LO OFUSCARON LOS CELOS Y LA MATÓ

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LUIS FRANCISCO MACÍAS

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LO OFUSCARON LOS CELOS Y LA MATÓ

 

SUICIDIO CON CARA DE CRIMEN

Luciola Villalbazo fue encontrada tirada al pie de su cama, con un balazo en la bóveda palatina y, como en 1949 no abundaban los peritos criminalistas, el caso se prestó para especulaciones policiacas en el sentido de que “podía ser un crimen”.

No se podía saber entonces que, aunque no imposible, es muy difícil obligar a una persona a que abra la boca y se dispare, todo para que se crea en un suicidio.

Y es que en el forcejeo siempre quedan huellas micro y macroscópicas en el paladar, que no desaparecen con el disparo, las que facilitan el trabajo de un buen perito criminalista.

Un caso así fue el de la atractiva señora Luciola Villalbazo, cuyo esposo (acostumbraba utilizar gafas oscuras) Austreberto Ricárdez fue detenido “para investigación de lo que podía ser un homicidio”.

Aparte de la escasa existencia de peritos criminalistas, estaba la presión familiar: la progenitora de Luciola creía sinceramente que “su hija había sido asesinada porque no tenía motivos para suicidarse”. En realidad, nadie sabe bien si otra persona tiene o no motivos para quitarse la vida, por lo que es mejor externar dudas, pero no afirmar algo que finalmente nunca se comprueba.

Tal vez eso sucedió en el caso de la señora Villalbazo, ocurrido el sábado 29 de enero de 1949.

El reportero Luis Cantón Márquez informó el domingo 30 que la señora Luciola Villalbazo Parra de Ricárdez fue hallada sin vida la tarde anterior. Austreberto Ricárdez estaba detenido pues, mientras él sostenía que Luciola se había suicidado, la familia de la joven “afirmaba categóricamente que era un crimen con todas las agravantes de ley”.

Luciola era hija del jefe del Departamento de Rotograbado de conocido diario matutino; hacía siete meses que la joven se había casado con Austreberto y tenía 24 años de edad.

Los hechos ocurrieron en República de El Salvador, número 73, departamento 2. Sobre la cama donde había dormido Luciola, se encontró una escuadra automática, calibre 6.35, Star.

Como para hacer más misterioso el caso, en la puerta del clóset había un impacto de bala, al igual que en el buró del lado izquierdo. Fueron encontrados los tres casquillos.

En realidad, según revelan datos acumulados en diferentes casos de suicidio, la persona hace “disparos de prueba” y luego se lesiona con el arma de fuego.

Luciola contrajo matrimonio con Austreberto el 5 de junio de 1948, su esposo era encargado del Centro Social Oaxaqueño, situado en la planta baja del edificio donde ocurrió la tragedia. El joven atendía cuestiones de contabilidad.

También poseía una fábrica de agua destilada en la Colonia Portales. En la Cuarta Delegación se dijo que la señora no presentaba más lesiones que el balazo en la bóveda palatina. Obviamente, los familiares decían que Luciola había sido victimada “en una riña, pues lo demostraban los otros impactos de bala”.

Se comentaba que en enero de 1949 era alarmante la cantidad de hechos policiacos registrados, a partir del día 18, cuando fue asesinado a balazos el general Jesús H. Alba, a las puertas del hotel Ambos Mundos; el caso de la señora Luciola, el homicidio del industrial español Ramón Segués Capell, a mano del coronel Adolfo León Ossorio, controvertido militar; el asesinato de la empleada bancaria, Angelina Gómez Romo; la tragedia de tres japoneses involucrados en un triángulo amoroso; el suicidio del cajero bancario Flavio Domínguez Nogueira, etcétera.

Por su parte, los doctores Miguel Gilbón Maitret (quien posteriormente fue director del entonces Servicio Médico Forense del Distrito Federal) y Leopoldo Gómez Jáuregui, adscritos en el Hospital Juárez, practicaron la autopsia a Luciola Villalbazo de Ricárdez y se robusteció la hipótesis del suicidio.

