cómplices fueron ampliamente interrogados por agentes de la Policía Judicial y de la Procuraduría General de la República, quienes sólo habían aceptado cuatro robos y un homicidio. Sobre varios millones de dólares que obtuvieron en los diversos bancazos, la banda negó tenerlos en su poder.
Lo más probable era que “El Feyo” los tuviera en una cuenta bancaria en el extranjero o en poder de alguno de sus hombres. Pues, según palabras de Galeana, tenía pensado retirarse muy pronto de la delincuencia e irse a vivir a Estados Unidos, a disfrutar de sus millones que había robado y vivir tranquilamente.
La cosa pintaba muy mal para la banda criminal, debido a que con el paso de las horas, se sumaban pruebas en su contra, así que la tarde del 14 de enero, bajo un impresionante operativo de seguridad -que contó con más de 70 elementos de varias corporaciones policiacas y en una patrulla, el comandante Aranda Zorrivas en calidad de héroe, cuidando la retaguardia de aquel convoy- fueron trasladados Ríos Galeana y sus cuatro cómplices al Reclusorio Sur, donde les asignaron una celda aislada para evitar cualquier fuga.
Ahí, el juez 29 de lo penal les imputó más de 44 atracos a mano armada cometidos a distintas instituciones, donde obtuvieron un botín por más de 100 millones de pesos y asesinaron al menos, a 16 personas, por lo tanto, ninguno alcanzaría la libertad bajo fianza.
También ordenó incautar varias propiedades de la banda en el Distrito Federal, Estado de México, San Luis Potosí, Hidalgo y Puebla, joyas, electrodomésticos y autos de gran valor.
Así, el peso aplastante de la realidad caía encima de Ríos Galeana, aquella realidad que desde muy joven lo ninguneó, y ahora también, se llevaba entre las patas a cuatro de sus cómplices de confianza.

El Estado corrupto lo creó y se volvió su peor pesadilla
La Procuraduría de Justicia del Distrito Federal tardó un día en confirmar la captura del delincuente más peligroso del país, tal vez había el temor en las autoridades de que cómplices de Ríos Galeana se presentaran armados para rescatarlo; la verdad es que no se sabe con certeza.
A la Procuradora de Justicia, Victoria Adato, ante la presión de los periodistas, no le quedó más remedio que dar la orden de presentarlo ante los medios de comunicación.
La tarde del 11 de enero, la espera hizo temblar más al comandante Zorrivas que al propio Ríos Galeana, ¿por qué?, porque “El Feyo” le regodeaba la fama, que se hablara de él, que apareciera su figura en todos lados; y ahora, ante él, estaban los medios más importantes del país para atenderlo y fotografiarlo. Mientras, el comandante Zorrivas no sabía con qué sorna iba a contestar el enemigo público número uno.
Apenas apareció Alfredo Ríos Galeana y el bullicio y los flashes de las cámaras irrumpieron el ambiente. La cantidad de periodistas en las oficinas de la Procuraduría era impresionante.
Con un rostro muy distinto al de hace algunos años -debido a las múltiples cirugías faciales a las que se había sometido para evadir a la justicia- tanto reporteros como fotoperiodistas se arremolinaron en torno al delincuente, quien sereno y altivo dijo: “soy muy inteligente y mi captura no fue por error, sino por un ‘chivatazo’ de uno de los elementos de mi banda. Cuando salga de la cárcel, creo que continuaré con mis actividades delictivas”.
Quizás fuera el síndrome del Robin Hood moderno o Chucho “El Roto” verídico, pero la realidad es que le gustaba la buena vida, la que nunca había tenido, de la cual había sido expulsado, ya por su origen, ya porque alguien más lo subyugaba.
También declaró que le gustaba el dinero, vestir bien, pasearse y convivir con mujeres, y el único modo de conseguirlo era con robos.
Ríos Galeana señaló que el sueldo como policía era miserable, que ganarse la vida honradamente, jamás le iba a dar para sus gustos y comodidades.
