HABÍA ÓRDENES DE DISPARAR A SHARON KINNE

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ARCHIVOS CRIMINALES

LUIS FRANCISCO MACÍAS

Era el año 1964. Francisco Paredes había alquilado la habitación 17 del Motel La Vada, en Avenida Insurgentes Norte 1700, aquel viernes 18 de septiembre. Después de bañarse salió a la calle en su auto, Ford 1957, con placas del Estado de California, Estados Unidos. Era de noche y buscaba divertirse. Se enfiló hacia Avenida Juárez y entró al Hotel del Prado. Se acomodó en un confortable asiento del bar Nicté-Ha. Allí conoció a una rubia, norteamericana y tomaron algunos tragos.

Francisco Paredes contaba con 45 años de edad y desde hacía mucho tiempo trabajaba en Estados Unidos como locutor bilingüe; a últimas fechas se había graduado como contador y trabajaba en un almacén de Chicago, Illinois. Seguramente de ello platicó con la chica a quien había conocido, momentos antes de invitarla al lugar donde él estaba hospedado.

Tras beber varias copas se dirigieron al Motel La Vada, donde ella se sintió molesta a causa de una afección estomacal por tanto alcohol ingerido. El galán no creyó en la enfermedad e intentó forzar una relación sexual, a lo que se opuso la señora, quien sacó una pistola de su bolso de mano y le hizo dos disparos, “pero no con la intención de matarlo, sino solamente de amedrentarlo para que desistiera de sus propósitos”, declararía Sharon más adelante, al ser detenida.

Al parecer, la señora quiso apoderarse del dinero de Francisco Paredes aquella madrugada.

Sábado 19 de septiembre.

LA PRENSA informó que Sharon Elizabeth Kinne era una mujer muy peligrosa, que puso en jaque a los agentes del Servicio Secreto en 1964. Se dedicaba al asalto de incautos y aquel sábado asesinó de un balazo a su amigo ocasional,  Francisco Paredes Ordóñez, en una habitación del Motel La Vada. Después de cometido su crimen, la extranjera apagó la luz del primer piso e intentó huir, pero el velador Enrique Martínez Rueda trató de detenerla y fue herido de un tiro en la espalda por la peligrosa fémina.

Gravemente lesionado, el vigilante se enfrentó a la extranjera y con grandes trabajos logró desarmarla.

Luego llegaron agentes del Servicio Secreto, alertados por elementos de la Policía Preventiva, y la extranjera fue trasladada a los separos de Tlaxcoaque, donde se ubicaba la Jefatura de Policía.

También fue detenido su novio, a quien Sharon le había pagado el viaje a nuestro país.

En un bolso de mano los investigadores encontraron dos cajas con 100 cartuchos, calibre .22.

Una más fue descubierta junto al cuerpo de Francisco Paredes, que estaba tendido sobre la cama del cuarto, con un balazo en la caja torácica.

El velador herido fue llevado al Hospital Rubén Leñero donde los cirujanos le iban a extraer un proyectil, alojado en el tórax.

Sharon no hablaba español o fingía no entenderlo, cuando la interrogaban los agentes comandados por Manuel Baena Camargo.

Dizque en un principio “les proporcionó muchas versiones falsas de los hechos e inclusive les reveló varios nombres, casi todos inexactos”. La mujer se cambiaba de nombre con frecuencia, porque en Estados Unidos había sido procesada por dos asesinatos.

En 1964 se encontraba libre bajo fianza y supuestamente no debía abandonar el país del norte, por lo que proporcionó aquí nombres falsos para despistar.

SU AMIGO ERA UN PÁJARO DE CUENTA

Sharon declaró que había entrado a México por la frontera de Laredo, Tamaulipas, en compañía de su amigo, el gángster Francis Samuel Puglishe. Estaban registrados como esposos -que no eran- en el Hotel Gin, de las calles de Éufrates, Colonia Cuauhtémoc.