Después de realizar el examen anatómico correspondiente, los legistas opinaron que todo lo observado indicaba que Luciola Villalbazo se había suicidado.

El disparo fue hecho de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda y cruzó el cráneo con efectos mortales de necesidad.

La trayectoria es la que se encuentra generalmente en disparos realizados con la mano derecha, en la bóveda palatina.

Luciola no murió instantáneamente, sobrevivió algunos minutos. Y los legistas encontraron otra explicación a los impactos de bala encontrados en la recámara de la ahora occisa:

“Posiblemente la señora, en la agonía, y teniendo aún en la mano derecha el arma, jaló el llamador una y otra vez, produciéndose así los disparos restantes”.

Naturalmente que “estas suposiciones no implican necesariamente la verdad, solamente son deducciones técnicas que, en todo caso, están sujetas a ratificación o rectificación de los peritos criminalistas, quienes pueden decir la última palabra”.

Por lo demás, los médicos certificaron que el cuerpo de Luciola no presentaba huellas de golpes en ninguna parte.

Incluso, el esposo de la señora tenía una carta escrita de puño y letra por su mujer:

“Beto: Antes de que mates a mi hijo, prefiero morirme con él”.

Efectivamente, la señora Luciola Villalbazo tenía un embarazo de dos meses y medio.  El cuerpo de la señora fue conducido a la agencia funeraria Alcázar y sería inhumado en el Panteón Civil.

 

Retrato de la guapa Luciola Villalbazo. En la otra foto, de lentes oscuros, quien fuera su esposo y quien quedó detenido para investigación de tan misteriosa muerte.

 

TRAGEDIA PASIONAL EN AVENIDA BENJAMÍN FRANKLIN

MATÓ OTOÑAL IBERO A SU JOVEN AMIGA

Aquel 19 de agosto de 1956 nadie imaginaba la tragedia pasional que hirvió al interior del departamento que ocupaba el español Jorge Madrid García en unos laboratorios, donde desempeñaba el puesto de intendente. El sexagenario ibero, víctima de arrollante amor senil, dio muerte, en violenta discusión, a su joven amiga Josefina Cerda Bonilla.

Al ver cómo su amante se desplomaba sin vida, y al sentir que el amor se le escapaba entre los pliegues de la edad, el exaltado ibero volvió la pistola contra sí, disparando un balazo con intenciones aparentes de suicidarse, mas la intoxicación alcohólica que tenía le hizo errar el tiro, que fue a incrustarse en el techo de la habitación.

Este drama ocurrió en presencia de Vicente Echeverría del Prado, quien no tuvo tiempo de desarmar a Jorge, sino hasta que había hecho fuego por tres veces, con los resultados ya apuntados.

Las causas del crimen, según la policía, tuvieron origen en que el español y su amiga se habían separado “voluntariamente” y el ibero se sentía hundido en su soledad, despechado, herido en su amor propio y trataba de lograr una reconciliación con Josefina.

Con el señuelo de entregarle dinero, la citó y efectivamente le dio 628 pesos en billetes, para obtener un rato de conversación, porque el español extrañaba mucho la voz de Josefina; se sentía muy solo.

Por alguna razón comenzaron a tomar alcohol y al poco rato estaba intoxicado Madrid García, quien se quejó en voz alta de los desdenes que le hacía la muchacha.

Anselmo Ocón Adame, conserje, llamó a Echeverría del Prado para evitar un problema, pues Madrid siempre andaba armado.

Al llegar Vicente Echeverría trató de mediar en la discusión y logró quitar el arma al ibero. Pero en un momento de excitación, al considerar que Josefina sólo se burlaba de él, pero de buena gana recibía el dinero que le obsequiaba con generosidad, Jorge Madrid volvió a tomar la pistola.

Entonces disparó en dos ocasiones contra la mujer, mientras le decía que “la había perdido para siempre, pero antes…”

En la Undécima Delegación del Ministerio Público, el licenciado Rodrigo Bustamante inició las averiguaciones del caso.

El lugar de la tragedia se ubicaba en Avenida Benjamín Franklin número 146, en un departamento del segundo piso.

