/ viernes 5 de noviembre de 2021

La Gran Familia: el albergue del terror de Michoacán

Los niños de Mamá Rosa atestiguaron, en carne propia, lo que fue un hogar y un infierno

Quizá haya sido uno de los eventos que más ha consternado a la sociedad y que ha dejado una huella lacerante en la historia, si no criminal, sí deplorable de este país, pues aquel 15 de julio de 2014 se dio a conocer la terrible noticia -que más tarde se convertiría casi en leyenda o en historia de terror-, de los 500 niños que fueron rescatados de una casa hogar en Michoacán, que era conocida como La Gran Familia, donde algunos padecieron abuso sexual y muchos otros pedían limosna en la calle, pero no por gusto.

De acuerdo con la información oficial, el 15 de julio de 2014, la Procuraduría General de la República (PGR) informó sobre el rescate de los niños que habitaban en la casa hogar, quienes se encontraban en condiciones deplorables en el albergue ubicado en Zamora, Michoacán.

Fundada en 1954 y tras 60 años de existencia, por sus muros pasaron miles de infantes, hasta que un buen día, luego de que las autoridades federales recibieron más de 50 denuncias sobre diversas irregularidades, se llevó a cabo un operativo para salvaguardar la integridad de los allí presentes, ya fuera porque estuvieran allí por voluntad propia o porque se los obligaba.

En su momento, trascendió que el entonces titular de la PGR, Jesús Murillo Karam, informó que tras el operativo y posterior rescate, salieron a la luz demasiadas irregularidades en relación con los menores, pero quizás las que mayor trascendencia cobraron en ese momento es que vivían en condiciones deplorables de hacinamiento, insalubres y precariedad inaudita, y que, además, eran obligados a realizar actos deleznables tales como pedir limosna en las calle, so pretexto de que el dinero recaudado sería una cuota o aportación para el albergue en que vivían y para que se les permitiera permanecer allí, al supuesto cobijo y protección de la administración.

Por otra parte, al hacerse público el caso, la verdad sobre lo que ocurría en al interior de sus puertas consternó todavía más, pues se conoció que los niños vivían entre ratas, cucarachas, chinches y pulgas, y, por tal motivo, se infería que era el peor trato en el que un niño pudiera vivir, máxime si eran obligados, como afirmaban los medios, a realizar actos sexuales contra su voluntad, o si eran explotados laboralmente, incluso si sólo pedían limosna.


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Autoridades sabían; sorpresa fingida...

Jesús Murillo Karam informó sobre el rescate de los menores y del proceso que se iniciaría contra los administradores, cuya figura central era una mujer conocida y reconocida no sólo en ese estado, sino a nivel nacional; se trataba de Rosa Verduzco Verduzco, mejor conocida como Mamá Rosa, así como nueve personas más que fueron detenidas durante el cateo.

En sí, el albergue y su ubicación no eran un secreto, ya que era conocido ampliamente como un lugar que existía para el bien de los desamparados, con énfasis en la infancia, sin embargo, nunca nadie, ninguna autoridad se preocupó por verificar que se cumplieran con los lineamientos para su funcionamiento y operación.

No obstante, lo que trascendió fue que la propia PGR se mostró sorprendida por el caso del albergue La Gran Familia, ya que de acuerdo con el mismo titular de la PGR, esta asociación recibía apoyo de organismos nacionales e internacionales; sin embargo, declaró: “Los más sorprendidos del tamaño del problema fuimos nosotros”.

Calificó el evento como una de las averiguaciones cuyo impacto lo había cimbrado, en el sentido de enfrentarse con una triste realidad, en la que lo inhumano asomaba su rostro a través de la casa hogar La Gran Familia de Zamora, Michoacán.

El argumento de la autoridad, encabezada por Murillo Karam, refirió que las primeras declaraciones de doce víctimas habían dejado al descubierto el horrible infierno por el que atravesaron en el interior del albergue, puesto que habían sido víctimas de maltrato físico, psicológico y sexual, y a aquellas personas que se negaban a tener sexo, las amenazaban de muerte o con extraerles los órganos para venderlos.

