MATÓ A SEMINARISTAS PARA LUEGO SUICIDARSE

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LUIS FRANCISCO MACÍAS

ARCHIVOS CRIMINALES

VÍCTIMÓ A SU NOVIA Y LUEGO SE DISPARÓ

Elsa se había separado de su esposo y buscó alojamiento en el departamento de su amiga María Eugenia en el edificio de Lago Michigan 89, en Tacuba. Seis meses después, en junio de 1966, la mujer que había dejado su casa matrimonial, conoció a Arturo e iniciaron una relación sentimental. Elsa Cárdenas Salas tenía 20 años de edad y era muy hermosa. Se dedicaba al comercio y por la noche era mesera en un bar, actividad que no veía con buenos ojos su también joven amante -Arturo Piedras Flores tenía 22 años de edad-, quien en repetidas ocasiones escenificaba acalorados pleitos por sus incendiarios celos.

Aquella noche fatídica del 1o. de junio, los amantes discutían como de costumbre.

María Eugenia, acostumbrada a tales escenas, se encerró en su recámara. Cerca de las 21:00 horas escuchó varios disparos y salió a ver qué sucedía. Encontró a su amiga sobre la cama y a Arturo, como fuera de sí, con una pistola en la mano.

En esos momentos fue cuando, dirigiéndose a la amiga de su amada, Arturo dijo:

-Si Elsa no ha de ser mía, no lo será de nadie. Yo me voy a quitar la vida…

Acto seguido se llevó el arma a la sien derecha y se disparó. María Eugenia sufrió entonces una fuerte conmoción. Sus nervios estaban destrozados. No sabía qué hacer. Llamó a los servicios de emergencia, pero ya nada pudieron hacer por salvar la vida de los amantes.

LA PRENSA platicó con la testigo. Dijo María Eugenia que Elsa y ella eran socias en un pequeño comercio de ropa en el Mercado Hidalgo. Señaló que Arturo se dedicaba al comercio de abarrotes, y que era muy celoso.

La única testigo de esa tragedia pasional tenía clavada en su mente aquella escena de horror: los amantes muertos sobre una cama.

El cadáver de Elsa presentaba cinco orificios de arma de fuego: en el cuello, en la ceja, en la tetilla izquierda y en la región epigástrica, a decir de los peritos forenses.

RELIGIOSO ASESINADO EN UNA PARROQUIA

Hay casos trágicos que quedan en el misterio. Secretos que se llevan consigo los protagonistas de dramas intensos y que han sido documentados en los archivos policiales. Muchas de las veces, los mismos familiares de aquellas infortunadas personas han preferido callar los motivos que desembocaron en la desgracia de sus seres queridos.

El siguiente caso fue un triste episodio en la vida de dos hombres donde el destino se cruzó en forma violenta, errónea, incierta. Se trató del inspector fiscal de la Secretaría de Hacienda, Desiderio Betancourt Hernández y el seminarista, Rubén Gil Olivares, ambos de 30 años de edad.

LA PRENSA informó oportunamente acerca de este caso de crimen y suicidio, ocurrido el sábado 27 de julio de 1963 en la Parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, ubicada en el número 7927 de la Calle Norte 72, en la Colonia Salvador Díaz Mirón.

De la guardia de reporteros de este diario salió rumbo al oriente de la ciudad Jorge Herrera Valenzuela para cubrir el citado asunto policial, después de recibir la llamada de aviso.

El reportero Herrera fue el primer periodista en llegar a la escena del crimen.

Ya estaban inspeccionando todo los detectives del Servicio Secreto, a las órdenes del capitán Jesús Gracia Jiménez y patrulleros del mismo organismo.

Dos viejecitas eran empleadas en la casa parroquial, Concepción Gutiérrez y Manuela Álvarez. La primera de ellas declaró a las autoridades que aquel sábado, a las 17:00 horas, llegó Desiderio y conversó largamente con el seminarista.

No supo sobre qué platicaron. Las dos empleadas pasaron al comedor y se dispusieron a ver en la televisión el programa que estaba muy de moda: “La Hora de Orange Crush”, con Raúl Astor, Graciela Nájera y León Michel.

De pronto se escucharon varias detonaciones. Conchita salió corriendo.

Vio al seminarista ya muerto; estaba en el suelo junto a varias macetas en un corredor, cerca de la puerta del comedor. En tanto, el inspector fiscal también yacía sin vida en el recibidor. Desiderio había dado muerte a Rubén, para luego dispararse en la cabeza.

En su momento, los hermanos del empleado de Hacienda opinaron que “se había precipitado y que había actuado obedeciendo a un mal entendido…”

El médico legista apreció 10 orificios causados por balas de calibre 22 milímetros en el cuerpo del religioso.

Dichos orificios estaban localizados en el lado derecho y a la altura del hombro.

El seminarista infortunado estaba a punto de ordenarse como sacerdote y tenía más de 2 años de estar adscrito a la Parroquia de Nuestra Señora de la Soledad.