Los protagonistas de la tragedia tenían varios años de tratarse, el íbero pasaba una mensualidad de 600 pesos a Josefina y recibía a la mujer dos veces por semana en la habitación donde ocurrieron los hechos.

Josefina dejó de asistir a las citas, pues, al parecer, tenía intenciones de apartarse para siempre de las riesgosas relaciones con el español. La señora tenía su domicilio en Lago Superior 4, por el rumbo de Tacuba. La policía encontró la mensualidad de Josefina en su bolso.

El español fue dueño de la hacienda La Providencia, en el Estado de Jalisco, donde producía tequila. En su celda declaró que Josefina iba los miércoles y sábados…

La “adoraba con toda su alma”, dijo el aristocrático ibero, descendiente de las principales familias de Jalisco.

El 31 de julio, la señora le pidió 1,000 pesos y no pudo dárselos su amigo. La mujer montó en cólera y exigió el dinero. Y el español no sólo no tenía, sino que ardía en celos, porque comprendía que “el amor” se le escapaba…

Como no queriendo, Josefina llevó una tarjeta personal de un amigo, al que vería en el café Campoamor y dejó que viera el documento su sexagenario protector.

-Ya no te quiero, sólo necesito tu dinero -le habría dicho Josefina en un momento de ofuscación.

No sabía probablemente que Jorge Madrid García había tenido cuatro matrimonios y ningún hijo con sus mujeres.

Pero sí tuvo, en cambio, 22 muchachitos con varias empleadas domésticas que le brindaron cariño, casi sin recibir dinero. Al ser entrevistado tras las rejas por el reportero policiaco José Ángel Aguilar, el ibero comenzó a llorar, entristecido por haber perdido el control ante la mujer de quien se había enamorado. Recordaba que hacía años fue opulento hacendado que se codeó con las familias de rancio abolengo en Guadalajara.

Conoció a Josefina en la fábrica de loza El Ánfora (que entonces se ubicaba en las cercanías de la cárcel de Lecumberri, donde sollozaba Madrid en una celda), pero era casada. Diez años después, ella se hizo la víctima, pues “debía” trabajar o morirse en mala economía, le iban a pagar cuatrocientos pesos mensuales y el ibero le prometió darle seiscientos a cambio de no estar solo.

Por su parte, el arquitecto y poeta Vicente Echeverría del Prado, quien conocía a Madrid desde hacía 40 años, dijo que el día de los hechos Jorge escandalizaba y amenazaba con una pistola a una mujer que lo visitaba.

Les habló primero por teléfono a los rijosos y Josefina le pidió que se presentara pronto, porque Jorge quería matarla.

Al presentarse Echeverría en el departamento de los laboratorios donde trabajaba Madrid, le pidió el arma y la dejó en una mesa. Luego solicitó a Josefina que saliera a dar una vuelta en automóvil para que acabara de calmarse Madrid, pero el sexagenario pidió que volvieran a sentarse, comenzó a recriminar a Josefina y antes de que Vicente pudiera evitarlo, tomó el arma y disparó varias veces contra su amada.

-Desconcertado, salí de la sala y vi que Jorge se llevaba la pistola a la cabeza para suicidarse, pero no pudo por temor o nerviosismo, sólo se quemó el cabello-concluyó.

Vicente Quiroz García, comerciante, dijo que Josefina era hermana de su esposa, y que hacía diez años se divorció de José Cortés Romo, y a partir de entonces trabajaba en El Ánfora. Tenía dos hijos.

Por su parte, el detenido reconoció que perdió el control cuando la señora dijo que “los mil pesos se los iba a entregar a otro hombre, al que sí quería mucho y con quien viviría el resto de su vida, cuando me abandonara”.

El sexagenario mató a Josefina Cerda Bonilla (tenía 34 años de edad) con una pistola calibre .380. Fue consignado ante el Juzgado XX de la Séptima Corte Penal.

En espera, otro día, del auto de formal prisión, Jorge Madrid García (con un traje café claro), ya sin los efectos de la intoxicación etílica, el exdueño de una hacienda y otras dos fincas enormes en el Estado de Jalisco, agregó que el delito que cometió lo hizo en un estado provocado por un impulso irresistible e inenarrable.