Por otra parte, a esas vejaciones se le sumaba el vivir -literalmente- en la peor inmundicia, ya que comían, dormían y realizaban su día a día en medio de, al menos, 20 toneladas de basura, tal como se encontró en ese momento tras realizar el cateo; además, se les daba a los inquilinos alimento en estado de descomposición.

Finalmente, el titular de la PGR expresó: “Nos sorprendimos porque el propio gobierno -en muchas ocasiones tanto el local como el federal- auxilió a esta organización y tenían el apoyo también de organizaciones locales e internacionales, y que contaba con prestigio para todos, como todos lo conocíamos y como incluso la declaración de algunos muy respetables intelectuales confirma, lo cual nos generó aparte de sorpresa, una terrible inquietud”.

Niños relataron abusos sexuales, físicos y psicológicos

Tras el rescate de los menores del albergue La Gran Familia en Zamora, Michoacán, una verdad velada dejaría de ser sólo un rumor. La realidad de los niños sin familia ni hogar parecía adquirir una dimensión atronadora en un país que recientemente le había declarado la guerra al narcotráfico.

No obstante, la distracción estaba en otro punto colindante, dado que Michoacán atravesaba por momentos dificultosos en cuanto al repunte del crimen organizado, tema que mayor difusión abarcaba en los noticiarios y corría con mayor difusión.

Empero, descubrir lo acontecido con y en el albergue, no fue sino la punta del iceberg de un sistema deficiente que dejaba en el desamparo a los más desprotegidos, los niños, quienes necesitan toda la voluntad y el amor de la sociedad, ya que el futuro es de ellos.

Pero, tristemente, nada ocurre como debería, porque el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Así que, con un atisbo de libertad, los niños rescatados comenzaron a relatar todo lo que habían padecido en relación con los maltratos tanto psicológicos como físicos.

Tomás Zerón de Lucio, entonces director de la Agencia de Investigación Criminal de la PGR, dio a conocer parte de las declaraciones de algunas de las víctimas de esos delitos.

De tal forma, la configuración del infierno que habían vivido quedó plasmado del siguiente modo a través de la víctima uno: “declara haber sido sometido a maltratos físicos, psicológicos y sexuales por parte de una persona del género masculino, a quien sólo conocen como El Sito, quien lo obligaba a realizar sexo oral, amenazando con matarlo y extraerle los órganos para venderlos en caso de una negativa”.

Una segunda víctima narró los maltratos a los que fue sometido. De tal forma, señaló que era lastimado en la cara y le pegaban con varas que ocupaban en la clase de música; además, como castigo lo encerraban en un cuarto al que le llamaban El Pinocho.

Uno a uno, los declarantes aumentaban la pena y la congoja de miles de niños que habían pasado por esa casa hogar sin voz que hubiera hecho denuncia alguna, soportando además, durante largos puercos años, los maltratos y la vejaciones, como en el caso de una tercera víctima, quien contó cómo abusaban físicamente de ella al ser sometida con una manguera en las piernas cuando no cumplía órdenes, aunado a que un trabajador del albergue la obligaba a realizar actos sexuales por dinero a cambio.

Y uno de los argumentos que mayor asombro causó, fue que muchas de las víctimas declararon haber sido retenidas en el albergue contra su voluntad. Allí habrían sido abusadas sexualmente -de acuerdo con sus declaraciones- por uno o varios de los administradores.

Consternaba, además, en relación con este asunto, que no sólo habrían sido víctimas de violación, sino que también -producto de esos abusos- habrían quedado embarazadas; y, lo más reprobable, fue el hecho de haberles provocado abortos mediante golpizas en diferentes y reiteradas ocasiones.

¡Buscan cuerpos!

De acuerdo con algunos testimonios, incluso se habló de que había cadáveres de niños, cuyo deceso no fue reportado. En efecto, algunos de los menores rescatados también declararon -ya sin temor a las represalias o aliviados del castigo que antes padecían y con la certeza de que no se volvería a repetir- que en el predio de junto habían sido enterrados otros habitantes del albergue, por lo cual las autoridades comenzaron una búsqueda en la periferia.

Por su parte, Tomás Zerón afirmó que la Agencia de Investigación Criminal, a través de los servicios científicos, continuaría con los exámenes de identificación de las víctimas encontradas (si es que se trataba de seres humanos o de fauna silvestre) y, con base en los resultados, a la brevedad daría mayores detalles a la opinión pública.

