ARREBATÓ LA VIDA A SU ESPOSA FRENTE AL CINE MONUMENTAL

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Por: LUIS FRANCISCO MACÍAS

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ARREBATÓ LA VIDA A SU ESPOSA FRENTE AL CINE MONUMENTAL

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Así lucía en 1936 la Avenida Hidalgo, lugar donde se desarrolló el drama; ahí quedó muerta Lilia Acuña. La multitud se arremolinó expectante en la calle Héroes, frente a la sala de cine.

ARROJÓ BOMBA A SU VECINO

Gran susto se llevó el doctor Jesús Villanueva Ramírez, la noche del sábado 6 de junio de 1953, cuando un vecino de “pocas pulgas”  le tiró una bomba casera, con ganas de acabar con él y su familia. El quejoso entregó fragmentos del artefacto ante las autoridades de la Sexta Delegación. Los hechos ocurrieron en el departamento 1, casa 10 de la calle Doctor Velasco.

Hacía algunos meses Jesús había tenido dificultades con su vecino, Enrique Nieto, quien ocupaba el departamento 5, ubicado en la parte alta del inmueble; los problemas eran por diferencias entre los hijos de ambos.

En muchas ocasiones, Nieto, quien trabajó como inspector de carnes y fue corrido de su empleo, sacó una pistola para amenazar al doctor, a sus hijos y esposa, diciendo que algún día acabaría con ellos.

El sábado 6 de junio de 1953, hubo nueva dificultad por pleitos entre los chamacos y, como supusiera Nieto que el doctor Villanueva no haría caso de las quejas, primero derribó la antena de televisión y más tarde arrojó para el departamento del médico una bomba casera elaborada con pólvora blanca. El niple estalló con gran estruendo y las esquirlas se incrustaron en paredes y techos, aunque afortunadamente, sin lesionar o matar a seres humanos.

El doctor, sin otra manera de defenderse que apelando a la justicia, hizo la denuncia ante el ministerio público de la Sexta Delegación, ubicada en Victoria y Revillagigedo.

Agentes de la Policía Judicial del Distrito se lanzaron en busca del “bombardero”, quien, ante personal armado y adiestrado verdaderamente para disparar armas de fuego, prefirió huir de la ciudad de México, sin importarle que su fama de bravero cayera por los suelos.

Otros vecinos de la Colonia de los Doctores también estaban hartos del exinspector de rastros y dijeron que lo habían expulsado del empleo porque se ganaba la vida extorsionando a carniceros de la Ciudad de México que tenían sus papeles en desarreglo ante las autoridades sanitarias.

Algunos comentaron que también en su empleo lo repudiaban, porque acostumbraba presentarse armado y exhibía con imprudencia su arma automática de grueso calibre.

La locura de fabricar una bomba casera para agredir y hacer daño a toda una familia, le iba a costar demasiado caro al vecino demente, pues también lo buscaban ya agentes de la Procuraduría General de la República, por el pésimo uso que había dado a sustancias explosivas.

Como testigo de cargo se presentó también la empleada particular Francisca Vega Piña, quien dijo haber estado presente cuando “el exinspector de carnes arrojó la bomba al departamento 1, donde hizo explosión de manera horrible, sin herir a nadie, pero causando daños diversos”.

Se buscaba asimismo al bravucón sujeto porque, según el ministerio público, no todas las personas saben fabricar bombas caseras y son capaces de matar y destruir con su onda expansiva y las esquirlas correspondientes.

Esos individuos, concluyó, generalmente son mercenarios en tiempos de paz, pero muy peligrosos para la sociedad, porque en un segundo pueden provocar una catástrofe, acaso por el simple hecho de hacer daño a sus semejantes. Lo más probable es que fuese refundido en el manicomio de la Ciudad de México, en caso de pronta captura.

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En la gráfica izquierda, fragmentos del explosivo de tipo casero. La empleada doméstica Francisca Vega estuvo presente cuando fue arrojado el artefacto en el departamento del doctor, poniendo en peligro a toda su familia.

FULMINÓ A SU EXESPOSA EN PLENA CALLE

El escenario de esta historia tuvo lugar a las afueras del cine Monumental, que en 1936 se ubicaba en la Avenida Hidalgo. La sociedad de aquella época leía en LA PRENSA del domingo 29 de marzo el encabezado que decía entonces:

“CON TODA PREMEDITACIÓN ASESINÓ A LA QUE FUERA SU ESPOSA”.

