EL BANDIDO DE LA LINTERNA ROJA

  • La Prensa
  • en Archivos

FacebookTwitterGoogle+WhatsApp

LUIS FRANCISCO MACÍAS

ARCHIVOS CRIMINALES

La sociedad de Los Ángeles, California, vivía atemorizada en 1948 por las atrocidades cometidas por un hombre al que conocían como “El Bandido de la Linterna Roja”… Caryl Chessman aterrorizaba a mujeres norteamericanas en la senda de los enamorados de aquella ciudad norteamericana, amenazándolas con revólver para someterlas perversa y sexualmente. Entonces el clamor era generalizado: “¡Detengan y castiguen severamente al maniaco!”.

Pero, en cuanto los detectives acumularon pruebas contra Caryl Chessman y fue condenado a muerte,  casi todas las reacciones en el mundo entero fueron contrarias a la decisión de la justicia de Estados Unidos.

Su sentencia sería calificada entonces como “pena inmerecida” y “hecho monstruoso”. Lo mismo había sucedido en la época de John Herbert Dillinger (“Enemigo Público Número Uno” de Estados Unidos en los años treinta), en que dentro de una extraña rebeldía contra la lógica, muchos consideraron al gángster como “héroe del drama” y atribuyeron el papel de “villanos” a los agentes del FBI.

Europa se declaró “horrorizada” por el ajusticiamiento de Chessman en la cámara de gas (se le obligó a respirar vapores de cianuro de potasio y ácido sulfúrico puro), tras doce años de prisión en los que el violador y asaltante no pudo demostrar su inocencia.

En México, miles de internos del Palacio Negro de Lecumberri guardaron un minuto de silencio por la extinción del “Bandido de la Linterna Roja”.

Y es que Caryl Chessman se había apoderado de la opinión pública mediante la autoría de un libro en el que nunca aceptó las acusaciones y abogó por la abolición de la pena capital en el mundo.

La ira y el estupor se apoderaron de la gente a nivel internacional. La ejecución de Chessman desató una polémica desorganizada, en la que quienes se inclinaban por dicha sanción radical e irreparable, lo hacían tímidamente y los que se oponían, lo hacían sin tapujos y alzaban la voz para gritar en diversos tonos que el bien máximo del hombre es la vida misma.

FUE SOCIÓPATA IRREDENTO

Caryl Chessman fue forzado a escribir y a firmar una confesión mientras estuvo en custodia en 1948. Más adelante, en numerosas ocasiones, cambió su confesión, pero ya era muy tarde.

El estado de California ya había escrito su guión durante el proceso de 1949, endureciendo sus estatutos acerca del secuestro después de que sucedió el rapto y posterior asesinato del hijo del gran Charles Augustus Lindbergh, primer piloto en cruzar el océano Atlántico uniendo el continente americano y el europeo en un vuelo sin escalas y en solitario.

Un estudio contemporáneo apunta que “Chessman no fue convicto por violación, ya que en los ataques por los que resultó condenado, las víctimas lo convencieron de que el bandido no llevara a cabo el coito y optó porque le practicaran una felación”…

Lo anterior no significa que Chessman fuera inocente o que se tratara de minimizar la pena y el sufrimiento de las víctimas, por el contrario, sus memorias y su larga década como inquilino en el “Corredor de la Muerte” del penal de San Quintín, en California, ponen en claro que él fue un sociópata irredento. Pero argumentaba convincentemente que era inocente de los crímenes específicos por los que fue condenado a la cámara de gas…

“Nunca fui un violador que merodeaba los autos estacionados. Yo sólo fui un asaltante”, declaraba entonces Chessman.

Caryl Chessman, en dos días, había violado a dos mujeres en Los Ángeles, deslumbrándolas con una linterna roja y amenazándolas de muerte con un revólver.

Era el 19 de enero de 1948. Una de las víctimas tenía 17 años de edad, Chessman 27. Conocía la cárcel por robos y agresiones; era un criminal habitual, aunque no asesino.