La policía norteamericana buscaba a Puglishe, como presunto responsable de robo y lesiones, vino a México “invitado, con gastos pagados, por Sharon”.

Al norteamericano se le encontraron diez cartuchos de escopeta, una pistola escuadra automática calibre .22, un desarmador grande, una pequeña hacha, dos tijeras grandes y un pequeño tridente. Reconoció que eran sus “herramientas de trabajo” en asaltos y robos a casas habitadas.

Francis Samuel Puglishe reconoció haber prestado servicios durante tres años en la Armada norteamericana y luego pasó tiempo encerrado en la cárcel de Carson City, Nevada, por los delitos de robo y lesiones en agravio de varios individuos a quienes asaltó.

PODÍA VOLVER A MATAR; DEBÍA MÁS CRÍMINES

La carrera delictiva de Sharon comenzó a los 23 años de edad, cuando asesinó de un balazo a mansalva a su esposo, James Kinne, mientras dormía. Eso ocurrió en 1960, en Kansas City, Misuri, donde fue arrestada, pero logró su libertad con una fianza de 20 mil dólares. Meses después la policía norteamericana la señaló como presunta homicida de Paty Jones, esposa de un hombre con el que Sharon sostenía relaciones extramaritales.

Paty Jones desapareció el 25 de mayo de 1960, cuando salió de su trabajo, en Midwest. Ella recibió antes de salir un llamado telefónico de Sharon, por medio del cual la citaba para platicar.

La señora Jones era esposa de Walter Jones, quien conoció a Sharon por una operación de compra-venta de un automóvil; comenzaron a frecuentarse y Sharon le pidió a Walter que abandonara a su mujer o de lo contrario le informaría que era su amante.

Walter pensó en sus hijos y se negó a cumplir el deseo de Sharon y paulatinamente se alejó de la peligrosa rubia, pero ésta citó a Paty para matarla de tres balazos en un paraje “para enamorados” y la ocultó entre matorrales.

La culpable confesó al detective John Boldiz su crimen, lo condujo al sitio en que había dejado el cuerpo y estacionó el auto de manera que John pudiera ver el cadáver. El paraje se localiza por el camino de Phelps.

Extrañamente, Sharon fue absuelta por un jurado integrado por 12 hombres, quienes sintieron simpatías por la acusada, inclusive, al salir del juzgado, uno de los jurados le pidió su autógrafo.

Sharon tenía 3 hijos en Estados Unidos. Después que el jurado norteamericano la absolvió, un exfuncionario de la policía, Eugene Bewley, declaró a los periodistas que la rubia “era de las personas que siempre tratan de aparecer humildes para despertar compasión”.

Pero, en realidad, “es una psicópata, una mujer peligrosa capaz de volver a matar cuando esté libre”…

ESCAPÓ Y SE ESFUMÓ

Diciembre, 1969.- Sentenciada a 13 años de prisión, Sharon Kinne, de 32 años de edad, fue enviada a la Cárcel de Mujeres, donde, según el diarista Jorge Ramos, algunas internas privilegiadas “no pasaban lista, ni dormían en la Penitenciaría, y tenían permisos especiales para pasar la noche en compañía de amigas, celadoras o conocidas de éstas”. Sharon contaba con uno de esos permisos. Se fugó el domingo 7 de diciembre durante un apagón registrado en la Cárcel de Mujeres y con la complicidad de varios desleales servidores públicos.

La joven escapó después de cinco años de cautiverio. Los agentes que la buscaban tenían órdenes de disparar contra ella “si era necesario”, pero no la localizaron con rapidez; quizá logró llegar a Estados Unidos, aunque no le convenía mucho, porque la buscaban por el asesinato de dos personas.

Jorge Ramos informó que la “enferma mental, Sharon Elizabeth Kinne, asesinaba por placer, según informes policiacos”.