Por otra parte, Galeana no, no era alguien que se preocupara por el menos afortunado, aunque hubo ocasiones en que tuvo detalles inexplicables, o eso afirmó ante la prensa: “No soy héroe ni pretendo constituirme en un Chucho ‘El Roto’, pero también traté de ayudar económicamente a los familiares de los policías que asesiné, desgraciadamente nunca pude hacerlo”.
El criminal más buscado en todo el país se sentía bastante cómodo, era fluido de palabras y se enorgullecía de narrar sus fechoría ante cámaras y micrófonos.
Con su ego elevado al máximo, contó a detalle a la prensa lo ingenioso de sus planes para realizar sus atracos. Como la vez que asaltaron al Banco de Cédulas Hipotecarias en 1984, y dijo: “El asalto fue inteligentemente planedo desde 15 días atrás. Esa ocasión me presenté elegantemente vestido a las puertas de la institución y le dije al vigilante que llevaba un regalo para el gerente”.
“El uniformado inmediatamente abrió y rápidamente mis compañeros -otros cuatro sujetos y yo-, nos internamos en el estable-
cimiento. Amagamos al personal, les dijimos que si colaboraban no pasaría nada, y después, con herramientas violamos la bóveda, nos llevamos alrededor de 230 millones de pesos y escapamos”.
Comentó que se había sometido por lo menos, a tres cirugías plásticas; primero, pensando en que no fuera reconocido por la policía que lo buscaba por todo el país, y segundo, porque le gustaba verse bien, atractivo para seducir a las mujeres que le gustaban.
Entusiasmado mencionó que otra de sus pasiones era la música ranchera y hasta había grabado dos discos y solía cantar en reuniones familiares o con sus compinches del hampa.
Genio y figura, el detenido envolvía a los presentes dando las mejores notas y falsetes sobre sus asaltos. Recordaba detalles de varios de ellos, como si todo hubiera pasado de la noche a la mañana.
Quizás muy confiado de que su estancia en prisión sería algo temporal; tal vez tenía la certeza de que iba a escaparse muy pronto de ahí, como ya dos veces anteriores lo había hecho con ayuda de su banda.
Con mucho orgullo, se ufanó de ser uno de los delincuentes más astutos de todo el mundo, con más de 40 asaltos a bancos en su historial delictivo, aunque al final reconoció que fue apresado, debido a la sagacidad del detective Luis Aranda Zorrivas: “Soy inteligente, pero él lo fue más que yo esta vez, y eso hay que reconocerlo”.

Ante la Procuradora Victoria Adato, viuda de Ibarra, delgado, de amplia frente y cabello crespo oscuro, con un gesto incrédulo mas no distinguido, casi como si el homenaje le causara molestia, el comandante Aranda estira la diestra para rendirse ante ambas manos de la señora Adato de Ibarra, quien emocionada entrega una carta de felicitación que dice: “con copia para el expediente personal”.
Quizá Aranda piensa, “¿y de qué me sirve una carta de agradecimiento sincera?”. Tal vez le cruza por la mente la oferta que le hiciera previamente Ríos Galeana: “Lo voy a hacer millonario, comandante. Déjeme en libertad, no se va a arrepentir. Se lo juro por ésta”. Y en la memoria esas palabras vuelven una y otra vez; aquella insinuación del enemigo público número uno que el honesto comandante rechazó.
Desde que tomó posesión del cargo a principios del sexenio de Miguel de la Madrid, el comandante José Luis Aranda Zorrivas reinició las pesquisas para ir tras ese delincuente a quien llamaban “El Toro” o “El Feyo”, por su más de metro ochenta de estatura, su gran corpulencia y su nada agraciada apariencia.
Continuador de la tradición familiar dentro de las fuerzas del orden, pues su padre también se desempeñaba en este sector como jefe de grupo de la Primera Comandancia, Aranda Zorrivas se había titulado en 1980 de la licenciatura en Derecho, pero no sólo eso, cuando logró la captura del famoso, pero infame delincuente, el comandante, tal como lo documenta LA PRENSA en su edición del domingo 13 de enero de 1985, contaba además con conocimientos en criminología.