DESGRACIADA JUVENTUD

Caryl abrazó el delito desde temprana edad, cuando cumplió15 años (nació el 27 de mayo de 1921). Su padre intentó suicidarse y él comenzó a robar alimentos para el consumo familiar. Chessman era  conocido como “El Bandido de la Linterna Roja” porque, además de deslumbrar a sus víctimas para atacarlas, llevaba una sirena policial en el techo de su auto para confundir a sus víctimas en las rutas de California.

Buscado por la policía por un hurto en un almacén de tejidos, Caryl fue identificado plenamente como “el terror de los enamorados”.

Se le condenó a muerte, luego de ser acusado de secuestro, robo y perversión sexual.

Estudió Derecho y Latín en la Prisión Estatal de San Quintín y se convirtió en su propio abogado. Fue el emblema de la lucha contra la pena de muerte y dedicó más de diez mil horas a estudiar su caso.

De hecho, eso le permitió posponer ocho citas fijadas para que sea ejecutado, a través de recursos y amparos judiciales.

SU OBRA LITERARIA NO TUVO IGUAL

Caryl Chessman trabajó sin cansancio en sus libros, verdaderas obras de historia legal americana, las cuales en la actualidad no han podido ser igualadas. En 1954 vendió más de un millón de copias de “Celda 2455”. En 1955 escribió “Juzgado por Dios”. En 1957 se publicó “La Cara de la Justicia”, y la novela “El Chico era un Asesino” salió a la luz en 1960. Además escribió numerosos artículos de enorme importancia legal.

Y productores de cine no perdieron el tiempo y anunciaron “la única película auténtica protagonizada por Caryl Chessman” y que traída directamente desde la prisión de San Quintín, presentaba la celda de la muerte y personajes de la vida real: sus propios compañeros del pasillo final, 92 de los cuales murieron en la cámara antes que él, en el periodo de 12 años que “El bandido de la Linterna Roja” permaneció en el penal antes de ser ejecutado.

La película, decían, “daba a conocer la triste verdad de labios de sus perseguidores, el fiscal que lo inculpó, el jurado que lo condenó, sus víctimas, sus padres, y sus últimos días antes de entrar a la cámara de gas”.

LE LLEGÓ SU HORA

Caryl Chessman fue ese día al encuentro de la muerte, con una sonrisa en su cara. Sólo dos horas antes de la ejecución siete jueces de la Corte Suprema del Estado de California se reunirían para fallar respecto a la última solicitud de aplazamiento que había presentado Chessman, acusado de delitos sexuales contranatura. En tres ocasiones la corte había votado 4-3 en contra de dar clemencia al condenado a muerte. Ya el preso se había despedido de su madre.

El domingo 1o. de mayo de 1960, un oficial de la prisión de San Quintín permaneció en estado de alerta cuidando los teléfonos directos que comunicaban la oficina del gobernador de California con el presidio, en espera de una llamada de última hora, posponiendo la ejecución de Caryl Chessman, quien permanecía con el rostro hundido entre las manos en la celda de la muerte, donde había permanecido doce años, acusado de asaltos y violaciones en agravio de indefensas mujeres.

2 de mayo de 1960.- Harold V. Streeter, corresponsal de AP, escribió que había un silencio manso casi como en una plegaria, entre los espectadores, mientras cuatro guardias hacían dar la vuelta a Chessman en la cámara de gas para atar sus piernas y brazos y colocarle el estetoscopio en torno a su pecho. Afuera se encontraba un médico.

Chessman divisa a una periodista pelirroja, conocida de muchas conferencias en la prisión. Está tan absorbido ante su presencia que parece reconocerla cuando un guardia que se retira, lo palmea. Se vuelve otra vez hacia la mujer. Ya la puerta de metal se ha cerrado. Está solo y a minutos de su muerte. Es imposible escuchar sonido alguno de la cámara de la muerte. Pero Chessman parece inclinarse asegurando a la mujer que todo está bien. Estira las ligaduras en un esfuerzo por inclinarse hacia ella: “dígale a Rosalie Asher -una de las abogadas- que le mando un adiós”.