La criminóloga María de Lourdes Ricaud, directora de la Cárcel de Mujeres, dijo que aquel domingo, le avisaron a las 21:45 horas, que Sharon no estaba en el penal y que varios patrulleros la buscaban por el campo de Iztapalapa.

La policía llegó a la barda que daba acceso a la calle y, en un pirul encontró huellas de pisadas, una rama desgajada y un cinturón de hombre. También fue hallada una escalera para incendios cerca de la barda del penal.

Sharon estaba encargada de la tienda en la Cárcel de Mujeres y el día que se fugó, le llamó por teléfono su madre desde Alaska. No se supo qué deseaba comunicarle la señora.

De la tienda fue destituida Sharon por su mal comportamiento y pésimo carácter. Era difícil de tratar y últimamente “se dedicaba a elaborar flores de migajón, que regalaba o vendía”, dijo Pilar Guzmán, vigilante de la Cárcel de Mujeres.

La directora del penal comentó que “cuando alguien reporta muy enfermo a un familiar de las internas, éstas pueden salir a verlo custodiadas por los empleados de vigilancia”.

Un farmacéutico era gran amigo de Sharon y pudo haberla ayudado a salir.

La pista de la norteamericana, hasta donde se sabía, fue perdida por las autoridades mexicanas.

ARREBATÓ LA VIDA A SU TÍA E HIRIÓ A SU HERMANA

Todo estaba listo para que aquella mañana de mayo, Elisa contrajera matrimonio civil con el maestro de música, Héctor Ugalde Guillén. La preciosa novia se disponía a darse una ducha para enseguida arreglarse. Mientras tanto, su hermano, Juan Alberto, se levantó a las 7:30 horas, salió de su alcoba y encaminó sus pasos hacia el comedor. Allí le sirvió el desayuno su mamá, también llamada Elisa (Ramírez Guzmán).

La señora notó que su hijo estaba muy nervioso. Ni siquiera tomó asiento, saboreó un poco de café y paseaba de un lado a otro.

-¿Qué te pasa? -preguntó la madre.

-¡Qué te importa, atiende tus cosas y deja las mías! -respondió el joven.

-Tus problemas los siento míos -dijo su madre.

-¡Pero eso se acabó, me tienen cansado! -gritó, al tiempo que arrojaba la taza sobre la mesa y corría para refugiarse otra vez en su alcoba.

No habían transcurrido muchos minutos cuando Juan Alberto salió en busca de su hermana Elisa, y notó que la joven lavaba unas prendas de vestir en el baño.

Convertido en una furia, el estudiante se introdujo al baño y le dijo a su consanguínea: “¿Por qué me mandaron al hospital psiquiátrico? ¡Vi escenas que me aterraron entre los pacientes!”

Acto seguido sacó de su bolsillo una navaja y comenzó a agredir a su hermana. La asustada mujer, de 25 años de edad, comenzó a gritar; pero luego reaccionó y guardó silencio. Comprendió que su hermano seguía enfermo y prefirió callar para no excitarlo más.

Sin embargo, los gritos de Elisa fueron escuchados por la tía de los hermanos, Ángela Ramírez, quien preguntó al muchacho por qué agredía a su hermana.

El estudiante, de 22 años de edad, quien sujetaba a Elisa y tenía en alto el brazo derecho, listo para descargar un golpe que hubiera sido mortal, se volvió hacia su tía.

Sin pronunciar palabra, se lanzó sobre la señora y le clavó el arma en el cuello.

La lesión fue letal. Ángela se desplomó gravemente herida. El joven perturbado quedó en contemplación del cuerpo de su tía. Elisa aprovechó el instante para salir del baño y correr hasta la planta baja. Estaba aterrorizada, ni siquiera podía hablar. Y salió precipitadamente de su hogar para atenderse de la herida que su consanguíneo le provocó en el cuello.