No obstante, durante los primeros días, sólo se conoció que entre los hallazgos sólo había lo que aparentemente parecían ropas con sangre esparcidas alrededor del inmueble.

Y es que entre la fetidez circundante era difícil reconocer nada que no fuera el olor penetrante de la muerte. El olfato, la vista y los ojos se llenaban de la basura que se había acumulado por meses o años, nadie podría saberlo, como tampoco hasta ese momento nadie pudo afirmar o desestimar que hubiera algún cadáver de un ser humano.

El panorama era desolador, ¿Dónde podrían buscar? ¿Entre las camas de alambre sin colchones o en los baños sin tazas sanitarias? ¿Entre las montañas de ropas rasgadas y sucias?

No había nada más que buscar sino la certeza de que no se debería repetir lo ocurrido en el albergue ya entonces conocido como La Casa del Horror.

Sí, fue verdad, en un principio quizá su intención fue noble, pero ¿Cuándo se desvió de su propósito de compasión y ayuda a los desprotegidos? ¿Cómo es posible que esas caritas asombradas, asustadas y con gesto de ruego pudieran sobrevivir en un lugar que con los años fue adquiriendo un prestigio nacional e internacional, y, gracias a éste, jugosas donaciones, aportaciones monetarias de instituciones privadas o no gubernamentales, así como del propio gobierno?

¿Qué debían buscar realmente las autoridades en ese momento y, a partir de entonces, trazar la ruta para evitar lo acontecido? Nada, “después de ahogado el niño, tapar el pozo”, dar la vuelta a la página y continuar una guerra sin tregua en otro territorio.

El estado, gran ausente; en defensa de mamá Rosa

El expresidente Vicente Fox fue uno de los primeros en salir a defender a la fundadora del albergue, Mamá Rosa, pues aseguró que se cometía una gran injusticia. Era sabido que él y su esposa, Martha Sahagún, oriunda de Zamora, Michoacán, habían mantenido una “relación” con Rosa Verduzco.

Y no sólo el expresidente Fox y su esposa eran personajes reconocidos que abogaban por la fundadora de La Gran Familia, sino que pronto comenzaron a difundirse imágenes de Mamá Rosa con el entonces primer mandatario, Felipe Calderón, y su esposa Margarita Zavala; asimismo, con los exgobernadores Leonel Godoy y Fausto Vallejo, entre otros personajes de la política.

Y no sólo del ámbito político, sino cultural, pues de acuerdo con Majo Siscar, de Animal Político, el mismo Enrique Krauze habría abogado por Verduzco, aduciendo que visitaba el albergue periódicamente desde hacía más de una década.

Por su parte, veinticinco intelectuales -entre ellos Elena Poniatowska, Juan Villoro y el Premio Nóbel de Literatura 2008 Jean-Marie Gustave Le Clézio- firmaron un desplegado a favor de Mamá Rosa.

De acuerdo con esa información, se desprendería una teoría que, no obstante, no pudo comprobarse. Si bien es cierto que Rosa Verduzco y su albergue La Gran Familia recibían montos millonarios en beneficio o para beneficio de los niños, la realidad y los hechos señalaban algo distinto.

Por tal motivo, se planteó la posibilidad de que ese dinero fuera utilizado para financiar campañas políticas, aunque fue sólo una conjetura en ese momento y, más tarde ya, con el caso enfriándose, se fue olvidando.

Pero lo que más duda causó, fue lo expresado por la autoridad del Gobierno federal, ese “gran asombro” que le había causado enterarse del caso, si en un principio él mismo la financiaba,; no obstante, ahora la linchaba mediáticamente como si cortara por lo insano una relación que no debió ser.

Mamá Rosa, ¿libre?

Luego de que se llevó a cabo el rescate, de que se detuvo a nueve presuntos responsables, entre ellos a Rosa Verduzco, también conocida como La Jefa, Mamá Rosa terminó en el hospital, pero además quedó libre al no haber cargos en su contra.

A sus 81 años, le quedaba aún un poco de fuerza para contemplar el desenlace de la historia de su vida, que era la historia del albergue.