“El comerciante Rafael Reynoso Montes de Oca, para vengar supuestas infidelidades que se registraron cuando su mujer, Lilia Acuña le fingía amor, la maltrató durante años; la señora consiguió el divorcio y el negociante la mató tras un espionaje que duró semanas”.

Mucho antes, Rafael galanteaba a la bella Lilia. De hecho, la infortunada señora siempre desconfió del meloso galán, quien le prometía bajar el sol, las estrellas y la luna, cuando “fueran muy felices, en una casita cercana a las playas de Veracruz”.

Eran tiempos en que si una pareja sostenía relaciones sexuales y procreaba un hijo, sin haberse casado previamente, la sociedad marcaba para siempre a los audaces amantes.

Al poco tiempo de relación entre Rafael y Lilia, nació una niña; llegó en un momento de confusión y cariño entre la pareja, que poco a poco vio emerger las profundas diferencias que la separaban inevitablemente.

Rafael había viajado mucho como vendedor y conocía sitios extraordinarios y turísticos en México. Lilia Acuña era habitante de ciudad, siempre estaba encerrada entre paredes, ya sean de la oficina de la Secretaría de Hacienda donde trabajaba o en el hogar triste por el maltrato de que la hacía objeto su compañero.

Al comerciante viajero no le agradaba estar en un solo sitio, al contrario, le encantaba la libertad. En cambio, a Lilia le era indiferente todo paseo y prefería aburrirse que disfrutar de los escasos viajes que hizo en compañía del padre de la niña.

La pequeña nació en 1927, en la ciudad de México, pero su infancia no fue lo feliz que merecía ser, pues su padre se encargaba de hacerles la vida difícil a su progenitora y a la menor… Que si la criatura lloraba en altas horas de la noche, que si sollozaba la madre por los “regaños” del jefe de familia.

El caso era que todos los días había tensión. Según el comerciante, los problemas los causaba su esposa, por su “afán de trabajar con independencia”, en lugar de dedicarse al cuidado de su hogar. Pero jamás le dio dinero suficiente para los gastos, apenas si le compraba calzado y vestido a la niña. Y así pasaron tres años y la pareja decidió “separarse una temporada”, para intentar rehacer su vida sin conflictos. Pero todo fue peor: Rafael no tuvo momento de reposo, al darse cuenta que había perdido a una hermosa dama y a la criatura, quien ninguna culpa tenía de los asuntos paternos.

Con la falsedad que caracteriza a los hipócritas, Rafael comenzó a “reconquistar” el cariño de su mujer, pero siempre encontró relativa resistencia a sus nuevas promesas de amor.

Al reconciliarse, allá por 1930, dizque “descubrió” que la señora lo engañaba con un individuo de nombre José Pablet, ahondándose las diferencias, aunque Lilia juraba que “estaba loco al suponer tanto romance de novela”.

Pero no había cometido aún el peor error de su vida…

Aceptó Lilia como esposo al mismo hombre que la maltrataba sin misericordia.

Según las autoridades policiacas de la época, Lilia Acuña se dejó llevar por la presión social; supuestamente a la niña le preguntaban por su padre en la escuela y no quería la mujer que “pasara penas”…

Fue en 1930 cuando en un momento de tontería firmó el acta de matrimonio con Rafael Reynoso Montes de Oca y un juez sentenció aquello de que “hasta que la muerte los separe”.

De pronto, la hermosa taquimecanógrafa creyó que llegaría más tranquilidad a su existencia.

Pero fue todo lo contrario: Rafael le reclamaba cada minuto que llegaba “después de las 15:00 horas”, de lunes a viernes. Sábados y domingos él se iba a divertir con sus amigos, mientras que Lilia aprovechaba para lavar y preparar la tarea de la menor.

¿El comerciante viajero había olvidado el supuesto noviazgo con Pablet? No, jamás perdonaría tal “infidelidad” que quizá nunca pudo comprobarse, pero que le “confiaron secretamente” sus parientes cercanos.

Cuando residían en el Estado de México, precisamente en una casita de Malinalco, Rafael creyó encontrar una prueba del “fingimiento” pasional de su esposa y la agredió a golpes, para darle “una lección de respeto al hogar”.

Las golpizas fueron sucediéndose con desagradable frecuencia y Lilia, al fin, se percató que jamás sería feliz junto a su implacable verdugo.