Todos los moradores de la casa se dirigieron hacia el pasillo donde ocurrió el dramático suceso. Juan Alberto los vio con mirada extraña; sostenía aún la navaja en la diestra y hasta se puso en posición de ataque.

Raul Hellmer, amigo de la familia, intervino con mucho tacto para evitar que la tragedia creciera; se ganó la confianza del enfurecido estudiante y cuando lo tuvo cerca pudo despojarlo de la navaja. Después, el agresor fue conducido a su recámara. Su otra hermana, Eugenia, estuvo con él hasta que recuperó la calma. Elisa, dolida del alma, se vio precisada a posponer unas horas la boda con el profesor de música.

Durante el tiempo que tardaron en llegar los socorristas, la tía malherida mantuvo heroica actitud y no culpó a su sobrino. Comenzó a debilitarse y falleció sin pedir castigo para su agresor. Exhaló su último aliento en la Cruz Roja. Ángela era inspectora de Educación Pública y tenía 64 años de edad.

Luego, el comandante Jorge Obregón Lima envió a dos agentes para detener al agresor, a quienes les suplicó el estudiante que lo presentaran ante las autoridades respectivas.

ERA UN ESTUDIANTE EJEMPLAR

Juan Alberto había estudiado piano durante cinco años y daba clases en un jardín de niños. También estudió Leyes, así como Filosofía y Letras y había iniciado otras dos carreras en aulas universitarias. Elisa explicó que su hermano era inteligente, pero solía estudiar demasiado.

Las excelentes calificaciones que obtenía hacían suponer a Juan Alberto que “nada podría detenerlo en su progreso”, hasta que el siquiatra Raúl Córdoba Olguín le dijo que debía comportarse de manera diferente o lo enviarían a conocido nosocomio de Mixcoac.

Elisa era señalada por Juan como “responsable” de haberlo internado en el hospital del psiquiatra Samuel Ramírez Moreno, en cuyo honor se erigiría muy posteriormente un hospital campestre del mismo nombre, en la carretera México-Puebla; ingresó en diciembre de 1959 y se le dio de alta en junio de 1960. En el sanatorio le aplicaron los clásicos y anticuados electrochoques. En alguna ocasión trató de privarse de la vida porque algunos parientes se burlaban de él al considerarlo “feo”.

Al ser dado de alta por Córdoba Olguín, dizque porque ya no representaba peligro para sus familiares, Juan Alberto comenzó a perder otra vez la calma, hasta saber que su hermana iba a casarse y quiso frustrarle la fiesta… y lo consiguió aquel viernes 19 de mayo de 1961, en la casa 71 de la Calle Cuernavaca, en la Colonia Hipódromo Condesa.

LOS HORRORES DE ILSE KOCH

La torturadora Ilse Koch era conocida como “La Bruja de Buchenwald” y ocupa un sitio especial entre los dramas de guerra. Indudablemente era de las más entusiastas colaboradoras de la Gestapo. Era responsable de un campo de concentración y la mujer nazi que hacía lámparas de piel humana. Junto a su marido, el coronel Karl Otto Koch, eran cómplices en las torturas, orgías y el robo de fondos públicos al régimen nazi.

La señora Koch no era fea, físicamente, pero su alma estaba ennegrecida por la falta de misericordia. La misteriosa mujer nació en Desdén, en 1906, donde estudió taquigrafía; trabajó en aquella ciudad, en 1922, para una fábrica y posteriormente pasó a ser dependiente en una librería.

Primero, dada su atractiva figura y personalidad, comenzó a tener romances con oficiales nazis ligados a la Waffen-SS. Ya, durante 1932, se afilió al Partido Nazi Alemán y dos años después se “enamoró” de Karl Otto Koch, un teniente 10 años mayor que ella, que estaba radicado en la zona por un tiempo acotado. Fue su oportunidad, se casó con él en 1937 cuando ya había ingresado a la elite de la SS y tuvo dos hijos con él.