Tomás Zerón informó en su momento que, aunque había señalamientos en su contra, se tenían que revisar una a una las denuncias para, en su caso, fincar responsabilidad.

Era un infierno para los niños

La casa hogar que presuntamente se fundó en 1947, debido a la buena voluntad que desde su infancia tuvo Rosa Verduzco, llegó a albergar a más de 600 niños abandonados por sus padres.

El nombre de Mamá Rosa le vino bien, porque todos esos niños abandonados eran adoptados por ella, por lo cual llevaban su apellido; se convirtió en la madre adoptiva de cientos de niños.

Cuentan que ella misma comenzó a edificar lo que más tarde sería el albergue, poco a poco y prácticamente con sus propias manos y con la ayuda de donaciones. Por más de cincuenta años estuvo activo ese infierno oculto a la vista de todos y siempre dirigido por la rígida mano de Rosa del Carmen Verduzco Verduzco, mejor conocida como Mamá Rosa o La Jefa.

Durante años, fue creciendo y por sus rincones pasaron muchos niños que se hicieron o aprendieron allí, pero que también padecieron de algún modo y doblemente, puesto que al ser abandonados por sus padres, lo mínimo que esperaban era llegar a un lugar donde no padecieran las mismas penas ni ninguna otra; pero lo que les esperaba era el martirio, el dolor y la incertidumbre de la desolación y el abandono.

Quizá crecieron sin la esperanza de recuperar el amor de unos padres que se desentendieron de ellos, pero quizá la pregunta estribaba en por qué la vida los trataba tan mal.

Pareciera como si nacer hubiera sido su crimen. Pero no, las almas puras de los niños nada tienen de culpa ante los malos actos de las personas que fingen hacer el bien, aunque en el fondo busquen sacar algún provecho.

No toca juzgar a las personas, pues tal como lo declaró el entonces arzobispo primado de México: “Nosotros damos sentencias de muerte y quisiéramos que aquellos que secuestran, que roban y asaltan mejor los mataran, nada de juicios, que los desaparezcan, sin embargo, Dios pide paciencia, como él tiene paciencia, ya vendrá el tiempo del juicio”.

Y, de algún modo, luego de los años, parecía como si la ira de Dios hubiera caído sobre esa casa de miedo, ese albergue del terror, porque tras lo ocurrido en el despliegue de rescate, sobrevino el desmantelamiento del recinto, luego, por accidente o intencionadamente, se incendió en tres ocasiones; no obstante, no cayó aquel lugar, pero nada más había que hacer por él.

Más tarde, no juzgada por el hombre y desconocemos si por la divinidad, Rosa Verduzco encontró su fin cuatro años después a causa de un derrame cerebral.

La historia del albergue y su fundadora llegó a su fin y quedó en la memoria todo lo repugnante que fue; consta alguna evidencia de lo putrefacto que había, que era, que estaba siendo.

En torno al caso, giran demasiadas incógnitas, desde sus nexos con personajes políticos; las jugosas donaciones que no se utilizaron en beneficio de los niños huérfanos, la defensa que hizo un sector de la intelectualidad, entre otras muchas cosas.

Pero lo más sorprendente es que a ojos de los gobiernos, local y federal, ocurrió todo eso cuando se trataba de una de las “instituciones” con más renombre no sólo en México sino en el extranjero, de la cual elogiaban su función social.

Qué le pasó a Mamá Rosa para que desviara sus propósitos y cómo a un gobierno le puede pasar enfrente un problema de tal magnitud, mirarlo y declarar: “Estoy sorprendido”.

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No obstante, la dualidad entre lo bueno y lo malo sobre cómo se juzga a Mamá Rosa no es el reflejo de lo que durante muchos años fue e hizo, pues debido a ello cosechó la admiración y el respeto de figuras importantes de la cultura y el pensamiento plural.

Sin embargo, como se ha señalado, la duda mayor quedaría establecida en por qué, de los cuantiosos montos que recibía para beneficio de los inquilinos del albergue, con el paso de los años decayó, como si ese dinero hubiera ido a parar a otro lado y no a su verdadero fin.

Cierto o falso, lo que se diga sobre ella sólo servirá para configurar un poco su legado que inició con de buena manera, pero como dice la frase: “el camino al infierno está lleno de buenas intenciones” y eso siempre fue lo que se dijo de Rosa Verduzco.