Aconsejada por su cuñado, Rodrigo Cárdenas, quien fue secretario de la Cárcel Preventiva de la Ciudad de México, Lilia decidió poner fin a su infierno y exigió legalmente el divorcio.

El Juzgado Primero Civil fue escenario de mil promesas de rehabilitación sentimental, por parte de Rafael, quien juraba que “jamás volvería a levantar la mano para lastimar a su esposa”.

El licenciado Rodrigo Cárdenas, quien vivía en Mosqueta 232, Colonia Guerrero, decía a Lilia que no volviese a confiar en la palabra del comerciante, aunque pretendiera chantajearla moralmente, mencionándole con dulzura a la niña.

El juez sentenció la disolución del vínculo matrimonial.

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De izquierda a derecha, las fotografías de época ilustran los momentos en que el cuerpo de Lilia partía en camilla hacia su última morada. Ana María lloraba al ver el cuerpo inerte de su hermana, antes de ser llevado al anfiteatro de la Sexta Delegación. Después, el uxoricida detenido y el arma con que éste cometió el crimen.

Y advirtió a Lilia Acuña que pasado un año podría volver a casarse, sin problema alguno, lo mismo que a su exmarido.

Aparentemente, el vendedor viajero quedó conforme con la separación legal, pero jamás entregó un centavo de pensión alimenticia para su pequeña hija.

Rafael se quedó a vivir en libertad y la disfrutó un tiempo, pero tarde o temprano sus celos enfermizos le llevarían a buscar a su expareja y la encontró con facilidad en la Contaduría Mayor de Hacienda. Allí preguntó por el comportamiento de la dama y volvió a llevarse un impacto psicológico:

Lilia Acuña era toda una dama, respetabilísima.

Casi sin pretexto para acercársele, la espió durante semanas y jamás encontró motivo para desconfiar de su honestidad. El mundo se le cerraba al iracundo y celoso

No era del todo sencillo espiar a toda hora a Lilia, pero Rafael alquilaba taxis, con la esperanza de “caerle con su novio” a la taquimecanógrafa.

Y aunque lo hubiera tenido enfrente, nada debía reclamar el celoso comerciante.

El sábado 28 de marzo de 1936, cerca de las 13:30 horas, Rafael siguió a Lilia en el mismo tranvía Correo-Roma. Ese día la señora no trabajó y pretendía llegar a San Juan de Letrán, por la Avenida Hidalgo. Hubo un momento en que Lilia volteó hacia la parte trasera del enorme transporte, y vio a su exesposo, quien quiso ocultarse, sin conseguirlo. La señora bajó frente al cine Monumental (ya desaparecido, estaba en Avenida Hidalgo) y cruzó la calle en vano intento por eludir la vigilancia gratuita de que era objeto. Cerca estaba el policía Francisco Vargas Maldonado, placa 1092.

Su presencia no preocupó al desconcertado celoso.

Con pasos rápidos se aproximó el comerciante a su exmujer y le preguntó inmediatamente por la niña, Manuela Josefina, “pues hacía mucho tiempo que no la saludaba”.

Obviamente, Lilia contestó de mala manera para alejar cuanto antes al molesto tipo, quien inventó que “la había visto con un amigo y deseaba una explicación”.

Perpleja por la indignación, la mujer inquirió a su vez:

-¿Explicación? ¿Quién crees ser para que te dé explicaciones?

-Soy el padre de Manuela, respondió el enojado persecutor.

-¿Hasta hoy te preocupas por ella? Le debes muchos meses de pensión y si no le pagas, te acusaré con el juez, para que te encarcelen. Sin embargo, tu dinero no nos hace falta, yo tengo trabajo seguro en la Secretaría de Hacienda, expresó firmemente la señora.

Esas fueron sus últimas palabras. El celoso comerciante sacó una pistola y abrió fuego desde muy cerca contra la empleada federal. Un tiro le perforó el cuello y Lilia corrió.

El dolor y la gravedad de su herida la hicieron desplomarse. Entonces volvió a disparar Rafael y el proyectil perforó el tórax de Lilia, quien no tardó en morir.

Como rayo se le fue encima a Rafael, el policía Francisco Vargas para desarmarlo, pero el enloquecido celoso se hizo algunos disparos sin lesionarse, pero con “la intención” de suicidarse.

Lilia, vestida correctamente, cayó cerca del filo de la banqueta en Avenida Hidalgo y calle Héroes, en la Colonia Guerrero.