Al decir estas palabras, desplomó sobre sus manos la cabeza y apoyó los codos en la repisa, tras la reja de prácticas.

El licenciado Juventino Pérez, secretario, preguntó al detenido si al ocurrir la tragedia, alguien había presenciado los hechos.

-No recuerdo por mi estado de nerviosismo, pero posiblemente era el licenciado Echeverría del Prado.

Luego firmó con mano insegura, afectado visiblemente por el recuerdo de la mujer que, por su amor, lo condujo a declarar tras las rejas de prácticas de un juzgado penal.

Después se retiró, viéndosele pasear mucho de un lado a otro en la crujía de turno, de donde pasaría a la celda correspondiente a delitos de sangre.

Escrito por LA PRENSA

Consulta hemerográfica:

LUIS FRANCISCO MACÍAS

 

La policía encontró en el bolso de Josefina los billetes que le dio Jorge Madrid, a quien se observa a la derecha en el interior de Lecumberri.

El homicida explicaba cómo disparó contra Josefina.

Retrato de Josefina Cerda.

 

LES FALLÓ SU PACTO DE MUERTE

 

YA SIN VIDA, MARÍA TERESA SE DESPIDIÓ DE SU ESPOSO

Enamorada profundamente de su esposo, una señora aceptó abandonar el mundo mediante un pacto suicida y, al morir ella, se despidió telepáticamente de su cónyuge, quien juraba que le había dicho: “Ya me voy, te gané la carrera, allá te espero”… La ahora desaparecida estaba, al fallecer, a no menos de 75 metros de distancia de su marido y en otra habitación de la Cruz Roja Mexicana.

Sin embargo, Pablo Medina Quezada, en su lecho de dolor, reconoció plenamente la voz de su amada María Teresa Mata.

El muchacho comenzó a gritar con desesperación al oír la despedida y la religiosa Herminia Rodríguez daba testimonio, en la benemérita institución, que los gritos se dejaron escuchar instantes después de que María Teresa dejó este mundo.

Pablo estaba en la lejana sala de varones, su mujer en la otra. Nadie había comunicado al joven la fatal noticia y su mujer estaba imposibilitada por la distancia para hacerse oír, también para hablar porque nunca despertó del desmayo que le provocaron los 50 somníferos que ingirió.

Entonces, ¿cómo pudo decirle a su esposo que le había ganado la carrera, que ya se iba y que allá lo esperaba?

Los enterados creen que hubo un mensaje telepático que captó, con gran dolor, el empleado del Nacional Monte de Piedad, Pablo Medina Quezada.

El temor a un mañana incierto, plagado de miseria y privaciones, orilló a la pareja de recién casados a ejecutar un pacto suicida e, inicialmente auxiliados por personal del hotel donde se encontraban, fueron enviados a la Cruz Roja, ubicada en Durango y Monterrey, Colonia Roma.

Pablo, de 21 años y María Teresa, de 20, apuraron 50 pastillas cada uno, en el cuarto 219 del Hotel Suiza, localizado en Pedro Moreno y Aldama, Colonia Guerrero.

Entraron el viernes, 5 de mayo de 1961 y después de ingerir el tóxico, se besaron largamente para decir adiós a la vida, tras noventa días de problemas en su existencia.

El encargado de la administración les cobró 20 pesos por la habitación y, al día siguiente, la recamarera María Vargas descubrió a los recién casados, vestidos con ropa de calle y dando muestras de aguda intoxicación.

En la ambulancia 6 fueron llevados a la Cruz Roja, como a las 13:19 horas. Sobre un buró estaba una tarjeta de visita, a nombre del comandante policiaco Manuel Rodríguez Cota. En el reverso se podía leer: “A nadie se culpe de nuestra muerte, fue un gran placer morir”.

Al principio, los médicos estaban un tanto optimistas, pues creían que podían salvar las dos vidas en peligro. Pero había pasado demasiado tiempo.