Así pues, dos fuerzas antagónicas clásicas se enfrentaban: el detective contra el bandolero. Ríos Galena había transgredido la ley y el orden desde hacía años, y en su carrera criminal había evadido a la justicia en varias ocasiones, fugándose de prisión y asesinando a policías con tal de gozar de la libertad.
De tal modo, Aranda Zorrivas quizá sin proponérselo intentó devolver cierto orden moral a la sociedad, o eso quiere creer mientras mira a la Procuradora y recibe una carta de agradecimiento para él y otros 19 elementos bajo su mando, quienes lograron librar a la ciudadanía de un peligro tan grande como era la banda de Ríos Galeana, no sólo del hombre sino de todo un grupo, hazaña que probablemente se antojaba imposible.
Resuena en la memoria de José Aranda lo que le respondió a “El Charro Misterioso” mientras el auditorio está pletórico: “Recuerde que usted ha incitado con su conducta a decenas de jóvenes a asaltar bancos. Usted ha sido uno de sus más fervientes ídolos. Inclusive, ahora matan a los policías con tal de obtener unos millones fácilmente. Siguen su camino. Piense todo el daño que ha venido haciendo…”.
En casi dos años de cacería, desde su última fuga del penal de Santa Martha, estuvo Aranda Zorrivas reuniendo indicios (no muchos, a decir verdad) sobre el paradero del criminal más buscado. En tanto, asesinatos y robos continuaban.
Pero si bien es cierto que el excomandante del Barapem se consideraba a sí mismo inteligente y sagaz, y dudaba de que pudieran atraparlo por la ineptitud de las autoridades y por la colusión de algunos policías, cuando en 1985 fue aprehendido, no cejó en afirmar que su captor había sido más inteligente. Y de nuevo en el auditorio, escucha las palabras de la viuda de Ibarra: “Reciban nuestro reconocimiento, con la convicción de que está reconocida por la tranquilidad y seguridad que a todos proporciona el saber…”, pero nada calma su interior, ya que sabe que en el fondo ha sido un golpe de suerte.
Pues como es fama, la verdad tiene dos o más caras y, de este modo, el azar jugó su papel, y aunque es cierto que se logró la captura del delincuente, no fue debido a la perspicacia de los elementos policiacos o las pesquisas minuciosas, sino en gran medida gracias al “chivatazo” de uno de los cómplices de la banda de Ríos Galeana.
Pero la Procuradora continúa su discurso ante agentes de las 13 comandancias de la Policía Judicial: “Me constan los esfuerzos fallidos en las anteriores tentativas de su captura. De aquí la importancia de la actitud tenaz y perseverante de este grupo de investigadores”.
Aranda une las piezas que lo han llevado a ese instante. Fue a raíz de la fuga de algunos de sus cómplices, en 1983, que retomó el caso, pues se cometió un atraco bancario durante su guardia, del cual se identificó plenamente a la banda de “El Feyo”.
Y, no obstante, se pudo seguir el rastro de los prófugos hasta Irapuato, en el Estado de Guanajuato, donde se logró la captura de dos evadidos, quienes a la larga terminarían cantando el corrido de la captura de “El Charro Cantor”.
Así pues, sabiendo esto, el detective Aranda Zorrivas no desaprovechó la oportunidad y destinó a varios agentes a custodiar los antros de vicio en el Estado de México. El resto, entre balas, persecución y resignación es historia. Cayó Ríos Galeana junto con cuatro de sus cómplices y el único consuelo que le queda es que pronto volverá a escapar como lo hizo ya anteriormente.
Con Ríos Galeana se inaugura la época de la delincuencia a gran escala, donde entra en juego la pericia de las autoridades, quienes en muchas ocasiones estaban coludidas con los malhechores. Había buenos detectives que, a la sombra de los reflectores, lejos de las grandes nominaciones, realizaban su labor en silencio y con resultados.
Pero en como en la vida no hay principios claros ni finales rotundos, la historia continúa, ya que el inspector trascendió en su carrera gracias a esta hazaña inaudita, pero que lamentablemente al poco tiempo, como es sabido, Alfredo Ríos Galeana desapareció para convertirse en alguien más, para ser un mito.