La vida se le escapó por un balazo en el cuello y otro que posiblemente le perforó el corazón, dada la rapidez del deceso.

La multitud se arremolinó en torno del cadáver y del homicida, a quien desarmaron los policías 1092 y 1263, para conducirlo a la Quinta Delegación, ante la expectación de muchos curiosos que lo siguieron hasta la comisaría. Allí dijo que no se explicaba por qué había fallado en su intento de quitarse la vida, impulso fallido confirmado por el guardián de la ley.

El licenciado Rodrigo Cárdenas se enteró de la tragedia y fue al anfiteatro de la Quinta Delegación.

En ese lugar identificó el cadáver de su cuñada Lilia Acuña. Explicó el profesionista que en esa agencia del ministerio público estaba la prueba de maltrato a que sometía Rafael a Lilia, cuando era su esposa; había varias actas contra él por lesiones que tardaban en sanar más de 15 días. Lilia residía con su cuñado Rodrigo y su hermana, Ana María Acuña, en la Colonia Guerrero.

SU CONCIENCIA LO ACORRALÓ

Y acosado por los remordimientos o para librarse de una condena de 20 años con posible viaje a las Islas Marías, Rafael Reynoso se ahorcó por la mañana en la celda 987, crujía I, de la Penitenciaría del Distrito Federal.

El suicidio del comerciante tuvo lugar el miércoles 12 de agosto de 1936, según informó este diario con toda oportunidad.

Rafael se quejaba de “infidelidades” pasadas, lo que jamás le ayudó en su defensa legal, pues el juez simplemente le dijo que con el divorcio habían terminado los derechos conyugales. Por lo tanto, no había matado a “su exmujer”, como él afirmaba, sino a una ciudadana libre para volver a componer su vida social y sentimental.

Como en Lecumberri no tenía privilegios, Rafael tuvo que despedir incluso a su abogado defensor, quien le confesó que estaba perdiendo lamentablemente su dinero, pues no había bases para obtener una sentencia benigna.

Desde entonces el delincuente “por amor” se deprimió bastante y dijo a sus compañeros de reclusión que “estaba dispuesto a suicidarse y que no se explicaba por qué había fallado al principio”.

A un hampón apodado “El Veracruz”, le ofreció 50 pesos para que lo estrangulara, proposición que rechazó el cautivo, consciente de que Rafael estaba perdiendo la razón. Incluso, una vez, cuando intentaba ahorcarse, fue sorprendido por la vigilancia y se salvó de morir.

Pero aquel 12 de agosto, Rafael consiguió un pedazo de soga, se encerró en la celda 987, crujía I, luego ató la cuerda a un tubo del baño, subió a un cajón y tras anudarse el otro extremo de la soga en el cuello, dio un empujón al “banco” y murió en segundos, por asfixia.

Autoridades de la Primera Delegación se encargaron del traslado del cadáver, primero al anfiteatro para el levantamiento del acta correspondiente y luego enviaron el cuerpo al Hospital Juárez para la autopsia de ley.

Lo más lamentable de esta tragedia fue que una niña inocente se quedó sin padres a causa de los infernales celos del comerciante.

Y este fue el dramático epílogo que tuva la historia de un matrimonio en el que los celos del esposo lo hundieron en el más profundo de los abismos. Rafael “estaba seguro” de que su exmujer andaba en muy malos pasos, jamás pudo comprobarlo, pero en su mente alterada veía apasionadas escenas de amor entre desconocidos y la desventurada Lilia, quien pagó con su vida haber concedido amores a Rafael Reynoso Montes de Oca.

Autoridades penitenciarias afuera de la celda 987, de la Crujía I, en el viejo penal de Lecumberri, donde se ahorcó Rafael Reynoso. Luego fue llevado el cadáver al Hospital Juárez para practicarle la autopsia.

HERMOSA MUJER MATÓ A SU AMIGO

Los lectores de LA PRENSA podían leer en 1937 la siguiente noticia:

Aumenta El Escuadrón de la Muerte En La Penitenciaría.

Y se agregaba que “otra mujer disparó sobre su amigo tras un fuerte altercado”. Decía que había obrado en “momento breve de pánico” y que “él iba a matarla, pero que ella le ganó con la pistola y al querérsela quitar se disparó con el forcejeo”…

Una nueva tragedia -se indicó- en que la mujer hiere de muerte al hombre, se registró a las 22 horas del martes 16 de marzo en la casa número 190 de la calle Elena, Colonia Natívitas.