Afuera y sin ser observado -continúa Streeter- el verdugo tira de una palanca. Libera las cápsulas de cianuro en un recipiente de ácido sulfúrico colocado debajo de la silla de Chessman. Su sonrisa desaparece. Hace algunos gestos y trata de tomar una gran bocanada de aire. Su cara, con su nariz en forma de gancho y su grueso labio inferior se inclinan hacia atrás como mirando al techo. Los primeros quince segundos del letal ácido de hidrocianuro han tomado la voluntad del condenado, así como su personalidad. Ya está muerto… La boca de Caryl Chessman se abre. Sus dedos, que una vez escribieron libros y muchas apelaciones a los tribunales, en su máquina del pabellón de los condenados a muerte, se crispan nerviosamente. La cabeza se mueve involuntariamente hacia adelante, pero vuelve atrás con movimientos convulsivos… Pareciera que el condenado a muerte quisiera hablar.

Ahora la cabeza comienza un descanso lento. Los amplios hombros del condenado tiemblan…

HASTA EL FINAL CARYL SOSTUVO QUE LO CONFUNDIERON

El corresponsal Harold V. Streeter continúa su relato:

-El diafragma se arquea como para expeler el aire letal. Son las 10:07, hora local. Pero aún hay más movimientos en sus dedos. Solamente dos minutos después cesa todo movimiento. No se oye nada entre los 60 testigos que se encuentran en la sala de ejecución. A través de las cortinas de la pequeña ventana de la pared se ve al guardia en conferencia. En estos momentos, el guardia informa que las cápsulas fueron arrojadas a las 10:03:45. Chessman fue dado como muerto a las 10:12.

-Cuando uno mira hacia atrás, queda el cuerpo atado a la silla, el cabello oscuro todavía bien peinado y el mentón descansado sobre su pecho. Ese hombre fue el centro de mucha controversia sobre la pena capital. Ahora, que usted se ha enterado de lo que es -concluye Streeter- un poderoso pensamiento se fija en sus ojos: una ejecución es tan definitiva…

Y nadie pudo prorrogar su última cita con el sueño eterno. Chessman se haría famoso como preso en el “Corredor de la Muerte” en el penal de California.

Y el guardia Fred R. Dickson dijo que las últimas palabras audibles de Caryl Chessman, en la cámara de gas, fueron en el sentido de negar que haya sido el criminal con el que lo confundían y que aterrorizara a las mujeres en 1948.

Siempre se declaró inocente y aseguraba que “el bandido de la linterna roja era un aficionado chapucero con mentalidad sexual retorcida, y no criminal profesional y frío calculador”, como él se consideraba.

Chessman murió a los 38 años de edad. Dio a Dickson siete cartas personales y le pidió que las enviara por correo.

Y tras su muerte, su cadáver fue incinerado. Sus cenizas iban a ser enterradas al lado de su madre, en el Forest Lawn Memorial Park, Glendale, al sur de California, pero fueron rechazadas porque “menguarían el valor espiritual del cementerio”.

Por último, amable lector, cabría apuntar que, antes de su ejecución, Caryl Chessman dejó una declaración en la que decía:

“En mi existencia fui culpable de muchos crímenes, pero no de aquellos por los que me habéis arrebatado la vida… Ahora que el Estado se ha tomado su venganza, me gustaría preguntarle al mundo qué ha ganado con ello”.

NUNCA PUDO SER IDENTIFICADO POR SUS VÍCTIMAS

En aquella época se decía que el modus operandi de Chessman consistía en acercarse a las víctimas estacionadas en su autos y se identificaba como policía, situación que aprovechaba para robar dinero y artículos de valor y, algunas veces conducía a las mujeres hacia otra área para obligarlas a realizar actos sexuales con él.

Sin embargo, la descripción física que dieron las víctimas sobre su agresor no coincidía con el aspecto de Chessman; Caryl nunca pudo ser plenamente identificado por las mujeres agredidas en las ruedas de presos en las cuales el bandido fue incluido.

El caso Chessman se había convertido en todo un suceso. Contrató a los mejores penalistas. Su libro “Celda 2,455” le hizo ganar 150,000 dólares; fue un best-seller produciendo derechos de autor que lo capacitaron a financiar una campaña para convencer a los juristas federales y estatales de que no le habían sido concedidas todas las garantías legales en sus procesos.