Se supo que su asesino, el inspector fiscal, Desiderio Betancourt, era originario de Tapalpa, Jalisco. Estaba casado con Irma González y vivían en la Calle Carpintería, en la Colonia Morelos.

HOTELAZO EN LA GUERRERO; LA VIERON CERCA, JÓVENES AMANTES

Pablo y María Teresa llegaron al hotel Suiza, en la Colonia Guerrero, aquella húmeda noche de mayo. Corría el año 1961. El encargado les dio la llave del cuarto 219, después de pagar veinte pesos del alquiler.

El joven empuñaba en el brazo un maletín y una gabardina gris. Quizá había mal tiempo y llovía en aquellos días. Pero esa cita no era precisamente para satisfacer sus deseos amorosos, como lo hacían desde hacía tres meses, cuando se conocieron.

El motivo era siniestro: firmar un pacto suicida y entregarse a la muerte, antes que renunciar a su amor.

Pablo Medina y María Teresa Mata habían vivido tórrido idilio desde el primer día que se vieron. Se amaban, pero no podían cristalizar sus sueños de contar con un nido de amor para ellos solos.

Él era empleado del Nacional Monte de Piedad, pero su sueldo no le alcanzaba para independizarse de su familia y darle a su amada un espacio digno.

Vivían los enamorados en casa de los padres de Pablo, en el edificio 130 de la Colonia Niños Héroes.

El temor a un mañana incierto, plagado de miserias y privaciones, atormentaba a los amantes.

Él tenía 21 años; ella 20. La madre del muchacho le reiteraba que debía normalizar su situación y llevar a su novia a vivir a otra casa, pues no era correcto que viviera en amasiato, junto a sus padres y demás hermanos. Pero él siempre evadía aquella conversación.

Todos los intentos de Pablo por buscar un techo donde vivir con María Teresa eran en vano. La renta de los departamentos en la metrópoli ya era demasiado elevada desde entonces.

Aquel jueves trágico -4 de mayo-, Pablo dijo a sus padres que se iría de paseo fuera de la ciudad y a su regreso buscaría lugar para vivir.

Se despidió de su familia y puso alguna ropa en su maletín negro. Su madre le preguntó que a dónde se dirigía.

-Me voy lejos, pero ni yo sé a dónde.

LA PRENSA publicó que los jóvenes amantes fueron hallados vestidos e inconscientes sobre la cama de la habitación rentada en aquel hotel de las calles de Pedro Moreno y Aldama. El contenido de 100 pastillas de un frasco de fenobarbital fue consumido por los enamorados. Firmaron su mensaje suicida al reverso de una tarjeta pidiendo que no se culpara a nadie… “Fue un placer morir”, se leía también.

Después se abrazaron recordando las alegrías y sinsabores que habían vivido.

Afortunadamente una empleada del hotel descubrió a tiempo aquel cuadro dramático y dio aviso al dueño del establecimiento. A los pocos minutos llegaron paramédicos y  los llevaron con prontitud al Hospital de la Cruz Roja donde los galenos hicieron notables esfuerzos por salvarles la vida. Dijeron al reportero de este diario que se mostraban optimistas por la salud de los jóvenes pacientes.

Seguramente con el tiempo, buscarían Pablo y María Teresa, tras profunda reflexión, otro camino para solucionar su situación de vivienda.

FRUSTRADO SUICIDIO

Alicia Barrón tenía 29 años de edad y estaba desesperada aquella mañana de agosto de 1962. La guapa señora sufría la separación matrimonial. Su marido se desentendió de sus responsabilidades y Alicia no tenía dinero para alimentar a sus pequeños hijos. El mundo parecía cerrársele a sus pies. Caminaba por las calles de la Colonia Roma el viernes 24 de agosto. Y fue cuando no pudo más con los pensamientos que la torturaban, sentía mucha desesperanza, frustración y abandono.

Cuando llegó a la Calle Monterrey subió al quinto piso de un edificio. Eran las 16:00 horas cuando, tras llegar hasta la azotea, se lanzó al vacío. Y por obra de un verdadero milagro Alicia no murió, aunque tuvo más riesgos de encontrar una muerte segura. Su cuerpo chocó contra unos cables eléctricos y luego se precipitó contra un automóvil, lo que amortiguó la caída.

Durante varios minutos Alicia permaneció inconsciente y en su delirio pronunció frases que nunca entendió. En las fotografías que ilustran esta página se puede ver a la aspirante al suicidio siendo auxiliada por varias personas que pasaban por el lugar. Imagínese usted, amable lector, el tremendo impacto que tuvieron al ver caer a la señora, quien  emitió un sonoro grito, a decir de varios testigos.

Un automóvil Ford 200 detuvo la caída de Alicia; después rodó por el pavimento; lo que parecía la escena de una película como las que se filmaban en aquella época en calles de la Roma, resultó ser un verdadero milagro de los dramas de la vida real.

Textos y consulta hemerográfica:

Luis Francisco Macías