“Era una mujer muy hermosa de largos y rojos cabellos, pero con la suficiente sangre fría como para disparar a cualquier preso en cualquier momento”, dijeron testigos.

Mientras su marido crecía en el aparataje nazi, la mujer acrecentaría su leyenda en base a torturas, abusos y muertes. Ella podía escuchar -quizá disfrutar- de los dramáticos lamentos de los moribundos, hombres y mujeres que pedían agua y alimento, mientras suplicaban información sobre los hijos “extraviados”.

Los niños eran arrojados como fardos a los hornos de cremación.

Muchos tenían vida cuando el fuego los alcanzaba. Otros menores eran utilizados para elaborar jabón perfumado y su piel era secretamente apreciada entre los nazis, porque “las lámparas especiales, confeccionadas con la epidermis de las criaturas, despedía mayor claridad”.

No era difícil conseguir una lámpara de esas: en ocasiones aparecían, a trasluz, los números y otros tatuajes con que se marcaba a los desventurados. El cabello, higienizado, de muchas víctimas, rellenaba almohadones y todos los dientes de oro eran fundidos para incrementar las riquezas del Reich.

Se decía que Ilse Koch torturaba con latigazos a los prisioneros que no le saludaran o que la miraran en exceso. Dependía, según testigos, de su estado de ánimo. Asimismo, mandó a construir, con fondos del campo, un “picadero” en su propia casa donde torturaba y asesinaba a sus víctimas después de llevar a cabo excesos sexuales. También era temida por azuzar perros contra mujeres embarazadas y por disfrutar las torturas psicológicas a las que las sometía. Sentía placer de meterse en una bañera con leche y vino enfrente de prisioneros que morían de hambre.

La Gestapo fue el más terrorífico aparato de represión que se haya conocido. Apareció durante 1933 en Alemania y sirvió de manera tan eficiente y siniestra al régimen nazi, que se creía que la dictadura de Hitler jamás habría podido llegar a las alturas que alcanzó, de no ser por la temible organización manejada por oficiales corruptos e inmisericordes. Así, el más gigantesco monopolio del terror y la infamia que haya conocido el mundo, se llamó Gestapo.

Hombres, mujeres o niños podían ser detenidos por la Gestapo e internados en los campos de concentración que la organización nazi administraba con colaboradores como “La Bruja de Buchenwald”.

Ilse Koch jugaba con sus prisioneros. Los desnudaba y les expulsaba a medianoche para que enfermaran de frío. Luego, les negaba atención médica.  Se decía que a varios cautivos los hizo despedazar por perros amaestrados, todo ello en la terrorífica Alemania de Hitler, donde la Gestapo jugó un papel preponderante.

El verdadero temor de los prisioneros llegaba cuando la mujer los obligaba a desnudarse frente a ella. Seleccionaba, entonces, a quienes tuvieran la piel más firme (y sobre todo si tenían tatuajes) y mentalmente los iba marcando. Pronto, estas personas morirían en las cámaras de gas y la dejarían libre para extraer su piel y realizar sus oscuros proyectos.

La vida de Ilse Koch fue en decadencia, mientras su marido fue ejecutado por los propios nazis en abril de 1945, en el mismo campo que dirigió. Ella fue enjuiciada. Sería hasta 1947 que la mujer fuera juzgada en una corte de los Estados Unidos. Allí se le condenó a cadena perpetua.

De acuerdo con las últimas cartas que intercambió con su hija no se arrepentía de nada, pero consideraba que sólo la muerte podría liberarla:

“No hay otra salida para mí, la muerte es la única liberación”, señaló “La Bruja de Buchenwald”, al momento de su solitario escape en septiembre de 1967. Hizo una tira con las sábanas de su alcoba y se ahorcó en su celda. Nadie lloró su muerte.

La historia de Ilse Koch se ha perdido entre las brumas de la leyenda.

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LUIS FRANCISCO MACÍAS