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Quizá haya sido uno de los eventos que más ha consternado a la sociedad y que ha dejado una huella lacerante en la historia, si no criminal, sí deplorable de este país, pues aquel 15 de julio de 2014 se dio a conocer la terrible noticia -que más tarde se convertiría casi en leyenda o en historia de terror-, de los 500 niños que fueron rescatados de una casa hogar en Michoacán, que era conocida como La Gran Familia, donde algunos padecieron abuso sexual y muchos otros pedían limosna en la calle, pero no por gusto.

De acuerdo con la información oficial, el 15 de julio de 2014, la Procuraduría General de la República (PGR) informó sobre el rescate de los niños que habitaban en la casa hogar, quienes se encontraban en condiciones deplorables en el albergue ubicado en Zamora, Michoacán.

Fundada en 1954 y tras 60 años de existencia, por sus muros pasaron miles de infantes, hasta que un buen día, luego de que las autoridades federales recibieron más de 50 denuncias sobre diversas irregularidades, se llevó a cabo un operativo para salvaguardar la integridad de los allí presentes, ya fuera porque estuvieran allí por voluntad propia o porque se los obligaba.

En su momento, trascendió que el entonces titular de la PGR, Jesús Murillo Karam, informó que tras el operativo y posterior rescate, salieron a la luz demasiadas irregularidades en relación con los menores, pero quizás las que mayor trascendencia cobraron en ese momento es que vivían en condiciones deplorables de hacinamiento, insalubres y precariedad inaudita, y que, además, eran obligados a realizar actos deleznables tales como pedir limosna en las calle, so pretexto de que el dinero recaudado sería una cuota o aportación para el albergue en que vivían y para que se les permitiera permanecer allí, al supuesto cobijo y protección de la administración.

Por otra parte, al hacerse público el caso, la verdad sobre lo que ocurría en al interior de sus puertas consternó todavía más, pues se conoció que los niños vivían entre ratas, cucarachas, chinches y pulgas, y, por tal motivo, se infería que era el peor trato en el que un niño pudiera vivir, máxime si eran obligados, como afirmaban los medios, a realizar actos sexuales contra su voluntad, o si eran explotados laboralmente, incluso si sólo pedían limosna.


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Autoridades sabían; sorpresa fingida...

Jesús Murillo Karam informó sobre el rescate de los menores y del proceso que se iniciaría contra los administradores, cuya figura central era una mujer conocida y reconocida no sólo en ese estado, sino a nivel nacional; se trataba de Rosa Verduzco Verduzco, mejor conocida como Mamá Rosa, así como nueve personas más que fueron detenidas durante el cateo.

En sí, el albergue y su ubicación no eran un secreto, ya que era conocido ampliamente como un lugar que existía para el bien de los desamparados, con énfasis en la infancia, sin embargo, nunca nadie, ninguna autoridad se preocupó por verificar que se cumplieran con los lineamientos para su funcionamiento y operación.

No obstante, lo que trascendió fue que la propia PGR se mostró sorprendida por el caso del albergue La Gran Familia, ya que de acuerdo con el mismo titular de la PGR, esta asociación recibía apoyo de organismos nacionales e internacionales; sin embargo, declaró: “Los más sorprendidos del tamaño del problema fuimos nosotros”.

Calificó el evento como una de las averiguaciones cuyo impacto lo había cimbrado, en el sentido de enfrentarse con una triste realidad, en la que lo inhumano asomaba su rostro a través de la casa hogar La Gran Familia de Zamora, Michoacán.

El argumento de la autoridad, encabezada por Murillo Karam, refirió que las primeras declaraciones de doce víctimas habían dejado al descubierto el horrible infierno por el que atravesaron en el interior del albergue, puesto que habían sido víctimas de maltrato físico, psicológico y sexual, y a aquellas personas que se negaban a tener sexo, las amenazaban de muerte o con extraerles los órganos para venderlos.

Por otra parte, a esas vejaciones se le sumaba el vivir -literalmente- en la peor inmundicia, ya que comían, dormían y realizaban su día a día en medio de, al menos, 20 toneladas de basura, tal como se encontró en ese momento tras realizar el cateo; además, se les daba a los inquilinos alimento en estado de descomposición.