También se pronunciaron contradicciones iniciales, pues los familiares de Pablo dijeron a las autoridades que hacía poco tiempo, el joven había conocido a María Teresa y la llevó a vivir con ellos, pero que frecuentemente el muchacho era criticado porque no se llevaba a la señora a residir en otra casa-habitación.

El jueves 4 de mayo de 1961, Pablo dijo que se iría de paseo con María Teresa y, al retornar, buscarían nuevo lugar para vivir. “Me iré lejos, ni yo mismo sé dónde”, comentó.

A las 8:30 horas del lunes 8, falleció María Teresa y la religiosa Herminia Rodríguez dijo que por alguna razón Pablo salió de la inconsciencia y comenzó a gritar y llorar inconsolablemente, porque había oído la voz de su mujer, quien se despedía y le decía que allá lo esperaba.

La sala de mujeres distaba 75 metros de la de hombres y María Teresa no pudo hablar desde su ingreso.

Pablo pudo declarar después que hacía cuatro meses habían contraído matrimonio civil, aunque su cargo como aprendiz de valuador en el Nacional Monte de Piedad, Sucursal 8, no generaba ingresos económicos suficientes para los recién casados.

Pablo llevó a su esposa al domicilio de los suegros: Juan Escutia 130, interior 1, Colonia Niños Héroes.

Y aunque la policía no lo comprobó de momento, Pablo Medina dijo que su padre los había lanzado a la calle, por la tarde del viernes 5.

María Teresa era originaria de Tlazatlán, Michoacán.

Como la joven no deseaba separarse de su esposo, pactaron el doble suicidio y entraron al hotel de la Colonia Guerrero, donde “María debió tomar seis pastillas más que yo”.

Cuando les llegó una somnolencia y el mareo, los recién casados se abrazaron, cayeron sobre la cama, después de que se besaron por última vez. Ya no supieron lo que sucedió, pues fueron llevados sin sentido a la Cruz Roja, “hasta que oí su voz, así que tengo que alcanzarla”.

Aún vive -le dijo un médico para consolarlo un poco.

-Mentira, ella ya se fue, vino a decírmelo -expresó Pablo, quien fue atado de pies y manos para evitar que atentara contra su existencia de alguna manera diferente.

Finalmente, dijo que iba a matarse porque nada valía la pena, “porque no nos dejaron vivir, porque nos encontramos con muchos problemas, si ahora no me dejan matar, algún día lo lograré”.

El cuerpo de la joven fue reclamado por sus familiares michoacanos.

Y el final del drama no lo sabemos, porque estas notas de interés humano se menospreciaban en aquella época y no se les daba el seguimiento noticioso que merecían.

Ojalá el entonces joven Pablo haya encontrado un motivo para seguir viviendo.

GUARDABOSQUES ASESINADO EN PARRES

En defensa de la fauna de los llanos de Parres, en Tlalpan, un funcionario de la Dirección General de Caza abrió fuego contra un cazador furtivo, quien le había disparado con una escopeta, el domingo 23 de abril de 1972. El agente Manuel Andrade Campos falleció a consecuencia de una incrustación de postas, mientras que su heridor perdió la vida poco después. La Procuraduría General de la República se hizo cargo de la investigación y expresó que la tragedia ocurrió “para proteger conejos”.

Los primeros datos no fueron exactos. El reportero Óscar Domínguez Briones, expresó que los hechos ocurrieron a las 11:50 horas, en la sierra de Parres, a 5 kilómetros del poblado del mismo nombre y a unos 25 kilómetros partiendo del kilómetro 42 de la autopista México-Cuernavaca.

Antonio Espinosa López, agente de la Dirección de la Fauna, quien acompañaba a su jefe -victimado-, dijo que inspeccionaban una parte de la sierra de Parres y dieron con un campamento en el que había varios individuos “con aspecto de campesinos”. El sexagenario les exigió que mostraran permisos de caza y “como respuesta recibió una descarga de escopeta en el abdomen”.

No obstante estar mortalmente herido, “Andrade Campos tuvo tiempo de desenfundar su pistola y herir a dos campesinos”.