Los protagonistas fueron Carmen Ruiz Montaño, hermosa y joven mujer y su amigo Enrique Montes de Oca, quienes vivían en unión libre.

¿Fueron los celos los que impulsaron a Carmen a hacer fuego contra Enrique? Probablemente sí, “según se desprende de la declaración que ella misma rindió”.

Pero, también, de acuerdo con esa misma declaración, “fue porque ya la había herido en dos ocasiones; una con navaja de muelle y otra con arma de fuego, pues cada vez que Enrique llegaba en estado de ebriedad, arremetía contra la mujer por motivos triviales”.

La heridora declaró que fueron invitados ella y su compañero a la casa de un primo del mismo, donde estuvieron departiendo con otras personas. Luego declaró que ahí sorprendió a su amigo platicando con una señorita de nombre Sara en una de las habitaciones de la casa, lo que enfureció a Enrique, quien la abofeteó violentamente, diciéndole que la iba a matar.

Carmen dijo que volvieron a su casa a las 19:00 horas, en que Enrique le pidió dinero para ir a tomar más cerveza, pero ella se lo negó. Iracundo y bajo los efectos del alcohol, Enrique se dirigió a uno de los burós que estaba al lado derecho de la cama, pero ella recordó que la pistola que su amigo pretendía usar para privarla de la existencia, estaba en el buró del lado izquierdo y la sacó para esconderla. Fue el momento en que él pretendió quitarle el arma y para lograrlo, dio vuelta en derredor del lecho y entonces ella, “en forma nerviosa, sin que pudiera controlarse, estiró el brazo y jaló de manera inconsciente del gatillo, saliendo el tiro que hirió de gravedad a Enrique, quien cayó de bruces sobre el piso de la habitación”.

Ernesto Castillo García y Justo Nava Villanueva dieron aviso del drama, evitando que Carmen Ruiz se fugara. Por lo que respecta a Enrique Montes de Oca, fue imposible tomarle declaración, porque la herida que recibió lo dejó en estado de coma.

Ya ante el titular del Juzgado Segundo Penal, la joven y atractiva señora, dijo estar abatida por la fatalidad, pero que disparó contra su amigo por un lamentable descuido que entonces deploraba.

Al rendir declaración dejó escapar lágrimas de desesperación y dolor, pues su víctima había muerto a las 17:45 horas del día anterior, en una de las salas de la Cruz Roja. Comentó que hacía cinco años vivía en unión libre con Enrique, quien, encontrándose en su estado normal, era una persona excelente y recomendable, no así cuando ingería alcohol en demasía, pues “se transformaba en un energúmeno que le daba malos tratos y la injuriaba”.

Expresó que el día de la tragedia estuvieron en una fiesta familiar y, como era de esperar y casi inevitablemente, Enrique tomó licor hasta perder el control, surgiendo el disgusto porque ella se dio cuenta de la “amigable charla” que su amigo sostuvo con Sara, y que al regresar a casa, Enrique trató de pegarle, buscando afanoso una pistola que guardaba en uno de los burós de la alcoba. Agregó la joven cautiva que “ella, sabiendo que el arma estaba en otro lugar, la sacó y la tenía en las manos cuando se produjo el disparo, que no tuvo la idea de matar a Montes de Oca, ya que todo lo que deseaba era evitar que él le diera muerte, como lo había advertido el ahora occiso”.

También la señora Elia Montes de Oca y su esposo, Enrique Castillo, declararon en el Juzgado Segundo Penal. Expresaron que sólo vieron el cuerpo de Enrique Montes de Oca bañado en sangre y él gritaba: “¡ya me hirió esta mujer!”

Pero reconocieron que la hermosa mujer, dando muestras de gran desesperación, mencionaba que “se le había ido el tiro”, ignorando los cónyuges la forma en que se desarrolló realmente el drama.

Por su parte, Sara Alvarado, la hermosa chica con quien Enrique platicaba y quien provocó, sin querer, los celos de Carmen, dijo que la culpa de su muerte la tuvo el ahora desaparecido, quien daba pésima vida a Carmen, “a quien quiso sacrificar en un rato de mal entendida furia”.

Carmen fue llevada a prisión donde purgó larga condena en las frías mazmorras. No se supo al paso del tiempo su suerte.