Finalmente, el titular de la PGR expresó: “Nos sorprendimos porque el propio gobierno -en muchas ocasiones tanto el local como el federal- auxilió a esta organización y tenían el apoyo también de organizaciones locales e internacionales, y que contaba con prestigio para todos, como todos lo conocíamos y como incluso la declaración de algunos muy respetables intelectuales confirma, lo cual nos generó aparte de sorpresa, una terrible inquietud”.

Niños relataron abusos sexuales, físicos y psicológicos

Tras el rescate de los menores del albergue La Gran Familia en Zamora, Michoacán, una verdad velada dejaría de ser sólo un rumor. La realidad de los niños sin familia ni hogar parecía adquirir una dimensión atronadora en un país que recientemente le había declarado la guerra al narcotráfico.

No obstante, la distracción estaba en otro punto colindante, dado que Michoacán atravesaba por momentos dificultosos en cuanto al repunte del crimen organizado, tema que mayor difusión abarcaba en los noticiarios y corría con mayor difusión.

Empero, descubrir lo acontecido con y en el albergue, no fue sino la punta del iceberg de un sistema deficiente que dejaba en el desamparo a los más desprotegidos, los niños, quienes necesitan toda la voluntad y el amor de la sociedad, ya que el futuro es de ellos.

Pero, tristemente, nada ocurre como debería, porque el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Así que, con un atisbo de libertad, los niños rescatados comenzaron a relatar todo lo que habían padecido en relación con los maltratos tanto psicológicos como físicos.

Tomás Zerón de Lucio, entonces director de la Agencia de Investigación Criminal de la PGR, dio a conocer parte de las declaraciones de algunas de las víctimas de esos delitos.

De tal forma, la configuración del infierno que habían vivido quedó plasmado del siguiente modo a través de la víctima uno: “declara haber sido sometido a maltratos físicos, psicológicos y sexuales por parte de una persona del género masculino, a quien sólo conocen como El Sito, quien lo obligaba a realizar sexo oral, amenazando con matarlo y extraerle los órganos para venderlos en caso de una negativa”.

Una segunda víctima narró los maltratos a los que fue sometido. De tal forma, señaló que era lastimado en la cara y le pegaban con varas que ocupaban en la clase de música; además, como castigo lo encerraban en un cuarto al que le llamaban El Pinocho.

Uno a uno, los declarantes aumentaban la pena y la congoja de miles de niños que habían pasado por esa casa hogar sin voz que hubiera hecho denuncia alguna, soportando además, durante largos puercos años, los maltratos y la vejaciones, como en el caso de una tercera víctima, quien contó cómo abusaban físicamente de ella al ser sometida con una manguera en las piernas cuando no cumplía órdenes, aunado a que un trabajador del albergue la obligaba a realizar actos sexuales por dinero a cambio.

Y uno de los argumentos que mayor asombro causó, fue que muchas de las víctimas declararon haber sido retenidas en el albergue contra su voluntad. Allí habrían sido abusadas sexualmente -de acuerdo con sus declaraciones- por uno o varios de los administradores.

Consternaba, además, en relación con este asunto, que no sólo habrían sido víctimas de violación, sino que también -producto de esos abusos- habrían quedado embarazadas; y, lo más reprobable, fue el hecho de haberles provocado abortos mediante golpizas en diferentes y reiteradas ocasiones.

¡Buscan cuerpos!

De acuerdo con algunos testimonios, incluso se habló de que había cadáveres de niños, cuyo deceso no fue reportado. En efecto, algunos de los menores rescatados también declararon -ya sin temor a las represalias o aliviados del castigo que antes padecían y con la certeza de que no se volvería a repetir- que en el predio de junto habían sido enterrados otros habitantes del albergue, por lo cual las autoridades comenzaron una búsqueda en la periferia.

Por su parte, Tomás Zerón afirmó que la Agencia de Investigación Criminal, a través de los servicios científicos, continuaría con los exámenes de identificación de las víctimas encontradas (si es que se trataba de seres humanos o de fauna silvestre) y, con base en los resultados, a la brevedad daría mayores detalles a la opinión pública.