Dizque el agente Antonio Espinoza López también desenfundó su arma, pero aseguró haber disparado “al aire” para amedrentar a sus agresores y tomó como rehén a un agricultor, “única manera de poder salvar la vida y escapar”.

Con el rehén logró llegar hasta la carretera, donde encontró a su compañero Domingo Hinojosa Obrera, a quien le contaba lo ocurrido, momento que aprovechó el rehén para huir.

Posteriormente, los agentes de la Dirección de la Fauna fueron a Tres Marías, donde pidieron ayuda al teniente Pedro Mora Villanueva, comandante del destacamento militar en la zona, quien envió una partida de 29 hombres, para que “peinaran” parte de la sierra de Parres, en busca de los homicidas.

Los detectives del decimoprimer grupo del Servicio Secreto, al mando del capitán Rosendo Páramo Aguilar, fueron al paraje Temaxcal, y encontraron muerto al anciano Manuel Andrade.

Presentaba heridas por postas en el tórax.

Los homicidas dejaron abandonadas algunas armas, montura y otros utensilios.

Al día siguiente, la Dirección General de Policía y Tránsito expresó oficialmente que el caso de los “cazadores sin licencia” y los agentes de la Secretaría de Agricultura y Ganadería, quedó totalmente aclarado: un campesino y un investigador se liaron a tiros y ambos murieron.

Y se aseguró que a las 14:00 horas del día 23, se recibió el aviso de que en el pueblo de Parres, un vigilante de la Fauna Silvestre había sido privado de la vida por un campesino, a quien hirió a balazos.

El acompañante de Andrade relató que en aquellos lugares abundaban los conejos y que su misión era protegerlos para evitar su exterminio. Terminaban su labor de aquel día cuando descubrieron a tres hombres armados con sendas escopetas. Manuel se acercó al grupo y desenfundó su arma, trató de desarmar a Raúl Muñoz Melo, pero éste disparó su escopeta y lesionó mortalmente al agente de la SAG.

Manuel Andrade hizo funcionar su pistola calibre .38, e hirió a Muñoz Melo, quien gritó a sus hermanos que mataran al testigo con las escopetas.

Pero los hermanos Jaime y Felipe Muñoz Melo no dispararon contra Antonio Espinoza, quien les decía que cerca del lugar tenía una camioneta de Agricultura y Ganadería, para “llevar a los heridos a la Cruz Roja”.

El agente fue hacia la camioneta y regresó acompañado de militares, pero ya no encontraron a los hermanos Muñoz Melo. Manuel fue trasladado al anfiteatro de Tlalpan. Raúl Muñoz Melo falleció en San Lorenzo Tlacoyuca, y su cadáver fue llevado posteriormente para la autopsia de ley, a la delegación Xochimilco.

Los hermanos Felipe y Jaime declararon que “efectivamente, habían cazado cinco conejos, pero que la intención original del trío era buscar hongos para venderlos en mercados del Distrito Federal”.

Los hermanos Muñoz serían dejados en libertad, pues realmente nada tuvieron qué ver en el tiroteo que costó la vida de dos personas, en aras de la protección a los conejos de la sierra de Parres.

Y el Presidente Luis Echeverría acordó que se brindara apoyo a la familia del guardia forestal y de la fauna, quien dejó viuda y tres hijos. Sus restos mortales fueron depositados en el Panteón Jardín. Al morir contaba con 65 años de edad, era originario de Acayucan, Veracruz. Muy joven vino al Distrito Federal para realizar sus estudios, en el régimen del Presidente Miguel Alemán Valdés.

 

A la izquierda aparece el cadáver de Manuel Andrade Campos, quien fuera distinguido servidor de la vigilancia forestal, perteneciente a la Dirección General de la Caza, de la SAG, muerto a tiros por supuestos cazadores furtivos a quienes sorprendieron en su campamento clandestino, en los llanos de Parres, en el municipio de Tlalpan. A la derecha, uno de los agredidos, quien milagrosamente salvó la vida y pudo llegar hasta la autopista México-Cuernavaca para pedir auxilio a la Policía Federal de Caminos.