No obstante, durante los primeros días, sólo se conoció que entre los hallazgos sólo había lo que aparentemente parecían ropas con sangre esparcidas alrededor del inmueble.

Y es que entre la fetidez circundante era difícil reconocer nada que no fuera el olor penetrante de la muerte. El olfato, la vista y los ojos se llenaban de la basura que se había acumulado por meses o años, nadie podría saberlo, como tampoco hasta ese momento nadie pudo afirmar o desestimar que hubiera algún cadáver de un ser humano.

El panorama era desolador, ¿Dónde podrían buscar? ¿Entre las camas de alambre sin colchones o en los baños sin tazas sanitarias? ¿Entre las montañas de ropas rasgadas y sucias?

No había nada más que buscar sino la certeza de que no se debería repetir lo ocurrido en el albergue ya entonces conocido como La Casa del Horror.

Sí, fue verdad, en un principio quizá su intención fue noble, pero ¿Cuándo se desvió de su propósito de compasión y ayuda a los desprotegidos? ¿Cómo es posible que esas caritas asombradas, asustadas y con gesto de ruego pudieran sobrevivir en un lugar que con los años fue adquiriendo un prestigio nacional e internacional, y, gracias a éste, jugosas donaciones, aportaciones monetarias de instituciones privadas o no gubernamentales, así como del propio gobierno?

¿Qué debían buscar realmente las autoridades en ese momento y, a partir de entonces, trazar la ruta para evitar lo acontecido? Nada, “después de ahogado el niño, tapar el pozo”, dar la vuelta a la página y continuar una guerra sin tregua en otro territorio.

El estado, gran ausente; en defensa de mamá Rosa

El expresidente Vicente Fox fue uno de los primeros en salir a defender a la fundadora del albergue, Mamá Rosa, pues aseguró que se cometía una gran injusticia. Era sabido que él y su esposa, Martha Sahagún, oriunda de Zamora, Michoacán, habían mantenido una “relación” con Rosa Verduzco.

Y no sólo el expresidente Fox y su esposa eran personajes reconocidos que abogaban por la fundadora de La Gran Familia, sino que pronto comenzaron a difundirse imágenes de Mamá Rosa con el entonces primer mandatario, Felipe Calderón, y su esposa Margarita Zavala; asimismo, con los exgobernadores Leonel Godoy y Fausto Vallejo, entre otros personajes de la política.

Y no sólo del ámbito político, sino cultural, pues de acuerdo con Majo Siscar, de Animal Político, el mismo Enrique Krauze habría abogado por Verduzco, aduciendo que visitaba el albergue periódicamente desde hacía más de una década.

Por su parte, veinticinco intelectuales -entre ellos Elena Poniatowska, Juan Villoro y el Premio Nóbel de Literatura 2008 Jean-Marie Gustave Le Clézio- firmaron un desplegado a favor de Mamá Rosa.

De acuerdo con esa información, se desprendería una teoría que, no obstante, no pudo comprobarse. Si bien es cierto que Rosa Verduzco y su albergue La Gran Familia recibían montos millonarios en beneficio o para beneficio de los niños, la realidad y los hechos señalaban algo distinto.

Por tal motivo, se planteó la posibilidad de que ese dinero fuera utilizado para financiar campañas políticas, aunque fue sólo una conjetura en ese momento y, más tarde ya, con el caso enfriándose, se fue olvidando.

Pero lo que más duda causó, fue lo expresado por la autoridad del Gobierno federal, ese “gran asombro” que le había causado enterarse del caso, si en un principio él mismo la financiaba,; no obstante, ahora la linchaba mediáticamente como si cortara por lo insano una relación que no debió ser.

Mamá Rosa, ¿libre?

Luego de que se llevó a cabo el rescate, de que se detuvo a nueve presuntos responsables, entre ellos a Rosa Verduzco, también conocida como La Jefa, Mamá Rosa terminó en el hospital, pero además quedó libre al no haber cargos en su contra.

A sus 81 años, le quedaba aún un poco de fuerza para contemplar el desenlace de la historia de su vida, que era la historia del albergue.

Tomás Zerón informó en su momento que, aunque había señalamientos en su contra, se tenían que revisar una a una las denuncias para, en su caso, fincar responsabilidad.

Era un infierno para los niños

La casa hogar que presuntamente se fundó en 1947, debido a la buena voluntad que desde su infancia tuvo Rosa Verduzco, llegó a albergar a más de 600 niños abandonados por sus padres.

El nombre de Mamá Rosa le vino bien, porque todos esos niños abandonados eran adoptados por ella, por lo cual llevaban su apellido; se convirtió en la madre adoptiva de cientos de niños.

Cuentan que ella misma comenzó a edificar lo que más tarde sería el albergue, poco a poco y prácticamente con sus propias manos y con la ayuda de donaciones. Por más de cincuenta años estuvo activo ese infierno oculto a la vista de todos y siempre dirigido por la rígida mano de Rosa del Carmen Verduzco Verduzco, mejor conocida como Mamá Rosa o La Jefa.

Durante años, fue creciendo y por sus rincones pasaron muchos niños que se hicieron o aprendieron allí, pero que también padecieron de algún modo y doblemente, puesto que al ser abandonados por sus padres, lo mínimo que esperaban era llegar a un lugar donde no padecieran las mismas penas ni ninguna otra; pero lo que les esperaba era el martirio, el dolor y la incertidumbre de la desolación y el abandono.

Quizá crecieron sin la esperanza de recuperar el amor de unos padres que se desentendieron de ellos, pero quizá la pregunta estribaba en por qué la vida los trataba tan mal.

Pareciera como si nacer hubiera sido su crimen. Pero no, las almas puras de los niños nada tienen de culpa ante los malos actos de las personas que fingen hacer el bien, aunque en el fondo busquen sacar algún provecho.

No toca juzgar a las personas, pues tal como lo declaró el entonces arzobispo primado de México: “Nosotros damos sentencias de muerte y quisiéramos que aquellos que secuestran, que roban y asaltan mejor los mataran, nada de juicios, que los desaparezcan, sin embargo, Dios pide paciencia, como él tiene paciencia, ya vendrá el tiempo del juicio”.

Y, de algún modo, luego de los años, parecía como si la ira de Dios hubiera caído sobre esa casa de miedo, ese albergue del terror, porque tras lo ocurrido en el despliegue de rescate, sobrevino el desmantelamiento del recinto, luego, por accidente o intencionadamente, se incendió en tres ocasiones; no obstante, no cayó aquel lugar, pero nada más había que hacer por él.

Más tarde, no juzgada por el hombre y desconocemos si por la divinidad, Rosa Verduzco encontró su fin cuatro años después a causa de un derrame cerebral.

La historia del albergue y su fundadora llegó a su fin y quedó en la memoria todo lo repugnante que fue; consta alguna evidencia de lo putrefacto que había, que era, que estaba siendo.

En torno al caso, giran demasiadas incógnitas, desde sus nexos con personajes políticos; las jugosas donaciones que no se utilizaron en beneficio de los niños huérfanos, la defensa que hizo un sector de la intelectualidad, entre otras muchas cosas.

Pero lo más sorprendente es que a ojos de los gobiernos, local y federal, ocurrió todo eso cuando se trataba de una de las “instituciones” con más renombre no sólo en México sino en el extranjero, de la cual elogiaban su función social.

Qué le pasó a Mamá Rosa para que desviara sus propósitos y cómo a un gobierno le puede pasar enfrente un problema de tal magnitud, mirarlo y declarar: “Estoy sorprendido”.

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No obstante, la dualidad entre lo bueno y lo malo sobre cómo se juzga a Mamá Rosa no es el reflejo de lo que durante muchos años fue e hizo, pues debido a ello cosechó la admiración y el respeto de figuras importantes de la cultura y el pensamiento plural.

Sin embargo, como se ha señalado, la duda mayor quedaría establecida en por qué, de los cuantiosos montos que recibía para beneficio de los inquilinos del albergue, con el paso de los años decayó, como si ese dinero hubiera ido a parar a otro lado y no a su verdadero fin.

Cierto o falso, lo que se diga sobre ella sólo servirá para configurar un poco su legado que inició con de buena manera, pero como dice la frase: “el camino al infierno está lleno de buenas intenciones” y eso siempre fue lo que se dijo de Rosa Verduzco.

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